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Julio

La vida en una Biribilketa

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‘NO FIESTAS’ Navarra se volvió a quedar con las ganas de disfrutar de las fiestas patronales. Tan solo algunos encierros en octubre nos recordaron de su existencia hasta la pandemiaj.c. cordovilla
  • Mariano Pascal Lizarraga
Publicado el 25/12/2021 a las 06:00
El 6 de julio había sido cualquier cosa menos un día especial. Cuando todavía no habían dado las 9, el calabobos impregnaba de agua los adoquines de la Plaza de los Fueros, mientras cada cual marchaba a su trabajo en un día fresco y húmedo que ni recordaba a los Sanfermines. Aunque el calendario dijera que era 6 de julio, la realidad marcaba un martes más en Mordor.
Todo resultó tan anodino que ni siquiera recuerdo qué estábamos haciendo a las 12. Aunque los medios se empeñaran en sacar información en directo de la nada, cada pamplonés iba de su cabeza a sus asuntos.
Lejos del centro sólo algo se salía de la rutina. Cuadrillas de catorceañeros vestidos de pamplonica, cruzaban los glacis al mediodía con intención de hacer botellón en los fosos. Y es que hay una edad en San Fermín a caballo entre la niñez y la adolescencia en la que todo resulta patético: vestirse de blanco para embarrarse bajo la lluvia en un botellón furtivo, no lo iba a ser menos visto desde la madurez.
Pero cerca de allí, el miércoles 7, en la tarde del día de San Fermín, esa ordinaria semana nos reservaba una revelación. En los jardines de la Casa de Misericordia se anunciaba la actuación de la banda de txistularis municipal. Y allí salió el sol y los residentes empezaron a ocupar las sillas.
Por su cuenta y riesgo habían decidido que aquella era una tarde de San Fermín. Las señoras se habían endomingado de perfecto blanco, pañuelo rojo y la insustituible chaquetica para el fresco. Algunos de ellos iban de riguroso pamplonica, recordando más al niño travieso que fueron que al mutilzarra en que se habían convertido.
Abrió el repertorio la Biribilketa de Gainza y las cabezas de todos los presentes comenzaron a volar. El vello se erizaba y los pies comenzaron a seguir el ritmo del atabal. Los rayos de sol calentaban más fuerte en aquel momento. La afinación de los txistus fue excepcional porque aquello fue una sanferminera magdalena de Proust.
Tras meses de penurias y confinamientos las personas residentes de la Meca nos daban una lección: cuando se han vivido muchos más Sanfermines que los que quedan por vivir, no se puede regatear una oportunidad a la alegría. En sus opciones vitales no cabía ni la nostalgia, ni el duelo, ni el cabreo ni los suspiros.
El disfrute estaba en aquella biribilketa y en los fandangos que le sucedieron. La fiesta estaba reunida allí, en el presente de un puñado de pamploneses llenos de veteranía que gozaban con las primeras notas de lo que serán los Sanfermines de 2022. Esas fiestas que dijeron que “viviremos” y que ahora, aunque todo vuelva a parecer más nebuloso, sabemos que vamos a vivir.
Mariano Pascal Lizarraga es responsable de comunicación de la Casa de Misericordia
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