Sáhara Occidental

Naanaa cumple 30 años

En marzo de 2010, una representación de políticos de Navarra viajó al Sáhara Occidental para inaugurar el primer centro de formación. Se alojaron en casa de Naanaa Sidati, una joven que mostró a sus huéspedes la fortaleza de la mujer saharaui

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Iván Benítez

Actualizado el 24/01/2021 a las 06:00

¿La recuerdan? Se llama Naanaa Sidati. Tenía 19 años cuando apareció en este periódico, un 18 de marzo de 2010, ondeando la bandera de Navarra en uno de los campamentos de refugiados saharauis. Ese día, una representación de diferentes partidos políticos de la Comunidad foral inauguró en el Sáhara Occidental el primer Centro Pedagógico de Formación de Profesorado.

La expedición navarra aterrizó de madrugada unos días antes en el aeropuerto de Tinduf y se alojó en las casas de adobe de dos familias locales, una de ellas la de Naanaa y sus padres. Además del centro de formación, la delegación supervisó otros proyectos financiados por el Gobierno foral y el Ayuntamiento de Pamplona. Fueron horas en 4x4 por el desierto. Cientos de kilómetros en estrecha convivencia, en la que la arena consiguió enterrar las desavenencias políticas, que las había. Todos miraban en la misma dirección. Solo importaban los saharauis. Su causa. Su futuro. Frente al crepitar del fuego y los suspiros de té se escucharon palabras de preocupación y apoyo al éxodo más antiguo del planeta después de Palestina.

Aquí, en esta tierra hostil como pocas, con temperaturas extremas, lluvias torrenciales ocasionales y fuertes vientos, sobreviven desde hace 45 años 160.000 personas que dependen exclusivamente de la ayuda humanitaria. Sin agricultura y con una actividad comercial que no genera lo suficiente para cubrir las necesidades básicas de la población, los refugiados saharauis se ven obligados a depender de la ayuda humanitaria para sobrevivir, “cada vez más limitada”, denuncia ACNUR en su web. “Y la educación recibe muy poca financiación y los servicios sanitarios son débiles”, añade el organismo. La Encuesta sobre Nutrición de 2019 desvela que se ha producido un empeoramiento de la mayoría de los indicadores sobre alimentación en los campamentos, principalmente los relacionados con la desnutrición crónica. Es decir, el retraso en el crecimiento y anemia. Un 7,6 % de los saharauis padece desnutrición aguda y un 28 % retraso en el crecimiento. El 50 % de los niños sufre anemia. Y en las mujeres este dato asciende al 52 %. Sólo el 1% de los refugiados en todo el mundo accede a la universidad.

MARZO DE 2010

En marzo de 2010, el año en el que Naanaa y su familia acogieron a los políticos navarros, los saharauis más jóvenes no disimulaban su enfrentamiento con los veteranos del Frente Polisario. “No aguantamos más este tipo de vida. Nos sentimos olvidados. Iremos a la guerra. Estamos mentalizados y no sabemos hacer otra cosa”, exponían abiertamente, como preámbulo de lo que sucedería diez años después. Aquellos días la bandera de Navarra llevó esperanza al desierto. El grupo de extranjeros también visitó el Hospital de Navarra en Tifariti, localidad conocida entre los saharauis como “la pequeña Navarra”. Un pueblo de 3.000 habitantes ubicado a una hora de un muro de 2.000 kilómetros, donde el ejército marroquí ha enterrado un millón de minas antipersona, muchas fabricadas en Europa, que ha dejado un reguero de sangre de niños muertos y mutilados.

En la casa de Naanaa, de piedra, adobe y arena, todo giraba alrededor de la ceremonia del té. Conversaciones a fuego lento. Un ritual en el que la joven se mostraba hospitalaria, divertida, contestataria, tan humana. Desde muy niña, se ha volcado en el cuidado de los demás, especialmente los miembros de su familia. A los 12 años decidió abandonar los estudios para poder ayudar en el hogar y cuidar de manera exclusiva a su tío, muy enfermo. Su castellano, perfecto, aprendido durante dos veranos en Sevilla, se precipitaba con acento andaluz y siempre una sonrisa que maravillaba a los invitados, que la escuchaban con admiración. Ella recordaba con nostalgia la feria y el calor “alegre” de la ciudad. Hablaba de sus sueños y aficiones. La música, especialmente de Enrique Iglesias, le ayudaba a soñar despierta A olvidar el desierto, decía.

ENERO DE 2021

El 15 de enero de 2021, viernes, Naanaa envía una fotografía al periodista de Diario de Navarra. Son las 17 horas. El verde de su melfa contrasta con el ocre de 30 años de espera. Al fondo de la imagen, se distingue su casa y un atardecer que enmarca una medio sonrisa. Soltera y sin hijos, cuenta que sigue viviendo con sus padres, de 63 y 62 años, muy enfermos. Es la sexta de siete hermanos: tres hombres y cuatro mujeres. El mayor, Mohamed, de 42 años, lucha en el frente desde que el Frente Polisario dio por roto el acuerdo de alto el fuego tras el ataque perpetrado por Marruecos en el paso de Guerguerat.

Al preguntar a la joven por la situación actual, responde contundente: “La comunidad internacional nos ha olvidado. No hace nada a nuestro favor. Y siempre nos han mentido. Por eso estamos en guerra”, escribe. “La vida en los campamentos es cada vez más dura. Hay menos ayudas del exterior. Ahora nos sentimos bien, contentos, porque nadie quiere seguir como hasta ahora. Algo habrá que hacer para que podamos vivir como personas normales y no como refugiadas”, lamenta.

Naanaa ha comido garbanzos este 15 de enero, pero lo habitual es que su dieta se limite al pollo. “Siempre falta de todo, es lo normal. Comemos lo que hay. El té es lo mejor, lo que nos mantiene en pie, alegres”. No hay días diferentes en esta parte del mundo. “Cuido de mis padres y me dedico a la casa. Me levanto temprano, preparo el desayuno, habló con mi padre español, Carlos Cristóbal, le pregunto cómo le va el día, y también con las amigas y las familias por whatsapp. Nos gustan mucho los teléfonos. Gracias al wifi y a las tarjetas móvil podemos escapar del desierto y conocer lo que sucede más allá”.

El coronavirus está impactando en las rutinas de los jóvenes. Naanaa echa de menos las fiestas con sus amigas, beber té con ellas y susurrarse confidencias, estrenar ropa, maquillarse y escuchar música africana. Enrique Iglesias forma parte del pasado. Al preguntarle por un deseo, confiesa: “Vivir como una persona en nuestra tierra”. Este es su sueño. Lo pedirá hoy domingo antes de las doce de la noche, que cumple 30 años. Toda una vida en el desierto. Y ahora la pandemia y la guerra. Lo celebrará con sus sobrinos. Y por ser un día especial, dice, comprará carne y si llega el dinero alguna lata de atún.

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