Aniversario
Así relató la periodista Olga Brajnović la vida de Gregorio Ordóñez en Pamplona: "Era un amante de la libertad"
Este jueves, 23 de enero, se cumplen 30 años del asesinato del que fuera candidato del PP a la alcaldía de San Sebastián y licenciado por la Universidad de Navarra


Publicado el 23/01/2025 a las 13:57
Cinco años en Pamplona con Gregorio Ordóñez
Gregorio "Goyo" Ordoñez pasó 5 importantes años de su vida en Pamplona, los de su formación universitaria. Nació en Caracas (Venezuela), el 21 de julio de 1958, pero de eso no nos enteramos casi nadie en clase: Y es que era más de San Sebastián que la playa de la Concha. Estudió en el instituto Peñaflorida de la capital guipuzcoana un bachillerato con nota media de sobresaliente. Vino a Pamplona para estudiar Periodismo en 1976, con 18 años y fue uno de los mejores alumnos de la promoción del 81, con 12 matrículas de honor.
Vivía en un piso de la calle Eslava, en el corazón de lo Viejo y era de los que no faltaban a clase. No era un hombre para pasar desapercibido, pero nunca se encontró entre los "pelotas" que se hacían notar artificialmente. Ocupaba siempre algún sitio en el centro o al fondo de la clase y desde allí hacía sus preguntas a los profesores o avanzaba hasta el estrado cuando había asamblea.
Y es que fueron años revueltos aquellos en los que coincidimos en la universidad, años que vivió con intensidad, como todo lo que hacía. Desde las aulas, aprendices de periodistas, vivimos y observamos la primera transición. Empezamos la carrera cuando no hacía ni un año que Franco había muerto, iniciamos el tercer curso con las tensiones de los incidentes de San Fermín del 78 y las revueltas que siguieron y terminamos el primer trimestre de aquel curso con la aprobación de la Constitución Española que ahora nos rige. Y la estudiamos a fondo, guiados por el profesor Gómez Antón, que nos la desmenuzaba día a día, cuando aún estaban calientes las actas del Congreso. Goyo lo hizo con interés y de forma "notable", como atestigua su expediente. Terminamos la carrera en junio de 1981, cuando todavía no nos habíamos recuperado del susto del frustrado golpe de Tejero, cuatro meses antes, a las puertas ya de la era socialista.
Goyo había vivido la vida universitaria con intensidad: Acudía a debates, asambleas y conferencias y si en algo destacaba era en la claridad con que expresaba sus convicciones y sus opiniones, aunque fueran contra corriente. Con él no había miedo a equivocarse. Siempre decía lo que pensaba. Aunque en el curso había gente de todo tipo ("revolucionarios", izquierdistas, anarquistas, nacionalistas, derechistas, indefinidos...) yo estoy convencida de que todos le apreciábamos por esa franqueza que no molestaba, porque se notaba auténtica.
Recuerdo que las cosas estaban tan calientes en aquellos años que un buen día, en el tablón de anuncios "de libre expresión" que teníamos en nuestra aula, aparecieron carteles insultantes para uno o dos de los compañeros del curso. También recuerdo cómo Goyo defendió que una cosa era discrepar, sostener ideas diferentes y hasta irreconciliables, y otra llegar al enfrentamiento personal. Y es que no le hacía falta esforzarse para expresar sus planteamientos sobre el respeto que le merecía toda persona humana.
Dice nuestro profesor Esteban López Escobar que era un hombre amante de la libertad. Lo era. De la libertad, de la dignidad de la persona humana, de la convivencia y de la democracia, que aquellos años nos parecía estar construyendo un poco con nuestras eternas y acaloradas discusiones en aquella aula del último piso del Edificio Central.
Poco tiempo después de dejar la universidad, Goyo comenzó a aparecer en el otro lado de la barrera: se había decidido a entrar en política. A nosotros, periodistas, sobre todo a mis compañeros que trabajan en el País Vasco, nos tocaba observar sus movimientos y dar cuenta de ellos. A veces, en alguna reunión que organizábamos los compañeros de promoción, en el ambiente distendido en que hablábamos de los hijos, del tiempo pasado, de los proyectos para el futuro, le preguntábamos si no tenía miedo de representar una fuerza como el PP en Guipúzcoa. Contestaba que él estaba en su tierra y nadie podía negarle el derecho de defender lo que creía mejor para ella.
Eso le ha costado la vida a sus 36 años: su valentía, su franqueza y su decisión, su amor a la libertad y su pasión por su tierra. Todo eso es lo que han destrozado con una bala asesina quienes sólo entienden de cobardía, mentira, crimen, desprecio por la vida y la libertad de las personas. Y deprecio por la vida y la libertad del pueblo que dicen "defender", cuando tan solo lo cubren de sangre.
Olga Brajnović