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Juventud

Jóvenes y hartos de los prejuicios

Son voluntarios, deportistas o activistas. Reivindican, de la mano de la Red de Lucha contra la Pobreza, la solidaridad, la valentía o la humanidad. Llaman a los jóvenes a la “responsabilidad” y, a los adultos, a no prejuzgarlos por su edad o por su color de piel

Desde la izquierda: Karima Kamanda Bah, Alice Addo y Mohamed Ounasser.
Desde la izquierda: Karima Kamanda Bah, Alice Addo y Mohamed Ounasser.
Actualizada 18/10/2020 a las 06:00

A los protagonistas de este reportaje les unen, al menos, dos cosas. Una es su juventud y la otra, que su color de piel o su lugar de nacimiento les han ido colgando etiquetas a la espalda . Karima Kamanda, Alice Addo, Mohammed Ounasser y Oana Damaris Radu, todos por debajo de los 20 años, toman la palabra en el marco de una campaña de la Red de Lucha contra la Pobreza para reivindicar valores como la solidaridad, la empatía, la valentía o la inclusión. No es una mera declaración de intenciones, sino algo que ellos practican.

A los adultos les piden que les den “una oportunidad”. “No es justo que nos metan a todos en el mismo saco”, alegan frente a la acusación de ser unos “irresponsables”, también ante al coronavirus. A los jóvenes que no cumplen con las medidas de seguridad también les reservan un mensaje. “No piensan en nadie más que en ellos”.

Desde la Red de Lucha contra la Pobreza defienden que los jóvenes “tienen mucho que aportar”, además de recordar que no todos “parten en las mismas condiciones”. “Una sociedad que aspira a ser equitativa y cohesionada, sin brechas sociales, debe garantizar esas condiciones y es ahí donde nuestra sociedad cojea”, sostiene Lydia Almirantearena.

“Quiero que nuestros hijos crezcan en una sociedad no tóxica”

 

Karima Kamanda Bah estudiante de 3º de ESO en el ies navarro villoslada


Karima es un torrente de energía. “Activa, sobre todo soy activa. Me gusta ayudar socialmente todo lo que puedo”, explica esta participante en Médicos del Mundo. Tiene 14 años, estudia 3º de la ESO, juega a baloncesto en el Sanduzelai y no soporta los eufemismos para referirse a su color. “Soy negra, ni morenita ni oscurita”, zanja. “Parece mentira, pero es que me pasa hasta con los educadores en clase, que les asusta la palabra”.

Karima no es una ingenua. “Hay muchos jóvenes y adolescentes que no hacen cosas buenas. Yo no me metería en ese saco, pero lo veo porque convivo con ellos”. Cree, sin embargo, que se les juzga con más dureza que a los adultos y que pagan justos por pecadores. “Me parece injusto que nos metan a todos en el mismo saco”, valora.

La pandemia de coronavirus “ha potenciado” esa imagen negativa. “Nos han echado la culpa de todo, lo están aprovechando bastante”. ¿Y qué opina de quienes promueven la celebración de las no fiestas y los botellones? “Me parece muy mal, una irresponsabilidad total por parte de gente que no piensa en nadie. Ni en sus padres, ni en sus ancianos, ni en toda la gente que tienen mucho que perder si enferman. Pero gente irresponsable que no se toma en serio las medidas de seguridad la hay también adulta”, objeta.

Proyecta de aquí a 10 años una vida exitosa. “Me veo arriba, siendo la mejor de los nacidos en 2006. Aparte de eso, me gustaría ser conocida como activista, desde pequeña he estado en manifestaciones”. Se considera una persona “muy empática” porque la vida le ha mostrado también su cara amarga. “A mí ahora no me falta de nada, pero no siempre ha sido así. He visto desde pequeña a mi madre, que es de Guinea Conakry, luchar por las dos, la he visto sufrir, tener tres trabajos y no verla ni dos horas al día. Sé qué es la pobreza”.

Sueña Karima con una sociedad que ella define como “neutra”, “no tóxica”, “donde nadie se sienta juzgado. “Que no fuera ni homófoba, ni racista, ni que discriminara a ningún colectivo”, describe su mundo soñado. Y en este terreno, cree que las nuevas generaciones están dando lecciones a las anteriores. “El adulto piensa que lo sabe todo, que él tiene la verdad sobre qué necesita la sociedad, pero no es así. En algunos sentidos, somos más inteligentes que ellos”.

“Hace falta valentía para reivindicarse y hacer las cosas bien”
Alice Addo estudiante de 1º de bachiller en jesuitinas

Alice Addo tiene 16 años y llegó a Pamplona hace tres años, siguiendo la senda que habían recorrido antes que ella sus padres y sus dos hermanas. “En mi país, Ghana, vivía con mi abuela y con mis primas. Teníamos lo básico, pero no nos faltaba de nada”, explica. El cambio tampoco le resultó traumático. “Aquí estaba mi familia, así que fue fácil, no tuve ninguna inconveniencia. Ahora estoy estudiando 1º de Bachiller en Jesuitinas, y estoy muy bien”, valora.

Fácil, pero quizá no tanto. Porque al rascar más a fondo entre sus recuerdos, se asoman las primeras aristas amargas. Porque ser negra, “negro es un color como el blanco, no entiendo tanto rodeo para nombrarlo”, todavía hoy supone vivir a la defensiva. Porque cuando se le pide que elija un valor con el que se identifica, escoge sin dudar la valentía. “No todos los jóvenes tienen la valentía para reivindicarse, para hacer las cosas bien y para defenderse”. ¿Defenderse de qué, de quién?, pregunta la periodista. “Cuando llegué no sabía el idioma ni tenía amigos, así que algunos intentaban meterse conmigo. No sé cómo lo hacía, pero yo me defendía, no me quedaba callada. Para eso hay que tener valor. Ahora ya no tengo problemas con esas personas, nos llevamos bien”.

A día de hoy, tampoco se queda callada. Es su filosofía de vida . “Si me faltan al respeto, contesto, sean jóvenes o no jóvenes”. Ya no son esos compañeros o compañeras de colegio de quienes se defiende. Ahora la desconfianza y las malas miradas provienen de desconocidos, de aquellos que solo ven en ella una piel negra. “Hay personas, sobre todo mayores, abuelos y abuelas, que nos miran muy mal. Intento que no me afecte, seguir con mi vida. Los adultos son bastante falsos, porque sigue habiendo muchísimo racismo, pero de repente todos se han transformado en antirracistas con lo del Black lives matter. Nadie nace siendo racista, pero hay algo en la sociedad, en la educación, que les acaba llevando a pensar que todo lo que viene de fuera de Europa es malo”, se explaya.

Entre los jóvenes no percibe tanto rechazo. “Convivimos más y creo que con los valores de ahora, vamos por mucho mejor camino. Con los pensamientos de vuestros mayores, no”.

“Nos culpan a los jóvenes de todo lo malo, pero no somos todos iguales”
Mohammed Ounasser estudiante de FP

El Gobierno foral le concedió el año pasado a Mohammed Ounasser, Moha, el premio Juventud Navarra 2019 por ser “un ejemplo de integración y superación”. “Fue muy ilusionante, mucho”, asegura. Pero eso no importa cuando se sube a una villavesa y se sienta, porque la silla de al lado siempre se queda vacía. “La gente prefiere quedarse de pie que sentarse conmigo”. Lo cuenta risueño, sin hacer mucho drama, igual que hace al desnudar su trayectoria.

Moha es marroquí y llegó a Pamplona hace dos años después de cruzar el Estrecho de Gibaltrar en patera, solo. “Fue duro dejar la familia, la cultura, la gente. Venir aquí sin saber el idioma ni nada de nada”. Tenía 16 años y era un menor extranjero no acompañado, un mena. Otra etiqueta para la colección, otra silla vacía en la villavesa. Vivió en un piso tutelado por el Gobierno de Navarra, pero ahora ya ha cumplido 18 años y comparte piso en Barañáin.

Estudia 2º de FP Básica de Electricidad y Electrónica en la escuela taller de Echavacoiz. Además, practica atletismo en el equipo Hiru Herri, en Burlada, y es monitor en el SEI, la asociación que ayuda en su proceso de adaptación a los adolescentes recién migrados, como lo fue él en su día. “Hice el curso el mes pasado en Urtxintxa y estoy muy a gusto”.

EL VIRUS DEL HAMBRE

A Moha le molestan las generalizaciones. A él le tocan por extranjero, por mena, y también por su edad. “Creo que la gente culpa a los jóvenes de hacer todo lo malo, pero no somos todos iguales. Y con el tema de la Covid es igual, hay jóvenes que hacen mal y no se lo toman en serio, pero también hay adultos”, razona.

Pese a todo, él se siente bien en su nueva vida, bien acogido. “A mí me han ayudado, claro que me han ayudado”. Por eso, intenta hacer lo mismo con otros y cree que valora “mucho” todas las oportunidades que Navarra le está brindando. “Quizá más que quien las ha tenido siempre a su alcance”. Hace bandera del valor de la “humanidad” para construir entre todos “una sociedad más justa”. “El problema no es si yo tengo la piel blanca o negra, o si soy cristiano o musulmán. El problema es lo que yo lleva cada uno dentro, si yo tengo el corazón negro y tú lo tienes blanco”.

Cree Moha que esta pandemia está recibiendo muchísima atención porque “nos está afectando a todos”, pero también que “hay otro virus que mata todavía más” y “no nos importa tanto”. “Se llama hambre y su vacuna es la comida, pero la gente sigue muriendo de hambre”, lamenta. Por no hablar de las “muchísimas enfermedades que hay en África”, pero como no llegan a las sociedades occidentales, se ignoran, o no se invierte lo suficiente.

“Si yo soy responsable frente al virus pero tú no, no hay solución”
Oana Damaris radu estudiante de magisterio primaria internacional en la UPNA

El discurso de Oana Damaris Radu guarda una sensatez casi impropia de sus 19 años. Ella cree que son la trayectoria familiar y la educación que ha recibido las que han ido formando ese poso, tan marcado que en ocasiones la han llevado a sentirse “juzgada”.

“Cuando el disfrute no está basado en la responsabilidad, puede llegar a tener grandes consecuencias de las que puedes arrepentirte después. Y no hay peor cosa en la vida que arrepentirse. Yo intento pararme a pensar antes, aprender de la experiencia propia y también de los errores de los demás”, elige cuando se le pide que traslade un mensaje a sus coetáneos. Aun así, concuerda con el resto de protagonistas de este reportaje en que “la sociedad suele enfocar hacia lo negativo de la juventud”. “Nunca se habla de la otra cara de la moneda”, se queja. Eso “le molesta” y le hace temer, incluso, por su proyección laboral. “Si la gente cree que los jóvenes somos todos unos irresponsables, ¿cómo nos van a contratar?”, se pregunta.

Oana es rumana de nacimiento, aunque llegó a Pamplona con 2 años y ocho meses. “Primero se vino mi padre, luego mi madre y yo, y después mis dos hermanos mayores”, cuenta. Estudia en la UPNA 2º de Magisterio de Primaria Internacional, con la mayoría de asignaturas en inglés. Es la primera universitaria de la familia. “Mi madre suele decir que ella cumple su sueño por medio de mí. Yo también lo veo como un privilegio, hubo un tiempo en que no veía la opción”.

Dice que intenta llevar una vida que le “gratifique” pero, sobre todo, que haga que sus padres “se sientan orgullosos”. Le gusta todo lo que tenga que ver con la educación y los niños, además de la música. “Toco el teclado y suelo cantar. Es algo que me ayuda a desconectar y que me llena muchísimo”. También le gustan los idiomas y escribir.

No es joven de botellones. “Son contextos en los que no me siento a gusto, no soy yo. Es verdad que muchas veces me han juzgado por esto, pero creo que hay formas mucho más sanas de disfrutar de la juventud”. Y hoy, con más motivo. “Si yo soy responsable frente al virus pero tú no, no hay solución”.

Su origen no le ha creado problemas, “pero eso no significa que otras personas de mi mismo origen no los hayan tenido”. “Sí es verdad que en algunos contextos se sigue asociando a los rumanos con la delincuencia. Hubo una fiebre hacia 2006 ó 2007, y es verdad que había quien robaba, pero delincuentes hay en todos los países”.

El año pasado hizo un voluntariado en la Fundación Secretariado Gitano. “Daba inglés a unas hermanas gemelas. Fue una experiencia que me encantó por el vínculo que se creó”. No dudaría en repetirla porque para Oana la solidaridad debe ser “un pilar social”, pero entendida como un ejercicio de empatía. “No es solamente el hecho de compartir o de ayudar, sino de pensar que ahora tú estás ayudando, pero que en un futuro la que puede estar en ese otro lado eres tú”, cierra.


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