Embarazo, parto y duelo
"Salir de la clínica sin mi hijo fue muy duro"
Esperanza Artigas Ramo dio a luz a su segundo hijo muerto. Entonces tenía 32 años. Hoy, 73. Pero no ha dejado de pensar en él “ni un solo día”


Publicado el 15/10/2023 a las 05:00
El 25 de marzo de 1982 era jueves y Esperanza Artigas, embarazada de ocho meses, terminó de dar sus clases de Historia en el colegio Ave María de la Txantrea. Aún quedaba un mes para ver la cara de su segundo hijo, el primer niño, que se iba a llamar Álvaro, cuando de repente la vida se le puso del revés. Al llegar a su casa y aunque estaba “de cine” y todo el embarazo había discurrido con normalidad rompió aguas de color verde. Lo que les alertó a su marido y a ella y se dirigieron a la Clínica San Miguel. El niño nació muerto. Y hoy, 41 años después, con una hija de 44 y dos nietas de 7 y 3, sigue llevándole flores al cementerio de Pamplona a su tumba blanca y pequeña. “No pasa un solo día en que no me acuerde de él”.
Esperanza, zaragozana y vecina de Pamplona, apura un café con leche en un terraza del barrio de San Juan, muy cerca de su casa, en una mañana de un otoño que aún parece verano. Y entre sorbos, comienza su relato. “Llegamos a la clínica y una enfermera me escuchó la tripa con un aparato que parecía un cuerno. Que no encontraba el latido, dijo. Que no me moviera, añadió. Me colocaron las correas de un monitor y allí pasé una hora con unos dolores terribles”, recuerda. Al poco y tras un grito, Álvaro llegó al mundo. Pero no respiraba. “El niño está muerto”, sentenciaron los sanitarios. “Nunca olvidaré aquella frase. Fue como una puñalada”. Ella y su marido se quedaron en estado de ‘schock’. “Se llevaron al niño envuelto, corriendo, y nunca lo pudimos ver. Nos resultó terrible”. Tras ese momento, Esperanza permaneció siete días ingresada por trombos en las piernas. “Nadie me consoló. La única cercana y que me ofreció palabras de ánimo fue la fisioterapeuta que me hacía ejercicios para diluir los trombos”.
SIN BEBÉ Y CON FLORES
La salida de la clínica, subraya, le pareció “especialmente dura”. “Entrar con uno hijo en el vientre y salir con un ramo de flores... Imagínate”. Y entonces parecía que todo debía volver a la normalidad. Cuando nada lo era. “Yo procuré estar en lo que se celebraba porque tenía una niña de 3 años, a la que le tuvimos que explicar que ya no tendría un hermanito”. A los seis meses, en septiembre, regresó a dar clases. “Nadie me preguntó nada. Era un tema del que no se hablaba”.
Los médicos le recomendaron practicar una autopsia al bebé (se confirmó una muerte súbita) para confirmar si existían o no posibles patologías que impidieran tener más hijos. Pero ya no vinieron más bebés. “Nos sentimos siempre muy solos. Incluso había gente que nos decía que qué egoístas éramos porque solo habíamos tenido una hija. Hay personas que hablan sin saber”.
Transcurrido un mes desde la autopsia continuaron los problemas. “El cura del cementerio no lo quería enterrar en campo santo porque el niño no estaba bautizado. Pero al final, insistimos y descansa en una parcela en la que hay enterrados otros bebés fallecidos en estas circunstancias”. Pero el conflicto con el sacerdote no fue el único. “El marmolista tampoco quería esculpir la lápida. ¿Qué problema vería? Al final la hizo. Una lápida blanca con su nombre, apellidos y su fecha de nacimiento y muerte”.
Esperanza insiste en que al principio intentó mantenerse fuerte. Pero a los dos años, con 34, cayó en una depresión profunda. “De la que me sacó el doctor José Luis Amadoz, un ser entrañable. Aunque siempre arrastro síntomas”. Desde aquel 25 de marzo no ha dejado de pensar cómo sería su hijo, qué edad tendría, en qué trabajaría... ”Siempre me acompaña en la vida”.
