"Han sido 15 días en el paraíso y ahora toca volver a la guerra"

Alina y sus hijos, David y Sasha, viven “encerrados” en el oeste de Ucrania sin poder relacionarse a causa del rechazo que sufren por hablar solo ruso. Este verano han podido salir de su país durante unos días gracias a un grupo de navarros

Alina y sus dos hijos, David y Sasha, de 16 y 12 años, posan a finales de julio con una figura de San Fermín antes de regresar a Ucrania
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Alina y sus dos hijos, David y Sasha, de 16 y 12 años, posan a finales de julio con una figura de San Fermín antes de regresar a Ucrania
Alina y sus dos hijos, David y Sasha, de 16 y 12 años, posan a finales de julio con una figura de San Fermín antes de regresar a Ucrania

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Iván Benítez

Publicado el 25/08/2024 a las 05:00

Durante estos dos años y medio de invasión rusa en Ucrania, los ucranianos Alina, de 38 años, y sus dos hijos, David (16) y Sasha (12) -los mismos que posan en la fotografía con la figura de San Fermín- han sido repudiados por sus propios compatriotas del oeste por el hecho de hablar solo ruso, lengua materna con la que han crecido.

Hasta el 18 de marzo de 2022 Alina y su familia residían en el corazón del Dombás, en una ciudad de 150.000 habitantes llamada Kramatorsk, uno de los principales objetivos militares del Kremlin. Ella trabajaba de educadora en una guardería y él en un taller artesano. Llevaban una vida rutinaria que transcurría en torno a familia, trabajo, estudios, amigos y sueños. Nunca pensaron que después de sufrir un conflicto que estalló en esta región en 2014 entre las fuerzas ucranianas y los separatistas de Donetsk y Lugansk, de ser testigos de bombardeos y destrucción tras la invasión de febrero de 2022 y de huir durante dos días y dos noches en coche, les tocaría afrontar una guerra interior: la soledad.

Para unos este territorio al este de Ucrania es la razón del conflicto por ser una zona industrializada rica en carbón y hierro y un enclave estratégico por su salida al mar de Azov. Aunque la influencia rusa en esta demarcación limítrofe es mayor y parte de la población ha crecido con el ruso como lengua materna, el sentimiento mayoritario es ucraniano.

UN SUEÑO DULCE

Cualquier conflicto en cualquier parte del mundo arrastra guerras interiores que van matando de manera invisible. Así lo suelen relatar las propias víctimas, tanto civiles como militares, que han sido obligadas a huir o a empuñar un arma. Y así lo relataban también a finales de julio Alina y sus dos hijos en Navarra, donde han disfrutado de quince días de efímera normalidad gracias al esfuerzo de un grupo de pamploneses formado por enfermeras, policías locales, deportistas y empresarias, quienes han sufragado el viaje y la estancia en una vivienda de un particular.

Esta relación con Alina y sus dos hijos se remonta a agosto de 2022 tras un viaje a Ucrania organizado por la Fundación Enfermeras de Navarra. Aquellos días en el corazón de la guerra desembocaron por casualidad en el edificio abandonado de Skole donde sobrevivían Alina, su familia y otras diez más . La fotografía de aquel instante, en aquel inmueble frío y húmedo, impactó sobremanera a la expedición navarra. Fueron horas a flor de piel que terminaron con un “volveremos” y “no os olvidaremos”. Antes de partir, una de las enfermeras y un policía local regalaron a David y a Sasha una pulsera de San Fermín y una gorra.

Dos años después, Alina y sus dos hijos han devuelto la visita a los navarros. Llegaron a Pamplona en julio tras recorrer 4.000 kilómetros en furgoneta. “Alina no entendía nuestro compromiso de acogida. No comprende que desde Navarra haya tanto compromiso por ayudarles. David sueña con poder estudiar en esta comunidad. Esta es su meta”, explica una de las enfermeras. “Necesitaban salir de allí. Están viviendo mucha presión psicológica. Mucho rechazo. Aquí han vivido un sueño dulce”.

David, Alina, Sasha y Nadiya Sohor visitaron el Sadar durante estos días
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David, Alina, Sasha y Nadiya Sohor visitaron el Sadar durante estos díasCedida
David, Alina, Sasha y Nadiya Sohor visitaron el Sadar durante estos días

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Pero, ¿por qué volver a Ucrania?, pregunta el periodista. “Volver es hacerlo al infierno, pero así debe ser”, responde Alina con firmeza poco antes de partir. “Estos quince días en Navarra ha sido el paraíso, lo mejor que me ha pasado en dos años. He podido desconectar y dormir”. Se emociona y David la abraza. “Yo me quiero quedar, no quiero volver”, le deja claro a su madre. Ella le mira fijamente. “Tenemos que regresar. Estoy sufriendo mucho por no poder estar al lado de mis padres y de mi marido. Si al volver tengo que vivir en una trinchera lo haré, pero con mi familia”. El padre de Alina se encuentra en silla de ruedas por un derrame cerebral y su marido, que sufre un trastorno bipolar, debe ir al frente de inmediato. “Estamos muy unidos. Me da mucho miedo quedarme viuda”.

NOCHE DE HUIDA

Aquel 18 de marzo de hace dos años en el que los misiles anunciaron que debían dejar su hogar, lo único que Alina se llevó de casa fueron las pulseras que las matronas pusieron a sus hijos al nacer. Sin rumbo fijo y sin maletas, con el fuego cercando las miradas, partieron en dirección oeste. “Nos bombardeaban continuamente porque vivíamos cerca de un aeropuerto militar. Caían muchos misiles”, recuerda Alina. “Era de noche. Nos subimos al coche sin saber dónde íbamos a parar. Circulábamos en caravana. Todo el mundo se alejaba de la frontera. Durante dos días y dos noches dormimos en el coche. Nevaba. Hacía mucho frío”. Alina mantiene la mirada fija en algún punto y su tono no varía. “Llegamos a Leópolis, había miles y miles de personas intentando escapar del país en tren. Nosotros no pudimos acceder al andén y nos quedamos en la calle. Una amiga nos dijo que había un palacio abandonado en Skole, alejado de la civilización en plena montaña, a unas horas de trayecto, donde quizá podríamos encontrar un sitio donde quedarnos. Los niños dormían con botas por si había que escapar al refugio, solo queríamos volver a nuestra casa, estábamos conmocionados”. Junto al edificio abandonado había un antiguo centro vacío que había sido utilizado para niños con discapacidades y que albergaba habitaciones con baños. “Nos permitieron ocuparlo. En un primer momento, vivíamos en una habitación nosotros cuatro con mis padres y luego se unieron mis suegros”.

A la conmoción de la guerra y la huida se sumó el rechazo de los vecinos. Los culpabilizaban de la guerra. Alina no daba crédito. David y Sasha dejaron la escuela a causa de un acoso diario. Se quedaron sin amigos. “Eran los propios padres de sus compañeros quienes incitaban a sus hijos”, se queja Alina, quien decidió que se quedaran en casa para evitarles más sufrimiento. Así que durante estos dos años de guerra han vivido aislados, recibiendo las clases vía online, sin relacionarse. Internet ha sido su única ventana. En realidad, llevan tres años sin acudir presencialmente a la escuela porque antes de la invasión fue la pandemia. Por eso, David y Sasha suelen decir que sus amigos de verdad ahora viven en Navarra.

Hace tres semanas regresaron a Ucrania. Otros 4.000 kilómetros en un trayecto de 48 horas sin descanso en el que viajaban nueve personas en furgoneta. Nada más cruzar la frontera, David escribió un mensaje: “Hemos llegado. Sentimos que dejamos atrás el paraíso y entramos en el infierno. ¿Por qué vivimos tanta injusticia? ¿Por qué hay tanta diferencia entre países?”. Al entrar en la habitación, David colocó junto a la cama una fotografía que se hizo con una de las enfermeras en la cima del Perdón y abrazó a su gata Nyasha.

David, 16 años: "Sueño con tener un amigo"

“Al salir de Pamplona en dirección Ucrania pensé que volvía a un infierno donde no hay nada seguro y todo es extraño. Y al viajar por Europa me preguntaba cómo podía cambiar tanto un país de otro y la suerte de nacer en un lado u otro. Pensaba que después de haber recuperado la normalidad iba a ser doloroso y aterrador llegar a mi habitación. Hasta la frontera con Polonia todo fue tranquilo, pero cuando entramos en Ucrania lo primero que vi fue mucha gente con armas y muchas casas destruidas. La gente no confía entre sí, todos luchan por sobrevivir. Tuve mucho miedo y cuando llegué donde vivo me encontré nuevamente en el infierno. Sueño con estudiar en Navarra y tener un amigo de verdad. En donde vivo ahora nadie nos quiere por hablar ruso. Me gusta mucho pescar y la última vez que pude hacerlo fue el año pasado. Se me acercaron unos chicos con sus padres y nos amenazaron. No quiero enfrentarme a la gente de allí. Por eso vivimos encerrados”.

David, con su gata Nyasha, al volver a su habitación en Ucrania
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David, con su gata Nyasha, al volver a su habitación en UcraniaCedida
David, con su gata Nyasha, al volver a su habitación en Ucrania

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Alina, 38 años: “He dejado de llorar para que no lloren mis hijos”

“Nos acostamos llevando una vida y nos levantamos con otra. Fue como un sueño terrible. Teníamos una vida normal, pero estábamos obligados a aprender y hablar ruso desde niños”. El ucraniano era una lengua residual que se aprendía durante una hora al día en clase. “Aunque intentábamos que los pequeños creciesen conociendo nuestro país”, explica Alina. (El idioma ruso en Ucrania es el idioma predominante en las grandes ciudades del este y sur del país). “Cuando eres desplazado no ves salida a todo esto y no sabes lo que va a ocurrir mañana. Se acaba el dinero y nadie te alquila nada. Se acaba la esperanza. Entonces, sobrevives de la ayuda humanitaria y cuando la ves llegar en camiones la gente se pelea hasta matarse. Los niños y las niñas han perdido su infancia. Llevan dos años sin ser niños. Lo que más nos duele es que nuestros propios compatriotas del oeste nos rechazan por venir del este y por hablar ruso. Somos ucranianos y nos culpan de la guerra. Los niños del pueblo ignoran a los niños desplazados del este”. Al hablar sobre el papel de la mujer ucraniana en esta guerra, Alina parece despertar un lado oculto. Abre los ojos y se expresa con un brillo en la mirada: “Estamos obligadas a ser fuertes. Llevamos el peso de la familia a la espalda mientras los hombres luchan en el frente y vienen heridos en la cabeza y el cuerpo. Las mujeres somos las que damos normalidad. He tenido que dejar de llorar para que no lloren mis hijos. No sabemos qué va a ocurrir en otoño. Hay que concentrarse a corto plazo. Mi mayor temor es quedarme viuda”.

Sasha, 12 años: “Llevo tres años sin ir a la escuela”

Sasha tiene una sonrisa permanente y una mirada achinada. Al preguntarle cómo es la guerra desde los ojos de un niño, responde: “La guerra es miedo. Duermes y tienes miedo. Tienes miedo a todo. Antes tenía una vida normal. Me gustaba mucho andar en bici y hacer manualidades con plastilina. Sueño con volver a casa y ser dentista. En Skole no tengo amigos, se ríen de nosotros por hablar mal ucraniano. Llevo tres años sin ir a la escuela. Ahora mi vida es Internet”.

Sasha disfrutó boxeando en el gimnasio Gloves Fit&Box regentado por Beatriz Cano
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Sasha disfrutó boxeando en el gimnasio Gloves Fit&Box regentado por Beatriz CanoCedida
Sasha disfrutó boxeando en el gimnasio Gloves Fit&Box regentado por Beatriz Cano

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Nadiya Sohor, vecina de Pamplona y amiga de la familia: “No tenemos psicólogos en Ucrania”

“En Europa recuperaron la normalidad y saben que les costará volver a sentir algo así. Son conscientes de ello. Por eso, al entrar en Ucrania lo primero que sintieron es que se les apagaba la luz. Están sufriendo mucho estos niños. Vivían en un país normal y en dos días lo perdieron todo. Sienten ansiedad y estrés. Todos los niños y niñas de mi país necesitan terapia emocional, pero en Ucrania no tenemos psicólogos”.

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