

El Área Materno Infantil del Hospital Universitario de Navarra, un "oasis" donde la vida se abre paso
De los 9.972 nacimientos registrados en esta comunidad durante los dos años de pandemia, 7.406 han sido en el Área Materno Infantil del Hospital Universitario de Navarra. Un “oasis” en el que han apostado en todo momento por mantener el “vínculo” entre la madre y el bebé
Actualizado el 20/03/2022 a las 08:47
Marc Terés no olvida el 18 de marzo de 2020 en la Unidad de Partos del Hospital Universitario de Navarra. “Ese día me tocó la fibra para siempre”, reconoce este celador de 45 años y 20 de experiencia en quirófanos. Aquel día, Terés acompañó al quirófano a una mujer embarazada de ocho meses con covid para que le practicaran una cesárea de urgencia: la bebé le oprimía los pulmones y se temía por la vida de la madre.
Al entrar en la habitación, el celador se encontró con una persona empapada en sudor, mareada, febril, hablando desordenadamente. Y Terés no lo dudó. Embozado con traje de protección y gafas, no había equipos suficientes entonces, trató de animarla. “Pronto abrazarás a tu hija”, la espoleó, tocando su hombro para que notara su presencia de camino al paritorio. “Se llamará Zuriñe”, respondió ella. Y se despidieron con un cruce de miradas.
Pasaron los días y el celador no se la podía quitar de la cabeza. Preguntó por su estado de salud y le confirmaron que la niña había nacido bien, sin covid, y la madre había ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Dos años después, Terés no conoce a aquella mujer a la que insufló esperanza. No sabe que Miriam Rivera Benavente “Mitxi” fue la primera gestante en Navarra en ingresar en estado grave en la UCI tras dar a luz, y que estuvo a punto de morir en dos ocasiones durante las cuatro semanas que permaneció en coma inducido. De hecho, prepararon a la familia para afrontar su fallecimiento. Un desenlace que su hijo Kaiet, de 9 años, se negó a aceptar. “Mi madre saldrá adelante porque es fuerte como un miura”, zanjó el tema. Y tal y como predijo, el 24 de abril su madre recibió el alta y abrazó a sus hijos. Al sentir por primera vez a su hija, piel con piel, le susurró unas palabras que mañana desvelará este periódico.
De baja por las secuelas de la covid, hoy Mitxi sueña con regresar al hospital que le devolvió a la vida para llevar dos fotografías de Zuriñe: la que tomó su ginecóloga tras la cesárea y una segunda fotografía en la que se puede ver a la niña con casi dos años sentada al volante de un coche.


María Araiz Vergara, jefa de partos: “Este es un lugar donde, al final, la vida se abre paso ”
“Ser matrona es un motor de vida”, define en este andén de “resiliencia” María Araiz Vergara, jefa de la Unidad de Partos y Urgencias de Ginecología. Araiz estos días se siente especialmente impactada por las imágenes que llegan de mujeres dando a luz bajo los bombardeos rusos en Ucrania, y en concreto por el ataque aéreo contra un hospital de la ciudad de Mariupol. “Cuando has visto nacer tan de cerca y sabes lo importante que es el apoyo emocional y asistencial en un parto... Lo que están viviendo esas mujeres es una experiencia que las marcará para siempre a ellas y a sus hijos”, aclara su desasosiego.
Al pisar el corazón de este pasillo de vida, en la planta cero del antiguo hospital Virgen del Camino, llama la atención la sensibilidad que se transpira en cada detalle. Mucho más allá de los partos, en este oleaje de sentimientos, trabajan 184 profesionales: 55 facultativos de ginecología y obstetricia (y 10 residentes), 70 matronas (y 8 residentes), 4 enfermeras en fertilidad, 37 técnicos sanitarios (TCAE), celadores, servicio de limpieza... Un equipo humano dedicado exclusivamente a traer vida, hoy en medio de un tsunami de incertidumbre, muerte y miedo. Solo durante estos dos años se han realizado en este hospital de Pamplona 7.287 partos (7.406 nacimientos) en un contexto en el que los datos de contagios y decesos no han dado tregua. En Navarra han fallecido por covid alrededor de 1.500 personas.
El inicio de la pandemia sorprendió a la responsable de partos preparando su residencia como matrona en San Sebastián. Ser matrona era un sueño que por fin tomaba forma tras doce años trabajando como enfermera en quirófanos. Un sueño que, sin embargo, quedó relegado “porque veía complicada la preparación y la formación”, explica Araiz. Al menos, hasta que una grave enfermedad, en 2016, le propinó el definitivo “empujón final” para intentarlo nuevamente. “Necesitaba trabajar al lado de la vida en estado puro para curarme y decidí prepararme en pleno proceso de la enfermedad. Lo peleé contra viento y marea...”. Y lo consiguió. Las palabras reman en un mar de brillos. En 2018, Araiz firmó su primer contrato como matrona, en agosto de 2020 fue madre y en diciembre de ese mismo año se incorporó a este puesto de responsabilidad en Pamplona. “Aquí me encontré una plantilla cansada pero cargada con la mochila de la ilusión y compromiso por seguir trabajando en un lugar donde, al final, la vida se abre paso”.
Amaia Luquin Villanueva, matrona: “Los pequeños momentos nos han mantenido fuertes”
Laura Osés Zugasti, tcae en enfermería: “Antes nos bastaba una sonrisa para transmitir”
¿Qué siente al oír el llanto de un recién nacido? “¡Uf, qué difícil de responder!”, sonríen a la vez la matrona Amaia Luquin Villanueva y la auxiliar de enfermería (Tcae) Laura Osés. “Me da mucha pena que no nos vean la cara por las mascarillas”, comienza reflexionando Luquin. “En realidad, es un sentimiento, porque sabemos que los bebés durante los primeros días no ven más que sombras. Y mucha más pena nos da cuando lloran y la madre no puede acercárselo y darle millones de besos como se hacía hace dos años. Me refiero a cuando estamos en la habitación y las madres tienen que ponerse las mascarillas. Puede parecer algo muy simple , pero lo pensamos prácticamente a diario”, comparten las dos profesionales. “Quizás ahora cuando llora un bebé pensamos que tiene mucha suerte por tener al lado a su madre para poder abrazarle, tranquilizarle y acariciarle. Se ha ido tanta gente en esta pandemia...”.
Al recordar, sus primeros pensamientos se remontan hasta semanas antes del confinamiento, cuando llegaban las noticias de China “sobre un tipo de neumonía de origen desconocida”, apuntan. “Poco a poco, conforme fueron pasando los días, vimos que este virus era algo serio y había que protegerse”, asiente la matrona. “Pero no sabíamos muy bien cómo hacerlo. ¿Debíamos protegernos con mascarilla quirúrgica o FFP2? ¿Y nos las debíamos poner con todas las pacientes o con las que presentaban síntomas respiratorios? ¿La transmisión del virus era vía respiratoria o por contacto? ¿Y si la madre embarazada tenía el virus, el recién nacido nacería infectado?”.
Estas fueron aquellas sensaciones iniciales. “Recuerdo las dudas de las madres cuando se sabía tan poco”, interviene la auxiliar. “A su preocupación de si estaban infectadas, se sumaba otra mayor: ¿mi bebé estará bien? En estos dos años los profesionales nos hemos adaptado, informándonos, formándonos constantemente para intentar ofrecer a las pacientes la poca evidencia que existía. Día a día, más si cabe, hemos tenido que humanizar nuestra atención. Nos esforzamos por transmitir de forma verbal lo que antes lo hacíamos simplemente con una sonrisa o con un apretón de manos”.
La matrona también asegura que algunos de los cambios han podido llegar para quedarse. “Se comenzaron a dar altas precoces, antes de las 48 horas del parto, siempre y cuando la situación de la madre y el recién nacido lo permiten (excepto cesáreas)”, detalla. “A menos horas de ingreso, menos riesgo. Y este cambio supone realizar en 24 horas lo que antes se hacía en dos o tres días, empoderando en este poco tiempo a esa mujer para que se vea capaz de llegar a su domicilio, cuidar y alimentar a su bebé de forma satisfactoria”, continúan expresando Luquin y Osés. “Y resulta difícil en muchas ocasiones objetivar si el recién nacido en esas 24 horas de ingreso realiza tomas al pecho satisfactorias y además enseñarle a la madre la extracción manual de calostro o que sepa cómo alimentar a su bebé con cánula-jeringa para que las tetinas no interfieran en estos primeros días de lactancia. Por un lado, es difícil por la carga asistencial de algunos turnos y por otro porque cada recién nacido necesita su tiempo”, admiten.
Otro gran cambio en esta planta de maternidad ha sido la restricción de visitas. “Creemos, porque así nos lo han transmitido muchas pacientes, que esta medida ha supuesto un enorme beneficio para la madre y el recién nacido. En las primeras horas, el bebé necesita estar en contacto piel con piel con su madre el mayor tiempo posible, olerle, sentirle, escucharle, para sentirse seguro y crear ese vínculo tan importante. Es por ello que durante su estancia se les intenta separar lo menos posible. Por otro lado, las madres y los padres, después de parir necesitan descansar. Si la madre decide dar lactancia materna es fundamental que esté atenta al recién nacido para ofrecerle el pecho cuantas veces pueda y no perder ninguna oportunidad. Muchas veces, cuando había visitas por las tardes, estas oportunidades se perdían. Lo que hacía que los bebés por la noche estarían más irritables”. No obstante, admiten con una sonrisa que también se les escapan algunas visitas. “Y desde nuestro lado más humano, cuando entramos a una habitación y vemos los ojos de felicidad de esa abuela que ha venido a visitar a su hija, “porque no podía aguantar más y además tengo las tres dosis de vacuna puestas” se nos olvida por un instante las restricciones. Y nos damos cuenta de que estos pequeños momentos son los que nos han mantenido y mantienen fuertes estos dos años”.


Reyes Medrano Gurrea, responsable del área materno infantil y enfermera: “Al llegar aquí me decía: ¡hay vida, por fin!”
Horas antes del inicio del estado de alarma, el viernes 13 de marzo de 2020, la enfermera y responsable del área Materno Infantil, Reyes Medrano Gurrea, de 59 años, visitaba una exposición sobre Van Gogh en el Baluarte. “Al salir a la calle, me impactó el silencio”. Esta es la fotografía que le sobreviene al recordar. “Nadie esperaba algo así. Nadie preveía que tendríamos que reorganizar de la noche a la mañana un hospital, y que daríamos salida a todas las necesidades”, explica. “Y los profesionales cooperaron y respondieron”. Los pensamientos van y vienen, a toda velocidad. Y se acuerda de la reunión del comité de emergencias en enero del 2020, donde les adelantaron que había un virus que debían “vigilar estrechamente”. También rememora la “inquietud” que sentía al circular por una ciudad vacía. “Solo veías a la gente cuando entraba en el hospital. Y al llegar aquí, me decía: ¡hay vida, por fin! Fueron meses en los que este lugar se transformó en un oasis, en medio de un tsunami de ingresos y fallecimientos”, pormenoriza. “Los niños y niñas estaban en casa en esos momentos. No había presión asistencial. Así que nos adaptamos para que se les pudiera atender telefónicamente y de esta manera evitar que se acercaran a un entorno hospitalario. Desarrollamos circuitos de atención al parto en urgencias de ginecología y obstetricia, mientras los nacimientos seguían su curso. Y al disminuir la presión asistencial, nuestros profesionales pudieron ayudar en otras unidades como la UCI”. Sin embargo, la sexta ola se tragó la quietud inicial. “Ahora tenemos más madres y padres que vienen a los partos con covid. Y, claro, nos sucede lo mismo con los niños. En cualquier caso, no se han separado a las madres con covid de sus bebés”, subraya. “Hemos apostado desde el principio y en todo momento por el vínculo. Y para que puedan realizar la lactancia en condiciones de seguridad hemos preparado habitaciones”.
Dos años después, Medrano confiesa sentirse cansada. “ Ya llevamos dos años y acabamos de salir de una ola muy importante que ha dejado un mayor número de absentismos entre los profesionales por contagios. Y no sabemos si esto continúa...”.


Isabel Huarte Sala, ginecóloga y obstetra: “Nunca habíamos visto tantas embarazadas con covid”
Cuesta recordar, pero al escarbar emerge un río de experiencias. “Estoy muy aburrida de la mascarilla y no poder llevar una vida más o menos normal por la falta de contacto social... Creo que se vive más triste que antes”, se sincera Isabel Huarte, ginecóloga y obstetra “Los primeros momentos de la pandemia los asocio a la oscuridad de los días aún cortos del invierno y a la preocupación que producía la incertidumbre de lo que parecía que estaba por llegar... y con un hijo fuera de casa”. Las imágenes se proyectan a toda velocidad sobre la pantalla del pasado. “Recuerdo la manifestación por la mujer trabajadora y las personas conocidas que acudieron, la javierada, la vida cotidiana en casa...”, sigue relatando Huarte. “El correo del trabajo se convirtió en covid-19. La dirección médica del hospital y el jefe del servicio comenzaron a mandar mensajes diarios para informar sobre la situación epidemiológica y las medidas que se iban adoptando y actualizando”.
De aquellos días previos al estado de alarma también emerge su preocupación por el desconocimiento de la “magnitud del problema”, dice. “Recuerdo las compras, las farmacias, los geles, los alcoholes. La preocupación por tocar aquí o allá. Las calles vacías, el silencio, la desconfianza. En el trabajo aprendimos las medidas de protección que estaban a nuestro alcance: los equipos de protección para atender a pacientes con síntomas, la distancia, el lavado de manos. Había escasez de materiales, falta de pruebas de diagnóstico y confección de protocolos, incluso para protegernos los sanitarios”. De hecho, la tercera semana de marzo se infectó la mitad de su sección de obstetricia. “Éramos diez y enfermaron cinco con muy pocos días de diferencia. Nos empezamos a poner mascarillas de forma permanente porque veíamos que la infección era inevitable en el trabajo. Veíamos que las personas asintomáticas contagiaban y los síntomas leves eran muy frecuentes y difíciles de identificar”.
En la tercera semana de marzo comenzaron a atender casos graves en gestantes y recién paridas. “No había mascarillas y tampoco existía conciencia de tomar medidas especiales”, asiente, calculando hacia el mes de abril cuando se generalizó su uso. “Los test de diagnóstico se extendieron a la población asintomática para organizar el trabajo hospitalario y extrahospitalario y fuimos adaptando los protocolos de atención al embarazo, parto y puerperio (cuarentena) en coordinación con otros servicios”. En este contexto, la preparación maternal dejó de ser presencial y las consultas telefónicas sustituyeron a las presenciales en muchas de las visitas habituales. No obstante, Huarte no percibió miedo en las embarazadas o sus parejas. “Aunque les comunicábamos que no parecía que hubiese una transmisión vertical de la madre al hijo, sí es verdad que al nacer tuvimos dudas al principio de cómo manejar la relación horizontal entre ambos. No obstante, hemos sido muy activos en favor de que madre e hijo estén unidos”. Y al referirse a la vacunación, traslada un mensaje rotundo. “Toda la sección de obstetricia hemos apoyado la vacunación de la embarazada. Es evidente que son un grupo de riesgo para la infección y nunca hemos tenido tantas enfermas graves como durante la pandemia”, manifiesta la postura. “En definitiva, creo que la dirección médica y quirúrgica y mi jefe de servicio han hecho un gran esfuerzo y trabajo organizativo. Y los trabajadores también lo hemos hecho”.


Esther de la Rúa Rumi, matrona: “Hemos intentado que el parto sea un momento único”
Su madre, Carmen Rumi, trabaja en la UCI, salvando vidas; y ella, Esther de la Rúa, ayudando a traer vida en la Unidad de Partos. Madre e hija. Los relatos se encadenan en esta planta cero. Y al recordar, la matrona evoca los equilibrios que tuvieron que hacer tanto ella como su pareja, Alain Cía, auxiliar en neonatos, para cuidar a su bebé de 8 meses sin ponerle en riesgo. “Han sido muchas fases estos dos años pero ninguna la he vivido con miedo. Ha sido ir adaptándose a las diferentes fases”, explica. “La primera ola fue el impacto de lo inesperado y la quinta, en verano, cuando más mujeres embarazadas tuvimos por covid. Pero, a pesar de los contagios, nunca las hemos dejado solas. Hemos entrado a las habitaciones todas las veces que hacía falta con los equipos de protección puestos y se ha atendido exactamente igual. Hemos intentado que la experiencia de ser padres siga siendo un momento único. Creo que en esta comunidad hemos hecho las cosas bien”, asegura. “Solo hubo un día en el que dudamos. Fue cuando empezamos a tener casos de embarazadas con covid y no sabíamos si los bebés se contagiaban. No se sabía. Pero fue un momento puntual. Un día, solo uno, porque a partir de entonces nunca se separó a las madres de sus hijos”.
Al invocar el eco de los aplausos a las ocho de la tarde, “me sentía abrumada porque parecía que los aplausos iban dirigidos hacia mí, cuando nosotras no luchábamos directamente contra el covid, como lo hacen en la UCI”. Madre e hija se mandaban fotografías con los equipos de protección al salir de trabajar. “Ella lo vivió del otro lado, pero la incertidumbre era parecida por la falta de material. No hay que olvidar que aquí se tardó meses en que se hicieran pruebas a las madres. Entrabas a la habitación con ellas y no sabías qué te ibas a encontrar. Y, claro, las mujeres hiperventilando, sin mascarilla, porque parir con mascarilla es muy duro. Y nosotras les pedíamos que no se las quitaran porque nadie nos había hecho una prueba. Estos dos años hemos vivido muchas cosas curiosas. Me hacía bien venir a trabajar y estar acompañada”.


María Asun Zambrano, servicio de limpieza: “Sentí miedo por mi hija, porque soy monoparental”


Marc Terés, celador: “La gente agradece unas palabras conciliadoras”
Una palabra, una mirada, un gesto cómplice, aunque sea en un pasillo, sobre una camilla, de camino al paritorio, con fiebre... Más allá de los facultativos, matronas y auxiliares, en este área de Materno Infantil trabajan otros colectivos que “acompañan” en la primera línea de la vida.
Marc Terés, (celador) y Asun Zambrano (servicio de limpieza) les ponen voz a todos ellos. Y al describir lo que sienten, después de dos años, sus voces trazan recodos de emoción. “Hay que ser conciliador y dialogante para que el paciente se sienta tranquilo. Solo un gesto es más que suficiente para recuperar el ánimo en una camilla”, explica Terés, admitiendo que administra un repertorio de frases en diferentes idiomas con las que poder transmitir calma a los pacientes. “ Para eso estamos. También es nuestro trabajo. Al final, se te queda dentro la satisfacción del deber cumplido”.
En el caso de Asun Zambrano, los pensamientos vuelan a la soledad del confinamiento. Y se emociona, una y otra vez. “Lo peor que he llevado es que por mi condición de monoparental he tenido que dejar a mi hija de 12 años con gente para que me la cuide mientras trabajaba”, dice. “Aunque salía de casa preocupada, al llegar aquí me encontraba un equipo que me ayudaba mucho. Y esto te animaba y te recomponía. Lo he vivido fatal. De hecho, me emociono muchísimo. Ha cambiado tanto la vida. Y la gente está ahora mucho más a la defensiva”.


Pepa Tirado, tcae en enfermería: “Somos un oasis de paz, una gran familia”
Con 55 años y 23 de experiencia (14 en partos) y dos oposiciones, Pepa Tirado asegura que ha sentido miedo, mucho miedo. “Por no decir terror”, relata.” Pero no era miedo por mí, sino por llevar el virus a casa”. El trabajo de los auxiliares de enfermería abarcan un amplio abanico de funciones que comienza con la atención a las pacientes. “Estás con las mujeres durante toda la dilatación, apoyas a la matrona en lo que haga falta, el parto, los primeros cuidados del recién nacido, su identificación...”. Al recordar los primeros días de la pandemia, deshoja silencios. “El silencio de la tristeza y de la tensión. Venías en el coche sola y eso daba una impresión tremenda. Era como un holocausto. Te metías al vestuario y todos cabizbajos...”. El 13 de marzo le tocó turno de noche. “Fui la única que vine a trabajar con mascarilla y la única que no me contagié en un turno”. Coincide con sus compañeras que este lugar ha sido un “oasis de paz y una gran familia”. Sin embargo, al hablar del peor momento, apunta al final del confinamiento y ver a la gente sin mascarilla. “Se me cayó el alma al suelo. Ese día fue el peor. ¡Ese día!... Todo el mundo estaba como si nada. Y los sanitarios no somos superiores sino personas que arrastramos circunstancias personales muy duras”.