Activar Notificaciones

×

Su navegador tiene las notificaciones bloqueadas. Para obtener mas informacion sobre como desbloquear las notificaciones pulse sobre el enlace de mas abajo.

Como desbloquear las notificaciones.

José Javier Lorza, María Ramos, Íñigo Les, Camino Induráin, Ángel Muñoz, Susana Fernández, Mikel Jorajuría, Mar Ruiz y Manuel Rey.

Mucho más que un Hospital

La primera línea contra la covid en el Complejo Hospitalario de Navarra la forma un equipo de 21 médicos, 163 enfermeras, 141 auxiliares de enfermería, 14 celadores, 25 técnicos en rayos, 4 trabajadores sociales, 7 fisioterapeutas, 2 logopedas y 12 de limpieza

01/11/2020 a las 06:00

Buenos días Jorge, ¿cómo se encuentra?
-Bien, un poco triste por lo de mi padre. Sufre neumonía bilateral por covid y también está ingresado.
-Vaya... seguro que está muy bien cuidado.
-Sí, es fuerte, pero tan mayor...

Jorge se encuentra ingresado en la habitación 530 de la Unidad SRNI (Soporte Respiratorio No Invasivo) del Complejo Hospitalario de Navarra, en la quinta planta del antiguo Hospital de Virgen del Camino. Un nuevo recurso habilitado desde septiembre para atender a los pacientes más críticos por la covid derivados de otras plantas. Aquí se les monitoriza y se les aporta una mayor dosis de oxígeno, tratando de evitar así la UCI.

El virus, además de impactar de lleno en el cuerpo de este pamplonés de 50 años, ha infectado a toda su familia. Y Jorge trata de asumirlo. Esta mañana de martes, tumbado en la cama, ladeado y conectado a una máquina de oxígeno, siempre de espaldas a un ventanal que da a la Avenida de Navarra de Pamplona, escucha las indicaciones de su neumólogo, José Javier Lorza Blasco (J.J.), que le tranquiliza y explica sin rodeos su situación. El padre de Jorge fallece dos días después.

Frente a la habitación 530, al otro lado del pasillo, José María, de 79 años, recibirá el alta en pocas horas. Esta mañana se siente eufórico por el trato recibido. “¡Este sitio es insuperable! ¡Es mucho más que un hospital!”, expresa con arrojo su bienestar, sentado en un butacón frente al neumólogo que le ha tratado durante estas dos semanas. “La organización es una maravilla y se dejan la vida aquí por nosotros. Y con el riesgo del contagio. Aquí se libra una batalla a todas horas. Nos encontramos en un hospital de campaña, ¡coño! Están guerreando de la peor manera posible con la inconsciencia de la gente. ¡A ver si en la calle se dan cuenta de una vez!”. Su médico, J.J., así es como le conocen en la planta, escucha agradecido sus palabras. Tras las gafas del equipo de protección se adivina un brillo especial en la mirada. “Palabras como las de José María nos hacen seguir adelante”, responde. “Aunque tengamos ahora contagios en la planta. Somos conscientes de que hay que hacerlo y palabras como las de José María nos mantienen en pie”.

LA ZONA COVID

Son las once de la mañana de un martes 27 de octubre, en el que el departamento de Salud del Gobierno de Navarra ha anunciado que no descarta medidas más duras si en dos semanas no se frenan los contagios. Se respira nerviosismo en los pasillos del antiguo hospital. No es para menos. “Están cayendo de nuevo los compañeros en la Unidad de Covid”, observa una enfermera después de orientar al periodista hacia la zona restringida. Huele a cafetería al entrar por Maternidad. “Vamos mal, muy mal si seguimos así en la calle”, asiente otra auxiliar. “Tienes que ir al otro lado del edificio y subir hasta la tercera, cuarta, quinta y sexta planta. Esas son las plantas covid”, indican. “Pero mejor sube por las escaleras, no lo hagas por el ascensor”, recomiendan.

Al llegar a la quinta planta, un letrero informa: “Prohibido el paso, Zona Covid”. Sin saber muy bien qué debe hacer, si debe entrar o quedarse fuera, el periodista permanece quieto en el umbral de la incertidumbre. Inmediatamente, sale al rescate tras el mostrador del control la enfermera Camino Induráin Goñi, de 54 años. “Hoy tenemos cuatro plantas con 42 camas cada una y otra media ocupada con pacientes: seguramente se nos llene la quinta. Y mañana no sabemos qué ocurrirá”. Esta es la radiografía provisional, al menos a esta hora. Porque todo es cambiante. “La planta en la que nos encontramos, sigue explicando Camino, se ha transformado desde septiembre en una Unidad en la que atendemos a los pacientes críticos, donde se les administran altos flujos de oxígeno sin necesidad de intubar, evitando en un primer momento la UCI”.

SE SIENTE VÉRTIGO

Al traspasar el umbral del SRNI, se siente vértigo. Por los pasillos se puede transitar con mascarilla y guantes, pero para acceder a las habitaciones o “zonas sucias” hay que hacerlo con calzas, buzo, guantes, gafas, gorro y mascarilla FFP2. El personal de limpieza, alimentación, mantenimiento, auxiliares, celadores, enfermería, fisioterapeutas, trabajadores sociales, médicos, no dudan en dar un paso más a pesar del cansancio. Parece una película de ciencia ficción. Pero es tan real. Llama la atención el contraste de los cubos de colores donde se desecha el material empleado con el mobiliario para el material limpio. A mitad del pasillo, en la misma sala en la que antes de la pandemia se ubicaba la Unidad del Sueño, ahora se vigila a pacientes con covid. Una pegatina con el nombre de cada enfermo informa al personal de algunos datos de interés del enfermo. Las puertas de las habitaciones siempre deben permanecer cerradas para evitar la transmisión del virus. Pero ellos, los profesionales, perfectamente protegidos, las abren, entran, las vuelven a cerrar, y se quedan dentro, junto a los pacientes. “Nuestros pacientes”, asiente José Javier Lorza, el médico neumólogo. Detrás de estas puertas, esta mañana de martes, luchan por sobrevivir al coronavirus personas como Jorge, José María, Ángel, Rosario…

UNA ZONA INTERMEDIA

El despacho de J.J. se encuentra al final de la unidad. A las 11.30 horas ha terminado la visita a los pacientes. Al salir de la última habitación, se despoja del equipo de protección con un protocolo milimétrico. Cualquier error puede llevar al contagio. Luego, el médico entra en su despacho y desvía la mirada hacia la ventana. La luz de la calle perfila un rostro cansado. “Esto está siendo muy duro, muy duro…”, susurra. En sus ojos se distingue el mismo brillo que minutos antes “tembló” en la habitación de José María. Tras un silencio de segundos, se recompone. “En esta zona ofrecemos un escalón más en el tratamiento contra la covid”, sigue explicando. “Los pacientes que con el oxígeno convencional no van bien, les podemos ofrecer un oxígeno de alto flujo y un soporte respiratorio sin necesidad de intubación. Esta planta no sustituye para nada a una UCI, pero algunos pacientes los podemos sacar adelante. Es una zona intermedia. No queremos retrasar una UCI, sino evitarla”.

EN LA SOLEDAD

Los neumólogos están habituados a tratar las enfermedades respiratorias y a la sobrecarga de trabajo que la gripe les trae cada invierno. “Pero nunca hubiéramos imaginado tener que afrontar un escenario como el que estamos viviendo. Es nuestro trabajo y lo asumimos. Pero no es un castigo, que quede claro. Es una suerte poder aportar algo, menos de lo que nos gustaría porque tenemos muchas limitaciones”, reconoce. Durante la primera ola, continúa hablando, alguien con “gran acierto” denominó a la covid-19 como la enfermedad de la soledad. “Muchos pacientes nos dejaron después de días o semanas de aislamientos estrictos y sin posibilidad de despedirse de sus familias. Fuimos los profesionales sanitarios los que estuvimos acompañando en los últimos momentos”. A día de hoy, las cosas han cambiado. “Podemos permitir una razonable flexibilidad en las visitas e intentamos por todos los medios que los pacientes estén cerca de sus familias. Creo que esto ha supuesto un avance importante en el tratamiento integral de los enfermos”.

FUERA DEL PISO

En el segundo pasillo de la planta, paralelo a la Avenida de Barañáin, la técnico de rayos (TER) María Ramós Delgado, de 29 años, realiza una placa a un hombre de 56 ingresado hace un par de semanas. Dice que se contagió en casa por su hijo de 18 años. María utiliza un portátil de rayos que proyecta un haz de luz sobre la espalda del paciente. Tras recibir la placa, el pamplonés la abraza y su mirada se extravía a través de la ventana. Al otro lado del cristal, el otoño barre el asfalto. A la técnico le ayuda un celador, Manuel Rey Alfonsín, de 49 años.

Al conversar sobre el inicio de la pandemia, María Ramos se remonta al momento en el que sus compañeros de piso la “invitaron” a marcharse al conocer su profesión. “Me quedé sola, en la calle, en pleno estado de alarma, y sin poder visitar a su familia en León”, cuenta la joven. “Al principio trabajaba en el centro de consultas de Príncipe de Viana haciendo radiografías y con el tiempo me hicieron un contrato de refuerzo en el hospital. Pasé de la atención de consultas con patologías habituales a la planta covid”.

Las historias entre los profesionales se encadenan. Hay que contar para no olvidar que todo esto sucedió. Una realidad que ahora parece que se vuelve a repetir, ocho meses después.

El celador Manuel Rey sale de la habitación con la placa de rayos en las manos. Al recordar le vienen las imágenes de aislamiento de los ingresados, su desorientación y depresión. “Hasta que llegaron los primeros fallecimientos”, asiente. “Y supuso una carga extra de impotencia y ansiedad. La soledad de la muerte es desgarradora, muy triste. Y sales del trabajo con ganas de llorar. Lo más duro era volver a casa. La incertidumbre de si te habías contagiado y podías contagiar a los tuyos. Esa carga es difícil de sobrellevar y produce muchísima ansiedad y miedo. Veías el miedo en los ojos”.

En el mismo pasillo también se encuentra el auxiliar de enfermería Ángel Muñoz. “Las plantas covid son como búnkers en los que intentamos frenar al virus a todas horas”, dice. “Y el trabajo es especialmente duro porque no son condiciones normales de trabajo”. Respecto a la visitas de las familias, asegura que se están permitiendo de manera controlada durante una hora como máximo. “Algo que en cierto modo me alegra por que la soledad se ve mitigada , pero a la vez asusta por que una vez que salen de la unidad, no sabemos qué comportamiento van a tener estas personas en el exterior”, admite el auxiliar. “Aquí dentro el trabajo es disciplinado, al menos esa es mi sensación. Y aunque la libertad de movimientos es más limitada que en otra unidad, aun y todo, a pesar de lo difícil que resulta, seguimos siendo cercanos, quizás esta es la característica que mejor nos define”.

PACIENTES Y PROFESIONALES

Una planta por encima, en la sexta, Íñigo Les Bujanda, médico adjunto a Medicina Interna, de 43 años, se desprende cuidadosamente del equipo de protección después de atender a pacientes ingresados con diversos grados de gravedad. Al preguntarle cómo se encuentra, confiesa que no consigue olvidar los momentos en los que las personas más graves pasaban a críticas rápidamente. “Y muchos de forma simultánea”. Sin embargo -subraya- ante esta situación prevaleció una “comunión absoluta entre pacientes, sanitarios y resto de profesionales del hospital”. En su opinión, “en esta crisis los protagonistas principales están siendo los pacientes. Como veíamos que se ponían muy graves de golpe, creo que estábamos sujetos a una gran tensión por intentar mantenerlos con vida. También recuerdo que algunas situaciones límites me emocionaban, hasta llegar a llorar, algo que habitualmente no me sucedía en mi práctica profesional”, confiesa. “Además de trabajar muchas horas, nos dedicábamos a estudiar hasta altas horas de la noche, a contactar con otros hospitales que nos llevaban días de ventaja en la evolución. También me sorprendió que ningún profesional, a pesar de contar con equipos de prevención deficientes, dudó ni un solo instante en exponerse al riesgo de infectarse porque todos entendimos que estábamos ante algo muy fuerte y queríamos estar en primera línea”. En su casa le veían “inquieto”, dice. Dormía pocas horas y estaba totalmente entregado a la causa, “con ganas de cambiar las cosas”.

LA SOCIEDAD DECIDE

Al pedirle que describa la planta covid en la que trabaja, responde: “Si vamos más allá de lo meramente estético, es un lugar donde suceden cosas muy bonitas: personas enfermas que vuelven a su hogar con los suyos, aplausos para celebrar la recuperación de los pacientes que han estado más tiempo ingresados, el cariño cercano de los familiares en los momentos más difíciles, despedidas muy emotivas, anónimos que envían mensajes de apoyo a los pacientes, etc. Muchos pacientes, en el momento de ingresar en la planta, transmiten una sensación de que todo está perdido. Yo lo atribuyo a que no se encuentran bien y al propio desconocimiento de la enfermedad. Pero la verdad es que hemos avanzado mucho en el manejo de la covid. Los médicos tenemos claro lo que tenemos que hacer y lo hacemos, de forma que la mayoría de pacientes pueden volver a casa más o menos tarde. Además, en cierto sentido, en esta crisis todos somos pacientes, bien directamente o bien en la persona de algún familiar cercano. Por eso, los pacientes tienen que estar tranquilos porque ahora los médicos somos mucho más efectivos y porque entendemos su situación”. También advierte del peligro de que los hospitales se llenen. “A pesar de saber cómo actuar, lo que no puede ocurrir es que todo el mundo ingrese al mismo tiempo, porque entonces no podremos aplicar correctamente nuestro conocimiento y el sistema sanitario colapsará. De ahí la importancia de la concienciación social. Como sociedad, siempre hemos exigido a otros que tomen decisiones por nosotros, pero ahora la decisión es compartida, de la sociedad en su conjunto”.

Te puede interesar

LIMPIAR Y ACOMPAÑAR

Si hay un equipo que no ha dejado de entrar en estas habitaciones durante toda la pandemia, este es el del servicio de limpieza de la empresa ISS. Además de limpiar y desinfectar, proporcionan compañía a los pacientes. En la mañana del martes, Mar Ruiz Leal, de 45 años, oculta bajo un equipo de protección, cuenta que del inicio de la pandemia le viene un instante: el recuerdo de la tarta con velas del cumpleaños de su hijo mayor que no pudieron soplar, porque ese día aislaron a su padre en la residencia en la que estaba ingresado y en la que tres días después falleció. “Trabajamos en equipo con el resto del personal de la planta. Aunque no estamos oficialmente incluidas dentro de los sanitarios, nuestra labor es imprescindible en la lucha de la pandemia”.

UNA MIRADA, UNA FLECHA

La enfermera Camino Induráin no olvida aquel 19 de marzo, una fecha a la que cree estamos volviendo. “Ese día trasladábamos a los pacientes a la UCI corriendo porque los perdíamos, fue un día especialmente duro”. También se acuerda de las palabras de una paciente que le susurró: “Pero ¿tan mal me ves?”. Camino toma aire, porque su relato va más allá. “Pasé muchísimo miedo. Nos enfrentábamos a algo desconocido, sabíamos que algún compañero se había contagiado, incluso alguno había fallecido. Y las jornadas eran agotadoras. Había un sentimiento de desbordamiento por la cantidad de ingresos, por la evolución imprevisible de la enfermedad y de su gravedad, pero siempre con el sentimiento y responsabilidad de estar al lado de unos pacientes solos y asustados”.

UN CIELO MUY AZUL

Cuatro profesionales de la Unidad de Trabajo Social Sanitario desarrollan un importante trabajo de apoyo. Su intervención se basa principalmente en realizar una valoración sociofamiliar detectando necesidades, dándoles salida y gestionando las emociones a través de la atención psicosocial durante la hospitalización. Uno de estos trabajadores sociales es Mikel Jorajuria, de 33 años. “Todo era caos e incertidumbre. Tuvimos que adaptarnos de manera rápida y cambiar nuestra manera de trabajar de una manera directa y presencial en las plantas con las familias y pacientes de manera telefónica”, rememora.

Cada profesional atesora un instante, un lienzo de memoria. Si la fisioterapeuta Susana Fernández Alfaro, 59 años, tuviera que pintar el suyo, este sería “muy azul”, describe. “Sin estelas blancas de aviones. También aparecerían calles sin personas, las lágrimas de angustia de los pacientes y familiares y camillas amontonadas esperando ser desinfectadas, el blanco de los equipos del personal, la soledad...”.

La coyuntura actual está generando entre los sanitarios un mar de incógnitas: “¿Seremos capaces de controlar una segunda ola?”, se pregunta Íñigo Les. “Porque al cansancio se suma el efecto sobre la actividad sanitaria no covid y las consecuencias sociales”. Asimismo, el neumólogo José Javier Lorza se suma a esta inquietud, añadiendo algo preocupante: “Los recursos son limitados. Y esto significa que a partir de ahora tenemos que tomar decisiones. Y es muy duro tomar decisiones”.

Unos 1.900 pacientes atendidos en toda la pandemia (sin contar UCI)

En la actualidad, el CHN ha habilitado cuatro plantas y media para atender pacientes covid, todas se encuentran en el antiguo Hospital Virgen del Camino. Con el fin de mantener la actividad ordinaria, la atención hospitalaria que se venía prestando en estas unidades se ha derivado a otras plantas. A lo largo de toda la pandemia, hasta mediados de octubre, han pasado por las diferentes unidades de hospitalización del CHN (sin contar UCI y Hospitalización Domiciliaria), unos 1.900 pacientes.

Los equipos médicos contra la covid se componen de 21 facultativos, entre los que hay profesionales de Medicina Interna y de Neumología, así como de Oncología, Hematología, Neurología, Reumatología, Endocrinología, Cardiología y Alergología. En estas unidades covid también trabajan 163 enfermeras, 141 Técnicos Auxiliares en Cuidados de Enfermería, 14 celadores, 25 Técnicos Superiores en Diagnóstico por Imagen (antes Técnicos Especialistas de Radiología), 4 profesionales de la Unidad de Trabajo Social Sanitario, 2 fisioterapeutas para las unidades de hospitalización y 5 para las UCI, 2 logopedas, además de entre 12 y 15 trabajadoras del servicio de limpieza (solo en hospitalización).

En primera línea

José J. Lorza Blasco, neumólogo, 56 años
“Nos está costando mucho aceptar que nos tenemos que levantar de nuevo sin habernos recuperado aún de la batalla anterior. En el trabajo nos encontramos hoy con varias plantas llenas de enfermos con covid, leve para algunos, pero tremendamente agresiva para otros. Esta enfermedad es capaz de requerir una UCI en pacientes que solo unas pocas horas antes estaban leves. Una enfermedad que puede dejar secuelas permanentes. Y fuera del hospital nos estamos encontrando con demasiada desinformación, demasiada irresponsabilidad...”.

María Ramos Delgado, técnico en radiología, 29 años
“Mi trabajo consiste básicamente en ir por las plantas covid haciendo placas de tórax para ver la afección de los pulmones. El trabajo se realiza con un equipo portátil de rayos. Al final, resulta agotador trabajar por y para la covid. Llegar cada mañana y comprobar que no hay tregua. Respecto a la seguridad, estoy bastante tranquila. Aunque estoy rodeada de pacientes con covid, pienso que es más fácil contagiarme haciendo la compra o en otro lugar que en mi puesto. Con los equipos de protección me siento bastante segura”.

Ángel Muñoz Pardo, auxiliar de enfermería, 37 años
“Sinceramente, no sabría decir en qué estado de ánimo me encuentro. Sé que estoy cansado y agotado. A pesar de llevar meses lidiando con todo esto, la persona sigue sintiendo miedo y eso hay que atajarlo de manera que no se convierta en un limitador. La organización de mi Unidad considero que es muy adecuada para trabajar con este virus. Ha sido un esfuerzo inconmensurable poder dar y seguir ofreciendo calidad en las circunstancias en la que nos hemos visto envueltos. La asistencia al paciente tiene que ser lo mas humana posible”.

Camino Induráin Goñi, enfermera, 54 años
“Esta pandemia nos ha cambiado a todos la vida. Tenemos que tomar conciencia de que es responsabilidad de todos. Lo peor está por llegar y el personal sanitario escasea y los hospitales se están llenando. El virus no es un juego. Está muriendo mucha gente y dejando secuelas físicas, sin olvidar el sufrimiento de las familias y las consecuencias económicas y sociales. Ahora no tengo tanto miedo ni impotencia como al principio, pero esto siendo muy duro. Estamos en una situación parecida a marzo. Vamos muy mal”.

Mar Ruiz Leal, servicio de limpieza, 45 años
“Todo ha sido nuevo: aprender a colocarse un equipo de protección, los protocolos tan cambiantes... El trabajo es muy intenso. Cada día nos acompaña la incertidumbre y la preocupación del contagio, además de la sobrecarga emocional al ver a los pacientes solos. Estamos saturadas, agotadas. Primero limpiamos y desinfectamos las “zonas limpias” (pasillos) y luego nos vestimos con los trajes de protección y entramos en las “zonas sucias” (habitaciones). Por suerte formamos un buen equipo con los sanitarios. También acompañamos y animamos a los pacientes”.

Mikel Jorajuría Retegi, trabajador social, 33 años
“Estamos ante una emergencia sanitaria y social de manera que la atención por parte de trabajo social no solo en el CHN sino en todos los ámbitos se ha convertido en imprescindible. Esta vez estamos más preparados en cuanto a protocolos y recursos que se han puesto en marcha para la atención garantizando la seguridad y evitando contagios a nivel familiar. En el hospital creo que se nota cansancio por la situación, aunque considero que estamos trabajando cada día al 100%. Reconozco que no sé hasta cuándo podremos seguir así.”

Íñigo Les Bujanda, médico internista, 43 años
“Cuando terminó la primera ola participé en un estudio sobre la situación psicológica de los profesionales de la salud y, conforme respondía a las preguntas, me di cuenta de que estaba más tocado de lo que pensaba. En agosto, los médicos ya nos dimos cuenta de que esta segunda ola iba a llegar. Ahora los aspectos que más pesan son la incertidumbre sobre el futuro y la sobrecarga de trabajo. Volvemos a ver sufrir a gente, especialmente personas mayores y a sus familiares. Por suerte tenemos un gran equipo. Estamos muy unidos”.

Susana Fdez. Alfaro, fisioterapeuta, 59 años
“Tanto en las plantas como en la UCI los fisioterapeutas tratamos las complicaciones derivadas de la situación crítica del paciente y el encamamiento prolongado. No te acostumbras a los equipos de protección. Realizas un gran esfuerzo físico para movilizar a los pacientes encamados y el hecho de estar tapados de pies a cabeza resulta agotador, agobiante. Además, está la preocupación de no contraer la enfermedad. En general, me encuentro bien. La situación es preocupante y es necesario un cambio de actitud en las personas poco solidarias”.

Manuel Rey Alfonsín, celador, 49 años
“Estamos volviendo a la pesadilla. Han vuelto los fallecimientos y la ansiedad. Y según crece la ola, asusta pensar que pueda ser el eslabón que lleve el virus a mi entorno. Desde febrero no he podido abrazar ni besar a mi madre, que está en una residencia. Echo mucho de menos a la familia y a los amigos. A nivel profesional, el traslado de los pacientes ha cambiado, ya que hay que proteger las camillas y sillas de ruedas y evitar la transmisión por zonas.
La tensión es lo habitual. Cada mañana empezamos en la planta con un momento de relajación”.


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

volver arriba
Continuar

Hemos detectado que tienes en Diario de Navarra.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, por favor o suscríbete para disfrutar SIN PUBLICIDAD de la mejor información, además de todas las ventajas exclusivas por ser suscriptor.

SUSCRÍBETE