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Me quedo en el pueblo

Quieren vivir en Zoroquiáin

Siete familias, trece adultos y nueve niños de momento, rehabilitan desde hace cinco años este lugar de Unciti. Con permiso de la pertinaz burocracia, pronto habitarán este despoblado

Cuatro de los adultos y cinco de los niños que en pocos años repoblarán Zoroquiáin.
Cuatro de los adultos y cinco de los niños que en pocos años repoblarán Zoroquiáin.
Actualizada 11/03/2020 a las 09:33

Esboza Josu Biskarret el singular propósito de siete familias de repoblar Zoroquiáin, de rescatar la memoria de uno de tantos pueblos abandonados en Navarra, de que los niños correteen de nuevo calle abajo; de que las huertas den frutos; la fuente, agua, las chimeneas, humo. Es singular porque es una historia única en tiempos de casas alineadas, arrimadas unas a otras en el cinturón de las ciudades, sin reparar mucho en el alma. Es como si escribieran las páginas de una novela de Julio Llamazares. Tal vez la segunda parte de ‘La Lluvia Amarilla’, la historia del último habitante de Ainielle. Se llamaba Andrés. Casualmente también fue Andrés el último de este lugar de Unciti.

Las familias que devuelven vida a Zoroquiain residen en Pamplona y la Comarca. Su aventura comenzó hace cinco años, cuando supieron que una misma familia vendía “cinco ruinas y dos eras de trillar”. “Una pareja negoció con los propietarios y luego se unieron otras. Cada una tiene su parcela y recupera la ruina o construye una casa en la era. Yo me enteré por un conocido, al final ha sido el boca a boca”, explica Biskarret y apunta que se han constituido como asociación vecinal y compraron la iglesia al Arzobispado, con intención de convertirla en Casa de Cultura o punto de encuentro para los habitantes del entorno.

La recuperación del antiguo templo de San Andrés que, como el resto del pueblo estaba abandonado, se encuentra muy avanzada. Trabajan en auzolan, normalmente todos los domingos, con permiso de la meteorología en invierno. Hace unas semanas celebraron las fiestas.

Antes eran el 30 de noviembre, por San Andrés y ahora las hacemos el domingo más cercano”, enfatiza Biskarret. La obra cuenta con el sello Mecna de mecenazgo cultural. A lo largo de estos años han arreglado la fuente, los caminos, un puente y hasta el cementerio, ya con algún muro derruido y las hiedras dueñas del entorno. “El cementerio es parte del pueblo, como lo son sus casas, su gente, su iglesia, su fuente su lavadero. En él descansan antiguos habitantes y el agradecimiento de sus familiares compensa el trabajo”, subrayan en Zoroquiáin la colaboración de los descendientes de aquellos vecinos para poder dar forma a un puzle que había perdido muchas piezas.

Se intuye en su discurso la ilusión de quien está a punto de alcanzar un sueño. Porque los trámites, reconoce, no han sido sencillos. Llevan cinco años y aún no han podido comenzar a reconstruir las casas.

Parece que queda ya poco, como una carrera de fondo en la que los obstáculos se superan en forma de ayuntamientos, gobierno, arquitectas, sociedades, asesorías, topógrafos, ingenieros... Todos tienen que dar el visto bueno. Y son muchos peldaños, “uno de aquí y otro de allá”.

Recuperarán siete casas. Son trece adultos y nueve “criaturas”. “La idea era que los niños ya nacieran aquí, porque cuando empezamos solo había un niños, pero... Ahora la mayor tiene 7 años y el pequeño pocos meses. Las familias vivirán en el pueblo, aunque saben que se desplazarán a trabajar a Pamplona. Son 19 kilómetros. “Bueno, hay un carpintero que tiene idea de construir por aquí su taller”, señala la excepción. Las parejas tienen entre 30 y 40 y pocos años y no solo piensan en el futuro. También han rescatado el pasado y lo comparten en el blog Errekazar. No han escatimado en detalles históricos, etnográficos y de hemeroteca, además de reparar en el nombre de todas las casas y en la historia de sus habitantes.

La reconstrucción de Zoroquiáin llevará “un toque eco”. “Hay electricidad, pero utilizaremos en lo que podamos placas solares, queremos algo medioambientalmente sostenible, a nivel de materiales o de soluciones que hay que aplicar ahora”, indica.

No contaban con una burocracia tan enrevesada, reconocen. “Creíamos que íbamos a rehabilitar directamente, pero el ayuntamiento consideró que como las instalaciones ya eran deficientes, había que urbanizar de nuevo y que nos correspondería a nosotros. Al final lo gestiona el consistorio de Unciti. Está ya muy adelantado. Hace unas semanas adjudicaron las obras. Hasta ahora hemos podido hacer labores de derribo y desescombro de las casas y en cuanto se pueda comenzará la construcción. Cada una a su ritmo, pero hay familias que tienen ya bastante avanzado el proyecto.

“Aquí todos somos de fuera”, resta raíces Biskarret a a su vínculo con el pueblo. “Ha sido algo casual, no estoy aquí por esto. Pero si recuerdo venir de pequeño. Aquí vivía un primo de mi abuela”, sostiene. En el blog de la asociación Errekazar acuñan los distintos nombres que han tenido las siete casas: Biscarret/Mundusemerena; Jaberri/Axarikonea; Ekisoain/Nikolaurena; Palacio; Dorrekoa; Apezarrenea; Abadia y Undiorena.


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