Obituario
José Joaquín Zubiri Zabalza, un "ruso" de Olcoz


Publicado el 27/10/2024 a las 08:51
El día 20 falleció a los 91 años José Joaquín Zubiri Zabalza (Olcoz, 1933 - Pamplona, 2024). A su esposa Milagros, hijos Cesáreo y Lucía, nieta Aitana, la condolencia de un pariente Zulet y amigo oriundo de la misma localidad de Valdizarbe.
Con el menor de los Zubiri ha terminado una generación de diez hermanos, hijos el mayor de Cesáreo y su primera esposa Lina de Ubani y los nueve restantes de su segundo matrimonio con Irene Juana, de “casa del cacho” en la que la madre ofrecía rosquillas y mistela al “nieto de la Juliana de fanfarrón”, apodo de mi bisabuelo José Antonio. Todos, descendientes de un Zulet de Amunarrizqueta en Leoz de la Valdorba que casaron a Olcoz para mantener el apellido que se perdía por falta de descendencia masculina. Tengo oído que los hijos de Cesáreo habían sido bautizados por mi tío abuelo, también pariente suyo, el párroco D. Lázaro Zulet.
Olcoz nos unió, aunque él era “mozo” cuando pasé tan buenos días de la infancia (...) gozando de la hospitalidad de las casas abiertas de todos los vecinos de aquella gran familia que era el pueblo de mi abuela. Un paraíso para un niño de ciudad que acompañaba a los bueyes y las caballerías cuando los llevaban a abrevar y al campo.
José Joaquín fue un mocetón alto y fuerte, curtido por el cierzo pelón del invierno y por el calor bochornoso del verano, particularmente duro cuando se hacían las labores de la siega, el acarreo de las gavillas en la galera, la trilla mecánica colectiva, retozando los niños en las pajeras, y el vareado de las vainas infladas de los garbanzos en las eras.
El frío extremo que caracteriza la localidad, y el ruido del aire del norte encajonado en la etxekoarte entre Casa Zulet y Casa Bu[ru]txuri dio lugar de antiguo a que a sus habitantes les llamasen “rusos”, lo que siempre tuvieron a gala, aunque matizaban que eran “blancos”.
En Olcoz las haciendas eran pequeñas, las familias grandes y las gentes muy trabajadoras y listas, motivos para salir a buscarse la vida principalmente en Pamplona. Algunos, que tenían “mucha escuela”, ingresaron por oposición en el cuerpo de recaudadores de arbitrios (portaleros) del Ayuntamiento de Pamplona. José Joaquín lo hizo trabajando toda la vida con el volante de transportista por cuenta propia, de chófer en Audenasa y de conductor de autobús hasta su jubilación.
En Pamplona encontró a Milagros, una chica de Gartzaron (Basaburua), guapa, simpática y tan trabajadora como él con la que se casó en 1969. Sus hijos Cesáreo y Lucía y la nieta Aitana les llenaron de alegría. Su natural era el del hombre grande, con carácter, buenazo como una hogaza del pan que se amasaba y cocía en los hornos del pueblo, buen marido y padre comprensivo, satisfecho de la vida de sus hijos.
Con todos los suyos, familiares, amigos y vecinos, fue una persona cariñosa, siendo notoria su debilidad de abuelo por la nieta hasta el último hálito de su vida. Con toda objetividad decía que no le cegaba la pasión de abuelo, pero que ninguna era tan guapa como la suya.
Aunque hizo la vida familiar en Pamplona, se mantuvo vinculado con Olcoz y su condición de miembro de la Cofradía de la Veracruz, que tiene su sede en la parroquia de la localidad, cuya puerta románica es simétrica a la de Eunate (...). Mientras pudo acudía a fiestas, funerales y entierros.
Recordaba que a las fiestas de San Miguel de Olcoz iban los músicos de Barásoain, entre ellos Manuel Turrillas, con su clarinete y acordeón. Escucharlos fue el origen de su vocación musical. Aprendió a tocar la tuba, actuando durante los sanfermines en Pamplona con la banda de Vicente Gironés de Burlada. Fomentó y logró que su hijo tocase el acordeón participando juntos.
Tras una breve enfermedad ha muerto como ha vivido, sufriéndola en silencio, amoroso y entregado a su familia. Con la separación habéis comprendido que este es el momento en que se conoce la profundidad de vuestro amor mutuo, porque la muerte ha abierto vuestros corazones uniéndoos en el recuerdo de la vida juntos y vuestro esposo, padre y abuelo os protege. Como era un hombre de fe profunda, sabía que al final os encontraréis en la casa del Padre. Por eso, Milagros, Cesáreo, Lucía y Aitana os digo con el poeta David Harkins: “Podéis llorar porque se ha ido, / o podéis sonreír porque ha vivido. /(...) / Podéis llorar, cerrar la mente, / sentir el vacío y dar la espalda, / o podéis hacer lo que a él le gustaba: / sonreír, abrir los ojos, amar y seguir”. Descansa en paz José Joaquín.
*Juan Cruz Alli, amigo.