Pandemia

Los colegios, resistencia ante la covid

Los colegios, esos centros de enseñanza donde miles de familias abren sin tapujos la mochila de la confianza cada curso, se han convertido en ejemplos de superación diarios

María Mina posa en el aula donde imparte clase como tutora
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María Mina posa en el aula donde imparte clase como tutora
María Mina posa en el aula donde imparte clase como tutora

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Noelia Gorbea

Actualizado el 13/02/2022 a las 12:36

Digamos que lo llamamos quimera. Anhelos que parecen inalcanzables en un momento de la vida en el que el carrusel de las emociones no tiene intención de aminorar la marcha. Instantes que llevan prolongándose en el tiempo mucho más allá de lo que marca su significado, dejando, incluso, que el paradigma de la ciencia ficción parezca más auténtico que la mejor novela del realismo.

Los colegios, esos centros de enseñanza donde miles de familias abren sin tapujos la mochila de la confianza cada curso, se han convertido en ejemplos de superación diarios, con cambios de protocolos tan variados como complejos; sin apenas tiempo para respirar. Hoy, con una impronta de contagios complicada de sesgar, quienes conforman la baraja educativa estrujan sus vidas para que la pandemia no ponga, todavía más, el mundo patas arriba. Y no, no basta con mirar desde lejos. El reto se consagra junto a ese músculo que palpita para que todo fluya. Éste es un pequeño recorrido a través de quienes han logrado que la rueda siga girando. Apymas, profesoras, personal de comedor, transporte escolar... Un equipo que, quizá sin saberlo, ha trabajado coordinado.

Como evidentemente nadie olvida, el cóctel de altibajos comenzó en marzo de 2020. Desde entonces, María Mina, Patxi Arellano, Uxue Peña, María Olóriz y Antonio José María Da Silva siguen esforzándose sin perder la sonrisa. El pulso sigue y ellos explican cómo lo han hecho.

María Mina, profesora de Educación Primaria en Luis Amigó

Es la manera de mirar, transparente y natural. Una especie de positividad sincera, contagiosa, que no duda en traspasar la mascarilla y esbozar una sonrisa antes de rememorar las innumerables experiencias que se agolpan en su cabeza. María Mina Rípodas es profesora de Educación Primaria en el colegio Luis Amigó y, desde ese prisma de trabajo junto a los benjamines, es capaz de seguir sacando rédito al caótico devenir de una pandemia cuyo apellido implica cambio.

Marzo de 2020 llamó a las puertas de su aula cuando ni siquiera lo esperaba. “Mandé a los niños una pequeña tarea, pensando que en pocas semanas podríamos volver”, rememora. Pero no. El covid nos obligó a quedarnos en casa y, con esa metamorfosis indeseada, el virus también echó un jarro de agua fría sobre aquellas programaciones que con tanto esfuerzo se habían elaborado. Casi por ósmosis, ese contacto tan cercano quedó relegado a pantallas y lejanía. Y, en palabras de María, “dar clase no significa encender un ordenador”.

INTENSIDAD

Gracias a herramientas ya implantadas en el centro, como Teams o Educamos, los docentes se fueron gestionando para escanear libros, elaborar fichas interactivas, conectarse para avanzar materia o simplemente preguntar qué tal en una videollamada de grupo. Cada minuto frente a frente significó, en silencio, decenas de horas de esfuerzo previo. “Las sesiones requerían del doble de tiempo. Nos volcamos”, admite.

Con ese nuevo aprendizaje a marchas forzadas, María arrancó etapa con aquellos niños de Infantil a los que les habían hecho crecer de repente. “La salud por delante, sí, pero fue un inicio cargado de interrogantes. Teníamos tapado parte del mobiliario, no podían jugar, tocar. Cada vez que lo pienso...”, revive.

Y sitúa en la escala de las cosas importantes a todo ese engranaje con el que, sin intuir las normas del juego, el colegio ha conseguido llegar hasta hoy. “Hay muchas, muchísimas horas de trabajo en la sombra”, cuenta. Y no, no necesita reconocimiento. Sabe que es su trabajo, que “adora”, pero sí aprovecha la reflexión para hacer un llamamiento al sentido común. “Tengo 27 alumnos, pero doy clase a más, y estos dos años han sido tan intensos...”. Un suspiro que prácticamente habla por sí mismo. De idéntica manera a cómo lo hace esa paciencia desmedida para desgranar las asignaturas en menos tiempo, o su férrea predisposición para sembrar una sonrisa cada mañana porque “los niños no tienen culpa de nada”. En definitiva, sentimientos que empujan a María a remar hacia adelante.

Sin ‘sufrir’ el confinamiento de ‘sus chicos’ en dos años, algo por lo que sigue cruzando los dedos, esta educadora sí ha tenido que enfrentarse lo duro y complicado de una clase online. “Tratas de atender a las familias de la mejor manera posible, ya que nuestro tiempo libre también ha mermado. Ahora tienes que buscarlo. Es un no parar continuo”, comparte quien ha interiorizado como propia la palabra agotamiento.

COMPENETRADOS

Pero dentro del puzzle, María Mina está convencida de que la siguiente ficha está por poner. “Para que todo salga bien, desde el aula de madrugadores al comedor o las extraescolares, siempre manteniendo los grupos burbuja, hay un trabajo de coordinación impresionante”, reitera, sin dejar de mencionar la estupenda simbiosis que mantiene con el resto de su equipo. “Todo el mundo echa una mano”, recalca. Y sigue sumando tareas a su mochila laboral.

Tutora de segundo, todavía recuerda aquel primer septiembre, cuando compartir estaba prohibido, el gel era uno más de la familia y una niña cursó fiebre. “Era esa sensación de quedarse sin aire”, valora quien echa de menos todas esas actividades extra. “El Día de la Paz, excursiones, la libertad de antes...”, enumera.

Y ríe. Porque María Mina es así. Alegre. Y aunque también ha experimentado qué significa tener dudas e incluso una pizca de tristeza (es humana), elige quedarse con lo bueno. “Tenemos más tiempo para otras materias, como tutoría grupal, que aporta un nuevo prisma”, entiende.

Suena el timbre y la vida vuelve a su rueda. Niños entrando en clase, esperando a que su profesora les enseñe, quizá, la cara más amable de este rompecabezas covid. Muchas veces no hace falta contarlo todo, solamente saber que se está ahí. Y María ha decidido quedarse. “Son unos campeones, nos han dado una lección”.

Antonio José María Da Silva: "Los niños no entendían ir siempre en el mismo asiento"

Antonio José se sube a uno de los autocares en los que transporta escolares a diario
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Antonio José se sube a uno de los autocares en los que transporta escolares a diarioJesús Caso
Antonio José se sube a uno de los autocares en los que transporta escolares a diario

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A los pies del autobús que le acompaña cada mañana por una determinada ruta entre colegios, Antonio José María Da Silva no duda en saludar desde el polígono Bideberri. La sede de autocares Fonseca sirve de punto de inflexión para echar la vista atrás y darse cuenta de que la mascarilla ya forma parte indiscutible del uniforme. Como camisa y pantalón.

Con un bagaje en el gremio que le acompaña desde 2007, Antonio reconoce que la irrupción de la pandemia fue complicada para su puesto laboral. “Para los niños, las normas del transporte escolar fueron incómodas”, explica. Tener que sentarse en el mismo sitio siempre, permanecer con la mascarilla puesta, seguir un orden... “Muchos piensan que los amigos no les escuchan y optan por bajarse la mascarilla para hablar, y claro, tienes que recordarles que no se puede”, dice.

Pero no solo es eso. Las múltiples y recurrentes quejas de por qué a ‘Fulanito’ le ha tocado ventana terminan por ser un escalón complicado de superar. “El protocolo era así: no había opción de cambiar de sitio, como podía ser antes. Cada niño tiene asignado su asiento, manteniendo distancias, y es así día tras día. Los pequeños no terminan de entenderlo”, insiste el conductor.

ESA UNIDAD

Y aunque reconoce que la labor de las cuidadoras es parte esencial (echando gel, organizando, recordando las normas...), sus dos ojos terminan por segregarse entre la ruta que debe cubrir, la puntualidad y la completa seguridad dentro del autocar. “Piensa que nosotros realizamos muchísimas rutas por colegios: Zizur, Irabia, Miravalles, Lorenzo Goicoa, Plaza de la Cruz... y no podemos ser foco de contagios”.

Bajo esta misma responsabilidad, Antonio admite que cuando se enfrenta a salidas culturales, con clases enteras, la tesitura se complica de nuevo. “Les obligamos a dejar las mochilas en el maletero para evitar que se bajen la mascarilla y estén tentados a comer algo durante el viaje. Lo que antes era normal, ahora no lo es en absoluto”, añade quien también ha sido chófer de viajes educativos a Anglet, Pau o Bayona.

Tanta imposición ha provocado que la paciencia haya tenido que exprimirse. “Se tarda más en salir, hay más orden, control... Debes tomártelo con calma, mirar el reloj de otra manera y calcularte mejor para llegar puntual”, detalla mientras reconoce que ya se ha acostumbrado. “Siempre hay chavales que se bajan la mascarilla y no respetan, y esto siempre te causa más estrés, porque pareces el malo de la película, pero la gente lo hace bien. Tienen mi apoyo”, recalca.

María Olóriz, responsable de comedor en San Juan de la Cadena: "Se les ve más nerviosos, necesitan dejar de oír un ‘no’ constante"

María Olóriz se sienta en una de las mesas reservadas para segundo de Primaria
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María Olóriz se sienta en una de las mesas reservadas para segundo de PrimariaJ. C. Cordovilla
María Olóriz se sienta en una de las mesas reservadas para segundo de Primaria

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Tan sincera como organizada. María Olóriz, responsable de comedor en el colegio público San Juan de la Cadena, espera paciente en la entrada del centro. El encuentro va dando rienda a sus vivencias. Experiencias complicadas que, poco a poco, van describiendo esa increíble montaña escarpada que han tenido que escalar quienes se han enfrentado al comedor escolar. Ese espacio sobre el que una amplia mayoría proyectaba un miedo tan enorme que prácticamente no cabía por la puerta. “Me gusta dejarme las cosas ordenadas en junio para que septiembre no arremeta. Y llevo dos años casi sin aire, incapaz de adelantar nada”, declara quien califica como “auténtico desgaste” cada minuto de esta interminable pandemia.

Tras dieciocho años ejerciendo, ya sabe a lo que atenerse. “Justo antes de que nos confinaran, el ambiente era raro. Algo estaba pasando”, rememora. Muchos niños, profesores, ella misma, estaban pasando por unos catarros que no terminaban de irse. Pasó marzo, abril... miedos, incertidumbre, miles de interrogantes... “En septiembre, y antes de enfrentarnos a lo que nos venía, fue necesario hacernos fuertes mentalmente”, recuerda María en el mismo comedor en el que atiende a diario a más de un centenar de alumnos de Primaria. Pese a todo, no permitió que el miedo dominara la situación. “Me hice planos, organicé el espacio, los grupos, las sillas, cada una con su nombre... y a Dios gracias que bajó el número de inscripciones”. No podemos olvidar que el comedor se convertía en ese único paréntesis en el que estaba permitido quitarse la mascarilla. “Sientes miedo, porque estás con muchos alumnos, y yo tengo familia. Era inevitable pensar que podía ser foco de infección diario”.

PRECISIÓN

Debido a la necesidad de respetar los grupos burbuja, no quedó otra que reinventarse, incluso con mesas sobre la tarima del aula. “El trabajo que hay detrás no se ve. No es solamente el rato del puré o los macarrones”, asevera María, quien confiesa que, durante estos dos años de pandemia, ya no obligan a los niños a comerse todo el plato. “Les pedimos que lo prueben porque estamos educando, pero nada más”, indica. Y añade: “Necesitan desconectar. Viven en una constante negativa”. Y aunque la consigna sigue siendo mantener la distancia, cuando uno de sus ‘chicos’ le pide un abrazo, María no duda. “Yo me la juego, soy incapaz de negar cariño. Son niños, no podemos olvidarlo”, alega.

Batallando entre exigencias, en ocasiones desmedidas por algunas familias que siguen teniendo miedo, ella barrunta nuevas ideas. “Intento dejarles salir al patio, en orden y por grupos, un día a cada uno, siempre que se hayan portado bien”, confiesa. “Los niños están nerviosos, se dan patadas debajo de la mesa, juegan a peleas... Se ve que necesitan sacar lo que tienen dentro. Están hartos”.

Y pensando en el futuro, María Olóriz está convencida de que tardaremos en volver a vibrar de la misma manera a cómo estábamos acostumbrados antes de que la palabra coronavirus nos cambiara por completo. Por eso, mientras la maratón va concluyendo, ella elige quedarse con todos esos momentos que viven en el comedor, en los que todos juntos cantan cumpleaños feliz o alguien se arranca a bailar. “Felicidad, no pedimos más”.

Patxi Arellano, coordinador covid en la Ikastola Jaso: "Como cura de humildad, ha sido enriquecedor"

Patxi Arellano tuvo que asumir un rol inexistente
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Patxi Arellano tuvo que asumir un rol inexistenteJ. C. Cordovilla
Patxi Arellano tuvo que asumir un rol inexistente

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Tuvo que asumir, de la noche a la mañana, una función que nunca antes había existido. La figura del coordinador covid brotó casi por cornada en el devenir de los colegios. Una persona debía conocer y gestionar al dedillo todas y cada una de las normas y contagios que iban copando la manera de funcionar, de pensar... Una auténtica losa laboral que fue sujetada con ahínco por personas como Patxi Arellano, de la ikastola Jaso.

Ante una situación tan excepcional como novedosa, para este docente es “totalmente comprensible” que el elevado grado de incertidumbre. “Hubo un aluvión de llamadas, correos y consultas por parte de familias y trabajadores”, cuenta Patxi, para quien lo momentos más críticos se vivieron a comienzo de curso y tras los distintos periodos vacacionales. “El año 2020-2021 resultó estresante en cuanto que hubo que aplicar un plan de contingencia anti covid que hasta entonces no había existido”, recuerda. Difícil e incómodo casi a partes iguales. “Hubo miedo”.

Un temor que, sin embargó, sirvió de cierto respaldo para este momento. “Como ya traíamos bagaje, septiembre se inició con mayor ilusión y tranquilidad”, afirma. Pero esa idea de salir del mal sueño no terminó de cuajar. Los positivos aumentaron “considerablemente”, tendencia difícil de gestionar tanto a nivel profesional como familiar. ¿Cómo se digiere todo este estruendo a nivel personal? Para Patxi, la carga de trabajo extra ha sido evidente. “Los cambios constantes de protocolos no han creado más que incertidumbre, incomprensión y hartazgo”. Y dice cómo, sin descanso, ha tenido que ir amoldando normas a cada rincón de la ikastola.

UNA VUELTA MÁS

Por ello quiere aprovechar para agradecer la implicación “ejemplar” por parte de sus compañeros y de la comunidad educativa en general. Higiene, mascarillas, ventilación, distancia de seguridad... “Ante situaciones adversas, poniendo todos de nuestra parte, el resultado puede ser inimaginable”, resalta Patxi, poniendo el foco en la admirable actitud del alumnado.

En cuanto a las preguntas que quizá más se han repetido en este tsunami de pandemia, han sido claras. Casi por norma general, se quería tener claro en qué casos se tenía que confinarse en casa a un alumno habiendo sido contacto directo con alguien de su familia. También el tiempo de confinamiento. “Ambas situaciones van de la mano y el problema en cuanto a conciliación familiar, en muchos casos, resulta vital. La casuística es inmensa y hay que dar una u otra solución”, afirma el coordinador.

Con la convicción de que muchas de las circunstancias excepcionales vividas han venido para quedarse, Patxi opina que esta situación, inimaginable, nos ha hecho ver a todos lo vulnerables y frágiles que podemos llegar a ser. “Nos ha pillado a todos muy despistados y las soluciones que se han ido dando en todos los ámbitos de la vida siempre han llegado tarde y, en muchas de ellas, no se ha acertado. De todo se aprende y creo que como cura de humildad para todos ha resultado muy enriquecedor”.

Uxue Peña, presidenta de la apyma en San Juan de la Cadena durante la pandemia: "El ritmo de los contagios te espabila"

Uxue Peña, frente al centro educativo por el que ha trabajado duramente
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Uxue Peña, frente al centro educativo por el que ha trabajado duramenteEduardo Buxens
Uxue Peña, frente al centro educativo por el que ha trabajado duramente

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Familias. Parte esencial del juego que se vive a diario dentro de cualquier colegio. Cada profesional que forma parte del entramado educativo, lo quiera o no, está directamente relacionado con esa percepción que hierve a diario en cada casa de cada estudiante. El eslabón debe caminar en sintonía con las pautas que marca el centro de enseñanza que se ha elegido. Padres, madres, tutores legales... cualquier combinación es buena para entender cómo se ha vivido la pandemia desde el otro lado de la línea.

Y, en este caso, las apymas han sido muro de contención entre docentes y su propio sentir. Hoy es el colegio San Juan de la Cadena quien habla con transparencia para mostrar toda esa carga que no ha soltado desde que en 2020 la vida cambiara por completo. “Ha sido una situación tan anómala, única, sin precedentes, y que ha salpicado a todo el planeta que, viéndola ya con cierta perspectiva, ha supuesto un gran toque de atención para todos”, dicen quienes no dudan en que el aprendizaje que haya podido suponer a nivel individual o colectivo es “muy subjetivo y difícilmente cuantificable”.

POR SUPUESTO

Por ello, al preguntarles directamente sobre el mayor foco de trabajo, no hay duda. “Lo más complicado ha sido la organización de los servicios imprescindibles que gestionamos: comedor y extraescolares, teniendo que respetar las normas en los distintos momentos, sin tener referencia alguna de cómo acertar, con la enorme incertidumbre que ha existido en cada ola, y con el miedo y agotamiento acumulados”, describen.

Por citar un ejemplo, en el primer curso tras estallar la pandemia, los protocolos no permitían las extraescolares. Se cancelaron. Alternativa que, ahora, con medidas un poco más laxas, se están organizando en pequeños grupos. Y no ha sido sencillo en absoluto. “El ritmo que marcaban, y marcan, los contagios es el que te espabila, como persona, como colectivo... y te obliga a adaptarte en cada momento”, valoran desde San Juan de la Cadena.

Y LA PACIENCIA

Pero el tetris ha ido funcionando gracias al sentir particular de cada padre, de cada madre. “Hemos intentado hacer lo mejor para nuestros hijos, en unas condiciones desconocidas hasta el momento”, recalcan en la apyma. Y admiten que quienes se han animado a inscribir a sus hijos en alguna de las extraescolares han sido pacientes y comprensivos. “También el equipo directivo ha escuchado siempre nuestras necesidades y ha sido otro gran apoyo”, insisten. “Al igual que toda la comunidad escolar, que demostró la suficiente empatía para tener paciencia y esperar a que pudiéramos ir resolviendo los problemas”, alaban.

Deseando volver a una normalidad real, auténtica, las familias son conscientes de que el cansancio y el desánimo “pueden ser casi más perjudiciales a nivel de salud mental que el provocado por el virus”. Por ello, dando por sentado que no se puede volver atrás, afirman que “de todo se aprende”. “Lo importante es intentar lidiar con lo que se presenta en cada momento con sentido común y prudencia”.

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