Obituario

Joaquín María Boneta Senosiain, un hombre coherente

Joaquín María Boneta Senosiain
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Joaquín María Boneta Senosiain
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Jose I. Palacios Zuasti

Publicado el 25/01/2024 a las 07:39

El pasado día 20 de enero, a los 101 años de edad, falleció en Pamplona Joaquín María Boneta Senosiain, estellés, cofrade de Nuestra Señora del Puy, que durante más de 72 años estuvo casado con la también estellesa Teresa Beorlegui Beguiristain, con la que tuvo tres hijos varones y en la actualidad era abuelo y bisabuelo. Joaquín tuvo un único hermano, menor que él, don Jacinto Boneta, sacerdote, que durante muchos años realizó su vida pastoral en la parroquia de San Miguel de Pamplona. Joaquín María, que acabó su carrera de ingeniero industrial en 1948 y desde el 14 de agosto de aquel año y hasta 1988, en que se jubiló, trabajó en distintos destinos y puestos en la empresa Iberduero, era vecino mío, vivíamos en la misma manzana de casas y para mí siempre ha sido un placer encontrármelo, porque era un gran lector y, con su vasta cultura y memoria, y su firme creencia religiosa, la conversación siempre derivaba hacia derroteros muy interesantes. Todavía recuerdo el día en el que, no hace mucho, me contó con toda clase de detalles cómo vivió la proclamación de la II República en Pamplona cuando él tenía tan sólo 8 años.

En enero de 1932 su padre, militar, fue destinado a Madrid y allá se trasladó toda la familia que hasta el 1 de julio de 1936, y salvo los veranos, que los pasaban en Estella, vivió en la calle Benito Gutiérrez del barrio de Argüelles. Fruto de esas vivencias, en 1995, escribió las “Memorias de un niño estellés en el Madrid republicano” que, en 2000, amplió con una segunda parte “Lo que sucedió después”, que va desde el 13 de julio de 1936 hasta que empezó su vida profesional, y que son una delicia por la cantidad de recuerdos y vivencias que en ellas se reflejan.

Allí narra que el 1 de Julio de 1936 vio por última vez a su padre, que se quedó en Madrid mientras que ellos, su madre y los dos hermanos, como todos los veranos, fueron a Estella a donde, en agosto, se incorporaría su padre, “porque por nada del mundo quería perderse las Fiestas de su pueblo”. La despedida, que era solamente para treinta días, “resultó la despedida total, hasta la eternidad”. La última carta que de él recibieron tenía fecha 15 de julio y a partir de entonces y hasta agosto de 1939 nada supieron de lo que le había sucedido, de si vivía o si estaba muerto. Entonces conocieron que su piso fue saqueado “sin dejar un botón” y que a su padre lo golpearon “con las culatas de sus fusiles hasta que cayó al suelo sin sentido. Después, lo bajaron a la calle, lo ataron con una cuerda al parachoques trasero de un coche y lo arrastraron por la calle de la Princesa” hasta que murió. Esto sucedió el 4 de septiembre de 1936, cuando su madre contaba 38 años, su hermano Jacinto 10, y él iba a cumplir 14.

Joaquín María cuenta que las noticias que se filtraban en esa Estella de los primeros meses de la guerra indicaban que, en la “zona roja”, se mataba sin tasa ni medida, a gentes de las que se llamaban “de derechas” así como a religiosos. Pero que él también veía que en Estella se hacía lo mismo con algunas personas muy queridas por ellos y que hubo tres muertes que le conmocionaron muchísimo. Una de ella fue la de don Fortunato Aguirre, pues ellos eran amigos de Fidelita, su hija mayor, y sabían que la esposa de don Fortunato se hallaba esperando familia y en noviembre -de 1936- nacieron sus últimas hijas “dos gemelitas que nos enamoraron a todos”. Como se dijo en su funeral, Joaquín María fue un hombre coherente y esta dura experiencia le llevó a la conclusión “de que eso que llamaban la política no debía de ser cosa demasiado buena, porque, en gran parte, a consecuencia de ella, había visto morir, a mi padre, por un lado, y a sus íntimos amigos por otro”. Por eso, nunca sintió atracción alguna por ella, ni tuvo la tentación de afiliarse a ningún partido político, creyó en determinadas personas y siempre votó a disgusto, nunca entusiasmado, y lo hizo “contra aquellos que no están de acuerdo con mis creencias religiosas”.

En sus Memorias dice: “Hay que ver las vueltas que da la vida, y qué coincidencias se producen a lo largo de ella. Nosotros, en nuestra forzosa residencia estellesa, éramos vecinos de la familia de don Fortunato. Hoy día -en 2000-, al cabo de 63 años de aquellas tragedias, somos vecinos de Miqueli, una de aquellas gemelitas que se vieron privadas de conocer a su padre. El mismo afecto que sentíamos entonces por todos ellos, lo seguimos sintiendo hoy en día”. Y vecinos han seguido siendo hasta la muerte de Joaquín María, y con Miqueli, su marido Josetxo, fallecido el pasado septiembre, y con la esposa de aquel, Teresa, me honro de tener la misma buena amistad. Porque en aquella guerra civil hubo buenos y malos en ambos bandos, sin que forzosamente la adscripción ideológica determinase conductas moralmente arquetípicas. En ella coexistieron los más nobles y hermosos gestos con conductas viles y mezquinas. Y en ambas zonas, que no en vano eran españoles quienes poblaban una y otra, hubo culpas y desenfrenos. Y las tragedias y heridas producidas en ellas solamente se curarán definitivamente cuando se acepte la verdad de lo que pasó en las dos retaguardias durante dicha guerra fratricida. El de Joaquín María y Miqueli es el ejemplo, y no es la excepción, a seguir para superar esa triste página de nuestra Historia y para que podamos mirar el futuro con esperanza.

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