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Rusia invade Ucrania

El abrazo de Valentina: una mujer ucraniana se reencuentra con sus hijas en Navarra

Una mujer ucraniana se reencuentra en Navarra cuatro años después con sus dos hijas, acogidas en el albergue de Alsasua tras huir de la guerra. La mayor de ellas sufre un tumor

Ampliar Fundidas en un abrazo en una zona ajardinada de Pamplona, Valentina Hazah y su hija mayor, Inna Tataru
Fundidas en un abrazo en una zona ajardinada de Pamplona, Valentina Hazah y su hija mayor, Inna Tatarueduardo buxens
Publicado el 25/04/2022 a las 06:00
Don Antonio, que merece ser tratado como tal por tener “93 años largos”, dice con lucidez mental que Valentina es “una joya”. Se siente cuidado en su casa de Pamplona por un torbellino de energía que es, a la vez, candor y ternura en su labor de interna. Los ojos claros de Valentina Hazah, que brillan con el halago recibido, se oscurecieron en la madrugada del 24 de febrero cuando sonó su teléfono móvil. Al otro lado, su hija mayor, Inna Tatataru, le anunciaba el mal que hunde a Ucrania en un mar de desgracias. Sobre su capital, Kiev, llovían bombas. “¡Mamá -escuchó- aquí ha comenzado la guerra!”.
El mensaje careció, al principio, de indicios de credibilidad en su mente desconcertada. Pensó que aquello era “una broma”. “¿Cómo es posible que haya una guerra entre dos países que estaban unidos? Yo tengo primos que viven en Rusia”, da razón de su primera reacción confusa.
El amanecer disipó cualquier duda para su pesar y el de su hija, que se encontraba en Kiev por un tratamiento de un “cáncer ginecológico”, aclara la madre. Como siempre que acudía a una cita, debía recorrer las ocho horas que en autobús o coche median entre Kiev y su localidad de Izmail. Se trata de una ciudad asomada al Mar Negro, en el límite con Rumanía, y expuesta en el último mes como la cercana Odessa al asedio de la armada rusa.
El recuerdo de su salida de Kiev, expresado en su lengua materna que entremezcla con algunas palabras en castellano aprendidas en el último mes en Alsasua, remueven sus entrañas. Pasa sus dedos bajo sus ojos para contener la emoción que amenaza con desbordarse en lágrimas. “Pensaba en mis hijos”. Sus temores viajaban más rápidos que el autobús “de dos pisos” que debió tomar, de regreso a Izmail. La angustia crecía por momentos. Anulada la cita del tratamiento - “deben abandonar el hospital”, atendió por indicación del personal sanitario- hizo lo posible por subirse a un autobús en medio de la desesperación que atenazaba a Kiev. Kiril y Olya, de 6 y 4 años cumplidos y celebrados en Alsasua, como apunta con una sonrisa en su rostro, ocupaban el centro de sus preocupaciones. Movilizado como se encontraba el país, el retorno fue un lento peregrinar. “Lo que cuesta ocho horas en llegar se convirtieron en dieciséis”, traduce su madre.
El reencuentro con los pequeños calmó su ansiedad, aunque un nuevo desafío asomó en su mente. Desde Pamplona atendió a la voz de su madre: “¡Salid cuanto antes de ahí. Coged los papeles fundamentales y una muda de recambio y salid!”. Inna, que tiene 29 años de edad, junto con su hermana, Tatiana, de 23, acataron el consejo materno. Hicieron las maletas y, con los pequeños Kiril y Olya, emprendieron la huida. Lo hicieron a través de la cercana Rumanía para acabar en Moldavia, donde les esperaba un tío, que les proporcionó ayuda económica para viajar en avión hasta Barcelona. Por mediación de un moldavo, de nombre Valeri, pudieron hacer en coche el tramo hasta Pamplona. Su última escala fue Alsasua en el autobús de personas refugiadas que hoy se hospedan en el albergue del Santo Cristo de Otadia.
LA ACOGIDA DE ALSASUA
La familia entera respira hoy “tranquilidad”. Los dos pequeños han regresado días atrás a la escuela aunque en un contexto diferente al que dejaron atrás en Izmail. Inna, que mantiene el apellido de su exmarido, acude a sesiones de castellano en el albergue de Alsasua, gestionado por Cruz Roja. Tiene palabras de agradecimiento hacia la propia entidad y hacia vecinos de Alsasua que le han brindado su hospitalidad. “El otro día cumplió Olya cuatro años y vinieron a la fiesta de cumpleaños”, afirma. Comparte un sueño con su madre, Valentina: “Poder vivir algún día en una misma casa”. Por de pronto, aquí en Navarra. el actual trabajo de cuidadora interna impide a la madre satisfacer su deseo de compartir techo con sus hijas y nietos. Al menos, cuando puede, se desplaza a Alsasua a verlos o recibe su visita en Pamplona. Han tenido que pasar cuatro años para fundirse en un abrazo con ellos, desde que por iniciativa propia abandonase Ucrania para labrar un mejor porvenir a su familia. El mal de la guerra, que tanto les preocupa, al menos le ha proporcionado un atisbo de felicidad. Sus ojos brillan ahora. Desconoce si podrán regresar a Ucrania. “Tardará en reconstruirse todo”, observa con buen criterio la hija mayor.
No sabemos ni siquiera cómo estará nuestra casa”, la misma que, con los ahorros conseguidos en Pamplona, ayudó a levantar en la distancia Valentina con energía y candor.

Periodista en una televisión local junto al Mar Negro

Cuando llegó Valentina Hazah hace cuatro años a Navarra, un ideal motivaba cada día su búsqueda de empleo, como a cualquier persona inmigrante que tiene su corazón partido entre su lugar de acogida y su tierra de origen: “Ayudar a mis hijas a que estudiasen y tuviesen una casa”. Las dos se encontraban completando estudios universitarios que han debido aparcar como daño colateral de la guerra. La mayor, Inna Tataru, destacó en Historia y Derecho. Tal era su desenvoltura -confirmada en el avance en el aprendizaje de castellano en el mes de residencia en Alsasua-, que una profesora le animó a probar como periodista en la cadena local Izmail TV. Conductora de un magazine -señala-, sondeaba la opinión en distintos avatares sociales “de políticos y famosos”.
“¿Cómo ve la guerra en Odessa y alrededores?”, recibe por interpelación quien ha tenido el privilegio de observar la realidad con una perspectiva periodística. “Lo más importante en Odessa está destruido. No sé cómo se va a poder reconstruir todo. Han de pasar muchos años para que eso suceda”, expone con lamento por la estela de destrucción que han sembrado las bombas rusas.
La tristeza nubla su rostro cuando le sobrevienen imágenes de “amigos, familiares...”. Su perfil profesional queda relegado en ese instante por el plano humano que descubre al evocar a “tantas personas conocidas que se han quedado allí”. La hondura de su pesar se acrecienta al serle cuestionada sobre escenas que contempla estos días en televisión. Imagina la desolación y el sufrimiento de tantos, incluidos niños, obligados a permanecer ocultos en los refugios. La emoción le embarga.
Al menos, la distancia kilométrica de la guerra le procura sosiego. A salvo, quiere quedarse con su “mamá”. 
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