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Ucrania

Un viaje desde Huarte para buscar desesperadamente a su madre en un país en guerra

Esta es la historia de un viaje, el de Mónica Sarasa Lorenzo, que decidió partir hacia Ucrania para buscar a su madre de 89 años. Maruja Lozano vivía allí con su hijo, que había fallecido de un infarto unos meses antes

Ampliar *A: JOSE CARLOS CORDOVILLA 
*F: 04-09-2022
*P: MARUJA CAYETANA LORENZO Y MONICA SARASA LORENZO 
*L: GORRAIZ
*T: MARUJA HA CONSEGUIDO VOLVER DE UCRANIA DONDE VIVIA CON SU HIJO QUE FALLECIO HACE DOS MESES
Mónica Sarasa, de pie, junto a su madre, María Cayetana, en una imagen tomada hace unos días en un parque de Huarte 
Publicado el 12/09/2022 a las 06:00
Más de 6.400 kilómetros entre ida y vuelta. Un viaje desde Huarte (Navarra) a un país en guerra. Destino: Lipovsts. Objetivo: Buscar a su madre, María Cayetana Lorenzo, de 89 años, y traerla a su casa. Todo, en seis días. 
Esta es la historia que ha vivido Mónica Sarasa Lorenzo, de 52 años, residente en Huarte. Las dos, madre e hija, descansan ya en su casa desde el pasado 21 de agosto. Ahora tienen por delante la tarea de asimilar todo lo que les ha ocurrido y recorrer la travesía del duelo por la pérdida de Jesús Sarasa Lorenzo, conocido por su familia como Chus y hermano e hijo de las protagonistas de esta historia. 
Una historia que comenzó en abril de 2021 cuando el fallecido se trasladó a la localidad ucraniana de Lipovsts, en el oeste de Ucrania. Lo hizo con su mujer, nacida en ese país. Chus Sarasa, que había sido camarero y cocinero en los negocios de su padre de hostelería, dejaba en Navarra, entre otros familiares, a dos hijos de un matrimonio anterior, Mikel (38 años) y Mónica (32 años), y una nieta, Mikaela, hija de esta última y de cinco años. 
Su madre, a la que todo el mundo llama Maruja, no quiso estar lejos de su hijo y viajó con el matrimonio. “Era el niño de sus ojos y mientras estuviera con él, era suficiente para ella”, explica Mónica Sarasa, de 52 años y madre de dos hijos de 20 y 18 años.
Maruja Lorenzo, vallisoletana y cuya vida en gran parte ha transcurrido en Barcelona, se acomodó a residir en una casa con jardín, gallinas, tomates... y a hablar en castellano solamente con su hijo. Además de Chus (1962) y Mónica (1969), Maruja Lorenzo tiene otros dos hijos, Maite (1960) y María (1975).
Cuando llegó la guerra a Ucrania, ni Chus ni su madre pensaron que había llegado el momento de volver porque Maruja se había roto la cadera y tuvo que ser operada en esos inicios en los que el que podía huía del país. Así que ahí se quedaron.
Pero un día de mayo, el 29, Chus falleció de un infarto. Y Maruja quedó ‘huérfana’ de hijo, del que no puede hablar, ya en la casa de su hija en Navarra, donde reside ahora, sin que se le quiebre su dulce voz. “Estoy contenta de haber vuelto a casa, pero él no ha venido conmigo. Y a mí me gustaría abrazarle...”, dice melodiosamente mientras sujeta el crucifijo que le cuelga sobre su camisa.
IR A POR LA ABUELA YA
Para Mónica Lorenzo, al dolor de la muerte de un ser querido a más de 3.000 kilómetros se le unió la preocupación por traer a casa a su madre. “Hay que ir a por la abuela ya”, dijo la hija de Chus Sarasa al poco de comunicarle la muerte de su padre su tía Mónica.
 Pero no era tarea fácil. Las comunicaciones con ella eran complicadas por las barreras de la distancia, del idioma, de una situación tan especial como es la de vivir en guerra... Su nuera no habla español y la incomunicación agrandaba la soledad y la tristeza de una mujer que, además de haber perdido a su hijo, sufría problemas de salud.
En esta situación, a Mónica Sarasa Lorenzo se le apareció uno de varios de los ángeles que le han acompañado en este periplo. Se trata de Irina, una ucraniana que domina el español y que se convirtió en la intermediaria con la nuera de Maruja. 
Así es como entre las dos se pudo organizar el servicio de una ambulancia que le trasladaría, cuando llegara Mónica, a la frontera con Polonia. “No había visto tanta generosidad como la que me regaló Irina”, afirma en su casa Mónica Sarasa Lorenzo.
Al mismo tiempo, la hija de Chus Sarasa llamó a la embajada de España en Ucrania y explicó la complicada situación: Que había muerto su padre en ese país y que quería trasladar a su abuela a España. 
Le aconsejaron ponerse en contacto con la ONG Help to Ukraine, con sede en Gijón, que ayudaban a las personas españolas que querían marcharse de Ucrania y que le prestaron desde ese momento y hasta el final toda la ayuda posible. Otro de sus ángeles.
La ONG, en principio, se iba a encargar de recoger a Maruja Lozano de Lipovsts, pero el certificado médico que emitieron desde Ucrania, en el que desaconsejaban el viaje de una persona de esa edad con problemas de salud, solo dejaba una posibilidad que fue la que le comunicaron a Mónica Sarasa por teléfono: “Solo podemos recogerla si vienes tú”. 
Escuchar esta sentencia le cayó como un jarro de agua fría. Pensar en tener que ir a un país en guerra sola le inundó de miedo. Pero el deseo de recuperar a su madre pudo con el pánico y, en contra de los muchos consejos que recibió en aquellos días previos al viaje para que no iniciara este camino plagado de incertidumbre, dijo que sí. 
Así fue como dejó en Pamplona, además de su miedo, su trabajo en la clínica de podología de la que es propietaria y a sus hijos. Así fue como inició una aventura de la que hoy se siente orgullosa cada vez que ve a su madre a su lado.
CAMINO HACIA UCRANIA
Mónica y su sobrino Mikel (hijo de Chus) salieron de Pamplona el pasado 16 de agosto rumbo a Madrid. De aquí cogieron un avión a Cracovia (Polonia). A su llegada, en el aeropuerto, les esperaba el que se convirtió en otro de sus ángeles de la guarda, Florin Boneta, un joven informático de 25 años voluntario de la ONG que vive en Polonia, después de haber dejado Ucrania.
Florin les llevó a la localidad polaca de Przemysl, en la frontera con Ucrania, donde Mikel Sarasa se quedó esperando el regreso de su tía y abuela. “Nos aconsejaron que él no fuera para evitar posibles riesgos y que era mejor que se quedara en la frontera. Y así lo hicimos”, relata Mónica al mismo tiempo que va reconstruyendo su viaje. 
“En el primer control nos denegaron el paso. Pero fuimos a otro, donde conocían a Florin, y nos pudimos sin problema la frontera”, añade. 
Comenzaba así la incursión en un país en guerra. Pero, contrariamente a lo que Mónica imaginaba, el camino en el coche con Florin le deparó una visión donde la guerra estaba ausente. 
Los girasoles, los campos, las casas, la vida de la gente que recolectaba los campos... sustituían a los tanques y la destrucción que pensaba iba a encontrar en cuanto pisara suelo ucraniano. “Las cabras y las vacas estaban atadas en las puertas de las casas y delante de todas las viviendas había puestos donde vendían sus productos de la tierra. 
Se veía a la gente en las terrazas, a la mujeres vendiendo flores por la calle, unas bonitas iglesias... Todo hacía que pareciera un país tranquilo. Era difícil ver alguna muestra de la guerra que se desarrollaba, especialmente, en la parte este del país”, relata todavía hoy conmocionada por esa visión que pensó que iba a ser diferente. 
“Con todo el miedo que había pasado, estaba en un país donde no veía la guerra. La única muestra que vi eran esas colas de 30 kilómetros de camiones en la frontera. Me invadía la tristeza por pensar que todo eso que estaba viendo podía ser destruido”, afirma.
Después de dormir en Lviv (antes, Leópolis), llegaron el 19 de agosto al destino, Lipovsts. Mónica entraba en la casa que había sido de su hermano y donde residía su madre. 
La emoción, el llanto, la alegría le impidieron quitarse los zapatos al adentrarse en el interior, tal como es preceptivo en ese país, y entró ansiosa a la búsqueda de su madre.
 La encontró en la esquina del sofá de la casa y el llanto mojó el abrazo que hubiera sido interminable si no fuera por la premura en iniciar el viaje de vuelta. “Mi niña, mi niña...”, se ve que acierta a decir Maruja en los vídeos que conserva su hija.
Se hicieron rápidamente unas fotos las dos juntas para enviar a la familia y dejaron el que había sido el hogar para Maruja durante más de un año. 
Antes, Mónica grabó el jardín del que le había hablado su hermano, los tomates que habían plantado, los animales..., como si al hacerlo se llevara un pedacito de la vida del ya ausente.
“Cogí a mi madre, se montó en la ambulancia que le esperaba y le iba a llevar hasta la frontera, en la que viajó con dos médicos. Yo me monté en el coche de Florin y nos pusimos en marcha de regreso”, recuerda. 
Después de nueve horas, con atasco incluido, el paso por los campos amarillos de girasoles y las granjas de unos bonitos pueblos que había visto unas horas antes, adquirían un filtro especial, el de la esperanza, el de la ilusión.
EL ENCUENTRO
Todavía quedaban más emociones por vivir a Maruja. En Polonia le recibió su nieto Mikel, a quien reconoció sin atisbo de duda. La ambulancia se llenó al abrir la puerta de abrazos, de caricias, de “cariños” y “guapos” que no dejaba de repetir Maruja, ante la mirada del personal médico y de la ONG. 
Florin les llevó a Cracovia, donde los cuatro celebraron en una terraza todo lo que había que celebrar con un brindis que quedó inmortalizado en un 'selfie' de Mikel.
Fueron tres los que tomaron el vuelo de Cracovia a Madrid. Eran las nueve de la noche del 20 de agosto. Directamente se subieron al coche rumbo Navarra. 
A las siete de la mañana del 21 de agosto llegaban a casa. Maruja Lozano lo hacía sin apenas equipaje, casi podría decirse que con una mano delante y otra detrás. No quiso traerse nada, ni siquiera el misal ni sus libros religiosos, que ya tienen sustitutos en su mesilla. 
No le hacía falta nada. Después de la repentina marcha de su hijo, todo lo que tiene, su familia, está aquí, en Pamplona. No necesita más. Su hija, mientras, disfruta viéndola, convencida de que este viaje ha sido lo mejor que ha hecho en su vida.
Mónica Sarasa y Florin Boneta, de la ONG, durante el viaje en Ucrania.
Mónica Sarasa y Florin Boneta, de la ONG, durante el viaje en Ucrania.
Mónica Sarasa
De izquierda a derecha, Mikel Sarasa junto con su abuela Maruja Lozano, su tía Mónica Sarasa y Florin Boneta, de la ONG Help to Ukraine. Juntos brindan por el encuentro en Polonia

Help to Ukraine

Mónica Sarasa
Maruja Lorenzo, con su hija, su nieto y los médicos que le han ayudado a regresar de Ucrania.
La llamada que recibió Carlos Fernández de la Embajada de España en Ucrania le involucró en una misión especial, la búsqueda de María Cayetana Lorenzo, de 89 años, en Ucrania. 
De Oviedo y con 49 años, es uno de los fundadores, junto con Javier Fernández y Javier González, de la ONG Help to Ukraine (www.helptoukraine.es), con sede en Gijón. La ONG ha sacado a más de 450 ucranianos relacionados con España de su país desde el inicio de la guerra y a 43 españoles. “Normalmente, ayudamos a salir a personas sin dependencia y que no estén enfermas, pero este era un caso muy especial, había un informe médico que hacía todo más difícil, había fallecido su hijo...”, relata Fernández al teléfono. 
Trabaja como consultor en CE Consulting y dirige esta ONG con 80 colaboradores en Ucrania y 25 voluntarios en España. Empezó a funcionar en febrero de 2022 y, además de la sede en Gijón, tienen previsto abrir otras en Oviedo y en Madrid. Dispone de un teléfono disponible las 24 horas del día (984119998) .
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