Albito Viguria Caparroso, un hombre hecho a sí mismo

Albito Viguria, exparlamentario foral en un homenaje en 2002
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Albito Viguria, exparlamentario foral en un homenaje en 2002
Albito Viguria, exparlamentario foral en un homenaje en 2002

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Juan Cruz Alli Aranguren, expresidente del Gobierno

Publicado el 09/05/2024 a las 08:01

El pasado día 29 falleció en Pamplona a los 94 años Albito Viguria, natural de Ujué, hijo de Fernando y de Marcelina; viudo de María Pilar Alegría; padre de Josetxo y Eli, María Cruz y José Ignacio, Charo y Txebis, Uxue y Jesús Félix, Juan Pablo, Fernando y Amaya, Javier y Laura, y abuelo de quince nietos. A todos transmito la condolencia de un viejo amigo y compañero de Albito.

Nació en Ujué en la casa nativa de su madre, expresando siempre el orgullo de esa pertenencia. Por los traslados del padre, guardia civil, con toda la familia y el cumplimiento del servicio militar en la Benemérita conoció toda la geografía navarra de norte a sur, de la montaña de Oronoz a la Ribera de Falces o Andosilla.

Su vida en Bera le puso en contacto con una realidad cultural distinta, aprendiendo el euskera de la calle en el que se entendía con sus compañeros de escuela y primer trabajo de peón caminero en Endarlatza. Sus vivencias de la diversidad geográfica y cultural navarra aumentaron cuando se dedicó, como agente comercial colegiado, a la representación de productos alimenticios visitando locales comerciales de toda Navarra.

Establecido en Pamplona, conoció a una pamplonesa, María Pilar Alegría Amor, Mariatxo, que, además de guapa y encantadora, como decía Albito, “con esos apellidos prometía un matrimonio y una vida felices”, como así fue. Pertenecía a una familia de la calle Zapatería, hija de indiano argentino, nieta de maestros, sobrina de la soprano concertista Josefa y de D. Gregorio Alegría, director de una escolanía de la parroquia de San Lorenzo, a quien llamábamos “la culeca”, porque siempre iba rodeado de los niños a los que educaba, enseñaba canto y llevaba al cine y a jugar a la Taconera.

El ujuetarra no se convirtió en un PTV. Siempre fue muy consciente de quién era, de dónde procedía y cuáles eran sus circunstancias de desclasado por el esfuerzo y el trabajo. Encarnó y practicó el principio orteguiano: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Sus circunstancias eran su origen y la libertad de espíritu y personal por la que luchó. Toda su vida fue un ejercicio de superación que le llevó a ingresar en la universidad cuando se abrió a los mayores de 25 años, licenciándose en Derecho e iniciando el ejercicio de la abogacía.

Su defensa de la libertad y lucha para no ser víctima de las limitaciones que supusieran una asimilación e integración, -nunca logradas en una sociedad clasista y excluyente de los que no eran de los suyos-, produjo escándalo para las mentes biempensantes conservadoras por manifestar su rechazo a exigencias de grupo y clase, consciente de que hacerlo era enfrentarse al “desorden establecido” por los poderosos dominantes de siempre, asumiendo el riesgo de ser considerado un kamikaze contra su poder.

Presidente del Colegio de Agentes Comerciales, entró a formar parte como vicepresidente primero de la junta directiva de la Cámara de Comercio e Industria en un momento de renovación, en el que sustituía a sus directivos por personas jóvenes no vinculadas al franquismo ni excombatientes triunfadores. En los años setenta fue miembro del Consejo Foral, donde destacó por sus intervenciones, que eran “viento fresco” y “rompedoras” del sometimiento a la Diputación. Mostró su agudeza de ingenio y cualidades para la improvisación, la dialéctica y el discurso ocurrente, socarrón y, a veces, ladino, convirtiéndose en un miembro de la institución foral, que trató de darle un contenido de asamblea representativa de la democracia orgánica y gremial.

En el inicio de la Transición política fue invitado por su amigo el notario Nagore a formar parte de Alianza Foral, vinculándose por afecto personal hasta su disolución, pasando a ser uno de los fundadores de Unión del Pueblo Navarro (UPN). Esta opción política encajaba mejor en su visión de la Navarra plural, en la que diferenciaba entre los partidos netamente navarros y los foranos procedentes del Bidasoa o del Ebro, a los que aplicaba el lema utrimque roditur del Príncipe de Viana. Su libertad le llevó a protagonizar desencuentros con el fundador y con el secretario general proveniente de la UCD, que terminaron en su separación. Era demasiado librepensador e independiente para estar sometido a la disciplina partidista.

Tuvo un protagonismo destacado en el Parlamento Foral en los debates para establecer las bases para la negociación de la Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral, contribuyendo a flexibilizar las actitudes anticonstitucionales originales de UPN para apoyar los textos que iban elaborando la Diputación de la UCD con el PSOE. El diario de sesiones está lleno de testimonios de las intervenciones de un parlamentario foral práctico, expresivo y extrovertido, con el don de la palabra, humor fino, frases agudas, siempre respetuoso y con buen talante y trato con los adversarios.

Albito era un hombre de fe en Jesucristo que mantuvo un “compromiso temporal”, que llamaba “dedicación albitiana”, motivado “por vocación de servicio, nunca por dinero”, entendía que era una forma de agradecer lo mucho que había recibido de la sociedad. Fue un humanista cristiano que no convirtió “la actividad política en campo de su ambición, en carrera de lucro para sí mismo, para su casta o para su clase, mientras la caza de los intereses particulares hace perder de vista y pone en peligro el verdadero bien común” (Pío XII). Tuvo siempre claro lo dicho por Aristóteles: “Las repúblicas se pierden cuando no pueden distinguir los viles de los honestos”.

Nadie mejor que sus hijos y nietos saben del final de su vida con serenidad y esperanza, porque, como dijo Jorge Manrique a la muerte de su padre, “aunque la vida perdió / dexónos harto consuelo / su memoria”.

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