25-N
"He pasado toda mi vida entre violaciones"
Esta mujer de 38 años, madre de dos hijas, ha sufrido todo tipo de violencias desde la niñez en su país y, al llegar a Navarra en busca de un refugio seguro, Alta Exclusión de Pamplona le deja claro que no pueden hacer nada por la falta de padrón


Actualizado el 25/11/2023 a las 08:06
Si Mariam se hubiera quitado la vida hace unas noches en la comarca de Pamplona, tal y como estuvo a punto de hacer, su muerte habría quedado registrada con un numero más, y seguramente nadie habría reparado en ello. Nadie habría hecho preguntas: ¿por qué lo hizo?, ¿qué sentía?, ¿cuáles eran sus sueños?... Al final, Mariam (nombre ficticio) no se suicidó porque por su cabeza pasó a toda velocidad la imagen de sus dos hijas. Una fotografía de un vídeo de Tik-Tok grabado en Marruecos, su país, y que guarda como un tesoro en el móvil. Gracias a este recuerdo, comprendió que tenía que seguir luchando por la vida, para que sus hijas aprendan a vivir sin normalizar la violencia, las violaciones que ella misma ha sufrido desde que tenía 6 años. Violencia a la que ha añadido una más al llegar a Navarra, en esta ocasión en forma de silencio. Un silencio administrativo que la ha dejado dos noches en la cuneta del olvido por falta de empadronamiento.
Todo comenzó en Pamplona hace algo más de un mes y medio. No había recursos y además no estaba empadronada, le dijeron, y esa noche durmió a la intemperie. Al día siguiente, la acogieron durante un tiempo en el albergue, hasta que le comunicaron que debía abandonarlo y buscarse la vida. Seguía sin padrón y por lo tanto no podían hacer nada más por ella: ésta fue la consigna que le lanzaron desde Alta Exclusión. Por suerte, la calle teje sus propias redes de solidaridad y una serie de jóvenes sin hogar le aconsejaron que contactara con la asociación Apoyo Mutuo. Desde entonces, los voluntarios y voluntarias de este refugio ubicado en el barrio de la Rochapea no la han dejado sola en ningún momento.
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Una de estas voluntarias, Asun Senosiain, trabajadora autónoma de 60 años que lleva más de un año colaborando con esta entidad social, se va ganando la confianza de Mariam durante varios días. Primero vía telefónica y luego presencialmente. Poco a poco, la mujer se ha ido abriendo a esta vecina de Pamplona y le confiesa que ha sufrido todo tipo de violaciones y maltratos en Marruecos y que por eso tiene miedo a todo y a todos. Y suplica que no la deje sola en ningún momento. Un ruego que, sin embargo, salta por los aires en la primera incursión que realizan juntas a la oficina de Alta Exclusión, ya que la trabajadora social pide a Asun que se quede fuera.
El encuentro, que apenas dura diez minutos, deja a Mariam entre lágrimas. Una vez más, le acaban de confirmar que no la pueden atender porque sigue sin estar empadronada. “Ante esta falta de humanización”, Asun responde a la trabajadora social: “La situación de esta mujer es brutal. Ha sufrido una violencia tras otra a lo largo de toda su vida. Todo tipo de violaciones y violencias. Y ahora la dejáis sola. La abandonáis. Y si hemos venido aquí es precisamente para que la empadronéis y empecéis con ella un proceso de acompañamiento, porque esta mujer necesita mucha ayuda”. La trabajadora social le insiste en que no pueden hacer más por ella y que hay muchas mujeres en la misma situación. Como mucho, pueden garantizarle cama en el albergue durante el fin de semana, nada más, pero el lunes (20 de noviembre) debe buscarse la vida.
Al día siguiente, un lunes frío y lluvioso, Mariam sale del albergue muy temprano cargada con una pequeña mochila a la espalda y un bolso en la mano. Asun la espera fuera con un paraguas y juntas caminan agarradas del brazo hasta la sede de Apoyo Mutuo. Una vez dentro del local, la acomodan en la cocina, al final de la nave, frente a una mesa, algunos dulces y un vaso de leche caliente. Así es como transcurre su día y el de la voluntaria, en silencio y con la mirada baja, mientras esperan una respuesta telefónica de los servicios sociales que no termina de llegar. Apenas comen y a las seis de la tarde, en la soledad de la noche, la mujer levanta la mirada y dejando escapar una sonrisa cargada de sufrimiento, empieza a hablar frente al periodista. Sus palabras las traduce una joven marroquí.
“No puedo más, estoy muy cansada, solo quiero vivir como una persona”, observa, entre susurros. Asun se aferra a su mano derecha y la traductora toma la izquierda. Mariam sigue y cuenta que intentó suicidarse pero no lo hizo por sus hijas. Y los ojos de los presentes se llenan de lágrimas. Entonces, Asun interviene para relajar los ánimos y recuerda la primera vez que contactaron vía telefónica. “Me llamaron a eso de las ocho. A esa hora telefoneé al Ayuntamiento y planteé la situación. Me dijeron que contactara con la Policía Municipal. Pero, después de mucho tiempo hablando con una policía, me confirman que no tienen recursos y que todo lo que hay es para situaciones muy extremas de familias con niños. Por lo que se ve, no les parecía una situación extrema que una mujer durmiese sola en la calle. También me dicen que ellos reciben unos recursos muy limitados que deben gestionar. Y con eso nos quedamos. Y esa noche la pasó en el aparcamiento de caravanas junto al albergue, sin mantas y completamente sola”. Otro día, sigue detallando Asun, Mariam asistió a una reunión sola en el Servicio Municipal de Atención a la Mujer. “¿Y sabes qué pasó? ¡Nada!”, gesticula, con indignación. “Porque no estaba empadronada. No me lo podía creer”.
Mariam vuelve a levantar la mirada. Se siente con fuerza. Entonces cuenta que su marido la violaba reiteradamente, con tal violencia que tuvo que someterse a una intervención quirúrgica por desgarros. Violaciones que no paraban y que se remontan a la niñez. “Mi tío me violaba desde los 6 años”. A las violaciones se encadenaban los malos tratos que le propinaba su madre con un cable. Y con 14 años la casaron con un hombre mucho mayor al que no conocía. A esa edad, con 14 años, abandonó la casa y a sus tres hermanos pequeños. Y a partir de entonces sufrió la violencia de su marido. Nunca denunció porque en Marruecos la policía no protege a las mujeres.
En 2019, consiguió un visado para trabajar tres meses en Huelva recogiendo fresa. En un régimen de semiesclavitud, con jornadas laborales eternas en el campo, sin descanso, rescindieron su contrato al mes y se vio obligada a volver a su país. Aprovechó para huir a Alemania y a Bruselas, donde trabajaba limpiando bares en los que también dormía.
Volvió a España y se quedó en Navarra porque había leído en Internet que esta comunidad es próspera.
¿Cómo se encuentra?
Tengo mucho miedo y no estoy tranquila. No sé dónde voy a dormir esta noche ni mañana… He dormido ya una noche y pasas mucho miedo, mucho frío. Te sientes tan sola.
¿Por qué no vuelve a Marruecos?
Allí he ha pasado todo tipo de violaciones. Mi tío me violaba con seis años y a mi padre lo mataron con nueve y su cuerpo lo dejaron frente a la puerta de casa. Mi infancia ha sido como una guerra. Un infierno. No he conocido nunca la felicidad.
Se derrumba. Sufre un ataque de ansiedad. “Tranquilo, me viene bien hablar”.
¿Cómo ha sido su infancia?
Vengo de una familia pobre y siempre he trabajado. Me casaron al cumplir los 14 con un hombre de 36 años al que no conocía.
¿Ha denunciado lo que ha sufrido?
En mi país nadie protege a una mujer y menos a una mujer que ha sido violada y sufre malos tratos. La policía no te ayuda.
Sufre otro ataque de ansiedad. Se ahoga, tose, ahora sí hay que parar. La voluntaria de Apoyo Mutuo la abraza. “Mi madre nunca me ha tratado como lo está haciendo Asun”.
Crónica de una búsqueda desesperada donde dormir
Así transcurrió la segunda noche que esta mujer de 38 años, víctima de todo tipo de violaciones, se quedó en la calle:
19.30 horas. Tras la entrevista y después de varios correos que ha enviado Asun a lo largo del día a la responsable de Alta Exclusión, sin obtener respuesta, hay que ponerse a buscar un techo para Mariam. Llueve y el termómetro marca nueve grados, aunque la sensación térmica es inferior.
Asun, Mariam, la traductora y el periodista de Diario de Navarra se dirigen en primer lugar a la Policía Municipal para gestionar un bono para una pensión.
20.30 horas. Nada más llegar, una agente deja claro que no se le va a proporcionar ningún tipo de alojamiento a no ser que sean casos excepcionales de familias con niños. Que ya se lo advirtieron hace un mes y medio, cuando pasó la primera noche durmiendo en la calle. Al escuchar a la policía, Asun se revuelve. “De acuerdo, entonces que se vaya a la calle que la violen, como ya todo esto lo ha vivido”. Acto seguido, los policías dicen algo que sorprende. “Que vaya a la iglesia San Ignacio. Allí se puede quedar tranquilamente y estará caliente”. Asun se queda perpleja. Después de muchos meses trabajando como voluntaria en Apoyo Mutuo no sabía que dentro de la iglesia pudiera dormir gente sin hogar. Entretanto, la policía hace una llamada y le confirman que no hay solución. Se despiden. Mariam no disimula cierto temor. “Me parece terrible Nos vamos con una sensación de impotencia... No es humano”, observa Asun. Antes de marcharse, un agente comenta que hay muchísimos jóvenes en la calle y que para demostrárselo pueden llevarlas a un lugar, en Pamplona, donde hay treinta chavales durmiendo.
21 horas. Al terminar, salen hacia la Iglesia San Ignacio, pero nadie sabe nada de que la gente duerma en el interior del santuario. En realidad, indica un chico con una mochila, donde se duerme es en el porche.
21.30 horas. Continúan hacia el albergue para preguntar por la “alternativa” a la que se refería la Policía Municipal. No queda otra que intentarlo. Además, un usuario les ha informado desde dentro que hay dos camas libres.
En una vez en el albergue y ante la negativa del responsable de admitir a Mariam, tratan de “apelar” a su humanidad. “¿No hay nadie responsable que te pueda decir que se permita a esta mujer dormir una noche en lugar quedarse en la calle?”. A lo que el trabajador del albergue les responde: “No puedo jugarme el puesto de trabajo”.
23.00 horas. Mariam se siente mareada. Al final, Apoyo Mutuo se encarga de buscar un hostal de la comarca. Asun y la joven intérprete la acompañan a la habitación con un vaso de leche caliente y dos bizcochos.
Al día siguiente, martes, horas después de solicitar asilo en Cruz Roja, la Dirección de Servicios Sociales del Ayuntamiento da la orden para que pueda entrar en el albergue.