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Solidaridad

¡Gracias donantes de sangre de todo corazón!

Aunque sean justas las reservas en dos grupos sanguíneos y la pandemia sacuda rutinas en el abastecimiento, los donantes siguen dando ejemplo

María Otermin Ayesa es la coordinadora de Adona
María Otermin Ayesa es la coordinadora de Adonajesús caso
Actualizado el 31/07/2021 a las 18:58
Ejemplares en su anonimato, los donantes de sangre no tienen reparo en remangarse las veces que haga falta y las posibilidades legales se lo permitan. Por el ejemplo hallado en círculos cercanos, en unos casos, y un compromiso con la humanidad, en todos ellos, descubren su brazo a la apertura de una vía que es fuente de vida. El miércoles, Miren Ollo García, de 20 años, se sentó por primera vez en una butaca de extracción en la sede de Pamplona del Banco de Sangre y Tejidos de Navarra. Lo hizo al lado de su padre, Enrique Ollo Aristu, de 56, con una firmeza y convicción heredadas por insuflar de aliento a quienes, sin conocerlos, se aferran a la vida. El primer pinchazo vino a satisfacer una idea que le rondaba desde hace tiempo y que no pudo materializar hasta esta semana cuando se decidió a dar el paso. “No sabes a quién das”, deslizaba queriendo dibujar la extensión de un puente imaginario con un desconocido, hermanado por lazos de sangre.
Era algo que le apetecía con un principio loable y no lo suficientemente valorado de ayudar sin recibir nada a cambio. “Por ayudar, lo que haga falta”, decía. Ahí, en ese valor altruista, radicaba su mérito como el contraído por el contingente de donantes en cada detalle pequeño pero valioso.
Estudiante de enfermería, con el tercer curso en el horizonte de septiembre, Miren puso rostro, de manera fortuita, al plantel de jóvenes que dan una porción de su vida para asegurar la de otros. La suya es una muestra de generosidad, acentuada si cabe en una época como la actual en la que el sector al que pertenece está estigmatizado por prejuicios reprobatorios de hábitos poco saludables. “Muchas veces sólo se ve una parte” de la realidad de los jóvenes, apreciaba para contrarrestar visiones reducidas. Frente a escenarios sometidos a la censura de una parte de la sociedad por ser fuente de propagación en período de pandemia, “hay gente que colabora”.
En su caso particular, esta colaboración es un eslabón de una cadena familiar, formada por su padre, su madre, Beatriz; y su hermano, Josu. Los cuatro son una muestra a escala doméstica de la gran familia de la donación.
Desde hace tres décadas, el padre sigue la pauta saludable y benévola de quienes en su pueblo desnudaban su brazo por un bien social. “En Lumbier había mucho donante. Los servicios médicos animaban a serlo y además venía y viene bien para la salud”, razonaba el miércoles mientras fluía un hilo de sangre de su brazo izquierdo. El ambiente que halló en su pueblo cundió en el ánimo generoso de este trabajador de un centro psicogeriátrico para fidelizar su compromiso con Adona. Cuando se le pregunta por la razón que le condujo a dar vida, responde con un argumento que excede del propio ejercicio voluntario. “No me entra en la cabeza que una persona accidentada, al llegar a un hospital, le digan que no tienen sangre para atenderle”, señala. Desde aquí, la donación cobra, a su parecer, un sentido poco menos que obligatorio. El año pasado, por su fidelidad, recibió la insignia plateada de la Asociación de Donantes de Sangre.
NAVARRA, UN EJEMPLO
José Antonio García Erce dirige el Banco de Sangre y Tejidos de Navarra
José Antonio García Erce dirige el Banco de Sangre y Tejidos de NavarraJesús Caso
José Antonio García Erce, director desde hace cuatro años y medio del Banco de Sangre y Tejidos de Navarra, no tiene palabras para agradecer la disponibilidad y el servicio de Adona. El alma de la donación reside en sus miembros. Unas 24.000 personas conforman su base social activa, con un promedio de 16.000 que dona al año. “Navarra siempre ha sido generosa”, ensalza este tinerfeño de origen, con raíces navarras.
Hace diez años, de acuerdo al registro de la asociación, Carmela Bermejo Ros, de 61 de edad, se acercó por primera vez a un punto de extracción. “Me parece una cosa necesaria. Para los accidentes, imprescindible”, expone como justificación.
“Tengo amigos que son donantes y mis hijas quieren venir también pero el miedo a las agujas las paraliza”, señala. Hay un temor mayor, que anida en sus entrañas, que les impide dar el paso. “La covid -dice su madre- nos ha hecho mucho daño”. Ha alzado un muro invisible en las relaciones sociales, difícil de franquear. “El contacto con otras personas nos corta pero creo que los que tenemos menos miedo hemos de empujar a otros” a salvar sus resistencias interiores y posibilitar reencuentros, con la seguridad necesaria. “Hay que tener precaución con la covid”, razona quien además es donante de órganos desde un principio humanitario. “Cuando un cuerpo se muere merece la pena sacar el provecho necesario para que otras personas vivan”, es su reflexión.
Carmela Bermejo Ros es donante de sangre desde hace diez años
Carmela Bermejo Ros es donante de sangre desde hace diez añosjesús caso
“Navarra siempre ha sido ejemplo de donación”, tercia a su vez María Otermin Ayesa, coordinadora de Adona de 57 años de edad. No hace falta que conserve el título oficioso de comunidad con mayor número de donaciones por 1.000 habitantes que portaba años atrás porque continúa dando muestras de generosidad. “Hoy todas las comunidades son autosuficientes en hematíes”, aclara. Si hace quince días se trasladó a la ciudadanía un mensaje de necesidad, sobre todo en los grupos sanguíneos de A + y 0 - es porque “durante estos meses la planificación no ha sido normal”.
Aunque “cueste reaccionar a los donantes” ante imprevistos en una sucesión de olas y cambios, siempre están ahí. Es su respuesta innata a la naturaleza de una Navarra comprometida. Por cada donante, una vida y una palabra. Gracias.
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