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Ampliar Fazela y sus 4 hijos se encontraban este 20 de agosto entre los cientos de ciudadanos que se agolpaban junto a una de las dos entradas del aeropuerto para cruzar el control

De Kabul a Aoiz huyendo de los talibanes

Así escapó Fazela con sus 4 hijos de Afganistán, donde estaba amenazada de muerte por ser mujer y trabajar para una organización internacional en zonas rurales. Hoy vive en Navarra

24/01/2022
Mamá, esto es montañoso, ¿pueden llegar los talibanes hasta aquí?...”. La pregunta no sorprendió a su madre, Fazela, consciente del estado emocional de sus hijos. En realidad, a lo que se refería la pequeña, de 9 años, mientras escuchaba las explosiones de los cohetes y petardos de la celebración del nuevo año en Aoiz, donde reside con sus tres hermanos, era si aún pueden caer en manos de los mismos hombres que cuatro meses antes las golpearon y amenazaron de muerte a la entrada del aeropuerto de Kabul. El “terror” de aquellos días de agosto en Afganistán, su país, aún supura “muy adentro”. Por eso, Fazela las abrazó y trató de calmarlas con estas palabras: “Hijas, no os preocupéis. En este lugar hay mucha agua y los talibanes, como no saben nadar, se ahogarán...”.
Fazela, técnica en diferentes organizaciones internacionales, de 36 años, y sus cuatro hijos (22, 15, 11 y 9 años), aterrizaron en Torrejón de Ardoz (Madrid) el 25 de agosto de 2021. Unos días antes se encontraban en la misma explanada de entrada al aeropuerto en la que se inmoló un yihadista del Estado Islámico que provocó la muerte de 180 personas. “Por suerte pudimos escapar, fue un milagro. Volvimos a nacer”, asiente Fazela.
Fue a mediados de abril de 2021 cuando el presidente Joe Biden sorprendió con la noticia de que Estados Unidos abandonaría en septiembre Afganistán, una fecha que finalmente se adelantó al 31 de agosto. Después de 20 años de guerra “estaba claro”, manifestó Biden, que el ejército norteamericano no podía “transformar Afganistán en una democracia moderna y estable”. Al responder en julio a los críticos de la retirada, el presidente se defendió: “Permitidme preguntar a los que querían que nos quedáramos: ¿Cuántos más? ¿Cuántos miles más de hijas e hijos de Estados Unidos están dispuestos a arriesgar?”. De esta manera respondió a los periodistas, sin anunciar lo que vendría después de marcharse.
Fazela, 36 años, y su hijo Bihzan,  22, en la oficina de Cruz Roja Navarra en Aoiz. “Solo queremos ser útiles a este país”, explican
Fazela, 36 años, y su hijo Bihzan, 22, en la oficina de Cruz Roja Navarra en Aoiz. “Solo queremos ser útiles a este país”, explicanIván Benítez
En este acuerdo de paz, firmado en febrero de 2020 por el gobierno de Trump, sellaron el compromiso de los talibanes de no permitir que el territorio afgano fuese utilizado para planear o llevar a cabo acciones que amenazaran la seguridad de Estados Unidos y determinaron un calendario para la retirada de las tropas internacionales. Además, Washington se comprometía a levantar las sanciones que había impuesto sobre líderes talibanes. “Pero este acuerdo no mencionaba los derechos humanos de las mujeres afganas y sí que protegía la impunidad de delitos graves de derecho internacional cometidos por ambos bandos”, tal y como denunció Amnistía Internacional.
Con los talibanes en las calles, el terror se apoderó de cada rincón de Afganistán. Según informaron aquellos días los enviados especiales de los medios de comunicación más prestigiosos, los milicianos yihadistas iban de puerta en puerta por algunos barrios buscando a cualquier persona que hubiera apoyado a organismos internacionales. Los sacaban de sus casas y desaparecían. Detrás de una de estas puertas vivía la familia de Fazela.
ESCAPAR DE KABUL
Y con la plana mayor de líderes, diplomáticos y militares de vacaciones de verano, el Gobierno afgano de Ashraf Ghani se rindió, abandonando inmediatamente su país. La población quedó a los pies de la barbarie. Pero no fue sin derramamiento de sangre, tal y como se informó en un primer momento. Hubo testigos de las matanzas, como Fazela, quien confirma que en las principales ciudades y en los pueblos más aislados, como el suyo, caían abatidos los civiles. En las cunetas pudo ver niños asesinados.
El último vuelo de evacuación partió de Kabul y atrás quedaron miles de personas a su suerte. Entre ellas, tres de los cuatro hijos de una amiga de Fazela, que se perdieron junto a su padre engullidos por una avalancha, cuando trataban de llegar a la puerta de control gestionado por militares y policías españoles. Su amiga consiguió agarrar a uno de sus pequeños entre el caos y llegaron al avión.
La entrevista se lleva a cabo a las diez de la mañana del 14 de enero, en las oficinas de Cruz Roja Navarra en Aoiz. La traducción se realiza vía telefónica gracias a Farima, intérprete iraní, un servicio de traducción contratado por esta institución humanitaria. Fazela luce un pañuelo tradicional de su país. Chaqueta beis, ojos color miel y una mirada directa. A un lado de la mesa, ella y Bizhan, su hijo de 22 años. Al otro, la abogada de Cruz Roja Navarra, María Álvarez, y el periodista. Una mampara separa las dos orillas de la entrevista. La afgana gesticula, acalorada. “Qué calor hace aquí dentro...”, chapurrea en un castellano incipiente. Se despoja del abrigo. En la calle, el mercurio marca bajo cero. “El frío que hace en Aoiz es muy parecido al de nuestra tierra”, esboza Bizhan, vestido con una camiseta roja deportiva y calado con una gorra de béisbol.
-¿Cree que las fuerzas internacionales han abandonado al pueblo afgano?
- Las fuerzas internacionales nos han ayudado mucho y se han cansado de la situación. A mí me salvaron la vida. Sin embargo, cuando vimos que el jefe de nuestro Gobierno huía del país, comprendí que todo se había desmoronado.
-¿Cómo consiguieron escapar?
-Ha sido un milagro. Bizhan vivía en Herat y mis tres hijos y yo en otra provincia. Horas antes de escapar, me encontraba en el trabajo. Empecé a escuchar disparos, bombardeos, gritos. Nuestro guardia de seguridad nos anunció que los talibanes habían llegado. La gente corría por la calle. Era el fin del mundo. Abrieron las puertas de los colegios para que los niños pudiesen volver a sus casas y por el camino vi un montón de personas muertas. Muchos eran niños. Volví a casa, recogí todos nuestros documentos, los certificados de estudios, algo de ropa y salimos hacia Herat, donde los talibanes llegaron un poco más tarde que a nuestro pueblo.
-¿Qué hicieron?
-Veíamos en la televisión cómo las fuerzas internacionales se llevaban a su gente y pensamos que solo ayudarían al personal más importante. Pero, claro, yo no era más que una técnica... Sin embargo, el director del proyecto me llamó para avisarme de que estaban sacando a todos los que habían trabajado con los extranjeros, en nuestro caso con los españoles, y que debíamos escribir un correo electrónico con nuestros nombres y edades a dos funcionarios de la embajada española. Como mi hijo sabe inglés, nos comunicamos en ese idioma. Y los dos funcionarios no tardaron en responder. Nos pidieron que tuviéramos internet activo en todo momento. (Ese día recibieron una respuesta).
-Creo que había perdido la esperanza. Pensaba que antes o después nos matarían. Sin embargo, al recibir aquel email fue como nacer de nuevo. Y nos volvieron a comunicar que esperásemos al siguiente correo.
Fazela temía que la descubriesen al intentar superar los controles talibanes, que estaban apostados alrededor del aeropuerto. Se puso en contacto con su director de oficina y le explicó que les habían aceptado en la embajada, pero no sabían qué hacer a partir de ahora. Entonces, su jefe les pidió que trataran de llegar al aeropuerto de Kabul. Eso sí, asumiendo todos los gastos desde Herat. “Cuando lleguéis allí os ayudarán”, les animó. Y así actuaron. Subieron a un autobús y se dirigieron al aeropuerto.
-¿Y una vez en el aeropuerto?
- Esperamos cuatro días fuera del perímetro hasta el siguiente correo electrónico... Y cuando llegó, sentí desesperanza. Nos pedían más y más datos de los hijos, más certificados... Cada vez que leía que esperase al siguiente email, me derrumbaba. Nuestra vida estaba en juego.
Pendiente del móvil en todo momento, esa misma tarde del cuarto día de espera, recibieron un último mensaje, que decía: “No llevéis equipaje porque hay mucha gente, solo documentos, y de alguna forma lucir el rojo y amarillo de la bandera española para que podamos relacionaros”. Fazela tenía una camisa amarilla y se la puso. A sus hijos les anudó unas telas rojas en los brazos. Muy juntos, avanzaron. Las puertas de acceso las controlaban los talibanes a base de palizas y disparos a bocajarro. Sentía terror por sus hijos. Si la identificaban y relacionaban con las fuerzas extranjeras, los matarían.
A las cinco de la tarde, consiguieron llegar a la puerta asignada. Y a las tres de la madrugada, con los cuerpos magullados por los palos, cruzaron. Fazela reconoció la ropa de los policías y los “símbolos” que llevaban porque había trabajado con ellos. Los soldados españoles comprobaron sus documentos y les entregaron un parche verde, que garantizaba el embarque. A partir de ahora, solo debían esperar. Recibieron comida y agua. Más calmados, esperaron a que los vuelos se fueran completando. A las siete de la mañana, por fin, les tocó el turno. Despegaron hacia Dubai. Y el 25 de agosto aterrizaron en Torrejón de Ardoz (Madrid), donde les asignaron un lugar donde vivir: Aoiz (Navarra), en el marco del programa de acogida a personas refugiadas de Cruz Roja.
-¿Y qué sintió en el avión?
-Hasta que no entré en la terminal no me creía que pudiéramos viajar a España. En realidad, no te sentías del todo a salvo porque se podían escuchar desde dentro los disparos de los talibanes. Y cuando embarcamos pensaba que en cualquier momento nos iban a derribar. No nos sentimos a salvo hasta que el avión alcanzó la máxima altura. Hemos sufrido tanto...
-¿Cómo era su vida en su país antes de la vuelta al régimen talibán?
-Durante ocho años trabajé como formadora/animadora comunitaria en entornos rurales de proyectos sociales de diferentes organizaciones internacionales, entre ellas la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. En mi último trabajo intervenía en un proyecto de World Vision promoviendo la vacunación contra la covid-19 en las aldeas y y distribuyendo ayuda alimenticia. Tenía un buen sueldo, cuatro veces mayor que lo que se cobraba como funcionaria del estado. De hecho, durante un año fui la directora de la sección de “asuntos de las mujeres” del gobierno provincial y lo dejé, porque me pagaban más en las organizaciones internacionales y tenía que sacar adelante a mi familia. (Sus ojos comienzan a enrojecer, pero Fazela aguanta el tirón de los recuerdos).
NO LLAMABA LA ATENCIÓN
En el aeropuerto de Torrejón de Ardoz, el personal de Cruz Roja atendió a pie de pista a las familias afganas que desembarcaban de los aviones desde Afganistán
En el aeropuerto de Torrejón de Ardoz, el personal de Cruz Roja atendió a pie de pista a las familias afganas que desembarcaban de los aviones desde Afganistáncedida
La pobreza siempre ha sido uno de los grandes problemas de Afganistán, pero se ha agravado desde que los talibanes tomaron el control del país. Las fuerzas lideradas por la OTAN se marcharon en agosto del año pasado y entonces, la ayuda internacional se detuvo. Hoy se estima que el 97% de la población sobrevive bajo el umbral de la pobreza.
En ese contexto, viuda desde hace cuatro años, Fazela no se rindió. Con cuatro hijos a su cargo, debía tomar las riendas con firmeza. Tenía claro que no quería casarse con el hermano de su marido, tal y como dicta la tradición, y que ella, con sus estudios y su trabajo, podría sacar adelante a sus hijos. Pero su trabajo era peligroso. Procuraba no llamar la atención de los talibanes. En ese sentido, cumplía las normas: no salía sola a la calle, llevaba escondido el teléfono móvil, cuidaba su vestimenta, etc. Ella sabía que los talibanes tenían a gente observando en las comunidades rurales donde trabajaba. Por eso, solo explicaba que iban a distribuir ayuda humanitaria, que no hacían política. Y se lo permitieron.
Sin embargo, una mañana, todo cambió. Los talibanes habían conseguido llegar hasta las inmediaciones de su pueblo. “Nos bajaron y nos amenazaron con matarnos porque las mujeres -decían- no podíamos trabajar”. Por suerte, por detrás circulaba el coche de unos compañeros que consiguieron detener la ejecución. “Les aseguraron que no volveríamos a trabajar nunca más, que sería el último día”. Y así fue. Fazela nunca más volvió a salir a las comunidades rurales desde aquella mañana de agosto de 2021.
-¿Cómo vivieron las horas previas al ataque talibán a su pueblo?
-Estábamos muy estresadas. Trabajé hasta el último momento, siempre pensando en dar una mejor vida a mi familia.
-¿Y qué sucedió después de recibir la amenaza de muerte en la carretera?
-Regresamos a casa. Y todo cambió rápidamente. Era una guerra. Había disparos y muertos en las carreteras. Tuvimos que escondernos.
Al día siguiente, huyeron. Se alejaron de la ciudad a pie, esquivando los puestos talibanes, que avanzaban muy rápido. El grupo lo conformaban Fazela y sus cuatro hijos. Una vez a salvo de los controles que cercaban el pueblo, pagaron a un conductor, unos 200 dólares, y se alejaron en dirección Herat. Allí estudiaba Medicina Bizhan. En el bolso solo portaban los documentos que acreditan sus formaciones académicas y profesionales y un chaleco tradicional bordado a mano. Salieron con lo puesto. Y los talibanes no tardaron en abrir la puerta de su casa.
La primera vez que los talibanes llegaron a su vida fue en 1996. Los yihadistas cerraron el colegio y tuvo que abandonar los estudios, cursaba quinto de Primaria. Se casó con 13 años y tuvo a su primer hijo con 14, coincidiendo con la entrada en el país de las fuerzas internacionales. Sus sueños, sus planes, se acumulaban. Trabajaba por la tarde y estudiaba por la mañana. Aspiraba a ser médico y lo más parecido era ser comadrona. “Fue una época en la que llegaron muchas fuerzas extranjeras y se crearon muchos proyectos para que la mujer pudiera avanzar”, recuerda. A los años nacieron sus otros tres hijos. Bizhan estudiaba y trabajaba con su padre en una farmacia para poder costear sus gastos. Pero al fallecer el padre, unos gobernantes “influyentes” les arrebataron el negocio.
El joven mantenía una vida llena de aficiones. Por la mañana acudía a la facultad y después de comer se reunía con los amigos, jugaba a con ellos a la pelota y rezaba en la mezquita. La única semana de su vida que ha convivido con los talibanes, “no nos dejaban escuchar música y a quienes se afeitaban los golpeaban...”, sigue relatando Bizhan.
UN TERRITORIO MINADO
Afganistán es uno de los países más minados del mundo. “Es tal el nivel de contaminación que la supresión de estas armas de guerra será difícil de conseguir antes de 2023 en el país, como estaba previsto inicialmente, debido a nuevas contaminaciones”, admitió Wakil Jamshidi, director adjunto del Servicio de la ONU de Acción Antiminas (UNMAS).
Después de 20 años de guerra y de que los talibanes y otros grupos armados atacaban deliberadamente a la población civil, incluidos hospitales de maternidad y centros educativos, las mujeres y las niñas seguían sufriendo “actos de violencia, hostigamiento e intimidación”, tal y como denunciaba en su último informe Amnistía Internacional. “Siguieron sufriendo discriminación y violencia de género, sobre todo en zonas controladas por los talibanes, donde sus derechos eran impunemente violados, y eran sometidas a violentos castigos por lo que el grupo armado consideraba transgresiones de su interpretación de la ley islámica”.
Aunque la situación de las mujeres había experimentado ciertos avances desde el año 2000, su participación en el Gobierno seguía siendo limitada, principalmente en las áreas de protección social y educación. Y las pocas que ocupaban cargos gubernamentales eran “víctimas de intimidación y discriminación”. De hecho, esta misma semana dos mujeres han sido detenidas por participar en una manifestación en la que reclamaban “igualdad de derechos” y “justicia”.
-Bizhan, ¿cómo se puede jugar en uno de los territorios más minados del planeta?
-Una vez al mes venía al colegio una comisión y nos enseñaban fotografías de distintas minas y nos decían que si las veíamos en los caminos o en los mercados no las tocáramos y avisáramos a los mayores. Para señalizar las zonas minadas pintaban piedras con pintura roja.
-¿Cómo se encuentran sus amigos?
-Algunos han perdido la vida por luchar contra los talibanes.
-¿Hay algo positivo en los talibanes?
(Al escuchar la traducción en farsi, madre e hijo levantan la mirada del móvil y gesticulan con la cabeza y las manos).
-Los talibanes solo impiden que la mujer avance en la sociedad. No puedo decir nada bueno de ellos. Además, antes de que llegaran las fuerzas internacionales, plantaron mucho opio y los jóvenes se engancharon a la droga. Se podía ver a niños drogándose debajo de los puentes.
-¿Cómo se siente en Navarra?
-Cruz Roja Navarra y el pueblo de Aoiz nos están apoyando mucho, pero aspiramos a convertirnos en personas útiles y poder servir en esta sociedad. Aquí me siento analfabeta total y sola. He tenido que empezar de cero.
-¿Sería su sueño?
-Este sería mi propósito, sí. Solo le pido al Gobierno español que nos preste un poco más de atención. En Afganistán los talibanes nunca nos daban oportunidades, a las mujeres, siempre nos han estado golpeando, humillando... No me considero una persona a la que le guste levantar la mano y pedir ayuda.
-¿Y cómo ven desde aquí la situación de su país?
-He pedido a Cruz Roja que por favor ayuden a mi hermano a traerlo porque su vida está en peligro y tiene dos hijas. Los talibán le han apresado muchas veces y ha escapado... La situación económica está muy mal, muy mal. El resto de su familia no tiene trabajo, las fuerzas extranjeras se han ido, todas las ayudas que recibía la gente se han cortado, todos los que regentaban un negocio han escapado... La población afgana sobrevive ahora muy pobre. Hay mucha gente que vende a sus propios hijos para poder vivir. Sí, a sus hijos. Agradecemos a Dios poder estar aquí a salvo.
-Pero, ¿por qué cree que las fuerzas extranjeras se han marchado?
-Las personas influyentes de Afganistán han utilizado el país como un juguete, sin permitir que nada avance. Los extranjeros se han esforzado mucho para arreglarlo, pero nada avanza por culpa de esta gente, que han huido con el dinero. Las fuerzas extranjeras se han cansado de esta situación y por eso se han marchado.
-¿Cómo ven el futuro del país?
-Fazela: No pensamos volver si siguen los talibanes. Afganistán ya no tiene futuro.
-Bizhan: Las grandes mentes se han marchado. Es como si Afganistán hubiese retrocedido medio siglo. No veo ninguna esperanza. No quiero volver. (Bizhan habla y su madre se emociona).
-¿Cómo es su día a día en Aoiz?
-Bihzan se encuentra muy mal, muy intranquilo. Porque apenas ve gente. Tiene 22 años y está en una edad muy complicada. Le gustaría avanzar más.
SEGUNDA FASE DEL PROGRAMA
En este punto de la conversación interviene María Álvarez Urturi, abogada de Cruz Roja Navarra. “Ya se les ha autorizado que puedan alquilarse si lo prefieren un piso y pasar a la segunda fase del programa”, indica Urturi. De momento, en esta primera fase en Aoiz, de septiembre a diciembre de 2021, han recibido clases de castellano, apoyo psicológico y acompañamiento social para familiarizarse con su nuevo entorno (tarjeta de autobús, funcionamiento del sistema sanitario, colegio, supermercado...). En cualquier caso, también les deja claro que en una ciudad se van a encontrar con otros “muros administrativos”, otras dificultades. “Y echarán de menos las ventajas de Aoiz y la cercanía de los habitantes, que se han volcado con sus hijos y les han ayudado en el parque, en el colegio, en el Ayuntamiento....”, asiente la abogada. “Fazela y sus hijos han hecho mucho recorrido en poco tiempo. Es normal que se sientan estancados y quieran recuperar cuanto antes su total autonomía. El cambio de vida sufrido es tan grande y tan drástico. La edad de Bizhan es muy difícil y desde Cruz Roja Navarra vamos a tratar que consiga estudiar, que es lo que él más desea, y se implique en el voluntariado de Socorros”.

Cruz Roja lidera un dispositivo de evacuación histórico

Entre junio, julio y agosto, el total de personas con heridas de arma atendidas en Afganistán en instalaciones apoyadas por Comité Internacional de Cruz Roja ascendió a más de 40 000. El CICR, que está presente en Afganistán desde 1987, se encarga de brindar protección y asistencia humanitaria a las víctimas de los conflictos armados y otras situaciones de violencia. En un comunicado publicado el 17 de agosto, subrayaban “la determinación de permanecer junto a la población afgana y ayudar a hombres, mujeres y niños a afrontar la situación”. Días después de su anuncio, esta organización lideró el mayor y más rápido dispositivo de evacuación registrado en la historia reciente. A Cruz Roja Navarra llegaron 59 personas (nueve familias), 29 menores.
“A nivel de Europa esta evacuación ha sido un hito”, define María Álvarez, abogada de Cruz Roja Navarra. “España fue el epicentro de un operativo de acogida que recibía a los que se iban a quedar en este país y a los que también se acogería en el resto de Europa. Los aviones de diferentes lugares aterrizaban en Torrejón de Ardoz, y a su llegada se les documentaba, identificaba y facilitaba las condiciones materiales necesarias hasta que se les asignara una plaza de acogida definitiva. En este lugar de tránsito permanecieron un máximo de dos días”.
Cruz Roja montó el dispositivo de acogida e incluso personal de esta organización humanitaria en Navarra se desplazó a Madrid para proporcionar esa acogida en la misma pista de aterrizaje. “En el caso de Afganistán, es importante resaltar la rapidez en que todo ha ocurrido”, sigue explicando la abogada. “De un día para otro cayó el régimen, y quien estaba bien posicionado y fue hábil, como Fazela, pese al peligro que corrieron, pudieron salvarse. No sabían a qué país se dirigían y dos días después se encontraron en Aoiz, con las condiciones materiales resueltas, pero con una preocupación muy grande por los que quedaban atrás. Su vida anterior ha desaparecido. La intervención fue muy compleja porque nos encontramos con personas muy dañadas psicológicamente por el shock con el que venían. Ha habido mucho trabajo de nuestro equipo: psicólogas, trabajadores sociales, abogadas... (contratados y voluntarios)”.
Otro de los hitos de Cruz Roja en Afganistán -apunta- ha sido el programa de restablecimiento del contacto con familiares. Un programa que existía pero que ahora ha adquirido una mayor relevancia. “Ha consistido en que hemos podido facilitar los datos de los familiares que se han quedado en Afganistán al Ministerio de Asuntos Exteriores para que sean considerados en una futura evacuación, sin generar falsas expectativas y con mucha precaución para no ponerles en peligro”, aclara Álvarez Urturi.
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