Obituario

Emeterio Eguinoa Marín, un navarro aventurero que se asentó en Suecia

Vivió en Corella y Tudela de los 4 a los 16 años, se mudó a Barcelona y con 20 se alistó en la Legión; estuvo en Marruecos, Francia, Brasil y Argentina hasta que recaló en Suecia, donde se estableció

Eguinoa, con su libro de memorias que escribió en los últimos años
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Eguinoa, con su libro de memorias que escribió en los últimos años
Eguinoa, con su libro de memorias que escribió en los últimos años

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Eva Fernández

Publicado el 27/01/2024 a las 08:50

Emeterio Eguinoa Marín (Barcelona, 1925 - Estocolmo, 2023) no fue un hombre cualquiera. Navarro de ascendencia (su abuelo provenía de Aoiz) y de corazón -vivió de los 4 a los 16 años en Corella y Tudela, donde se mudaron sus padres, porque allí residían sus abuelos- “rememoró siempre su infancia y su juventud en la Ribera navarra”, recuerda su hijo menor, Hans Eguinoa Hammarberg, que contactó con Diario de Navarra unos meses después de su fallecimiento. “Nos gustaría de algún modo honrar su memoria -subrayaba-, ya que mi padre siempre tuvo muy presente a Navarra. Dejó constancia de ello en un libro de memorias que escribió en sus últimos años; y nuestra única pena es que muriera (el pasado 8 de agosto, cerca de cumplir los 98 años), sin poder ver publicada su historia en la sección de 'Navarros globales'.

Emeterio nació en Barcelona el 20 de noviembre de 1925. Tenía tres hermanos mayores (Wenceslao, María y Alfonso) y luego nacería otro más pequeño (Antonio). A los 4 años su padre, de nombre también Emeterio (que había nacido en Bilbao, aunque su familia provenía de Aoiz), y su madre, Antonia, natural de Archena, (Murcia) se trasladaron a la Ribera navarra, donde vivían los abuelos paternos. “Mi padre estudió con los Capuchinos de Corella y, luego, en el Sagrado Corazón de Tudela, aunque no tenía buenos recuerdos de aquellos años, porque eran colegios muy estrictos y él no era el más obediente -remarca- . Nunca cursó estudios superiores, ya que tuvo que ayudar a la familia trabajando desde muy joven”, añade.

Hans, que tiene 51 años y es propietario, junto con su esposa, de la agencia de viajes 'online' Bonito Norte Viajes, con sede en Cantabria y que organiza visitas a España para suecos (90%) y noruegos (10%), cuenta que, después de la guerra, con 16 años, su padre volvió con su familia a Barcelona. Allí, trabajó primero como ayudante de carpintería y luego como reparador de máquinas de escribir, “un empleo especializado que le daría de comer gran parte de su vida”.

Cuando estaba en la Ciudad Condal, a Emeterio le llegaron rumores de que la policía estaba deteniendo a antiguos compañeros suyos de juventud (que luego habían sido maquis) y, una noche, varios agentes acudieron a buscarle a casa de sus padres. “A mi padre le entró miedo -prosigue Hans- y, en 1945, tras esconderse unos días en casa de su tío Regino, con 20 años se enroló en la Legión, con la que marcharía a Marruecos y de la que desertaría un año después.

El navarro volvería luego a Barcelona, pero en 1951, tras ser testigo de un hurto, del que tendría la obligación de testificar y por el que le podrían asociar otra vez con los maquis de Corella, decide de nuevo escaparse a Francia. Lo intentará en catamarán desde Barcelona y pasará una noche en Blanes (Gerona), pero en Cadaqués le pilla una galerna, que lo lleva a la deriva hacia las rocas de la costa donde su barco se hunde y pasa la noche escondido. Al día siguiente se arma de valor y decide cruzar al país vecino a través de los Pirineos.

En Agén reside 5 años, hasta 1956. Entonces decide marcharse a Argentina para reunirse con su hermano Wenceslao y su familia; luego a Brasil y por último Uruguay, donde seguirá con el mismo oficio hasta 1961, que marchará a Alemania. Allí vivirá hasta 1963, cuando, por las dificultades para conseguir un permiso de trabajo, decide en 1963 irse a Suecia, “una sociedad más abierta y que ofrecía muchas más facilidades a los inmigrantes”.

En Estocolmo, Emeterio “comienza fregando platos y aprendiendo sueco”, luego se hace electricista y al final se coloca en unos grandes almacenes, PUB, “donde le quieren mucho, se lleva bien con (casi) todos y se gana una reputación de persona trabajadora, honesta y sin pelos en la lengua”. “Allí le llamaron siempre Marín, Emeterio y Eguinoa eran dos nombres demasiado difícil de pronunciar para los suecos”, cuenta su hijo.

En 1967, en una fiesta de disfraces, conoce a la que será su mujer, Gunilla, con quien compartirá 56 años de su vida. “Los dos iban disfrazados de ‘moros’. Mi madre había trabajado en Argelia y mi padre había hecho la mili en Marruecos, así que ambos se saludaron en árabe y ahí comenzó su relación”, explica Hans. (En la actualidad, ella tiene 88 años y vive en Sollentuna, un municipio de 60.000 habitantes al norte de Estocolmo).

Emeterio y Gunilla se casaron en 1968 y en 1969 nació Elena, que ahora tiene 54 años y un hijo, Alvar; y tres años más tarde vendría al mundo Hans, casado actualmente con Eva, una española a la que conoció en 2012 en Madrid -ambos trabajaban como auxiliares de vuelo en Spanair- y con quien tiene tres hijas: Lola (que vive en Londres), Rita y Alba.

Hans rememora que vino a estudiar a España por primera vez en 1996 con una beca Erasmus, aunque de pequeño habían hecho varias visitas en verano. “En mi subconsciente, España era para mí un país feliz”, así que me vine a estudiar y luego a trabajar. Después dimos el salto a Cantabria, porque mi esposa es de allí, y porque a mí me recordaba a Suecia, por lo verde del paisaje y el clima”, confiesa.

Suecia le dio a Emeterio la estabilidad y seguridad que -según su hijo- nunca había tenido. “Tenía amigos suecos y también amigos inmigrantes españoles y de otras nacionalidades”. Le agradaba la naturaleza, pero detestaba los inviernos largos y duros. Creo que también echaba de menos la alegría de la vida en España”, señala.

Los fines de semana salían mucho al campo: a los lagos, para bañarse en verano; y al bosque, para coger setas en otoño o hacer esquí de fondo en invierno. A Emeterio también le gustaba mucho estar en su casa, en su cuarto de trabajo, donde arreglaba cosas y donde más tarde escribiría sus memorias. “Mi padre era un hombre sumamente práctico, un superviviente nato y tenía soluciones para todo. Me acuerdo, por ejemplo, de que una vez inventó una alarma para nuestra casa con los ladridos que había grabado a un pastor alemán de unos amigos suyos y que resultó ser muy efectiva”, ríe.

“Creo que a mi padre le hubiera gustado volver a España; pero, cuando pudo hacerlo, en 1975, el país había cambiado mucho, estaba casado con una sueca, tenía dos hijos y una vida estable”, remarca Hans. Emeterio visitó Navarra en dos ocasiones: una, a principios de los 80, junto a su familia y con su hermano Alfonso; y otra, en 2016, para visitarlo otra vez con sus nietas.

“Mi padre fue sobre todo un aventurero -concluye Hans-. No tenía ideología, aunque siempre se sintió rojo, porque desde pequeño había visto muchas injusticias. Su familia materna era tradicional y católica, y con su padre nunca se llevó bien. Hoy, sin duda, habría estado contento de leer unas líneas sobre su vida en 'Diario de Navarra'; eso le habría hecho sentirse un poco reconocido”.

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