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Personas refugiadas

El viaje de Hadel: la huida de una familia siria hasta Pamplona

Una familia siria de origen palestino que vivía en el campo de refugiados de Yarmouk (Damasco) relata su huida hasta llegar a Pamplona en 2016. Esta es la crónica de un viaje con tres niños

Hadel Arab muestra la fotografía de ella con el puño en alto en la inauguración de la exposición ‘Personas refugiadas: huir para vivir’, imagen que se publicó en este periódico.
Hadel Arab muestra la fotografía de ella con el puño en alto en la inauguración de la exposición ‘Personas refugiadas: huir para vivir’, imagen que se publicó en este periódico Iván Benítez
Publicado el 08/11/2021 a las 06:00
Levantó el brazo izquierdo, cerró el puño y su rostro se llenó de emoción. No lloró. Contuvo las lágrimas y su mirada voló hasta un punto fijo, el de los recuerdos. Detrás de este instante había algo más...
Sucedió en junio, en la inauguración de la exposición ‘Personas refugiadas: huir para vivir’, organizada por el departamento de Políticas Migratorias del Gobierno de Navarra. Hadel Arab, una mujer siria de 36 años de origen palestino, ponía rostro y voz en el corazón de Pamplona a más de 80 millones de personas que se han visto obligadas a abandonar sus hogares en todo el mundo para no morir. Una cifra nunca antes registrada hasta 2020 por ACNUR, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Si los 80 millones de desplazados vivieran en el mismo lugar, constituirían el 17º país más poblado del mundo. Y eso que esta cantidad no incluye a los refugiados climáticos, a millones de desplazados internos y a las víctimas de trata, entre otras realidades invisibilizadas.
Una semana antes del gesto de Hadel en Pamplona, el alto comisionado de la ONU hacía un llamamiento mundial. En un informe señalaban que el desplazamiento forzado afecta a más del uno por ciento de la humanidad - una de cada 97 - y que cada vez menos personas pueden retornar a sus hogares. “Estamos presenciando una nueva realidad en la que el desplazamiento forzado no solo está mucho más extendido, sino que simplemente ya no es un fenómeno a corto plazo y temporal”, aseguraba el alto comisionado, Filippo Grandi. “No se puede esperar que se viva en un estado de incertidumbre permanente, sin la posibilidad de volver a casa, sin la esperanza de construir un futuro. Necesitamos una actitud nueva, más receptiva, y un impulso decidido para resolver los conflictos, que son la raíz de un sufrimiento tan inmenso”, dejaba claro.
SOBREVIVIR EN YARMOUK
El campamento palestino de Yarmouk se localiza a tan solo ocho kilómetros de Damasco. Este lugar nació en 1957, cuando las autoridades de Siria decidieron acondicionar un terreno para acoger a los refugiados palestinos que se vieron obligados a abandonar sus tierras tras la guerra árabe-israelí de 1948.
Y lo que comenzó de manera “no oficial” se convirtió en uno de las mayores urbes provisionales de Oriente Medio. Debido a la expansión demográfica y geográfica de la capital, Yarmouk se transformó en uno de los distritos más poblados e importantes de Damasco. Llegó a concentrar a 160.000 refugiados registrados y a más de un millón de sirios. Contaba con mezquitas, escuelas y edificios públicos, todo ello gestionado por la administración siria y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), que proporcionaba los servicios. Asimismo, la tasa de alfabetización entre los palestinos de este enclave destacaba por ser de las más altas, no sólo de Siria, sino de todo el mundo árabe. Yarmouk se convirtió en un importante centro comercial, pero hoy trata de rearmarse entre los escombros. Con el 20% del campamento arrasado y el 40% de las viviendas a punto de desplomarse por las heridas de la metralla, la población que ha decidido quedarse, alrededor de 500 familias, trata de salir adelante sin acceso a electricidad, agua potable, alimentos y fuel para calentarse. Atrás quedan los bombardeos y el fuego cruzado entre las diferentes facciones, grupos armados que usaron a los civiles de escudos humanos.
En marzo de 2022 se cumplirán 11 años del inicio de la guerra de Siria. Según Naciones Unidas “la gran tragedia” del siglo XXI. Más de la mitad de la población se ha visto obligada a desplazarse. Durante este tiempo han muerto más de 500.000 personas y hay generaciones que solo conocen la guerra. Al conflicto se suman la pandemia y las sanciones económicas. Siria se encuentra peor incluso que en los peores bombardeos, aseguraban esta semana desde el país.
El precio de la canasta básica se ha multiplicado un 230% respecto al año pasado. En la actualidad, el salario medio mensual se estima entre 80.000 y 100.000 libras sirias, unos 30 dólares al mes, más o menos lo que cuesta una gallina. Un pantalón llega hasta las 50.000 libras y 35.000 una camiseta. Solo reciben electricidad seis horas al día, por la que pagan 40.000 libras al mes. Esta es la realidad este mes de noviembre. Y Naciones Unidas estima que 9,3 millones de personas sobreviven en situación de inseguridad alimentaria y que es especialmente alarmante en el noroeste, el último frente de guerra.
EN CASA DE HADEL
El domingo pasado, Hadel sí que lloró. Fue en el salón de su casa y estaba arropada por su marido, Jalal, y sus tres hijos, Hala, Rafiq y Ahmad. El pequeño, de 10 años, la abrazó al descubrir sus lágrimas. Esa tarde especial, víspera de Todos los Santos, Hadel preparó una merienda tradicional de su país, a base de dulces y pizzas árabes. Y entre sorbos de té caliente, volvió a acariciar la fotografía con el puño en alto en la exposición Huir para vivir.
- ¿Por qué cerró el puño?
- Esta fotografía simboliza ganar, vivir y llegar. Llegar con tres niños pequeños y sentirse viva, tranquila y muy fuerte. En esa imagen estoy emocionada porque me sobrevienen los recuerdos de mucha gente que hemos dejado atrás. (Hadel llora y su pequeño la abraza). Vivíamos sin luz, sin agua, sin esperanza...
De izquierda a derecha: Ahmad, Jalal, Rafiq, Hadel y Hala, en el salón de su casa frente a una mesa con comida tradicional de su país
De izquierda a derecha: Ahmad, Jalal, Rafiq, Hadel y Hala, en el salón de su casa frente a una mesa con comida tradicional de su país Iván Benítez
-¿Cómo fue el viaje desde Yarmouk a Pamplona?
-Una vez que llegamos a Argelia permanecimos tres años. En 2015 decidimos cruzar a Marruecos de manera ilegal, primero en coche y luego caminando hasta Nador, cerca de Melilla. Continuamos por las montañas. En Cruz Roja solicitamos asilo y nos llevaron a Córdoba. Meses después reservamos cinco billetes de autobús y fuimos a Suecia, pero era muy complicado solicitar el asilo.
-¿Cómo se afronta una huida así en busca de un refugio seguro con tres niños pequeños?
-Es muy duro, muy duro. Nuestros hijos eran muy pequeños. “Mamá, ¿dónde vamos?”, nos preguntaban continuamente. “¿Por qué dejamos la casa?”. “Tengo hambre, tengo sed...”. Se necesitan tantas cosas muy básicas, como cambiar la ropa.
- Y cuando veis que Europa deporta a personas refugiadas, tal y como ha ocurrido recientemente en Dinamarca... ¿Se siente miedo?
- No, miedo no. Estamos muy tranquilos. Pero volver hoy no es nada fácil para nosotros. Siria es un país en guerra y somos palestinos. Creemos que no podemos entrar y tampoco a Palestina. Nos encontramos en tierra de nadie. Somos refugiados sin país y por partida triple: lo hemos sido en Siria, Argelia y ahora en España. Y no quiero más. No queremos más...
Aparece en el salón la hija mayor. “Yo no recuerdo mucho de Yarmouk”, interviene la joven Hala, en un perfecto castellano. “Lo único que recuerdo es que salía a pasear con un primo y comprábamos helados en una tienda muy pequeña y nos gustaba ir a las casas de los vecinos, nos quedábamos a dormir y, no sé, me lo pasaba muy bien”. Hadel ríe al escuchar a su hija. “No recuerdo la última noche de las bombas. Y para ser sincera me encuentro muy bien aquí, mantengo una vida muy social, tengo muchos amigos, voy bien con los estudios no me apetecería volver”. Al hablar de futuro, explica que se inclinará seguramente por Arquitectura y que le gustaría viajar a Estados Unidos.
-Hadel, ¿cómo era la vida en Yarmouk antes de la guerra?
-Una vida muy buena, muy tranquila. Todos vivíamos juntos. ¿Comprende que significa juntos? Vivíamos como hermanos. La vida antes de la guerra era muy buena, muy tranquila... (suspira). Mi marido trabajaba como mecánico en Deraa, al sur, frontera con Jordania. Antes teníamos mucha familia y vivíamos muy cerca. Ahora la guerra nos ha separado.
AÑO 2012
Hadel, Jalal y sus tres hijos se marcharon en 2012, un año después del inicio del conflicto en el país.
-¿En qué momento tuvieron claro que debían marcharse?
-Un día estábamos en casa durmiendo y a eso de las siete estalló un coche bomba cerca de nuestra casa. Todos los tabiques y ventanas reventaron. En ese momento solo queríamos salir de allí y lo hicimos sin nada. Solo piensas en abrazar a tus hijos, en sentirlos vivos y salir. Solo lloraba. No sabíamos qué hacer.
Sus tres hijos tenían entonces 1,3 y 4 años. Buscaron refugio en la casa de sus suegros.
-¿Y a partir de ese momento?
-Mi marido dijo que no podíamos seguir llevando esta vida. Y nos marchamos sin mirar atrás.
Hadel y los tres niños permanecieron un mes más en Yarmouk, mientras su marido voló con visado de turista a Argelia a casa de un primo.
- ¿Y cómo fue ese mes sola?
-Sin mi esposo, el más duro. A la guerra se sumaban los cortes de luz y agua. Pasé la mayor parte del tiempo con mis suegros.
Un mes después, dejaron atrás Yarmouk y se reencontraron en Argelia. Lo hicieron antes de que el Estado Islámico y el Frente Al Nusra (la franquicia local de Al Qaeda) tomaran las calles. Por primera vez se enfrentaban abiertamente palestinos y yihadistas del EI y el ejército sirio asediara la urbe. Durante este tiempo de confrontación calle a calle la ONU solo pudo distribuir ayuda 131 días, lo que se tradujo en 32.000 paquetes de alimentos. “Esto equivale a 400 calorías por habitante y día, drásticamente por debajo de la cantidad diaria necesaria recomendada por el Programa Mundial de Alimentos de 2.100 calorías para civiles en zonas de crisis”, explicaba Raquel Martí, directora de UNRWA España.
-Hadel, ¿han regresado?
- Nunca hemos vuelto. Toda nuestra vida se quedó allí.
-Este periodista tiene intención de viajar en diciembre a Yarmouk. ¿Encontraré vuestra casa? ¿Qué os gustaría recuperar?
-Nos gustaría recuperar todo y seguramente no encontrará nada.
-¿Os gustaría volver a vivir?
-Sí, sí... ¿por qué no? Allí seguimos teniendo mucha gente.
-¿Y qué os cuentan?
-Ay (suspira). Está todo mucho peor que hace años.
En la conversación participa Ahmad, de 12 años. Al preguntarle por algún recuerdo, le viene una imagen.
-No sé si es real, pero tengo uno en la cabeza: me veo saltando en la cama con mi hermana... y entonces escuchamos las bombas.
-¿Te gustaría volver?
- Sí me gustaría, pero solo de visita para ver a la familia.
Los abuelos de Hadel vivieron la Nakba (conocida como catástrofe palestina) en 1948 y sus padres, que nacieron en Siria, aún guardan las llaves de sus casas de Cisjordania. “Las guardaron porque tenían esperanza. Y cuando nosotros hablamos de Palestina, nos recuerdan lo maravilloso que era la vida. Pero no podemos regresar. Nunca. Quizá si nos concedieran la nacionalidad española pudiéramos viajar... Ojalá”.
-¿En qué condiciones están ahora en Pamplona?
-Vivimos como refugiados y mi marido trabaja en el Ayuntamiento de Mutilva.
El sueño de Jalal es conseguir aprobar el carné de conducir y poder llevar a su familia a la playa.
-Me ha escrito un amigo desde Siria -el número uno de una facultad de ingeniería- y me dice que no soporta más y que se marcha. ¿Qué puedo hacer?
-Solo puedes escuchar. En Siria ya no hay esperanza.
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