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Obituario

Ana Villar Urtasun, comerciante del mercado del II Ensanche de pamplona

Ana Villar
Ana VillarCEDIDA
  • Mery Bandrés
Actualizado el 01/10/2021 a las 11:11
Por más que el tiempo pase, no lloro... Pero duele. No hablo pero lo siento. No lo demuestro pero sí me importa. Nunca la voy a olvidar porque siempre la recuerdo. Le prometo que, como le gustaría, me voy a dedicar a ser fuerte y a sonreír a la vida, como me enseñó, a pesar de que me duele.
Mi queridísima amiga, consejera, mi hermana por elección, Ana Villar Urtasun, ha fallecido recientemente dejando no solo en mí sino también en su familia y en sus múltiples amigas -a la mayoría de las cuales no conozco, solo por las cosas buenas que contaba de ellas- un extraño vacío que al mismo tiempo que nace se va llenando de los recuerdos que nos ha dejado. De sus palabras de ánimo, de sus consejos y de sus lecciones sobre cómo encarar la existencia y cómo enfrentar tanto el anverso como el reverso de la vida.
Nacida en Pamplona, en una familia de comerciantes, dejó sus estudios para ayudar al negocio familiar. ¡Cuántas veces me ha aconsejado sobre dónde y cómo conseguir lo más difícil, un producto del mar -marisco, merluza, rodaballo, rape, calamares, y un largo etcétera- de gran calidad y a un precio adecuado! Si es que sabía de todo lo que se puede aprender comerciando con pescado en el Mercado Municipal del Segundo Ensanche de Pamplona. Pero además tenía una y mil recetas sobre cómo prepararlo y uno y mil consejos sobre cocina y gastronomía en general. Sus recetas hubieran dado para escribir un muy buen libro de cocina. Es verdad que dejó el comercio familiar al contraer matrimonio con Alberto que también, ahora, es mi amigo en esta ausencia. Pero por las vivencias y experiencias que tantas veces ha contado, creo que esos años dejaron en ella una impronta imborrable y muy positiva.
Colaboradora incansable de buenas causas, prestó su ayuda desinteresada, entre otras instituciones, al mercadillo anual de la Asociación Nuevo Futuro en Pamplona, sirviendo siempre con una sonrisa y una frase amable a los comensales a los que les correspondía atender en las comidas solidarias de dicha organización. Allí cultivó además grandes amistades, de las que hablaba con mucho cariño. Y es que la amistad, además de su familia (en especial su querido Alberto, hijo y nietos) ha sido uno de sus baluartes de su vida. Amiga de sus amigas, nunca hablaba mal de nadie y siempre tenía palabras de afecto para la gente que le rodeaba.
Mujer de gran fe, amiga de Dios, coincidíamos en nuestra devoción a San Judas Tadeo. También demostraba su confianza en el Sagrado Corazón de Nuestro Señor. Que la tenga en su gloria.
Y esa fe la puso a prueba en los últimos dos años de vida. Ejemplar a la hora de encarar una enfermedad que supuso un duro y cruel pulso a la vida, no se dejó vencer ni se desalentó en su lucha diaria contra la adversidad. Siempre con ánimo, era ella misma la que nos animaba a los demás y tenía palabras de aliento que nos ayudaban a enfrentar, en ella, ese miedo a la enfermedad que caracteriza a la sociedad actual. Generosa hasta el final, no nos dejó ver a ninguno una debilidad en su inmensa confianza en salir adelante. Al final no pudo ser. Pero queda para nosotros ese ejemplo de entereza y humanidad, manteniendo una gran paz interior. Si pudiera pedirle a Dios que me permitiera unos minutos más con ella, le diría lo importante que fue para mí. Espero que me escuche desde allá arriba.
Siempre vivirá en nuestros hermosos recuerdos, siempre la tendré presente.
*La autora es amiga de la fallecida.
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