Obituario
José Antonio Arriola, carnicero pamplonés y socio de bodegas Inurrieta


Publicado el 26/05/2021 a las 08:21
Esta sociedad, cuando recuerda a los fallecidos, tiende a ensalzar las virtudes corriendo el riesgo de caer en la exageración. En el caso de José Antonio no sería así, ya que poseía la mejor virtud humana: la bondad. José Antonio era, sobre todo, muy buena persona.
Nació en una familia humilde, en la Avenida de Guipúzcoa junto a las Hermanitas de los Pobres. Para ayudar a su familia comenzó a trabajar sin cumplir los catorce años en una carnicería de la calle Zapatería, una tienda en la que sabías cuándo entrabas pero no cuándo saldrías; tan solo cuando se hubiera finalizado el trabajo.
Era tan responsable, que si íbamos a Javier, salíamos tarde, a las diez de la noche porque él estaba trabajando. Si partíamos de vacaciones, nosotros lo hacíamos por la mañana y él por la tarde. A los toros, que comenzaban a las cinco y media, llegaba con el tiempo justo. Por trabajar se perdió varias ceremonias de boda de sus amigos y, a su propia boda, llegó a tiempo porque se casó en domingo. Pero además del trabajo tenía otras dos pasiones: su familia y sus amigos.
De la tienda de la calle Zapatería pasó a llevar a comisión la carnicería de un supermercado Spar en la calle Aralar. Allí conoció a Juan Mari Antoñana, cazador de talentos, que lo fichó bien pronto. José Antonio se sumó de este modo al proyecto Super Mabo, una cadena que llegó a tener veintitrés establecimientos. Hacía falta tener conocimientos y capacidad de trabajo para gestionar una carnicería en cada uno de ellos. José Antonio lo logró.
Al principio de los años 2000, Caprabo compró Super Mabo. Unos años antes la familia Antoñana ya había adquirido viñedos en Falces con vistas a fundar una bodega. José Antonio se sumó al proyecto de Bodegas Inurrieta con el objetivo de elaborar el mejor vino posible. Pronto comenzaron a recibir el premio a tanto esfuerzo, ya que la calidad de sus vinos ha sido reconocida en certámenes y exposiciones con medallas, diplomas y Bacchus de oro.
Así transcurrió la vida felizmente; disfrutando de la familia, de su esposa Marisa, la novia adolescente de los quince años, la extraordinaria Marisa, nuestra queridísima Marisa, de sus hijos Marta y Josean y de sus tres nietos: Iñigo, Javier y Nur.
Cuando a finales de 2019 apareció un tumor traidor, José Antonio no se rindió, le desafió, le plantó cara. Hasta que el veintidós de mayo, agotado, falleció.
En mayo de 2020, con el dolor contenido, celebramos sus bodas de oro. En marzo de este año, pocas semanas antes de fallecer, un día paseábamos por la avenida Carlos III. José Antonio ya iba en una silla de ruedas y se le acercó un conocido. Tras saludarle, José Antonio le dijo que tenía mucha suerte, que se sentía muy querido.
De entre todos los regalos, el mayor, es un buen amigo. Yo, al igual que Ismael, somos unos privilegiados por haber disfrutado tanto tiempo de su amistad.
Como dice la letra de Alberto Cortez: “Cuando un amigo se va /queda un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo. / Cuando un amigo se va / se queda un árbol caído / que ya no vuelve a brotar / porque el viento lo ha vencido”.
Adiós, querido José Antonio. Volvería a vivirlo todo nuevamente.
Carlos Ollo Iturri es amigo del fallecido desde la infancia