Obituario
Rafael Alvira Domínguez, filósofo


Actualizado el 06/02/2024 a las 12:14
El domingo 4 de febrero falleció en Madrid el filósofo Rafael Alvira Domínguez. Fue madrileño de nacimiento y navarro de vida y afectos, conociendo y amando a Navarra a la que vino a realizar sus estudios universitarios y la mayor parte de su carrera académica. Procedía de una familia de tradición universitaria, cuyo padre D. Tomás era catedrático de la Complutense en el área de la pedagogía y uno de los jóvenes del apostolado de S. Josemaría. Rafa había aprendido y practicado en casa “el valor divino de lo humano”, del esfuerzo y el mérito, que practicó intensamente toda su vida.
Nos conocimos en los primeros tiempos de nuestra vida universitaria, cuando el número de docentes y discentes del Estudio General/Universidad de Navarra era reducido y mucha la convivencia y relación personal entre los distintos campos de estudio. Fuimos ‘quintos’ y siempre tuvimos una relación próxima por su amabilidad con todos, su sonrisa permanente, apoyo, vocación de servicio y fina ironía.
Aunque era un “filósofo” por sus estudios y actitud intelectual, mostró siempre un gran interés por la vida real de la sociedad dando un sentido práctico a sus preocupaciones antropológicas, sociales y políticas. En esto estaba lejos de las altas regiones del intelecto de otros de sus maestros y compañeros, de entre los que considerábamos ejemplar al profesor Polo. Una poco conocida fue su toma de contacto intelectual en Navarra con la ideología tradicionalista, conociendo la innovación que representó el pensamiento de Vázquez de Mella, sobre el que mucho después dirigió una tesis.
Fue un buen conocedor de Pamplona y Navarra en sus paseos peripatéticos, mientras observaba, pensaba y comentaba. Un día descubrió en la calle Navas de Tolosa el establecimiento comercial ‘Alvira hermanos’, hizo una fotografía y la remitió a su padre, explicando que la corta paga que él y su hermana recibían les había obligado a montar el negocio de cortinas y accesorios decorativos. En un viaje a Pamplona, sus padres pudieron comprobar que era cierto. Ni el violinista Antonio Alvira ni sus hermanos supieron de esta argucia estudiantil, pero les hubiese hecho gracia.
Acompañó su inteligencia con una gran capacidad de trabajo que le llevaron a realizar una brillante carrera académica, licenciándose en Pamplona y doctorándose en la Complutense de Madrid con premio extraordinario y en la Lateranense de Roma, ampliando sus estudios en Alemania, Francia y EEUU. Accedió a los cuerpos docentes en La Laguna y Madrid, desarrollando su magisterio principalmente en Pamplona en equipo con Polo, Rodríguez Rosado, Llano, Cruz, Fernández Rodríguez, Santos y otros. Su obra científica está formada por más de 15 obras, 200 artículos, la dirección de más de 50 tesis y tesinas.
Su ser humanista y el sentido práctico de compartir “fe, filosofía y vida” le llevaron a investigar sobre la antropología, la sociedad, la educación, la información, demostrando que nada humano era ajeno a su preocupación y afán de conocimiento. Así lo testimonian sus trabajos sobre la persona en la sociedad civil y ambas en la globalización, la sociedad democrática y la economía. Recogió su pensamiento en obras como ¿Qué es la libertad? (1976), La razón de ser hombre (1998), El lugar al que se vuelve: reflexiones sobre la familia (1998), Filosofía de la vida cotidiana (1999), Sociedad civil: democracia y destino (1999), etc.
Le preocupó y ocupó la formación universitaria y de dirigentes capaces de liderar el futuro de las sociedades democráticas desde los valores del humanismo cristiano, asumiendo, también, los propios del orden social creado por la libertad, dotados de valores con sentido religioso por la fe que las personas ponen en ellos, porque los creen y viven como religión civil compartida en las sociedades secularizadas. En un ejercicio de análisis realista, constató que ya no existe una sola verdad sobre la dignidad humana, que conviven varias por la diversidad de principios y valores de las sociedades abiertas contemporáneas, obligando a buscar democráticamente la “comunidad del bien común” en un marco de convivencia en libertad. Como correspondía a sus sólidos valores, defendió la familia como “unión sagrada”, por ser “la institución más necesaria para la educación social y si el Estado contribuye a su destrucción denota una gran inconsciencia e ignorancia”.
Le afectó la pandemia tanto física como en actitud vital, aun cuando siempre fue persona de gran fe y fortaleza de ánimo. La última vez que coincidimos tenía un aire más espiritual y un cuerpo en apariencia menos material, comentando lo que era notorio, que “nos vamos haciendo mayores”, con fecha de referencia común y conocida: 1942.
Aunque Rafa Alvira no fue un machadiano, sin embargo, como buscador del conocimiento y explorador de caminos, le han alcanzado los versos del poeta de Castilla: “Nuestras horas son minutos / cuando esperamos saber, / y siglos cuando sabemos / lo que se puede aprender”. Al final de su “noche oscura”, de sus días de intelectual, ha alcanzado la meta que orientó su vida: “Ayer soñé que veía / a Dios y que a Dios hablaba; /y soñé que Dios me oía… / Después soñé que soñaba.” Cuantos le conocimos podemos testimoniar que Rafa distinguió “las voces de los ecos, / y escuchó solamente, entre las voces, una”, que siguió como su camino, siendo, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Tras su muerte, “se ha dormido la voz en mi garganta, / y tiene el corazón un salmo quedo. / Ya sólo reza el corazón, no canta”.
+ El autor es amigo del fallecido