Covid

Cautela para desprenderse de la mascarilla

En los comercios del centro de Pamplona una mayoría de clientes y vendedores continuaba cubriéndose boca y nariz durante la mañana del miércoles

Clientas con mascarilla en la panadería Arrasate, en la calle San Antón
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Clientas con mascarilla en la panadería Arrasate, en la calle San Antón
Clientas con mascarilla en la panadería Arrasate, en la calle San Antón

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Paloma Dealbert

Actualizado el 20/04/2022 a las 20:44

Quien paseara por la Plaza del Castillo en la lluviosa mañana del miércoles pudo revivir por momentos la estampa que lucía la zona en febrero de 2019. Aunque algunas mascarillas por debajo de la barbilla o en la mano interrumpían ese viaje al pasado. Y unos pocos transeúntes todavía se cubrían la nariz y la boca. Las calles lucían otro aspecto al adentrarse en el Casco Viejo y en bares y tiendas; gran parte de los comerciantes seguían utilizando la mascarilla quirúrgica o la FPP2 para trabajar y una mayoría de clientes decidieron continuar con esta medida de prevención durante las primeras semanas tras el fin de su obligatoriedad en interiores. Tanto es así que se la dejaban puesta de camino entre establecimiento y establecimiento.

Sin cubrirse para ir al bar

El trato diario a escasa distancia con un público variado y abundante ha motivado a camareros como Patxi Eneriz Sola, de la cervecería Txirrintxa, a seguir llevándola. “La voy a mantener, durante la pandemia me ha ido bien y no he cogido catarros ni nada parecido”, explicaba. Si no hay consumidores se la va a retirar unos minutos para “respirar un poco mejor”, pero luego se la colocará de nuevo. Y no le importa que haya personas que no usen mascarilla, aseguraba Eneriz, pero por precaución se la pondrá, en especial durante los juevintxos y los fines de semana.

Algunos navarros ansiaban el cese de la obligatoriedad sobre todo para acceder a locales de hostelería. “Si luego te sientas y vas a estar sin mascarilla, tampoco tenía mucho sentido que fuera a pedir con mascarilla”, argumentaba Lucía Zúñiga Elizari, estudiante de 20 años. La pamplonesa confesaba en una cafetería de la Plaza San Francisco que ya deseaba poder quitársela: “Al final era bastante molesto, como en los gimnasios”.

Acostumbrada a cubrirse

Para otras personas cubrirse boca y nariz es un gesto que han integrado en su rutina. “ Me he acostumbrado a la mascarilla y se me hace un poco raro andar por las calles y por las tiendas sin ella y me gusta”, indicaba Itxaso Alemán Martínez, de 12 años. La joven vecina de Nuin salía, con este elemento colocado, de una tienda de la calle Mayor junto a su madre, que iba al descubierto. “Me parece muy bien que la lleve si quiere; yo siempre la he usado para todo, pero he entrado, he visto a la dependienta sin mascarilla y he dicho ¡Yo también!”, relataba Mari José Martínez. En otros espacios y cuando haya “mucha aglomeración”, añadía, la seguirá utilizando. Trabaja en el ámbito sanitario y se mostraba desconfiada de que la situación epidemiológica fuera a evolucionar de forma positiva.

A preferencia del cliente

Por imitación se van a regir muchos comerciantes y compradores. Así lo admitía Alfonso Artazcoz Viana, de Artazcoz Moda Hombre. El dueño del establecimiento tenía claro que iba a tener siempre cerca una quirúrgica para amoldarse al cliente: en caso de que entre alguien con mascarilla, él se la colocará. O cuando haya varias personas a la vez: “Hay gente que tiene aún miedo y hay que respetarles también”. Y este temor era más palpable entre la población de edad más avanzada.

Un par de vueltas por las tiendas del centro este miércoles bastaban para percatarse de que las personas mayores usaban la mascarilla en mayor proporción que los jóvenes. Por esta razón, explicaba una dependienta de La Chica de las Lanas, ella seguirá atendiendo cubierta. De las 13 clientas que habían entrado durante la primera hora y media del miércoles, tan solo una iba con la cara despejada.

Alegría por ver las caras

Una cuenta parecida sacaba Aurel Constantino, dueño de Peluquería Garciandía: de los siete clientes que tuvo en algo más de tres horas tan solo uno, un viajero argentino, no utilizó mascarilla. Algo que agradece por las repercusiones que tuvo para su negocio la pandemia: “Me he sorprendido. Estaba expectante porque me la quiero poner por cercanía, y he visto que al final los clientes son bastante responsables”.

En la Panadería Arrasate de la calle San Antón, en cambio, percibían un mayor número de compradores sin mascarilla y alegría por ver, por fin, la cara a los trabajadores. “Viene más o menos mitad y mitad, un poco menos gente sin mascarilla, y hay quienes preguntan al entrar si quiero que se la pongan”, señalaba Irene Arrasate Ruiz de Galarreta. Tanto la gerente como sus compañeras, que están sometidas al trajín del negocio desde temprano habían terminado por desprenderse del cubrebocas, aunque alguna lo tenía a mano por si se lo requería un cliente. Los vecinos de la zona, apuntaba Arrasate, habían acudido sin cubrirse, incluso los de mayor edad.

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