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Una amistad forjada entre fogones

Dice Leya Barros que Ignacio Etayo es un hermano mayor y su mentor en la cocina. Ahora, esta brasileña con fuertes raíces en San Adrián tiene un restaurante, el América 5, un espacio que sintetiza once años de lucha con un final feliz

DN más cerca en San Adrián | Leya Barros e Ignacio Etayo
DN más cerca en San Adrián | Leya Barros e Ignacio Etayo
Leya Barros e Ignacio Etayo conversan sobre convivencia en San Adrián junto al proyecto DN más cerca
R.M.
Ignacio Etayo y Leya Barros en el bar restaurante América 5 de San Adrián, propiedad de esta cocinera y repostera brasileña.
Ignacio Etayo y Leya Barros en el bar restaurante América 5 de San Adrián, propiedad de esta cocinera y repostera brasileña.
R.M.
  • R.M.
Actualizada 30/05/2019 a las 11:30

La de Ignacio Etayo y Leya Barros es una amistad con altibajos, verdadera, con momentos de desencuentro. También de risas y fiestas, de abrazos noctámbulos y de confesiones sinceras. Durante esta entrevista asoma en varias ocasiones una complicidad sana, cincelada con los años, con los golpes y con el cariño. “Que conste que también hemos discutido muchísimo. Hemos estado cocinando sin hablarnos y sin mirarnos... Hemos chocado muchísimo”, advierte Ignacio Etayo, actual dueño de un bar de copas, la Zer-B y trabajador en una de las fábricas de San Adrián.

La historia de esta amistad se ha forjado en las cocinas de al menos dos locales de San Adrián. Corría el año 2007. Leya acababa de llegar de Brasil procedente de la ciudad de Marabá, en el interior del país, donde había tenido que dejar a un hijo de apenas 8 años. Leya trabajaba como repostera en Brasil y llegó a España seducida por un futuro mejor. En su cabeza, hacer algo de dinero, allanar el camino para volver cuanto antes a por su hijo, Ítalo Vinicius. “¿Por qué San Adrián? Por el sueño americano (risas). Tenía una hermana que vivía aquí. Dejé todo en Brasil y vine para aquí. Ya no tengo planes de irme. Mi hijo tiene ya 18 años. Estuve aquí tres años sola y después volví a Brasil a recogerle. Actualmente trabaja conmigo en nuestro restaurante América 5”, relata Leya Barros.

Pero volvamos a 2007. Mientras Leya buscaba un futuro mejor, en España comenzaba a golpear la recesión económica.

Ignacio Etayo: Con la crisis, mi trabajo como electricista se fue apagando. Me ofrecieron asumir el restaurante del polideportivo. Lo cogí. Me gusta la cocina y quería probar de cocinero. Me hacía falta gente, me presentaron a Leya y se vino a currar conmigo (risas).

Leya Barros: Yo por entonces limpiaba casas, escaleras... Hacía un poco de todo. Llegué en octubre y empecé a trabajar con Ignacio en julio, que fue cuando abrieron las piscinas de San Adrián. Las estrenamos, por decirlo así. Nos presentó Charo Mendoza.

I.E.: Estuvimos dos años en el polideportivo y en 2009 entré en la fábrica en la que estoy ahora. Aunque los fines de semana siempre he estado trabajando en bares como camarero, DJ.

Leya era buena con la repostería y la cocina, pero le faltaba el toque español necesario para trabajar en un bar o restaurante de San Adrián.

L.B.: Él me ha enseñado todo prácticamente. En Brasil trabajaba con dulce pero no tenía base de cocina salada, así que aprendí con Ignacio. También a perfilar y presentar bien los platos. A la gente le extraña que tarde tanto con el emplatado. Me dicen, “pero si luego se come en minutos”.

I.E.: En el tema de cocina hemos aprendido mucho el uno del otro. Yo he cocinado desde niño. Siempre le ayudaba a mi madre y hacía la compra con ella. Y cuando ella trabajaba yo hacía la cena a mi padre y a mis hermanos. Leya y yo nos hemos ayudado mucho mutuamente.

L.B.: Ignacio es como mi hermano mayor. El típico amigo de la inmigrante a la que invitan a cenar en Navidad. Aunque no nos veamos muy a menudo, sabemos que estamos juntos. Creo que tenemos personalidades muy fuertes.

I.E.: Pues sí. Hemos chocado muchísimo. Pero yo siempre he tratado a mis empleados como compañeros.

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FRENTE A LOS ESTEREOTIPOS

Leya tiene una risa estruendosa. Solo cuando surge el tema de sus inicios en San Adrián, de cómo se sintió entonces, cambia el tono y, por momentos, se emociona.

L.B.: Es un poco triste decir esto, pero es que te sientes un poco más pequeño que el resto de personas. La gente me hacía sentir mal algunas veces. Te discriminan y te juzgan sin conocerte. Es como que no te dan una oportunidad. Creo que hay el problema de que la gente piensa que vienes a buscar un marido o fortuna. Trabajaba 14 horas en una fábrica de champiñón y me decían que estaba con mi novio por su dinero. Cosas muy superficiales. Hay prejuicios y estereotipos. Al final, cuando te ven trabajar y todo lo que luchas empiezan a cambiar la opinión.

I.E.: Leya es muy trabajadora. Nunca dice que no. Puede coger mil trabajos y no se arruga si el trabajo no es el más agradable. Como yo, si he tenido que barrer, pues barro. El caso es trabajar.

L.B.: Ahora, que me conocen y saben quién soy, todo ha cambiado. Yo creo que mucha gente no se da cuenta de lo que hace. Me decían que era introvertida, pero es que no podía mirar a la gente a la cara por cómo me hacían sentir. Pero esto es ya el pasado. Ahora estoy contenta y feliz. La prueba es que no me he movido de San Adrián. Mi hermana lleva dos años en Alemania. Dos meses después de que llegase aquí se marchó a vivir a Calahorra. Para mí, estar sola siempre ha sido muy difícil.

I.E.: Yo creo que en general, San Adrián es un pueblo acogedor, pero también es posible que haya ámbitos más cerrados. Lo que vivió Leya es la prueba.

Pero todo aquello quedó en el pasado. Leya tiene una pareja de Calahorra y es feliz junto a su hijo. Desde la distancia, observa el triunfo de la ultraderecha en su país, de la mano del presidente Bolsonaro.

L.B.: Dicen que es un fascista. Yo creo que los brasileños están contentos. Así como ocurrió con Collor de Mello, Brasil puede salir a la calle a echar a Bolsonaro si hay abusos. Brasil es muy grande en todos los sentidos. Yo diría que somos personas muy cercanas. Si tú no tienes pan, mi pan es tu pan. Ayudamos y somos cercanos con los demás. Somos felices con poco. No se trata de tratar de mostrar lo que no tienes, sino de ser feliz con lo poco que tienes. Y eso lo compartimos con amigos. Los brasileños somos básicamente eso.

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