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Análisis de una PCR (I)

Los rostros de la PCR en Navarra

El laboratorio de la PCR en Navarra ha superado un día de esta semana las 4.100 muestras, el mayor número en el país. Detrás hay un equipo de 59 personas: técnicas, microbiólogas, administrativas y residentes, “al límite”

De izquierda a derecha, en la fila de arriba, Yoana López, Maite Hidalgo, Miguel Gómez, Miriam Sáenz, Marta Adelantado. En la fila de abajo, Ana Navascués Ortega, Irati Arragui, Marta Aristu, Aitziber Aspurz y Carmen Ezpeleta Baquedano.
De izquierda a derecha, en la fila de arriba, Yoana López, Maite Hidalgo, Miguel Gómez, Miriam Sáenz, Marta Adelantado. En la fila de abajo, Ana Navascués Ortega, Irati Arragui, Marta Aristu, Aitziber Aspurz y Carmen Ezpeleta Baquedano.
Actualizada 28/09/2020 a las 13:08

Después de siete horas sin quitarse la mascarilla ffp3 durante el turno de mañana, Yoana se despoja de ella a las dos de la tarde para hacerse la fotografía principal que ilustra este reportaje. Al descubrir su rostro, los pómulos aparecen marcados por la presión. Dos surcos de piel. “Es lo habitual”, reconoce, sonriendo. Yoana López, 42 años y madre de dos niños, de 5 y 2, trabaja como técnico de laboratorio en el servicio de Microbiología del Complejo Hospitalario de Navarra (CHN). La zona cero del coronavirus. El mismo epicentro de la PCR. Un lugar en el que se lleva a cabo el proceso con el que se busca un fragmento del material genético de la covid-19 para confirmar si una persona está infectada o no.

REPORTAJE

Pues bien, detrás de esta compleja estructura de máquinas y líquidos reactivos hay un equipo que trabaja sin tregua para salvar vidas. Un grupo formado por 59 personas: 40 técnicas de laboratorio, 13 microbiólogas, 3 administrativas y 3 residentes, liderado por una pamplonesa de 61 años llamada Carmen Ezpeleta Baquedano, médico microbióloga nacida un 7 de julio.

ENERO DE 2020

Los viejos lobos de mar suelen decir que el que ha naufragado teme al mar aún calmado. En cierta manera, fue este mar en calma previo a la entrada de la pandemia, en Navarra, lo que puso en alerta al personal más experimentado del servicio de Microbiología del CHN.

Un mes antes de la detección de los primeros casos, las técnicas y microbiólogas de este laboratorio empezaron a compaginar su labor diaria de investigación de todo tipo de patógenos, con los preparativos ante una “posible” detonación de la covid-19 en Navarra. Buscaban reactivos y maquinaria con la que poner en marcha la técnica de la PCR, a la vez que iban formando al personal. Emprendieron así una dinámica de trabajo sin ser muy conscientes de lo que venía. Al menos, hasta que el 28 de febrero se registraron los primeros positivos. En apenas un mes, el personal tuvo que adaptarse precipitadamente a un oleaje diario de afecciones que crecía exponencialmente. Y las jornadas se prolongaron 24 horas durante todos los días de la semana.

Ocho meses después, el volumen de producción de aquel inicio nada tiene que ver con el de ahora. Hoy se encuentran al límite, admiten. En el laboratorio se ha pasado de realizar entre diez y veinte pruebas diarias a más de 4.000. Aunque el riesgo del contagio entre el personal está ahí, latente, las normas de seguridad son exhaustivas. De hecho, su personal no ha sufrido ningún contagio.

FLEMING

Cuando uno se detiene a reflexionar sobre el trabajo que puede haber detrás de una PCR, quizá imagine que esta labor se desarrolla bajo tierra, en las entrañas de un búnker de seguridad gobernado por todo tipo de controles. Nada que ver con la ficción. Al menos en Navarra.

En realidad, es relativamente cómodo encontrar la puerta del laboratorio de la PCR, así se conoce entre el personal de Microbiología. Un busto de Alexander Fleming, ‘padre’ de la penicilina, da la bienvenida en la planta baja del mismo edificio, entre las escaleras y el ascensor. Para llegar hasta Fleming hay dos maneras. Se puede acceder por la parte trasera del edificio, junto a la iglesia, o bien atravesar un largo pasillo desde la entrada principal.

Al entrar al hospital y deambular entre pasillos, se respira una calma tensa. El periodista, atento a las indicaciones de los paneles, recorre las galerías en busca de un rotulo que anuncie el pabellón ‘L’. Mientras camina, su mente rescata la conversación que mantuvo con su hija, de 6 años, el primer día del desconfinamiento, allá por finales de abril. Aquella mañana, la pequeña salió a la calle y rodó en bicicleta con la mascarilla puesta. Pero, en un momento dado, frenó y se negó a continuar. “Aita, papá, me da miedo continuar por el coronavirus”, soltó. “¿Qué cara tiene? ¿Nos puede atacar a los niños?”. La noche anterior que supo que su padre iba a pisar el laboratorio donde “buscan” al coronavirus, propuso: “Por favor, pregúntales cómo es su cara”.

En la base del busto de Fleming, en la planta baja del pabellón L, alguien ha dibujado con tinta de bolígrafo una figura geométrica. “Hasta hace unos días le habíamos puesto una mascarilla en la cara”, sonríe una técnica de laboratorio, que en ese momento pasa por delante. “Tienes que subir las escaleras hasta la tercera planta y pregunta allí por Carmen”, orienta al despistado periodista. ¿Subir? ¿Escaleras? Pero, ¿no son el CSI de los virus y por eso deben de estar bajo tierra?

Tres pisos más arriba, un mensaje pegado en el marco de una puerta confirma que este es el lugar. “Cajas limpias”, informa el escrito. Al aviso le acompaña un emoticono con una lengua fuera.

A las 13.45 horas, se acumulan seis cajas amarillas y estampadas con la siguiente información: “Materia Biológica, Categoría B”. Se presenta un mensajero cargado con más cajas similares. “Éstas vienen con muestras de covid de la clínica San Miguel”, detalla el repartidor, aclarando que suele hacer unos cinco viajes al día. Otro letrero anuncia: “Para muestras de coronavirus, toque el timbre”.

No tarda en aparecer Marta Aristu, coordinadora técnica de Microbiología y Genética. “Estamos a tope, pero no hay que dejar de insistir en el mensaje”. Estas son sus primeras palabras. ¿El mensaje? Inmediatamente llegan también Carmen Ezpeleta Baquedano, jefa del servicio de Microbiología, y Ana Navascués Ortega, de 44 años, farmacéutica y microbióloga clínica. Y veinte minutos después lo hace parte del equipo. La reunión se celebra en una salita, dos plantas por encima del laboratorio de la PCR, un espacio seguro para tomar las fotografías. Al mostrar sus rostros, sonríen. Es lo primero que hacen. El objetivo, al despojarles de las mascarillas, es mirarles a los ojos a cara descubierta y adivinar sus sentimientos. También se pretende conseguir una foto fija de la realidad de su trabajo y supervisar el proceso de una PCR, paso a paso.

“ESTAMOS MUY CANSADOS”

Aunque sonríen, se percibe en sus rostros, en sus voces, incluso en sus miradas, cierto cansancio acumulado. Demasiadas jornadas en vela. Al preguntarles cómo se encuentran de ánimo, se desprende en el ambiente un silencio incómodo que no tarda en transformarse en lluvia de emociones.

Mikel Gómez, de 34 años y 5 de experiencia, el único hombre del equipo, es el primero en hablar. Luego lo hará el resto, en el sentido de las agujas del reloj. “Estamos mal. Al límite. Se nos exige cada vez más. Y no se tiene en cuenta que es un esfuerzo muy grande venir todos los días. No has acabado lo que has empezado y te vienen más y más muestras. Esto influye mucho anímicamente. Y te cansas. Te agotas mentalmente y físicamente”, expresa, con firmeza. “Es un trabajo en el que parece que llega el tubo al laboratorio y por arte de magia sale el resultado. Y no. Conlleva muchísimas cosas. Y luego, claro, sales a la calle y te encuentras que no pasa nada. Te encuentras que la gente no es consciente de lo que hay detrás del coronavirus. No cumplir las normas tiene unas consecuencias, pero mientras no les toque a ellos no pasa nada. Es un cúmulo. Y todo esto nos influye”. Mikel nunca había vivido algo así antes, solo Yoana López, sostiene el técnico, cediendo la palabra a su compañera.

“Sí, fue en la pandemia de 2009”, confirma Yoana. “Aquella vez nos pilló sin saber nada. Incluso creemos que los primeros casos ni se detectaron...”. Al preguntarle cómo se encuentra de ánimo, suspira, sonríe y vuelve a suspirar. “Bueno, bien, por momentos. Llevo mucho tiempo en PCR, unos diez años, y esta experiencia ayuda a sobrellevar la situación. Pero, a veces, te sientes muy alterada. Sales de aquí muy nerviosa... y lo pagas un poco con la gente”, explica. “Tenemos que saber cuándo parar. Pero, claro, ese tubo es una persona. Por eso intentamos acelerar”, continúa. “El problema no es solo el volumen de muestras, sino las incidencias: las quejas, las llamadas… Lo que más me duele es cuando te dicen que se tarda mucho en el diagnóstico. Hombre, una PCR claro que tarda cuatro horas, pero cuando te llegan más de 3.000 en un día, obviamente se tarda más tiempo. Duele mucho que duden de nuestro esfuerzo en unas circunstancias tan límite”. Yoana es madre de dos niños, de 5 y 2 años. “Al principio, sigue contando, la mayor se preocupaba mucho porque fuese a trabajar y me contagiara. Le decía que estaba bien protegida. Al volver al colegio les han explicado todo bien y se ha relajado un poco más”.

Al hablar de niños y miedos, surge la oportunidad de plantear la pregunta. ¿Cómo es la cara del coronavirus? La duda la responde inmediatamente Mikel Gómez. “¿Has visto alguna vez la serie de dibujos animados ‘La vida es así’?”. El periodista asiente. “Pues como los bichitos azules que aparecen en estos dibujos”, ilustra. Las compañeras gesticulan también afirmativamente.

NI DUERMES

La conversación con parte del personal de la PCR sigue pulsando sensaciones. Le toca el turno a otra técnico de laboratorio, Miriam Sáenz, de 30 años. “En este lugar hay días mejores y días peores. Pero el volumen de trabajo es muy grande y todos estamos muy cansados. Pero, bueno, también es gratificante poder trabajar y ayudar”. Miriam habla con una sonrisa permanente. La contrataron en marzo, pero antes de la pandemia ya había trabajado en PCR. “El problema es que a la vez que trabajas tienes que enseñar a los nuevos. Hay días que van rodados y otros que se complican. Va por temporadas. Ahora hay mucho más que en aquel pico del principio. Hacemos el doble de pruebas que en abril. Entonces entrabas a trabajar y no sabías cuando ibas a salir. El procedimiento era más manual”.

Aitziber Aspurz, 25 años, se encarga de la recepción de las muestras. También es eventual. Ha empezado a trabajar a las 7.40 horas, relevando al personal de noche. La joven técnico no sabría calcular el número recibido esta mañana. “Seguramente más de mil”, ríe. “Las muestras hospitalarias llegan las más tempranas. A partir de las once las de Refena. A esta hora es cuando se concentra el mayor volumen de trabajo”, explica. “Todos los momentos son delicados en este trabajo. En recepción, después de recibir las muestras, las sacamos de las cajas dentro de una campana de seguridad con un flujo de aire hacia arriba que actúa como barrera para no contaminarnos”, indica. “Nos encargamos de comprobar que la información que se pide concuerda con los pacientes”. Sonríe, esta vez de impotencia, porque reconoce que hay veces en las que no coincide nada. “Incluso vienen sin etiquetar. Y estas incidencias se convierten en una sobrecarga en el laboratorio. Hay noches que al entrar en casa no puedes meter la llave en la cerradura. Ni duermes de agotamiento”.

Maite Higaldo, de 39 años y madre de dos hijos, de 12 y 10 años, comenzó con la campaña de la gripe en 2019 y ha encadenado su contrato al trabajo de investigación en el laboratorio. “¿Cómo me encuentro? A ratos. Quizá más irascible”, confiesa. “Aunque la cosa aquí dentro va mejor porque la gente va aprendiendo y el trabajo se reparte”, añade. “La mayor dificultad, al principio, eran las muestras y el miedo. Sentía mucho miedo porque temía contagiar a la familia. Ahora, llegas a casa más nerviosa de lo normal por el volumen de trabajo. Y nuestra vida de fuera no se ha parado, hay que seguir con las tareas de casa y los deberes de los colegios con los hijos”.

En esta mesa elíptica se sientan dos residentes. Una de último año, Marta Adelantado, bioquímica de 27 años, y otra de tercero, Irati Arregui, farmacéutica de 26. “Nuestra labor aquí es aprender, la residencia es un periodo formativo. Hacemos un poco de todo”, arranca Marta. Las dos aseguran que no han sentido miedo. “Al final, si esto ha venido para quedarse hay que tratar la enfermedad con normalidad”. Cuando empezó la pandemia, apostilla Irati, “no sabes nada y de la nada pasas a saber de todo”. Sonríe. “Cada semana cambia. Llega un aparato diferente y tienes que recabar información. Siempre aprendiendo. Por suerte, no tenemos que tomar decisiones. Pero si en un futuro nos toca de nuevo, estaremos preparadas”. La conversación toca a su fin. “Lo que más nos ha sorprendido de todo esto es que de la noche a la mañana el mundo parece haberse detenido. Solo existe el coronavirus, cuando sabemos que están pasando más cosas. Luego, en nuestro entorno, como eres un referente, no dejan de preguntarte sobre coronavirus. La gente no se imagina cómo trabajamos. No somos conscientes de lo que estamos viviendo”. Ninguno se atreve a confirmar hacia dónde vamos. “La carga de trabajo ha ido a más desde marzo”, recupera la palabra Mikel Gómez. “Nuevos métodos y aparatos, siempre estamos adaptándonos”. Otra compañera se atreve a pronosticar: “Vamos directos al confinamiento”.

INCERTIDUMBRE

La última en cerrar el círculo, es Marta Aristu, coordinadora técnica de Microbiología y Genética de 51 años. “Vivimos una situación de incertidumbre. No sabemos si vamos a peor o a mejor. Llevamos en la incertidumbre las 24 horas del día”. La coordinadora lleva trabajando en este puesto desde octubre. “En enero compaginábamos nuestra labor diaria con los preparativos del laboratorio de coronavirus. Buscábamos reactivos para poner la técnica de la PCR en marcha y maquinaria. Nos preparábamos por si llegaran casos. Pero en ningún momento éramos conscientes de lo que estaba a punto de venir. Llegó el 28 de febrero y hasta el 27 de marzo organizamos un turno rotatorio en la PCR porque las afecciones eran exponenciales. De lo vivido hasta ahora, puedo decir que lo que hago hoy solo me sirve para una semana. Todos los procedimientos, turnos, intenciones de que funcione bien a largo plazo me han durado como mucho un mes, en junio, que parecía que bajaban los positivos. Y ese mes se adaptó el turno y pude ir de vacaciones, pero tuve que volver antes porque aumentaron los rebrotes y faltaba personal”, lamenta. “Los cambios son continuos. Cuanto más personal hay y más maquinaria, más problemas surgen. Porque si a la máquina no le das tregua y trabaja 24 horas y los mantenimientos que hay que hacer te los saltas, porque no damos más de sí, empiezan a dar problemas. Por otra parte, el personal de este laboratorio seguimos siendo población. Somos sanitarios, técnicos de laboratorio, pero también somos personas y nos podemos coger el bicho. Y tenemos familia y amigos. Hay que compaginar que haya personal en el servicio y a su vez cubrir las deficiencias. Al final, quien lo paga es el trabajador. No se puede contratar a una persona para tres días en un trabajo tan meticuloso como este. Porque la voluntad por parte de la administración es ésta, pero no es lo operativo. Y la sobrecarga recae en el personal”, insiste. “Hay días, semanas, que cuando llega el viernes me entran unas ganas de llorar... Es una sensación de impotencia. Porque lo que haces el lunes para el viernes ya no vale. Demasiadas horas. Y por conciencia no terminas tu trabajo al salir del turno. Encima, luego sales a la calle, y ves lo que ves”.


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