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Sanidad

Los centros de salud en Navarra, abandonados

Los ambulatorios de toda Navarra se encuentran al límite, así lo denuncian pacientes y profesionales. Esto es lo que se vivió esta semana en el del barrio pamplonés de la Rochapea

Ampliar arga fila esta semana a la entrada del Centro de Salud Rochapea (Pamplona) para conseguir cita.  Los pacientes explicaban que el motivo de su presencia se debía a la imposibilidad de contactar por teléfono
arga fila esta semana a la entrada del Centro de Salud Rochapea (Pamplona) para conseguir citaIván Benítez
Actualizado el 16/01/2022 a las 16:37
Se desprende de la mascarilla al pisar la calle, respira con fuerza, cierra los ojos y expulsa una bocanada de cansancio. “Es tanta la faena burocrática que debemos hacer gestionando bajas y llamando por teléfono a pacientes leves y asintomáticos por covid, que esta situación impide que una gran parte de la población, la que realmente se encuentra mal, no pueda llegar hasta nosotros”. Juan Simó se gira y observa la avalancha que se concentra a esta hora de la mañana de lunes, 10 de enero, a la entrada del centro de salud del barrio pamplonés de la Rochapea, donde trabaja como médico de familia. “Esto sucede en todos los centros: avalanchas de positivos, muchos asintomáticos y la inmensa mayoría con síntomas leves tipo catarro, y protocolos que te obligan a contactar con el paciente para seguimiento. En definitiva, estamos haciendo un trabajo inútil... Y los centros de salud han quedado anulados desde hace semanas por estos protocolos que ya no deberían existir”. A sus 59 años, Simó reconoce que nunca antes había vivido como médico algo parecido. “Ni yo ni nadie”, determina. “En las últimas tres semanas he dejado de practicar medicina por culpa de tanta burocracia. Y sientes tanta impotencia y angustia... Desde Salud deben parar todo esto. Tenemos que dejar de vigilar mocos y catarros. Tampoco puede ser que los colegios se encuentren acogotados, mientras los restaurantes se llenan. La vieja normalidad debe llegar a los colegios antes que a ningún otro lugar”. Simó regresa a su consulta, junto a la médico residente Arantxa Bezunartea.
LÍNEAS SATURADAS
Son las diez de la mañana de una jornada que ha arrancado a las siete y media. Llueve con fuerza y el río Arga ha vuelto a crecer, desafiante, alcanzando su máximo caudal. Las miradas de los curiosos buscan las orillas y los agentes municipales vigilan. Parece que todo se va a quedar en un susto. Otros ríos, estos de pacientes a las puertas de los ambulatorios, también amenazan. “No podemos más”, expresan, con impotencia, quizá a modo de aviso. Bajo el alero del centro de salud de la Rochapea, las quejas alcanzan el final de la acera. Alguien mira desde la ventana del edificio de enfrente y resopla. “Nunca habíamos visto unas colas así”, pronuncia desde la fila José Miguel, de 51 años. “Llevo dos días llamando por teléfono y ni siquiera se escucha la señal. Solo quiero una cita con mi médica y gestionar partes de baja para mi familia”. Una vez dentro, frente al mostrador que hace de primer filtro, atendido por tres administrativas, se escucha discutir. “Hace unos días un hombre debió encararse a una administrativa porque llevaba cinco días llamando y nadie le respondía”, susurra una mujer. “Vino la policía y todo porque la discusión fue a más”. En realidad, la policía acude a este lugar con cierta asiduidad para calmar los ánimos, coinciden sus trabajadores.
Seis cartulinas de colores delimitan la distancia de seguridad en el rellano de la espera. El enfado rodea la fachada principal y paso a paso se adentra en un circuito de flechas de colores marcadas en el suelo. “Hasta la mampara se tarda más o menos una hora”, calcula Juan José, de 18 años, que acude esta mañana de lunes al centro porque la carpeta de salud le impide descargarse el certificado covid. A su lado, Mª Jesús (66) dice que viene a por tiritas para las diabetes. “Desde hace dos años no me recibe mi médica”, asiente. “¿Cree usted que todo esto volverá a ser como antes?”, pregunta al periodista. “Con todos los médicos que se van de este país a trabajar en el extranjero. Echo tanto de menos poder sentarme frente a mi médico y que me escuche... Nunca habíamos visto algo así en el barrio”. Los testimonios se encadenan. Hay ganas de hablar. “Te sientes tan anulada como persona, abandonada...”, gesticula Mª Jesús, dando un paso al frente.
En octubre de 2020, en un reportaje que este periódico publicó sobre este centro de salud, se detallaba que aquí trabajaban 14 médicos de familia, 14 enfermeras de adultos, 5 pediatras, 5 enfermeras de pediatría, 2 trabajadores sociales y 12 administrativos, dando servicio a una población de 26.110 personas. Aquí, en esta trinchera contra el coronavirus, que definía Juan Simó, se esforzaba un equipo “mermado y cansado” que durante el confinamiento fue aplaudido por su labor contra la pandemia y esos meses recibía insultos y agresiones verbales de pacientes insatisfechos. ¿Cuál era entonces el origen de las quejas? Un nuevo modelo de atención implantado en la desescalada y con el que desde Salud buscaba reducir las atenciones presenciales a lo estrictamente necesario. De este modo, explicaban los sanitarios, se evita que las aglomeraciones en las salas de espera conviertan los centros de atención primaria en focos de transmisión de la epidemia. En este contexto, los profesionales comprendían las quejas, pero solo pedían que la gente no transforme su enfado en agresiones verbales contra ellos. Más aún, cuando llevan soportando desde casi dos años una situación límite de “plantillas sobresaturadas” sin sustitutos. De hecho, desde 2015 en las plantillas orgánicas de Atención Primaria, el único estamento que ha ido disminuyendo es el del médico de familia. Y así continúan hoy, en enero de 2022. O peor, por la burocracia. Porque al cansancio de dos años de pandemia, se suman la falta de profesionales, las bajas de los sanitarios, la falta de medios, la escasez de líneas telefónicas...
Francisco, de 82 años, en primer plano, y detrás, en silla de ruedas, Idoia, de 43, esperando para realizar un doble trámite
Francisco, de 82 años, en primer plano, y detrás, en silla de ruedas, Idoia, de 43, esperando para realizar un doble trámiteiVÁN bENÍTEZ
UN PEDIATRA JUBILADO EN LA FILA
“El otro día fui a Urgencias y no había nadie, y mira cómo estamos aquí”, se queja Andoni (52), que ha venido para tratar de habilitar el QR del certificado. “¿Por qué no habilitan una ventanilla para asuntos menos urgentes?” . A su espalda, escucha con atención Alejandro (69), un pediatra argentino jubilado que curiosamente trabajó en este edificio de tres plantas. Él espera junto al resto porque ha perdido la tarjeta sanitaria. “Veo que hay menos personal y la gente está más alterada”, lamenta. Unos metros por delante se encuentra Mohamed (24). “Tengo una intervención quirúrgica y deben hacerme una analítica y un electro”, explica. Todos se refugian bajo el alero, evitando el sirimiri. Allí está también Mª Isabel (63), que escucha la presencia del periodista, interviniendo inmediatamente. “¡Es imposible que cojan el teléfono! ¡He llegado a llamar hasta 50 veces en una mañana!”, afirma, sacando el móvil para ratificar sus palabras. Trata de contactar con el ambulatorio. “Lo ves, ni siquiera hay señal. Y yo puedo venir hasta aquí, pero, ¿qué ocurre con la gente mayor?”.
Desde los ocho a las diez de la mañana lleva intentándolo Ángela, de 80 años. “Me encargo de cuidar a ancianos y vengo al centro de salud para tramitar sus citas con los médicos y las medicaciones, porque ellos solo no pueden aguantar aquí tanto tiempo”. Más y más quejas. “En este lugar hoy se siente vacío y dejadez. La situación es desastrosa. Nunca antes había visto unas colas así a las doce del mediodía”, profiere Pedro (70), que ha acudido porque tiene que controlarse la glucosa. De repente, aparece en patinete Juliana (28). “No contestan y necesito una cita para un grupo de gestión de emociones en Salud Mental”, comenta. Esta situación sigue golpeando a los más jóvenes “por la falta de libertad”.
UN ARCOÍRIS
Ha dejado de llover y un inmenso arcoíris enmarca el monte Ezkaba. Simó sale a respirar. Su mirada, cansada, lo dice todo. Aprovecha y se entrega a dos intensas caladas de cigarrillo. “La sensación es la misma que la de las últimas semanas. Llamadas a mansalva y poca medicina, pero contento de lo que me cuentan los pacientes sobre la levedad de los síntomas, incluso en gente muy mayor, de 91, 97 años”. Bocanada, suspiro, y para dentro. Los pacientes se arremolinan alrededor de una de las dos puertas de acceso. “Desde que ha empezado la pandemia no hemos visto a nuestro médico”, manifiesta con tono cansado el matrimonio formado por Mª Fernanda (62) y Manuel (70). “¡Este ambulatorio es una vergüenza!”, replica Ainhoa (45), explicando inmediatamente su malestar. “Hasta el 23 de diciembre he estado dos semanas llamando a diario porque necesitaba material para pinchar a mi madre. Y no me contestaron hasta ese día. Entonces, me responden que la enfermera se encuentra de vacaciones y que no vuelve hasta el 3 de enero y que no pueden gestionar nada. Es decir, mi madre ha estado reutilizando las mismas agujas hasta el 10 de enero”.
DOS AÑOS ESPERANDO UNA CITA 
Catalina, 48 años, lleva una carpeta azul en sus manos. Está a punto de interponer una segunda reclamación . “No he conseguido que citen a mi hijo al oculista en dos años... Y no hay manera”, lamenta. “Lo que sucede aquí es que el centro de salud se ha quedado obsoleto, mientras el barrio ha crecido. Encima, no hay intimidad, tienes que contar a viva voz a las administrativas lo que te ocurre”. En ese momento, Naike (17) sale del centro por una de las dos puertas y regresa a la cola. “¿Qué hago de nuevo aquí? Me ha visto el médico porque tengo algo de bronquitis y ahora me tienen que dar cita para otra consulta”, suspira, sonríe, se lía un cigarrillo.
La bronca vuelve al interior. Una mujer se revuelve al escuchar que no pueden hacer nada por ella porque este no es su centro. En la calle también saltan chispas. Una mujer increpa a un anciano con un andador. “Esta situación tiene que explotar por algún lado en algún momento. Esto es un sálvese quien pueda”, admite María (59). “El sábado fui a Urgencias de Buztintxuri porque me sentía con síntomas y tuve que esperar dos horas. Me dieron antibiótico y sin hacerme una prueba me mandaron a casa. Por eso estoy aquí, para que mi médica me haga un sentimiento”.
Carmina ha pasado a recoger a su amiga Benjamina por su casa. Pasito a pasito, se dirigen juntas hasta el umbral de la espera. Media hora después de salir, estas dos amigas de la infancia, de 81 y 87 años, alcanzan el último repecho que les lleva hasta su medicación. Benjamina empuja un tacataca para poder avanzar. “¿Por qué no le pueden llevar la medicación a casa?”, observa Carmina, reaccionando inmediatamente al escucharse. “Claro, cómo se la van a llevar si no responden al teléfono...”.
UN AVISO IMPORTANTE
“¿Toda esta cola es para todo? ¿Es que no sabemos por qué tenemos que esperar?”. Javier se lleva las manos a la cara. En ese momento, llega una mujer (57) con el ojo derecho cubierto con una gasa. “Esto es horrible. Necesito una baja para dos días y también el alta y no hay manera de que te cojan el teléfono. Llevo intentándolo desde las ocho de la mañana, así que no me ha quedado más remedio que venir. Y en la aplicación tampoco hay forma de solicitarla”. La única solución es que funcione bien el teléfono. Los pacientes coinciden. Este es el “nudo gordiano” de una realidad que afecta a todas la edades de la población navarra. “Llevo 45 años cotizados y merezco trato diferente”, expone Francisco (82) con desasosiego, mientras su mujer espera dentro del edificio. “¿Por qué no instalan más líneas de teléfono? ¿Por qué no hay más profesionales? ¿Por qué no quieren arreglar esta situación?”.
Alguien repara en un “aviso importante” pegado en el cristal de la puerta principal. Dice así: “Por medidas de seguridad se restringe la entrada al centro de salud a toda persona que no vaya a ser atendida en consulta”. Francisco lo lee en alto y la indignación se transforma en una carcajada generalizada. “¡¿Y qué hacemos si no nos cogen?!”, clama Israel. “Llevo una semana llamando para que el pediatra cite a mi hijo que está muy mal”.
Idoia, a la derecha, abandona la fila después de 45 minutos de espera
Idoia, a la derecha, abandona la fila después de 45 minutos de esperaIVÁN BENÍTEZ
EN SILLA DE RUEDAS
Por detrás de Francisco, una mujer en silla de ruedas. Idoia (43) lleva 45 minutos esperando, pero no puede continuar porque tiene que recoger a su hijo de dos años. “Ya volveré otra mañana”, asiente, sin mostrar enfado alguno. “El problema de la gente hoy es el miedo. Tantas malas noticias en los medios nos están enfermando”. Idoia tiene que gestionar los papeles de su dependencia, primero con la trabajadora social y luego con su médica. Un doble trámite y dos mañanas. Idoia tampoco se queja por esto, lo comenta con sosiego, de la misma manera que explica que sufre esclerosis múltiple desde que tenía 25 años, los últimos siete en silla de ruedas. “Pero me encuentro bien”, susurra, dejando entrever una sonrisa bajo la mascarilla.
AL LLEGAR A CASA
15 horas, Juan Simó finaliza la jornada. “No he contado el número de pacientes. Habrán sido seis presenciales y setenta llamadas. Si no hubiera estado Arantxa, la residente, hubiera sido terrible. Pero este no es el problema. Si yo fuera telefonista y administrativo, estaría encantado. Pero soy médico y no practico la medicina desde hace tres semanas”, lamenta. ¿Y al llegar a casa? La pregunta le sorprende. Y sonríe. “Cuando llego a casa me encuentro mejor, cansado de burocracia pero contento, porque veo que estamos en el principio del final”.
Jueves y viernes, 13 y 14 de enero, las filas en este centro de salud han desaparecido. “Es el mejor indicador”, sostiene el médico de familia. “Yo creo que es el comienzo de una bajada importante de casos durante la semana que viene. En cualquier caso, por lo demás, nuestras agendas siguen igual”.

LA SITUACIÓN, EN 4 FRASES

​Catalina, 48 años
“En dos años no he conseguido que citen a mi hijo al oculista. El problema es que este centro de salud se ha quedado obsoleto”

Naike, 17 años
“Acabo de salir y me tengo que poner de nuevo a la cola para hacer otra gestión ”

Francisco, 82 años
“Nunca antes habíamos vivido algo así. La única solución es que funcione el teléfono”

Mª Jesús, 62 años
“No hay manera de que contesten y desde hace dos años no veo a mi médica. ¿Cree usted que esto volverá a ser como antes?

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