Historias familiares
El reloj del tatarabuelo
Ese ‘Remontier’ comprado en Montevideo ha visto pasar el tiempo de seis generaciones de la familia


Publicado el 22/08/2023 a las 08:39
"Mi abuelito tenía un reloj de pared / que lo compraron cuando nació / noventa años cumplía mi abuelo aquel mes / y el reloj los cumplía también”. Los versos de esta canción popular resuenan en silencio en mi mente y me retrotraen a mi infancia, cuando aprendí a interpretarla en el piano. Ahora no se trata de un reloj de pared pero sí voy a hablar de uno de bolsillo con casi siglo y medio de antigüedad. Y también de abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y un viaje de ida y vuelta. De una historia muy familiar. La que comenzó a escribir mi tatarabuelo tres veces paterno Miguel Echavarren Lecumberri en una relojería de Montevideo, la capital de Uruguay, una tarde cualquiera de 1879. El joven había nacido en Egüés, sumaba entonces 34 años y ya llevaba más de una década en el país austral, a donde había emigrado con su hermano Pedro. Cuando decidió comprar el reloj, un ‘Remontier’ (de cuerda manual) para ofrecerlo como parte de su dote matrimonial. El reloj, a la derecha de estas líneas, obra ahora en poder de mi padre, que lo guarda a buen recaudo en su caja como el mayor de los tesoros. El del testigo que ha visto pasar el tiempo de seis generaciones de la familia a uno y otro lado del océano. Un reloj que saltará una generación y que en un futuro recaerá, mediante sorteo, entre uno de mis tres hijos o mis tres sobrinos.


Pedro y Miguel, como tantos europeos de mediados del siglo XIX, emigraron a América para huir de la pobreza y el hambre. Ya estaban asentados en haciendas del este del ‘paisito’ y Pedro casado con una mujer de Irurita, cuando a Miguel le llegó recado de que debía regresar a Navarra. Uno de sus tíos, sin hijos, le había concertado matrimonio con la sobrina de su mujer, y les legaban la casa familiar en Nagore (Valle de Arce). Miguel estaba a punto de cumplir los 35 y seguía soltero. La ocasión la pintaban calva. El hombre navegó durante más de tres meses. Llegó al pueblo, se casó con Isabel Ibáñez, a quien no conocía de nada, y comenzaron a tener hijos. Como era habitual en la época. Primero, tres mujeres (Isabel, Rosario y Eulalia) y después, por fin, el anhelado varón, que falleció al poco de nacer. Mi bisabuelo, José Echavarren Ibáñez (Nagore, 1888), fue el quinto pero el primer varón vivo. Y por eso, a la muerte de su padre, heredó el famoso reloj de bolsillo. José se casó con Elena Echeverría, con quien tuvo nueve hijos (siete vivos), uno de ellos, Félix Echavarren (Nagore, 1918), mi abuelo paterno. Pero él nunca dio cuerda a ese reloj. Lo hizo directamente mi padre quién lo heredó de su abuelo José, cuando yo ya había nacido. Porque era su nieto mayor y el predilecto, ya que prácticamente se había criado con sus abuelos y sus tías en la fragua de José, el primer y último herrero del pueblo. Él también emigró pero a Barcelona en los sesenta. Cuando llegó la industrialización al campo y se dejaron de necesitar (y herrar) animales para remover la tierra.
¿Y qué ocurre con los descendientes de Pedro? Continúan en Uruguay. Sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos... Uno de sus nietos saltó tristemente a la fama cuando falleció en la tragedia del avión que se estrelló en los Andes (cuya historia se ha recreado en el libro y la película ‘Viven’). Rafael Echavarren Vázquez tenía 22 años cuando el trazo indescifrable del destino lo dejó en medio del silencio, el frío y la nada blanca el 18 de noviembre de 1972.
En toda la vida que aún tenía por delante, en sus padres, en el mío, en mi abuelo y en el suyo pienso mientras aprieto ese reloj en la palma de mi mano. Mientras contemplo cómo las agujas siguen girando. Inexpugnables. A pesar del paso del tiempo. O precisamente por eso. Sigo imaginando su recorrido por manos y bolsillos desde que abandonó aquella relojería en Montevideo una tarde cualquiera de 1879.