Ignacio Turrillas, el navarro que salvó a 155 judíos

El claretiano Ignacio Turrillas Labiano, natural de Monreal, protegió junto a tres miembros de su orden a judíos, en su mayoría sefardíes, durante la ocupación nazi de París. Puede ser el primer navarro en engrosar la lista de ‘Justos de las Naciones’ de Israel

Sentado en el centro, Ignacio Turrillas Labiano, con miembros de su comunidad de misioneros claretianos en París
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Sentado en el centro, Ignacio Turrillas Labiano, con miembros de su comunidad de misioneros claretianos en París
Sentado en el centro, Ignacio Turrillas Labiano, con miembros de su comunidad de misioneros claretianos en París

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Natxo Gutiérrez

Publicado el 29/01/2023 a las 06:00

Cuando hace dos años y medio trascendió a la opinión pública la proeza larvada en silencio de cuatro misioneros claretianos en París durante la Segunda Guerra Mundial, María Carmen Salas Ibarrola, licenciada en Historia y bibliotecaria de profesión, recurrió a la mente bien amueblada de recuerdos y anécdotas de Jesús Labiano Salinas en Monreal. “¿Sabes que Ignacio Turrillas Labiano, de nuestro pueblo, ayudó a salvar a 155 judíos?”. El interpelado reaccionó con perplejidad, sin respuesta en un primer momento hasta que un atisbo de luz iluminó su memoria: “¡Ahí va! Si es el padre Ignacio”.

Jesús Labiano Salinas, de 81 años de edad, apoyado en una barandilla en el viejo frontón de las tres ventanas en Monreal
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Jesús Labiano Salinas, de 81 años de edad, apoyado en una barandilla en el viejo frontón de las tres ventanas en MonrealEduardo Buxens
Jesús Labiano Salinas, de 81 años de edad, apoyado en una barandilla en el viejo frontón de las tres ventanas en Monreal

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Así era cómo aquel religioso “ingenioso, fiel, inteligente y de carácter humilde” - como aparece en una reseña de su congregación-, era recordado por el monaguillo que le asistía en misa en sus “siete o diez días” de descanso cada vez que recalaba en su pueblo en verano. Regresaba de su destino en París al hogar familiar en la entonces calle Zabalbidea (hoy Santa Bárbara, número 5) para abrazar el afecto de su madre, Fermina, y su hermana, Concha.

Durante esos años -“entre 1950 y 1952”-, Jesús Labiano, sin vínculo familiar con el claretiano a pesar de la coincidencia de su segundo apellido, atendía a una indicación de su tía María -“íntima amiga de la Concha”- para que le ayudase en misa de diez de la mañana. “Seguro que estuvo en mi casa”, observa desde la atalaya de sus 81 años de edad. Sus hogares estaban separados por el viejo frontón blanco, cuya pared lateral está salpicada de tres ventanas. “En ellas se asomaba Concha para ver jugar a los críos del pueblo y seguro que también el padre Ignacio”. Tenía otros dos hermanos -“Félix, que emigró a Estados Unidos”, y Julio-, pero no queda en Monreal, donde vino al mundo el 26 de marzo de 1897, ningún familiar suyo. De sus rasgos personales, brota el calificativo de bondadoso que utilizaba la hermana para describirlo.

Eso sí, nunca se escuchó una palabra de la gesta humanitaria y al mismo tiempo sobrecogedora que protagonizó entre 1940 y 1944 junto a tres compañeros -el leonés Joaquín Aller, el burgalés Gilberto Valtierra y el segoviano Emilio Martín- en la Misión Católica Española, de París, su principal destino vocacional hasta su fallecimiento “el 31 de julio de 1979, festividad de San Ignacio”. El apunte es señalado por el director del colegio Larraona, Aitor Kamiruaga, y corroborado en una reseña en latín en la revista Annales Congrationales de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos), proporcionada por su secretaría de la provincia de Santiago, con sede en Madrid. Murió en los brazos del hoy superior y director de la misión, el burgalés Carlos Tobes, como reconoció a El País Semanal hace dos años y medio con motivo de las averiguaciones realizadas por el salmantino Santiago López Rodríguez para su tesis doctoral en la Universidad de Extremadura El Servicio Exterior de España durante el Holocausto en la Francia ocupada (1940-1944).

Solo como detalle, el historiador, que disfrutará este año de una beca en Estados Unidos para continuar sus investigaciones, logró por su tesis el premio Miguel Artola concedido a nivel estatal por la Asociación de Historia Contemporánea y por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. El caso es que sus pesquisas que desempolvaron el relato de los cuatro misioneros claretianos en la calle Pompe, número 51 bis, de París, se intensificaron entre volutas de un café en una conversación con el hijo de un judío deportado al campo de Royallieu-Compiégne y posteriormentete liberado, cuya identidad apareció en una partida de bautismo falsificada. “Tenía una pista de antemano, en una revista sefardí francesa. Tenía testimonios y había leído un pequeño artículo”, reconoció hace dos años en una entrevista telefónica con Diario de Navarra. Pero el encuentro en aquel café de París avivó su curiosidad. Sin dudar, encaminó sus pasos hacia la iglesia de la Misión Católica Española para satisfacerla.

Guiado por su director, encontró unas partidas de bautismo, con nombres de decenas de personas con apellidos judíos, anotados en tinta azul y negra. La mayoría había nacido en Salónica (Grecia) y Estambul (Turquía), como refleja el reportaje de El País Semanal. El asombro del historiador fue mayúsculo. “Pensaba -admite- que me iba a encontrar una decena”. Ante sus ojos, se extendió una relación de 155 identidades.

Por poner en contexto histórico, el 3 de octubre de 1940 entró en vigor el denominado Estatuto de los Judíos, firmado por el mariscal Philippe Pétain para la zona francesa bajo vigilancia y control del gobierno colaboracionista de Vichy con el régimen autoritario de Hitler. Se trataba de una retahíla de leyes antisemitas que daba amparo a la creación de un censo de judíos y cobertura a lo que fueron deportaciones a campos de concentración y de extermino en la barbarie del Holocausto. Curiosamente, la primera partida de bautismo falsificada data del 3 de octubre de 1940. La nómina, con anotaciones hechas a conciencia por los cuatro religiosos, acogidos a la máxima discreción entonces y en los años posteriores hasta su fallecimiento, se amplió hasta el 12 de julio de 1944.

CON NOMBRES ESPAÑOLES

¿Qué es lo que hacían? Traducían al castellano el nombre hebreo y, de esa manera, reforzaban su nacionalidad española. Buena parte conservaba los apellidos como descendientes de los expulsados en 1492 de las coronas de Castilla y Aragón. Con las modificaciones realizadas, sin motivos ni razones documentadas que lleven a pensar en un cambio de confesión, los beneficiarios de la treta se aseguraban un salvoconducto para espantar la amenaza de ser detenidos y deportados o emprender la huida de Francia. En cierto modo, los expedientes de bautismo refrendaban los certificados de nacionalidad española que expendía el cónsul general de España en París, Bernardo Rolland y de Miota, al que le fue reconocido su atrevimiento en la puesta a salvo de más de 80 judíos.

Relación de identidades cambiadas
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Relación de identidades cambiadasCedida
Relación de identidades cambiadas

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La tesis de Santiago López refiere, como puede leerse en un comunicado que difundió la Universidad de Extremadura con motivo de la concesión del premio Miguel Artola, a los 330.000 judíos que Francia acogió antes y durante la Segunda Guerra Mundial, huidos de la persecución y del propio conflicto bélico. “Calculamos que vivían en Francia durante la guerra unos 3.000 judíos españoles, entre nacionales y protegidos”, según el relato del historiador reproducido en el comunicado. Buena parte de ellos descendían de aquellos sefardíes desplazados de España en la época de los Reyes Católicos.

Un cotejo entre las partidas de bautismo modificadas por los claretianos y las halladas en otros depósitos de documentos permitieron al investigador salmantino identificar a 60 judíos que habían sido inscritos como españoles y a otros 19, del total de los 155, como amparados por el consulado.

Los hallazgos posteriores -con testimonios de hijos y nietos a medida que el pacto de silencio sellado bajo un compromiso humano y religioso fue resquebrajándose-, revelan casos sorprendentes por la relevancia social que con el paso del tiempo adquirieron algunos de los salvados. Ejemplo de notoriedad es Raimundo Saporta, que fue vicepresidente del Real Madrid, dirigente de la Federación Internacional de Baloncesto y máximo responsable del Comité Organizador del Mundial 82.

Asegura el autor que “no ha quedado casi nada” de Ignacio Turrillas y sus compañeros en los documentos que encontró en París. “Solo sus signaturas” en cada expediente personalizado, que dan fe de su humilde carácter y su férrea convicción por asegurar la vida de amenazados.

Lo que es claro es que las circunstancias no eran las más propicias, en primer lugar, para la comunidad hebrea damnificada por las leyes antisemitas que con el tiempo dio lugar a un exterminio. En segundo, para los cuatro claretianos en su comunidad, entonces compuesta por una veintena, expuestos en el mejor de los casos a su expulsión de Francia con la agravante de comprometer a la diplomacia española o en el peor a pagar con su vida su iniciativa. “Se jugaban el pescuezo”, expresa con nitidez Jesús Labiano.

EL PRIMER NAVARRO

El hermetismo fue absoluto. Hasta las autoridades eclesiales, críticas con el Gobierno colaboracionista, cuestionó al superior de entonces de la Misión Católica Española por las suspicacias que pudiese provocar el desemesurado incremento de partidas de bautismo. Solo en un año, el registro varió un 200%. Las respuestas evasivas, en un clima de velada complicidad, disiparon cualquier sospecha que pudiera haber.

A partir de las conclusiones obtenidas, Santiago López insinuó hace dos años su voluntad de recopilar en un dossier la documentación disponible sobre el ejemplo de humanidad mostrado por los cuatro claretianos para obtener el reconocimiento de Israel con su inclusión en la nómina de Justos de las naciones. Se trata de una distinción ofrecida, al cabo de un dilatado proceso de investigación, a no judíos que sin compensación alguna socorrieron a hebreos en la persecución nazi.

Tal posibilidad llena de orgullo a Jesús Labiano y a María Carmen Salas Ibarrola, quien en un número de la revista editada por la Mancomunidad de Izaga informó de la pretensión del investigador salmantino de iniciar gestiones para la obtención de la distinción. De ser así, en un procedimiento no exento de comprobaciones, Ignacio Turrillas Labiano sería el primer navarro en engrosar una relación honorable. Del mismo modo, la licenciada en Historia y bibliotecaria manifiesta su deseo de que Monreal tenga un gesto o detalle “por su contribución humanitaria en el París ocupado” con uno de sus hijos, ya sea “con la colocación de una placa en su vivienda natal” o cualquier otro distintivo. La petición cursada en ese sentido no ha fructificado, eso sí, a la espera de respuesta por su parte a una indicación del Ayuntamiento para justificar su propuesta “con una leyenda o motivación” que dé fe de la proeza de Ignacio Turrillas y sus compañeros. Tan pronto como fue difundida hubo una reacción de satisfacción y alegría de una parte del vecindario, que pronto se apagó. Dedicado “al servicio de los españoles que emigraron a Francia”, su recorrido sacerdotal estuvo jalonado por hitos en París, Marsella y Saint Denis, donde llegó a ser superior de su comunidad.

Su principal servicio fue el de la confesión. “Fortaleció a muchos y contribuyó generosamente al bienestar de muchas personas en asuntos de cuerpo y alma”, reza la semblanza de un claretiano humilde.

‘Justos de las naciones’

Yad Vashem es la institución y monumento del Gobierno de Israel para honrar a las víctimas judías del Holocausto y reconocer a quienes trataron de protegerlos durante la persecución nazi. A estos les otorga la distinción de 'Justo de las naciones'. No es fácil precisar la cifra exacta (unos 29.000 de 51 países distintos) porque se va ampliando regularmente. La obtienen, tras un proceso de investigación severo, quienes cumplieron tres condiciones: ser gentiles (no judíos), haber ayudado de cualquier forma y manera a judíos (sin importar la cantidad) siendo plenamente consciente del peligro que su posición personal o su vida corría y, por supuesto, sin pedir ningún tipo de recompensa a cambio. Hubo sacerdotes católicos que protegieron solo a judíos conversos o salvaron a niños con la esperanza de convertirlos a la fe de Roma, actitud que impide el reconocimiento. No parece ser el caso de Ignacio Turrillas y sus compañeros claretianos en París. Hay una decena de españoles reconocidos como Justos, en su mayoría diplomáticos que arriesgaron su carrera extralimitándose en sus funciones. Uno de ellos, destinado en Budapest, fue Miguel Ángel de Muguiro y Muguiro, nacido en Madrid y de familia noble, con raíces en Navarra que su apellido delata. Ignacio Turrillas sería el primer Justo nacido aquí.

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