Rusia invade Ucrania

El Seminario canta por la paz en Ucrania

El Seminario de Pamplona acogió ayer por la mañana la misa grecocatólica por el rito bizantino que cada quince días reúne a los fieles de la comunidad ucraniana en Navarra. No fue una celebración como las anteriores

Misa grecocatólica, por el rito bizantino, en el Seminario
Misa grecocatólica, por el rito bizantino, en el Seminario. Jesús Caso

Marialuz Vicondoa

Publicado el 14/03/2022 a las 06:00

El de ayer no era un domingo como los de otros meses, como los de otros años, como los de otras vidas para los cerca de 60 ucranianos que se reunieron en el Seminario de Pamplona. El de ayer era un día más de guerra en su tierra. De miedo y de muerte. Y en la misa que celebran cada quince días en la iglesia del majestuoso edificio que construyó el pamplonés Víctor Eusa, inaugurado en 1939, se rezó y se cantó, se rezó cantando, se cantó rezando por la paz y la victoria de Ucrania. Familias, con hijos y abuelos, algunos recién llegados y otros con años de vida en Navarra, unían sus voces preocupadas a los llantos de sus familiares, amigos, compatriotas que a más de 2.000 kilómetros sufren la invasión de Rusia.

El cura Bohdan Bodnar, ucraniano, casado y con un hijo, celebraba la misa grecocatólica por el rito bizantino en su lengua. La ceremonia es semejante a la de los ortodoxos pero con algunas diferencias. Entre otras, para los grecocatólicos el jefe de la Iglesia es el papa Francisco y los ortodoxos rezan por el patriarca de cada zona, según explicó el sacerdote que oficiaba ayer la misa. A diferencia de los católicos de tradición latina, los curas pueden casarse y la misa, con iconografía donde predominan los dorados que pueden traer a la memoria los cuadros de Klimt, se alarga durante más de una hora, incluso, puede llegar a la hora y media. En gran parte de ese tiempo el canto está presente. Durante 45 minutos se reza cantando, mientras los asistentes repiten en numerosas ocasiones la señal de la cruz y la genuflexión acompañada del beso en el suelo en los pasillos, para lo que tienen que moverse de los bancos. Como también besan los feligreses, conforme van llegando a la iglesia, una de las cruces que preside el altar.

Bohdan Bodnar llegó a Pamplona hace 13 años enviado por la iglesia. Después de tres años llegó su mujer, que es quien dirige el coro que canta en las celebraciones. También en Navarra vive el hijo del matrimonio, de 30 años, informático que teletrabaja para una empresa de Polonia.

Iryna  Koshovska, la segunda por la izquierda, con su marido, su hija, María, y su suegra, ayer en la misa del Seminario
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Iryna Koshovska, la segunda por la izquierda, con su marido, su hija, María, y su suegra, ayer en la misa del SeminariojESÚS cASO
Iryna  Koshovska, la segunda por la izquierda, con su marido, su hija, María, y su suegra, ayer en la misa del Seminario

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Además de en las misas cada quince días, los ucranianos católicos que siguen el rito bizantino se reúnen los viernes de cuaresma para rezar el Vía Crucis y celebrar la misa de difuntos.

Antes de la misa, Nadia Davydko, ucraniana que lleva 22 de sus 58 años en Navarra, se afanaba en preparar la celebración, las lecturas y los cantos, porque ella es una de las 12 personas que forma parte del coro. Funcionaria en su país, aquí trabaja en el servicio doméstico y su hijo vive en Barcelona. Su madre, de 83 años, vive en el oeste de Ucrania. “Antes era una zona segura. Ya no lo es. Cuando llamamos a Ucrania, y eso nos pasa a todos, lo hacemos con el miedo que nos da saber que alguno de los nuestros ha muerto”, dice. Y es partidaria de más ayuda desde el resto del mundo: “No queremos ser ninguna colonia de Rusia. Nunca hemos atacado a nadie en la historia de Ucrania. Si nos ayudan, no faltará ni trigo, ni aceite ni otras cosas”.

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NACER Y MORIR CON BOMBAS

Olga Koshovska, que lleva 22 años en Pamplona donde nació su hijo de 21, tiene también a su madre de 82 años cerca de la frontera con Polonia y a tres sobrinos en el frente. “Mi madre, del 39, no quiere venir y dice: ‘Nací con bombas y moriré con bombas’”.

Después de la dominical, ayer se celebraba otra misa, la de los difuntos, en recuerdo por Taras ShevchenKo (1814-1861), escritor y fundador de la literatura ucraniana moderna, que nació un 9 de marzo y murió un 10 del mismo mes. Lo recordaba ayer un pequeño altar, con uno de sus libros, una vela, una cruz en un papel y unos dulces, junto con una caja de galletas ‘campurrianas’.

“Esta semana volvemos a por mis sobrinos”

Ivan Romaliv tiene 13 años y ayuda desde pequeño al sacerdote en la misa. Por eso se sienta separado de su familia. Su madre, Iryna Koshovska, de 37 años, sigue la misa en un banco con su marido y su otra hija, María, de ocho años, y su suegra. Viven en Sarriguren y los hijos estudian en Maristas. Desde hace una semana, en su casa viven cuatro personas más: su suegra y otros tres familiares. Los fueron a buscar a Polonia. La semana que viene irán otra vez, esta vez para recoger a dos sobrinos huérfanos de 9 y 16 años cuyos padres murieron hace un año por covid con 35 y 40 años. “Vamos a buscarlos porque ya están llegando a nuestro pueblo, en Ternópil”, dice refiriéndose a los rusos. Iryna Koshovska, que estudió Económicas y con nacionalidad española, trabaja en una empresa de logística y su marido, que es profesor de educación física, en Volkswagen. Ella lleva 20 años en Pamplona; su marido, tres más, y sus padres, que cantan en el coro en la iglesia, llegaron hace 25 años. La familia es asidua a la misa del Seminario y ayer no faltó a la cita. Iryna Koshovska tiene por delante un viaje cargado de esperanza. A pesar de la incertidumbre. A pesar de la guerra.

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