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Cáncer de mama

Cáncer de mama: diario de un viaje

Soy María, periodista de Diario de Navarra, una de las 27.747 personas a las que en 2015 detectaron cáncer de mama en España, el tumor más frecuente entre las mujeres. Estos días se celebran actos para concienciar sobre esta lacra. Mi historia, una de tantas, fue un viaje de cambios, sufrimiento y supervivencia

Fotos de la evolución de María Vallejo, enferma de cáncer de mama hace tres años.

Evolución: primera foto, abril de 2015; segunda, julio de 2015; tercera, hoy.

Sandra Vallejo, María Vallejo y José Carlos Cordovilla
Actualizada 30/10/2019 a las 16:21
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Cáncer. Seis letras. Una enfermedad que me pudo matar. Dieciocho meses de tratamiento. Veintidós meses de baja. Veinte raciones de quimioterapia. Veinticinco sesiones de radioterapia. Tres intervenciones quirúrgicas. Un cuarto de pecho menos. Una axila destrozada. Un brazo derecho que nunca será el mismo. El otro también maltrecho. Ocho periodos de rehabilitación. Catorce meses con peluca. Incontables análisis de sangre. Cientos de pinchazos. Moratones. Vómitos. Inyecciones para las defensas. Pastillas para todo. Pero sigo viva para contarlo.

Pastillas para las náuseas. Para controlar las hormonas. Para proteger el estómago. Pastillas para dormir, como la canción de Estopa, el grupo que tanto ha significado para mí en este viaje.

Se ha escrito mucho sobre el cáncer. Y yo, ¿por qué no, y en primera persona? Durante la enfermedad, me lancé a escribir todo lo que me pasaba, día a día, sin faltar ni uno, hasta que me curase, o hasta que me cansase, o hasta que me muriese... Yo qué sé. Me surgió la idea por generarme una rutina, por continuar tecleando lejos de la redacción, por seguir viva. Y lo que me salió fue la historia de la época más feliz de mi vida. No tiene por qué ocurrirle a otros. Es evidente. Pero a mí me pasó. Nunca he sido tan feliz como los dos años que peleé contra el cáncer de mama. Me sentí tan querida...

Ahora esa sensación de felicidad ha desaparecido, mi pelo ha crecido otra vez, aunque en vez de negro es rosa. Con el alta médica, la presunta y falsa normalidad, llega también la etapa más complicada, aquélla en la que se olvidan de ti, aunque ni mucho menos estés recuperada y tu salud sea un desastre, y dejas de ser prioridad para el Departamento de Salud. Después de dos años de atención urgente, pruebas inmediatas, trato exquisito, eres otra vez una más en las eternas listas de espera.

En este relato de mi viaje por la enfermedad maldita, quiero rescatar esos pedacitos de sufrimiento y esperanza que resumí durante tantas horas, días, semanas, meses y lanzar una luz sobre algo tan frecuente como injusto, sufrir un cáncer.

LAS MALDITAS FRASES HECHAS

No es fácil entender a alguien que ya no va a ser la misma por culpa de un tumor maligno. Alguien que tiene que escuchar frases como: “Da igual que te quiten la teta, lo importante es que te cures”, “Como si te tienen que quitar las dos...”, “Te pones peluca porque le das mucha importancia al aspecto externo”, “Ahora hacen unas tetas ideales y las vas a tener mejor que antes”, “Déjate el pelo corto, ese look te queda mejor”, “De cáncer de mama ya no se muere nadie, es de los menos graves”. Y así. Todos los días.

¿Saben por qué a las afectadas (sólo el 1% son hombres) no nos gusta escuchar esas frases hechas? Porque sí importa que se te caiga el pelo, sí duele que te quiten una teta o las dos, sí afecta que se trivialice con el aspecto exterior como si fuera sólo estético, cuando está en juego la autoestima, la confianza, la seguridad, el riesgo de meterte en un quirófano.

Son retahílas que seguramente se hagan sin mala intención. Pero cuando ves cómo tu melena cae a mechones como un reloj justo en el día que te avisó el médico que iba a ocurrir y tienen que pasarte una máquina de afeitar por la cabeza, te hundes. Y le das la vuelta como puedes. Yo me agarré a que ese mismo día, un 7 de junio de 2015, mi Osasuna del alma se salvó de la desaparición en Sabadell, y a que Enrique Martín, conocedor de mi enfermedad, me dedicó emocionado la permanencia en la rueda de prensa. Y también ese día lo celebré con la camiseta rojilla viendo a los Pet Shop Boys en el Festival 360...

Pero no nos da igual que nos suelten esas perlas. Estás calva porque tienes cáncer, no porque quieras tener un aspecto veraniego o juvenil. De verdad que no.

MIS DOS TIPOS DE CÁNCER

Y tampoco es verdad que el cáncer de mama no sea mortal. Lo es. Afortunadamente, la supervivencia es cada día mayor y roza el 90% (cuando me tocó a mí, me informaron de que era del 75%), pero he perdido compañeras en este camino y otras han sufrido demasiado las secuelas. Las metástasis, las recidivas (repetición del tumor una vez recuperadas), la incertidumbre de que todo vuelva a ocurrir, los linfedemas...

Yo sufría dos tipos de cáncer, hormonal -que afecta al 66% de las pacientes- y positivo en la proteína HER2 -25%-. El segundo no tenía cura hace pocos años (el doctor Fernando Domínguez me lo aseguró en consulta). Estoy viva gracias a que ahora existe un tratamiento llamado Herceptin, nombre con el que se distribuye el trastuzumab, que es un anticuerpo destinado a esos receptores positivos en HER-2 que favorecen la propagación del cáncer de una forma más agresiva.

TENGO UN TUMOR

A algunas personas se les cae el mundo en una revisión rutinaria, a otras, el impacto les llega tras una sospecha de que pueden padecer la enfermedad. Yo no tenía la edad de entrar en el círculo de revisiones (a partir de los 45 años), no tenía en el horizonte de mi vida nada que se pareciera a sufrir un cáncer. Pero pasé, de un minuto a otro, a meterme en la ducha después de un sábado de juerga a sentir un escalofrío que me recorrió la columna vertebral.

Porque aquella tarde del 12 de abril de 2015 en el que descubrí un bulto enorme en mi pecho derecho comenzó mi viaje por un mundo totalmente desconocido.

Un viaje, una aventura, una montaña rusa. Ese año tenía planeado pasar las vacaciones de verano en Dublín con mi hermana y ahorraba para ir en diciembre a Costa Rica con mi cuadrilla. Todo se fue al traste. En nueve días, tras ser sometida a innumerables pruebas, me confirmaron que tenía cáncer, y en tres semanas ya estaba libreta en mano con el cirujano, el doctor Fernando Domínguez, tomando nota de lo que me esperaba.

Todo eran cifras dolorosas de plazos, secuelas, efectos secundarios, citas médicas que me aguardaban. Casi me caigo de la silla cuando me dijeron que serían 18 meses de tratamiento. Yo escribí cada palabra, y le dije a mi madre que hiciera lo mismo. “Mamá, no entramos para llorar, sino para enterarnos de todo bien”, le dije a la pobre. Pregunté mucho, como buena periodista. Estaba siendo protagonista de mi propia noticia. No derramé lágrimas, no pensé en la muerte. “Vamos a hacer todo lo que está en nuestras manos por curarte”, me dijo Domínguez, y le creí. Desde aquel momento, entregué mi fe a la medicina. Debía hacerlo. No había otra salida.

COMPARTIR LA NOTICIA

Enseguida lo di a conocer a través de mis redes sociales, de Facebook, con toda la naturalidad del mundo. También quería ahorrarme llamadas y mensajes que no me apetecía contestar y decidí soltarlo de golpe. Una foto sonriente, una mirada triste, y ¡boom!: “Tengo cáncer”. La noticia cayó como una bomba inesperada, como ocurre siempre en estos casos. Compartí mi esperanza, mis ganas de salir de aquello, mi deseo de aprovechar los dos años siguientes en hacer mil cosas. Me salió así. Pero cualquier reacción es lógica y humana. Llorar, hundirte, ser fuerte, no serlo, callarte, no contarlo, sentir pánico, sentirte sola, necesitar compañía, preferir aislarte. O un día querer algo y al día siguiente lo contrario. O el mismo día cuarenta deseos opuestos. Tienes cáncer y nadie puede entenderlo. Sólo los que han pasado por ello.

Ni siquiera los que te quieren. Quizá son los que menos te entienden, precisamente porque te quieren. ¿Cómo unos padres encajan que, siendo ellos mayores, pero afortundamente sanos, tienen que cuidar de su hija enferma? ¿Cómo responden unos hermanos que ven que la vida de la mayor de los cuatro, la independiente, la fuerte, corre peligro? Ellos lo hicieron muy bien, lo mejor que pudieron, y eso para mí fue vital.

No se sabe qué decir, qué hacer. Si acompañarte, si preguntarte, si desahogarse. Qué difícil. Nadie nos enseña en ningún sitio de antemano a estar con un enfermo de cáncer, ¿verdad? Yo antes tampoco lo sabía. Pero he aprendido muchísimo y lo llevo a cabo con las personas que acuden a mí ahora.

Escuchar, respetar el espacio, dar tiempo, detectar las señales de llamada, no abandonar, tener paciencia, ser comprensivo, no ser invasivo, no dar órdenes, no dramatizar ni desdramatizar. No tener miedo. Demostrar el cariño, la empatía, abrazar, mandar mensajes de ánimo. ¿Por qué la gente tiene reparo en mandar mensajes de ánimo a un enfermo? Cada uno de los que recibí me ayudó a construir una muralla alrededor con la que me hice aún más fuerte, y me sentí protegida y querida.

“Haz vida normal, no cambies nada de lo que haces. Sólo quiero que mantengas el ánimo alto”. Ésa fue la recomendación de mi cirujano tras atizarme que iba a recibir quimio y radio y en medio me iban a operar. “El ánimo alto”. Nada más y nada menos. Sabía Domínguez por qué me lo decía, venía de pasar una mala época. “Ánimo alto”. Y lo conseguí.

BUSCAR UNA PELUCA

Me puse manos a la obra desde el minuto 1. Me apunté a mil cosas que tenía pendientes: euskera, inglés, yoga, cocina, cursos de feminismo... Lo vi como una oportunidad de aprovechar el tiempo perdido por el excesivo trabajo. Busqué la mejor compañía, una amiga afectada que me guió por un mundo desconocido. ¿Alguien sabe que hay diferentes tipos de pelucas, tiendas especializadas, que valen una pasta, que si son naturales hay que encargarlas con tiempo? ¿Qué tal los conocimientos de micropigmentación en las cejas? ¿Los cuidados de la piel? Sólo si pasas por esto o tienes al lado a alguien te conviertes en experto. Y yo tuve que convertirme a la fuerza. Hay quien prefiere ir con pañuelo, por la comodidad, o valientes que van con su cabeza sin pelo con toda la naturalidad. Yo no me vi con la valentía necesaria. El desfile por peluquerías fue muy doloroso. No me quería disfrazar para Nochevieja, quería salir a la calle sin que se girasen para mirar.

El dinero de los dos viajes se evaporó en una peluca negra, ondulada, con mechas y muy larga, fabricada en un taller de Barcelona gracias a la generosidad de miles de personas solidarias que se cortan el pelo y lo donan, o que incluso lo hacen por necesidad económica. A mí me costó 1.600 euros. Tatuarme las cejas, 480. Todavía guardo la peluca, en una bolsa, en el altillo de un armario, por si tengo que volver a utilizarla. Y cuando me miro al espejo veo que, tras mis cejas, asoma el pigmento negro que disimuló durante meses mi falta de vello.

Porque con la quimioterapia se te puede caer el pelo, todo. Vuelves a tener aspecto de bebé, pero de 1,75 metros. Te quedas poco a poco sin pestañas y sin cejas, tu rostro cambia tanto... Qué tontería, el pelo. Yo no me atreví a mirarme al espejo en varias semanas. Mi peluquera me pasó la maquinilla en casa, de espaldas al espejo, y me puse la peluca inmendiatamente. Me asusté. No era yo. Parecía Morticia Addams. Cuando pude mirarme sin peluca, me vi como una judía de Auschwitz. Demacrada, blanca, con la cabeza rapada y corronchos en la piel. Muy duro. Pero lo afronté. El pelo empezó a salirme de nuevo durante la quimo. Las cejas y las pestañas tardaron más.

En mi caso, como en el de muchas mujeres que sufren cáncer de mama, los ganglios del brazo derecho estaban también afectados. Para saberlo, hay que pasar por la llamada intervención del ganglio centinela. Fue el primer paso por quirófano, el 20 de mayo. Además de la mala noticia, saber que me tenían que extirpar todos los ganglios y por tanto mi brazo iba a sufrir las secuelas, me quedó una flebitis en la mano por la vía de la operación. También fue la primera de muchas, porque las venas se hartan de pinchazos y protestan a su manera. Y las mías protestaron y siguen protestando cada vez que ven una aguja.

LA PRIMERA QUIMIOTERAPIA

“En apenas unas horas, conoceré un mundo nuevo para mí. Un mundo que nunca habría querido conocer. Tomaré contacto con una palabra tan maldita como el cáncer y a la que, no sé por qué, le tengo miedo. Más miedo que al cáncer. Quimioterapia. Es una palabra horrible. La acabo de escribir y me estoy rascando. Me pica todo. Tengo el cuerpo lleno de sarpullidos. Los nervios se han apoderado de mí literalmente. Tengo el estómago con un nudo marinero. Mira que me han tranquilizado, médicos y colegas que han superado esta mierda, que no es para tanto, que se lleva bien, que te coges un libro y pasas la mañana, que te haces amigo de los demás enfermos, que los profesionales son una maravilla… Vamos, que el hospital de día de Oncología es prácticamente la sala VIP de un garito de lujo. Pero no. El miedo es libre, y a mí me ha entrado de lleno”.

Éstas son las líneas que escribí en vísperas de mi primera quimio. Estuve yendo al box del Hospital de Navarra desde el 26 de mayo al 7 de diciembre. Prácticamente viví allí. No es un sitio especialmente deprimente. Al contrario. Yo sentía esperanza, energía, solidaridad. Hay mucha luz y sonrisas. Las butacas son más cómodas que las de un avión, al menos de los aviones en los que yo he ido. Hay cuatro butacas en cada box.

Me codeé con muchos enfermos de todas las edades, aunque recuerdo sobre todo a los tres señores del primer día, incluido uno de mediana edad, trajeado, con su tablet y sus auriculares. Sólo sabías que estaba enfermo porque estaba conectado a un gotero, como yo. Por ese conducto se vaciaban un montón de bolsas durante varias horas. Cada vez. Las sesiones podían durar 2 horas o 7. De todo hubo. En algunas sentí dolor, en otras me aburrí, en bastantes leí revistas del corazón que me daban allí, porque los libros se me hacían pesados, o hablaba con los enfermos, o me dormía. También sentía mucho frío, aunque era verano, y pedía mantas. Y me entraban ganas de estornudar, me dolía la garganta. Y si sufría una de mis migrañas crónicas, me ponían en una cama, en una habitación aislada, para que no me molestase la luz ni el ruido. A los enfermos de cáncer nos tratan en palmitas.

MÚSICA SANADORA

Pero siempre, durante mi enfermedad, escuché música. Gracias, música. Recuerdo perfectamente que una de las enfermeras escuchaba canciones en su ordenador aquel primer día de tratamiento. Sonó 'Ain’t no mountain high enough' (No hay montaña suficientemente alta) de Marvin Gaye y Tammi Terrell, que siempre me ha encantado y desde entonces ha adquirido otro significado. María, tienes que superar todos los obstáculos. Decidí adjudicar una canción a cada día de mi recuperación. Cada día escribía y le añadía un tema. Por su letra, por el momento que vivía, por lo que me inspiraba. Hoy, aquellas canciones están guardadas en una play-list que se llama 'Las canciones que me curaron'. Y, cuando las vuelvo a oír, me vienen los recuerdos. Ahora las estoy escuchando para escribir. Y me sigue ayudando.

Los efectos secundarios de una quimio no son pocos. Se sabe que te quedas sin pelo y que vomitas. Pero descubres que te salen llagas en la boca, que todo te sabe a metal, que tienes hormigueos en las manos, que te duelen las articulaciones y los músculos, que te quedas sin defensas, que pierdes la memoria, que te quitan la menstruación.

Y, lo más importante, descubres que puedes con todo eso.

La quimioterapia no tiene una duración fija. Depende del alcance de la enfermedad, del tipo de tumor, de si es efectiva o no. A mí me la tuvieron que suministrar durante 20 sesiones, algunas de ellas a medias, o sólo con suero, porque las defensas estaban bajas. Es duro que te hagan la analítica previa (rutina que llevaba fatal por mis cada vez más delicadas venas) y que no avances una semana, que no taches una crucecita. Así que me puse un objetivo. Quería terminar el tratamiento antes del 11 de diciembre como fuese.

CONOCER A ESTOPA

La meta de mi vida era el concierto de Estopa en Bilbao. David Muñoz, el cantante, se había puesto en contacto conmigo meses atrás, gracias a mi hermana Sandra, que participó en la producción del videoclip de 'Pastillas para dormir', y a la intercesión de mis amigas, que consiguieron que los hermanos Muñoz me mandaran un mensaje en un vídeo. Y algo más mágico aún podía ocurrir: que los conociera en persona, como David me había prometido. Así que un sueño así no podía quedar destruido por una puñetera sesión de quimio. A pesar del mes de retraso que acumulé, terminé la quimioterapia el 7 de diciembre. Y el día 11, rodeada de mis mujeres, conocí a los hermanos Muñoz, les abracé entusiasmada, no quería que acabase ese momento. Nos dejaron entrar en el backstage, estuvimos en la prueba de sonido y vivimos el concierto en éxtasis. David, además, me preparó el primer kalimotxo que me bebía en muchísimos meses, ya que me habían prohibido el alcohol durante la quimio. Fue el día más feliz de mi vida. Y estaba hecha una piltrafa.

Después de aquel exceso, pasé semanas enferma. Conjuntivitis, gripe, migrañas... Todo me atacó de golpe, porque la quimio te deja a expensas de cualquier virus que pase por al lado. La fecha de la operación corría peligro. No podían intervenirme así. Pero me recuperé a tiempo y entré en quirófano un 16 de enero de 2016.

Tenía mucho miedo. Y se me ocurrió una locura. Acababa de morir David Bowie, de cáncer, y me afectó un montón. Escuché sus canciones de forma compulsiva aquellos días. La noche anterior al ingreso, me pinté la cara como el Duque Blanco en la portada de su disco Aladdin Sane, con un rayo rojo y azul, como los colores de Osasuna. Me miré al espejo. Ya estaba preparada.

En la operación me extirparon los 28 ganglios del brazo derecho y la parte inferior del pecho, donde estaba situado el tumor, que medía al ser detectado 4,8 centímetros y se había reducido con la quimio a 7 milímetros en pocos meses. El dolor posterior a la operación fue insoportable, lo que prolongó mi ingreso. Llegué a cenar con once pastillas.

Cuando te dan el alta hospitalaria, sientes libertad. Me había quitado de encima dos de los pasos más gordos. La quimioterapia y la operación. Aún quedaban la radioterapia y la braquiterapia.

Las 25 sesiones de radio fueron llevaderas. Sientes cansancio, mucho cansancio, pero te vas con una sonrisa gracias a profesionales como Sara y Nines, que te ponen música, te cantan o te reciben medio disfrazadas. Te dan amor. Y eso no se olvida. La braquiterapia fue más dura, no sabía ni lo que era. De nuevo con anestesia general, te clavan unos conductos en el pecho para que la radiación (iridio) llegue al interior, lo más próximo posible al tumor. Otro descubrimiento para la colección.

A partir de abril de 2016, me quedé con la última parte del tratamiento, el Herceptin, que ataca el tipo de cáncer HER2. Fueron siete meses más de gotero en el box en el Hospital de Día, con esa sala de espera tan llena de gente afectada o con familiares de enfermos. Cuánto se aprende allí, cuánto se relativiza. Acudir al CHN ya formaba parte de mí.

EL ASCENSO DE OSASUNA

Hubo muchas circunstancias que me hicieron más llevadero el camino. Me curó la medicina y estaré eternamente agradecida a todos los profesionales que me atendieron y siguen haciéndolo. El amor de mi familia y amigos, la compañía fiel de mi perro Argi, la música, conocer a Estopa... y el ascenso de Osasuna, claro.

En la fiesta que organicé el 20 de mayo de 2016, invité a los míos y a muchos rojillos, incluidos Enrique Martín, Roberto Torres y Oier Sanjurjo. Pronuncié un pequeño discurso de agradecimiento por hacerme tan feliz y curarme tantos fines de semana en los que no veía la luz. Les pedí un pequeño esfuerzo para subir, aunque era difícil. La charla se la puso el cuerpo técnico al vestuario antes del partido contra el Numancia. No me lo podía creer. Y menos cuando, tras empezar perdiendo 0-2, el equipo remontó 3-2. Me derrumbé en mi localidad de socia. Estuve a punto de romper a llorar de alegría.

Pocas semanas después, el 11 de junio se consumó algo en lo que yo creí un año antes, cuando Enrique Martín me lo prometió: el ascenso. Creí cuando nadie creía. Y junto a él subí al ático, él con la bufanda de Osasuna y yo con la rosa de la Asociación Saray. Mi curación había caminado de la mano del equipo de mi corazón.

VOLUNTARIA DE SARAY

Me uní a Saray, la Asocicación Navarra contra el Cáncer de Mama, porque quería dar charlas, informar sobre nuestra enfermedad, echar una mano a otras afectadas. Pero también para recibir ayuda, conocer a tantas compañeras con las que he tejido una red irrompible de solidaridad y empatía. Estaba en pleno tratamiento, pero me sentía con fuerzas y ganas.

La vida después del cáncer no es de color de rosa, sólo lo es mi pelo, que me teñí intencionadamente un 12 de abril de 2017, dos años después de encontrarme el tumor. Sigo en tratamiento hormonal, con pastillas diarias e inyecciones mensuales. El cuerpo se queda como si te hubiera pasado una apisonadora por encima. Se suceden problemas de salud que no tenías y se agravan los que tenías. Ésta es la realidad. Al menos, la mía. Hay compañeras que han tenido un periodo post-enfermedad más llevadero, pero otras han tenido problemas más graves y han tenido que pedir la incapacidad.

El regreso al trabajo es durísimo. No sólo porque la Seguridad Social se desentiende de ti en cuanto pasa el plazo estipulado, sino porque tienes que trabajar estés como estés, que en mi caso fue con un brazo inútil. Son frecuentes las enfermedades psicológicas posteriores al cáncer, y el factor laboral no ayuda.

LA MEDALLA DE ORO DE SERGIO

En noviembre de 2016 dejé de ir al hospital todas las semanas, como venía haciendo desde abril del 2015. Ahora voy menos. Antes, en julio, había ocurrido en mi vida algo maravilloso. Conocí al atleta Sergio Fernández, quien, conmovido por mi enfermedad, me regaló una medalla de oro que acababa de ganar en el Campeonato de España de Gijón. Al llegar al hotel, me la colgó al cuello y me dijo: “Es para ti, campeona, te la mereces más que yo”. Y nos abrazamos.

En aquel momento, me di cuenta de que quizá sí merecía aquella medalla que nunca había ganado. Como la merecen todas las afectadas que, como yo, sufrieron, sufren y sufrirán cáncer de mama.

EN CIFRAS

El índice de supervivientes de cáncer de mama, el tumor maligno más frecuente en mujeres, es cada vez mayor. En pocos años se ha pasado de un 75% a rozar el 90%.

410 nuevos casos. Se registran en Navarra al año, y cada vez más se detectan más en pacientes jóvenes, que no han entrado en el ciclo de revisiones programadas (a partir de los 45 años).

6 meses. Es el tiempo estipulado para las revisiones después de recibir el alta. La realidad es muy diferente y se llegan a doblar los tiempos en listas de espera.

8.000 dorsales. Se ha superado ya la mitad de los 15.000 previstos para la carrera organizada por la Asociación Saray de este domingo 27 a las 11 de la mañana.
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