50 vecinos de Etxalar aprenden la lengua de signos para comunicarse con una niña de 10 años
Vecinos de la villa aprenden la lengua de signos como compromiso de acogida a una menor de 10 años, sorda de nacimiento. La iniciativa rompe la barrera de la incomunicación, acentuada en la pandemia por los rostros semiocultos entre mascarillas


Actualizado el 14/11/2021 a las 17:54
Una sonrisa adorna el bello rostro de Ainara. Su mirada, expresiva y cautivadora, habla entre silencios de su mundo interior. Ainara Berrueta Perugorria nació sorda hace diez años. Un implante cloquear le ayuda a discriminar sonidos mientras encadena palabras en euskera con voz quebrada a un ritmo menor del deseado. “Tiene que hablar. Con los implantes cloqueares escucha pero hay que darle un empujón para que hable” con agilidad. Lo dice su madre, Arantza Perugorria Urkia en el camino que le conduce al encuentro con un grupo de vecinos en la entrada de la Casa de Cultura. La espera es serena tras el despertar de la mañana de un sábado entre bancos de niebla. El decorado, en una villa de postal, acoge a Ane Patxeko San Julián, una logopeda de Bera de 22 años de edad contratada para dirigir un programa de aprendizaje bimodal para sordos que descifra el secreto del lenguaje de signos.
El grupo de espera compone un primer bloque de alumnos dentro del medio centenar de asistentes a las sesiones semanales que trazan un puente imaginario sobre las aguas turbulentas de la incomunicación que ahogan a una de sus vecinas. “Nos damos cuenta con Ainara que no nos comunicamos como con el resto. Igual le llamas ‘Ainara, Ainara..’ y si no te ve, no responde. La diversidad es una bonita palabra pero hay que ponerla en práctica. Hay que vivirla día a día”. La reflexión corresponde a su tía Ainhoa Berrueta Arburua que junto con su madre y abuela de Ainara -amatxi en el euskera hablado en Baztan-Bidasoa- acuden desde septiembre a aprender un código de gestos que acorten la distancia de la limitación auditiva.
El programa de enseñanza bimodal, de lectura de labios y signos abierto a la ciudadanía, cuajó en Etxalar por iniciativa de la Asociación de Padres y Madres de Alumnos de la escuela Landagain. Ainara es uno de los diez estudiantes de su quinto curso de Primaria. En el aula, como en la calle donde la pequeña muestra rasgos de vitalidad y entusiasmo con idas y venidas a velocidad relámpago o con una energía desbordante en un balancín que simula el movimiento de una trainera, no tiene impedimento de comunicación con iguales. “Desde pequeños, sus compañeros han ido aprendiendo a comunicarse con ella”, razona la madre.
La cuestión es que los adultos desean mantener esa vía de conexión directa con ella, sin necesidad de acudir a sus hijos -como es el caso de Aitziber Gorrotxategi Zubizarreta, miembro de la Apyma-, para que hagan la función de mediadores.
“En la Apyma queríamos hacer algo y nos planteamos la idea de aprender el lenguaje de signos dentro de una propuesta abierta a los vecinos de Etxalar”, ofrece por explicación Aitziber Gorrotxategi. Había que salvar un primer escollo, como era la búsqueda de financiación. La incógnita se resolvió con la implicación en las gestiones de la sucursal de la Caixa en la localidad y la respuesta satisfactoria del programa de la Obra Social de la propia entidad de ahorros.
Un siguiente paso fue localizar a una logopeda con conocimientos en la lengua de signos y euskera porque las clases, repartidas en tres grupos según la edad de mayores o pequeños, se imparten en este idioma. “No fue fácil dar con una logopeda, que además supiese euskera”, observa Arantza Perugorria. La búsqueda tenaz acabó fructificando en la localización de Ane Patxeko San Julián en la cercana Bera. Había un tercer elemento que mantenía la iniciativa en suspense, como era conocer la respuesta del vecindario. Tan pronto como se anunció, mayores como pequeños inscribieron su nombre en un gesto más que significativo por acercarse a Ainara y subrayar el valor de la acogida y la comprensión. “Desde niños de 4 años hasta mayores de 70”, el compromiso de asistencia semanal hasta diciembre es un ejemplo de empatía y solidaridad que habla bien de una comunidad solícita ante la fragilidad y la necesidad de uno de sus miembros.
El interés ha excedido los límites de Etxalar, con interrogantes suscitados entre vecinos del propio término y cercanos. “Hay dos vecinas de Bera que acuden al curso”, señala Aitziber Gorrotxategi. La buena acogida se ve reflejada en la frustración de vecinos que han quedado fuera de la lista de admitidos. Otra señal más de la lección dada por Etxalar, donde conviven 800 habitantes.
LA TRABA DE LA MASCARILLA
La programación, estructurada en formato de talleres, profundiza en nociones básicas de comunicación en las relaciones sociales de proximidad. Se trata de aprender signos sencillos que permitan conocer “emociones, colores o lugares. El curso se dirige -señala la responsable de impartirlo- al aprendizaje de un vocabulario sencillo, del día a día. Si estoy triste, alegre..., o cómo señalar la iglesia o el frontón”. El juego, pilar básico de la pedagogía, sirve de estímulo a los dos grupos de pequeños -de 4 a 8 y de 9 a 12 años de edad-, y ejerce el mismo efecto de motivación en los mayores.
La logopeda recurre a soportes plastificados que simulan juegos de mesa para repasar las emociones o los colores. En uno de los grupos formados en el ciclo de adultos, Ainara destaca como alumna habilidosa, claro está, en la lengua de signos. Responde con rapidez con gestos con las manos, que remata con palabras sueltas. En un momento dado, su amatxi, Juana Mari Arburua Arburua, de 63 años, le busca con un interrogante asomado en su boca. De espaldas, Ainara atiende a una indicación de su madre para que se dé la vuelta y le traduzca el término gaizki (incorrecto) en el código manual. Despierta como es, ofrece una respuesta oportuna.
Los dados caen sobre una especie de juego de oca, jalonado de piezas de colores. La ficha avanza hacia una casilla que representa un crisol de tonos. Sin tiempo que perder, impulsada por la propia emoción, Ainara repasa en voz alta uno a uno todos ellos. Una avispa revolotea, en ese momento, en el desván convertido en una sala multiusos de la Casa de Cultura, sin que el alumnado adulto repare en su presencia, concentrado como está en repasar e incorporar nuevos conocimientos. La encargada de aumentar su bagaje tiene su boca cubierta de una mascarilla transparente, que deja entrever sus expresiones faciales a cada explicación dada.
Precisamente, la pandemia, con todo lo que comportó de aislamiento, reforzó la iniciativa lanzada por la Apyma de Landagain. “El curso pasado fue difícil para todos. Todos fuimos conscientes de que necesitábamos mejorar la comunicación”, observa Aitziber Gorrotxategi. “Si a nosotros nos cuesta entender a una persona que lleva puesta una mascarilla, imagínate la dificultad que encuentran las personas sordas”, tercia, a su vez, Arantza Perugorria. La expresión facial es, junto con la lectura de labios, un recurso de comunicación del que se valen. “Ainara se fija en la cara y si no puede ver las expresiones, por la mascarilla, tiene un problema”, observa su madre. “Se fija si estás contento o triste. No podemos imaginar lo que les pasa a las personas sordas sin esa referencia. Es como si a todos nosotros nos pusieran unos tapones y no supiésemos cómo guiarnos en las relaciones”, agrega. La mascarilla, tan necesaria para frenar contagios, arrebata reflejos al espejo del alma.
“Hay que hablarle despacio. Vocalizar bien para que ella entienda. Es necesario que vea la boca”. Tapada, se ha convertido para las personas con limitaciones de escucha en otra secuela del coronavirus.
EL SENTIDO DEL OLFATO
El implante coclear amplificó el horizonte de los sonidos a la pequeña, pero toda traba que tenga, por muy pequeña que pueda parecer, dificulta su capacidad de entendimiento. “Una cosa -dice la madre- es oír y otra entender”.
Como todo ser humano que tiende a compensar carencias con la promoción de virtudes atesoradas, también Ainara busca medios para entender y hacerse comprender. Dice su padre, Xabier Berrueta Arburua, originario del caserío Beheko zubi, de Etxalar, que tiene “desarrollados la vista y el olfato. Conoce a la gente -dice- por el olfato. Que hay una chaqueta tirada en suelo, ella la huele y sabe de quién es. Y no falla. Fuimos de vacaciones y al entrar en el hotel, una de las primeras cosas que hizo fue oler las sábanas y las servilletas”.
Su memoria retiene fragancias. “Fui a comprarle al hijo mayor unos pantalones de regalo y ella, atenta, sabía de qué tienda era”, expone la madre con otro ejemplo la retahíla de facultades.
Cuando nació - “en San Sebastián” por proximidad de Cinco Villas-, un mal presagio asaltó a su mente. “Al tener dos hijos antes algo me hacía pensar que no iba bien”. Le cogía en sus brazos y la niña “se sobresaltaba”. El regreso a aquellos primeros días devuelve un episodio triste, difícil de digerir y menos de asimilar. “Tan pronto como nació no pasó las pruebas de audición. Nos dijeron que podía tener algún tapón. La pediatra de Lesaka, Belén Compains, nos mandó a Pamplona”. La inquietud derivó en angustia. “A los dos meses de vida, el doctor Zubicarai le hizo unas pruebas y nos dijo que tenía hipoacusia, que era completamente sorda. A mí se me cayó el mundo. Me estaba hablando el médico y no escuchaba”. Sintió paralizarse su cuerpo. “Al principio nos costó asimilarlo”, aprecia la amatxi.
Por consejo médico, la familia decidió acercarse a la Asociación Eunate y acceder como socios a sus prestaciones de logopeda, entre otras, que ayudasen a superar la barrera de la sordera. A medida que fue pasando el tiempo, Ainara fue ganando en seguridad en los encuentros organizados con iguales en la propia asociación. “Ella -dice su madre- es consciente de que es diferente. Cuando va a la asociación se pone contenta porque ve que hay más niños como ella”.
Desde pequeña su rutina se ha convertido en una prueba de superación diaria que encara con la mejor de sus voluntades y una sonrisa provocativa y cautivadora. La sordera aboca en ocasiones a los menores que la padecen a encerrarse sobre sí mismos. Ainara “no tiene ningún problema en relacionarse con la gente, ya sea en Etxalar como en París. Busca comunicarse”, destaca su padre.
A base de esfuerzo compensa sus límites auditivos. “Se nos dijo la posibilidad de que tardaría tiempo en caminar y no fue así; que igual hasta los dos años no podría andar. Con algunos meses menos fue capaz de llegar al caserío” sin una mano que le sirviese de apoyo.
El mismo entusiasmo que entonces puso para mantener el equilibrio le empuja a caminar con premura o a correr por las calles de su pueblo. “Lo que quiere es moverse”, dice su madre. Su abanico de gustos y preferencias es holgado con una clara inclinación por las prácticas deportivas, ya sea fútbol, pelota o andar en patines. Hay una cosa que no deja de ser sorprendente: le encanta bailar. “Si no sabes que lleva implantes, no piensas que tiene sordera. Lleva el ritmo perfectamente. Yo pensaba que no podría bailar, pero ella se empeñó que quería. Así que le apunté de pequeña a euskal dantzas”.
"ESTAMOS ARROPADOS"
A una pregunta por su estado anímico tras la respuesta vecinal a la iniciativa pedagógica y solidaria, Arantza como Xabier responden con palabras de agradecimiento y emoción. “Como padres -dicen- nos sentimos arropados. En Etxalar no hay otras personas, mayores o pequeños, que estén sordas. En Pamplona seguro que hay muchos niños que lo son pero aquí el caso de Ainara es único”.
La propuesta de aprendizaje, que ha implicado a personas de distinta edad, contiene un mensaje de empatía con aquellas que muestran fragilidad. “Nos hace ser más conscientes de la necesidad de esas personas mayores que van perdiendo facultades”, se escucha en una improvisada conversación entre los padres de Ainara, Aitziber Gorrotxategi y Ane Patxeko.
La pequeña se distancia del grupo a una indicación del fotógrafo para inmortalizar su figura adornada con una de sus múltiples sonrisas que despacha a quien le saluda. Si hay una emoción que le define en ese instante es la alegría.
“¿Zenbat dira zure lagunak eskolan?” (¿Cuántos compañeros tienes en la escuela?), le pregunta en un momento dado su madre. “Enaitz, Aritz...”. Sin vacilar, uno a uno desgrana el rosario de nombres. La relación compone su primer eslabón de comunicación en la calle de una cadena cada vez más extensa. Y eso le hace feliz.
