Reencuentros, despedidas y demás consecuencias de la pandemia de coronavirus, en la estación de Renfe de Pamplona
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Reencuentros, despedidas y demás consecuencias de la pandemia de coronavirus, en la estación de Renfe de Pamplona

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Amor en tiempos de coronavirus

¿Sería el lector capaz de recordar una historia de amor vivida durante la pandemia? La pregunta sorprende en el andén de una estación de tren a pasajeros, trabajadores y viandantes

Iván Benítez

Actualizado el 14/02/2021 a las 06:00

Hace frío y huele a café en el andén de la espera. Una locomotora garabateada con el spray de la noche parte en un traqueteo silencioso, casi imperceptible. Trenes vacíos. Vías muertas. Solo el monitor de la terminal se atreve a proyectar destellos de normalidad: “Próxima llegada, Barcelona, 13.30 horas”, anuncia la pantalla. Un pasajero bebe cerveza en vaso de plástico en una terraza improvisada junto a un maletón marrón cargado de vida. Más allá, una silueta amarilla con útiles de limpieza camina sobre el filo de uno de los raíles. El reloj circular de la Estación de Renfe de Pamplona marca las 12.15 horas. Pilar y Rufino pasean del brazo.

El poeta Gustavo Adolfo Bécquer ahondaba en la nostalgia del pasado y creía necesario apresurarse por conservar los lugares antes de que se conviertan en espacios irreconocibles. A Bécquer, poeta de la intimidad, le entusiasmaba el tren como vehículo de ideas y símbolo del progreso y de la unión de las personas. Y es precisamente esta búsqueda de la unión la que empuja al periodista a visitar el andén de la espera, y lanzar una reflexión a bocajarro: ¿Sería el lector capaz de recordar una historia de amor vivida durante la pandemia? Pasajeros, trabajadores y viandantes asimilan la pregunta y tratan de deshacer este nudo gordiano. “Pero no es fácil”, reconocen.

'THE WALKING DEAD'

El encargado de la limpieza de los trenes, el mismo que sortea los rejones de acero, es el primero en desarropar emociones. Patxi Fernández, de 30 años, resopla entumecido por el momento. “¡Uf! ¡Qué va, imposible! ¡Qué complicado es hablar de amor en días de pandemia! Además, por aquí ya no vienen a pasear ni los ancianos”, se revuelve incómodo. Patxi ha comenzado a trabajar a las nueve y terminará a las diez de la noche, cuarenta minutos antes del último tren procedente de Madrid. “Lo que sí se ve es a la gente más triste. Todo esto parece 'The Walking Dead' (serie de televisión de horror post-apocalíptico)”.

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

Cada 14 de febrero se celebra en varios países del mundo el Día de San Valentín. Una jornada especial para muchas personas cuyo origen se remonta hasta la sentencia a muerte de un sacerdote llamado Valentín, quien se opuso a la decisión del emperador Claudio II de prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes porque consideraba que los solteros sin familia eran mejores soldados. Valentín, opuesto al decreto del emperador, comenzó a celebrar en secreto estos matrimonios. Sin embargo, al enterarse, Claudio II le condenó a muerte un 14 de febrero del año 270, alegando desobediencia y rebeldía. Un par de siglos después, le nombraron santo, añadiendo el día de su ejecución al calendario litúrgico para celebrar el amor. En la actualidad, aunque se relaciona el 14 febrero con el día de los enamorados, hay países que lo dedican como homenaje a la amistad.

Psicólogos y especialistas de Salud Mental llevan tiempo advirtiendo que los diques de contención de las emociones se han fracturado por la pandemia, principalmente entre los más mayores y los jóvenes, abriendo las compuertas a otra epidemia “aún más peligrosa que el coronavirus, la soledad”, confirma Alfonso Echávarri Gorricho, psicólogo del Teléfono de la Esperanza. “Nos estamos encontrando casos de jóvenes con serios problemas psicológicos por soledad severa”, añade Echávarri. Hace un mes, 15 de enero, coincidiendo con el día de la Salud Mental, se publicaron una serie de estudios que constataban que nueve de cada diez españoles declaraba estar sufriendo estrés por motivos relacionados con la pandemia. Y este aumento de estrés ha provocado problemas de sueño, irritabilidad, ira y miedo.

EL NIÑO DEL ORFANATO

En la terraza de esta coctelera de emociones, un joven ucraniano de 24 años fuma y bebe cerveza con una gran maleta marrón a sus pies. “Viajo a Lérida”, murmura desconfiando al principio. “Pero mi tren no sale hasta las 17.30 horas”. Sin una consigna donde dejar los bultos, lamenta, debe armarse de paciencia. Yenia, así se llama, deshoja una vida que bien podría articular el guión de una novela. Su padre murió al nacer y poco después su madre. Toda la infancia la ha vivido en orfanatos, hasta los 18 años. “Los orfanatos impiden a un niño desarrollarse como persona...”. Yenia va tomando confianza. Hace tres años terminó en su país la universidad y, para evitar que el ejército lo alistase y lo enviase al frente contra Rusia, solicitó asilo político en España. Consiguió abandonar el país con la misma asociación que lo trajo cuatro veranos de niño, de los 6 a los 10 años. Licenciado en Filología Inglesa y Literatura Extranjera, habla ruso, ucraniano y un castellano perfecto.

En este contexto de vida, ¿qué dimensión puede adquirir el amor? La estación de tren recupera el silencio. “¿Amor?”. Yenia se queda pensativo. “No sé. En los orfanatos es muy difícil sentir amor. Luego, en casa de mi familia de acogida claro que me han dado mucho amor. Y también he tenido alguna pareja… Pero, en plena pandemia, es imposible hablar de amor. ¿Cómo va a suceder si no te puedes encontrar con nadie?”. Hasta el fin de semana pasado, cuenta que trabajaba en Isaba como camarero profesional. “Ahora vuelvo a casa a trabajar con mi hermano español en una de sus granjas, porque en Isaba debería haber comenzado la campaña con los críos y al cancelarse... Y como ayer (por el lunes) comunicaron que las restricciones en la hostelería continúan hasta el 25 de febrero, no me ha quedado otra opción que hacer la maleta y marcharme. Tengo claro que hasta el verano no trabajaremos en hostelería”.

A LA MISMA HORA

Todos los días del año, incluidos los de esta pandemia, Rufino y Pilar, ambos de 80 años, se sientan a descansar en la estación después de dar su paseo por el barrio. Normalmente reposan junto a la máquina de complementos de viaje, a unos metros del reloj. Así controlan la hora, ríen. Y, aunque tienen prisa por continuar su paseo, hay que preparar la comida, no les importa reflexionar un minuto sobre el amor en tiempos de pandemia. Después de 54 años de matrimonio y otros diez de noviazgo, aseguran que su historia, hoy, tiene un rostro: el de su sobrino y sus dos hijas, siempre pendientes de ellos. “No recordamos una época tan dura”, se queja Pilar. “Durante el confinamiento, como hizo tan bueno, no salíamos de la terraza. Andábamos y practicábamos gimnasia. Menos mal que nuestro sobrino y nuestras hijas nos traían la compra a casa. Ellos son nuestra historia de amor”. Pilar se levanta y tira de su marido. Inmediatamente, se cuelga de su brazo derecho y se alejan por el apeadero. Son los únicos viajeros. Al verlos marchar, sobrevienen las palabras de Federico García Lorca: “Lo que más me importa es vivir”. Por detrás del matrimonio, una operaria de la limpieza tira de un carro con material de trabajo. “No sé qué decirte. No recuerdo ninguna historia de amor estos meses. Y por aquí se ven pocas últimamente. Supongo que hay miedo a los contagios”. Sus palabras se entrecortan. Está claro, cuesta menos hablar de política o de fútbol, incluso de la guerra, que de amor.

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

PEQUEÑAS COSAS

La sala de espera de este cruce de caminos congrega a una docena de viajeros, una palabra en desuso, al menos este último año. No hay manera de mantener distancia de seguridad en los bancos. En el más próximo al monitor, se encuentran Dori y Alexander, su pareja. Viajan a León. “Por un tema de salud”, aclaran. Ella de 50 años y él de 46 admiten que en su caso la pandemia les ha unido más. “Hemos aprendido a valorar más las pequeñas cosas, nos hemos reinventado cada día, hemos creado una especie de microclima para conseguir llevarnos mejor. Creemos que en este tipo de situaciones las relaciones de pareja y de amistad pueden quedar fortalecidas. Y lo ideal sería que las relaciones físicas también. Pero, claro, no es posible con tantas limitaciones”. Lo único que asusta a Alexander, admite, es que se aproveche la pandemia para “seguir limitando” los derechos de los ciudadanos.

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

En una de las dos taquillas abiertas a esta hora, Jonatan París, de 31 años, exhala un suspiro al escuchar la propuesta. “¿Mi historia de amor durante la pandemia? ¡Uf! ¿Qué va, imposible!”, se sincera. “No creo que me haya ocurrido nada diferente estos meses. Quizá he echado de menos la libertad y la vida... Es complicado hablar de amor. Aunque está claro que hay diferentes tipos de amor”. No obstante, su tono cambia al reformularse la pregunta. “Sí es verdad que ahora la gente se despide o recibe con más efusividad que antes”.

LIGAR POR INSTAGRAM

A las 12.30 horas, el tren de Barcelona llega a Pamplona. Agentes de la Policía Foral establecen un cinturón de seguridad y comprueban los documentos que permiten la movilidad. Navarra sigue cerrada perimetralmente. También aparecen agentes de la policía local de Pamplona con un perro de la Unidad Canina que se lanza a olfatear los equipajes. Nerea, de 23 años, se lleva un buen susto. El perro olfatea su maleta, continuando diligente al interior. Después de este sobresalto, la pamplonesa se arroja a los brazos de su amigo Serhan, de 22 años. “Nuestra amistad es una buena historia de amor”, sonríen, sin titubear al abrazarse. “Demasiadas prohibiciones tenemos como para dejar de abrazarnos”, observan. Ella estudia Enfermería en Barcelona y él Publicidad en Segovia. “Es muy complicado hablar de amor y de relaciones cuando no puedes conocer a la gente”, siguen explicando. Entonces, ¿cómo ligan hoy los jóvenes? “A través de las redes sociales. Ya no pides el teléfono a nadie, sino su cuenta de Instagram. Le conoces por las fotos que cuelga y si te gusta se queda. Las redes sociales son nuestro círculo”. Tal cual. “En cualquier caso, añade Nerea, tenemos tanto miedo que evitamos el contacto”. En general, concluyen, “nos sentimos agotados por todo esto. No encontramos estímulos suficientes. Nos faltan válvulas de escape”.

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

EN LA MARQUESINA

Llueve. Los taxis que esperaban en el muelle de la ilusión se han alejado mar adentro. En la marquesina hay detenida una villavesa. El conductor aprovecha para estirar el cuerpo, fuma en la acera. Se disculpa, no quiere saber nada del amor. A su lado, un operario senegalés de 39 años se encarga del mantenimiento de la instalación. Cambia un mural publicitario. Idrissa vive en la distancia su particular relato de amor. “Con toda esta pandemia no me puedo traer a mi mujer a y a mis cuatro hijos y tampoco puedo viajar. Hablamos todos los días y me preguntan cuándo regreso a casa. Nos echamos mucho de menos”.

A las 16.30 horas, se sientan otros relatos en el andén del tiempo. Génesis, 19 años, y su amiga Keren, de 33 años, consultan el precio de un billete para viajar a Madrid al día siguiente. Keren pretende volar esta semana a su país, República Dominicana, para encontrarse con su madre después de tres años. “Esta es mi única historia de amor durante la pandemia, el reencuentro con mi madre”. Separada y con una hija de 4 años, reconoce que le cuesta hablar de amor. “Vivimos en una burbuja y da mucho miedo a relacionarse. De hecho, no he querido que nadie se me acercara hasta hace unos días, que parece empiezo a ver la luz”. La conversación se resuelve sin que las dos mujeres levanten la mirada de las pantallas de sus móviles en busca de un billete de avión. “Antes de la pandemia era una mujer extrovertida, pero todo cambió. Me entró tanto miedo... Es que el virus no se ve en la cara”.

Llueve y luce el sol, todo a la vez. Últimos latigazos del atardecer. Fuera del edificio, Claudia espera con su perrita a su hijo Cristian, un estudiante de Biología que viaja de Salamanca. Se estima su llegada a las 17.30. “¿Historia... de amor?”. Claudia queda pensativa. “Supongo que la de la convivencia con mi familia puede ser una historia de amor, ¿no? No es fácil llevarse bien cuando en un piso pequeño convives con tu pareja, tres hermanos y una perrita”, sonríe. “Tenemos formas de ser completamente diferentes, pero lo hemos conseguido”. Su hijo aparece. Se funden. La perrita ladra.

Solo una joven de 19 años que ha discutido con su pareja se sienta en uno de los bancos azules. Bebe un botellín de cerveza. “No es un buen momento para hablar de amor, acabamos de reñir”. Por suerte para ella no hay policía a la vista. La vida, como un viaje en tren, de embarques y desembarques, de pequeños accidentes en el camino, de sorpresas, alegrías y tristezas. Amigos y familiares que se bajan antes de tiempo, otros suben. Y en medio de estas idas y venidas, Paula, de 32 años, taxista desde 2016.

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

A las 19.00 horas, el naranja del atardecer se cuela entre nubarrones negros. “¡Qué frío!”, se queja la taxista. “Está siendo un tiempo de espera en el que se echa tanto de menos a la gente... Llevamos tanto tiempo encerrados en nosotros mismos... Se percibe en el ambiente la falta de afecto”. Y a la falta de afecto, la de clientes. “Está siendo muy duro. Recibimos un 60% menos de llamadas”. Y las pocas miradas que entran al taxi reflejan “tristeza, soledad y rabia”, esboza. “Y todo esto influye en el amor, supongo”. Ningún otro taxista quiere pronunciarse. “Apenas cubrimos gastos como para hablar de amor”, observan.

SIN VÁLVULAS DE ESCAPE

A las 19.15 horas, Edurne, de 49 años y madre de dos hijas, espera a su chico que viaja de Barcelona. “Nos estamos acostumbrando a vivir de otra manera”, comenta. “Hasta tal punto, que después de permanecer confinada por coronavirus incluso echaba de menos esta mierda de normalidad”. Ríe con impotencia. Edurne y su pareja se ven cada dos semanas y la estación se convierte en “la ilusión de su encuentro”, describe. “Es tan difícil hablar de amor en un momento de tantas renuncias”. La Policía Foral controla la salida. Su pareja no tardará en aparecer. “Mi chico viene a cuidar a su madre, nos veremos un rato y proseguirá hasta el pueblo donde vive. Somos una pareja estable desde hace años y por lo que hemos comprobado no tenemos derecho a un salvoconducto que garantice nuestra reunificación familiar. Me quejé al Defensor del Pueblo y me aseguró que por motivos familiares sí que se permite la movilidad, pero que depende de quién te pare…”.

PROFESOR DE SECUNDARIA

Fotos: Historias de amor en una estación de tren en tiempos de pandemia

 

La noche, la lluvia y los reflejos siguen dedicando instantes bucólicos frente a la estación. Un escenario que bien le gustaría a Gustavo Adolfo Bécquer, quien, por cierto, nació un 17 de febrero. “La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”, escribía el poeta sevillano. En mitad de la soledad de la noche, sentado en la parte trasera de su coche, un profesor de Secundaria de 56 años espera fumando. Entre bocanadas, cuenta que su hija viaja desde Salamanca pero no lo hace en tren sino en coche compartido. Efrén se muestra “encantado” de expresarse en términos de amor. “Creo que el problema que hay en la calle ahora es el miedo. El miedo impide enfrentarse con serenidad a los problemas. Y es una pena que vivamos con miedo, porque no deberíamos quejarnos. Vivimos en el primer mundo, con hospitales y una vacuna que antes o después llegará. Es importante no perder la dimensión de lo que realmente es importante. De la misma manera debemos comprender también que el amor solo es una dimensión más de la vida”. Estela, su hija, baja de un coche y abraza a su padre. Aunque ella asegura sentirse afortunada porque tiene pareja, aclara que entre los jóvenes “está siendo complicado relacionarse”. ¿Cómo se liga ahora? “A través de Instagram y Tinder. No queda otra”, desvela. Sus palabras coinciden con las de Nerea y Serhan. “El problema es que se ve mucha tristeza entre los jóvenes. La pandemia está acabando con la forma de relacionarnos”.

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