Seguridad
“Y a nosotros, ¿quién nos protege?”
De noche, a veces las personas hacen cosas malas porque sí, sin explicación. No obstante, hay personas como Carlos o Andrey que trabajan para que esto no suceda. Son profesionales


Publicado el 14/04/2024 a las 05:00
"Empecé en esto por necesidad. Estudiaba una carrera y no tenía ingresos”, reconoce Carlos L.O., como ha decidido que se le llame. Su pelo engominado peinado hacia atrás permanece inamovible ante el fuerte viento de la Plaza del Castillo. Se toma su tiempo, el café americano que tiene delante continúa caliente. No es el día más indicado para estar en una terraza, pero él no tiene prisa. Hoy también trabaja de noche.
Carlos llevaba apuntado a muay thai (una disciplina marcial tailandesa) desde que cursaba tercero de la ESO y sabía defenderse. Con el tiempo la oportunidad le vino sola, un contacto le avisó de que un portero había dejado su trabajo en una discoteca y decidió probar para lo que iba a ser un dinero fácil. Tuvieron que dejarle un par de botas porque no tenía. Lleva 6 años trabajando como portero y, a día de hoy, se acuerda de su primer día.
“Tenían más miedo mis padres que yo. Iba seguro, pero desde fuera entendía perfectamente que pudieran temer por mi. Dentro te haces, te acostumbras”. Él había salido de fiesta antes, pero ese trabajo trajo consigo un punto de vista distinto para él. “El prisma de no beber. Cambia todo una jodida barbaridad”.
Todavía sin despeinarse, echa la vista muy atrás, hasta su primera enseñanza dentro de este mundillo. “Hay personas que tienen intenciones oscuras. Hay gente mala”.
Esa primera lección le ha acompañado a día de hoy. “Entrar en una discoteca y saber que hay gente que tiene mala intenciones para con los demás es duro. Hay personas que intentan forzar a chicas, que se pegan por pegar o por ver a una persona débil. Es algo que impacta mucho, sobre todo porque parece que ocurre muy lejos. Aquí le pones cara a todo, al que pega y al que recibe”.
Para Carlos no hay licencias, el alcohol o un determinado evento no sirven de pretexto. “Hay gente que es mala y hace cosas malas y ya”. Para él y para cualquier persona medianamente sensible, esto le dejó una huella. “Quizás en el momento no, pero después te das cuenta. Hay compañeros del gremio que lo tienen asumido o que lo toman con filosofía. A mi me chocaba eso, la voluntariedad de las malas acciones”, reconoce. No obstante, Carlos lo tiene ya olvidado o lo trata de olvidar. Le ayuda mucho el establecimiento en el que trabaja ahora, menos hostil que donde empezó. “Tiene sus parroquianos, gente que viene frecuentemente; para mí es un oasis. No hace que desaparezca todo la maldad que hay alrededor, vuelves a casa andando y continúas viendo cosas. Pero repito, te acostumbras como a todo en la vida. Pasa lo mismo con el desamor o con la decepción en las amistades. En todo haces callo”.
CUESTIÓN DE PRÁCTICA
Como en cualquier profesión, la de portero tiene sus procedimientos. Sus tácticas. Es más complicado de lo que parece a simple vista. “Hay cosas que de primeras pueden parecer claras y otras que no. Hay una delgada línea, eso es lo complicado”.
En su caso, su trabajo se desarrolla fuera del establecimiento, por lo que hay cosas que se le pueden escapar. “Controlo el aforo, que no se introduzcan bebidas del exterior, que no se saquen del interior, que no accedan menores de edad, personas con un estado inapropiado, gente fumando ... Y para ayudar al que lo necesite”, puntualiza.
Su posición de controlador de aforo tiene sus puntos flacos. “A veces te avisan de que dentro ha pasado algo y tú no sabes quién ha empezado. ¿A quién sacas y a quién no? ¿A los dos? También estás solo. He puesto el caso de que son dos personas, pero pueden ser perfectamente seis”.
Por otro lado, estar en la puerta puede acarrear beneficios. Delante de Carlos, hay otro bar con otro portero en la puerta. Si ocurre algo que lo supere, ambos pueden compenetrarse. En San Fermín esto es algo que suele hacerse ya que, prácticamente, cada bar cuenta con uno o varios controladores de aforo.
“El año pasado estuvimos 13 para 5 bares. Esto hizo que pudiéramos controlar problemas con cuadrillas de 7 u 8 personas hasta que llegaran las fuerzas de seguridad sin problema”. También, Carlos señala la importancia de saber discernir las situaciones para seguir determinados protocolos.
“No es lo mismo una pelea que un robo o que una agresión sexual”. Obviamente, cuando mayor es la fiesta, mayores son las probabilidades de que algo suceda. “En Sanfermines muchas veces tiene que venir la policía cuando se comete un delito. Es una barbaridad el poco tiempo que tardan en llegar ”.
En esos casos y después de llamar, retienen al culpable hasta que llega la policía. “Hay un protocolo del Ayuntamiento en el caso de las agresiones sexuales. Yo lo hice a título personal como trabajador. En estos casos auxilias a la víctima, identificas al agresor y si puedes retenerlo lo retienes”. En el caso de las peleas es más sencillo: separar y sacar cuando es necesario. A veces los agredidos son los porteros, algo que ocurre con frecuencia. “El problema es cuando hay una fila línea en la situación. Que te insulten o que te provoquen”, confiesa.
El pasado fin de semana Carlos se encontró con una situación similar, cuando tuvo que mediar que vacilaran quizá demasiado a su compañero. Muchas veces regresa a casa apretando los dientes donde, irónicamente, le espera otro portero: su compañero de piso. Para Carlos empezó siendo un trabajo para ganar dinero fácil, pero lleva más de un lustro en esto. Cuando se le pregunta por qué no lo ha dejado todavía se ríe. “Buena pregunta”. Apura el café. Se le va a quedar frío.
BUENOS PROFESIONALES
Andrey, compañero de piso de Carlos, lleva trabajando como portero 10 años. También empezó por el dinero y porque su padre se dedicaba a la seguridad. “Mi padre lo llevaba bien porque al final fue él el que me introdujo. A mi madre no le gusta nada”, reconoce.
Comparte experiencias con Carlos. “La noche puede ser peligrosa, muy turbia”. Su madre teme por él con razón, ha llegado muchas veces a casa con moratones, magulladuras y marcas en la cara. Compagina las noches con su trabajo en una fábrica de 8h a 16h. Su único día libre es el domingo.
Andrey lleva una lección marcada a fuego. “La noche me ha enseñado que, aunque pueda parecer que está tranquila, todo se puede torcer en un segundo”. Ha visto de todo, peleas entre dos, entre 10, atropellos, botellazos, gente rociando con spray el interior de un bar, agresiones a la policía...
Y también ha requisado de todo en la puerta de los sitios en los que ha trabajado, desde navajas hasta palos, pasando por destornilladores. Para él, un buen portero sabe leer las situaciones, tiene paciencia y sabe hablar con los clientes. Como miembro de ASFORP que es, porta el ideal que promovía la asociación y su líder, Carlos Amorín.
“Era buen amigo mío, además de compañero. Siempre he estado de acuerdo con lo que promovía ASFORP cuando estaba él y ahora con Valentín Cocos”. Admite que, quizás, si se hubieran tomado medidas antes esta situación podría haberse evitado. No obstante, pone la mirada en el ahora.
“Por supuesto que me parece necesario que haya un examen para poder trabajar en la noche. Nosotros somos los más interesados en que se profesionalice el sector y que haya personas aptas que quieran trabajar en esto. No cualquiera puede trabajar aquí”, apunta. Demanda unas pruebas que vayan acorde a lo que se enfrentan cada día: protección de datos, primeros auxilios básicos o instrucciones precisas sobre qué hacer en situaciones de violencia de género.
La gente mala no solo se encuentra en la calle, también pueden estar en las puertas. La idea de ASFORP parte del ideal de hacer las cosas bien, como en cualquier otro trabajo. Este examen ayudaría a que muchos problemas los puedan resolver profesionales como Carlos o Andrey que, mientras la gente baila y celebra, miran con detenimiento la pista.
