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Un tándem por la integración en San Adrián

Ya han pasado 19 años desde que la pasión por cambiar las cosas uniese en San Adrián al gitano Antonio Jiménez y a la paya Amaya Fernández. Trabajadores incansables, no han parado de luchar toda su vida por la inclusión social de las minorías

DN más cerca en San Adrián: Amaya Fernández y Antonio Jiménez
DN más cerca en San Adrián: Amaya Fernández y Antonio Jiménez

Amaya Fernández y Antonio Jiménez, un tándem por la integración en San Adrián

Amaya Fernández y Antonio Jiménez unen sus manos por la diversidad.

Amaya Fernández y Antonio Jiménez unen sus manos por la diversidad.

R.M.
Actualizada 30/05/2019 a las 11:31
  • Irantzu de Esteban
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Todo comenzó hace 19 años gracias al trabajo, la dedicación a los demás y el afán de cambiar las cosas. La relación de Antonio Jiménez, de 43 años, y Amaya Fernández, de 44, ha crecido y se ha hecho fuerte con los años. “Somos compañeros, amigos y quintos”. Ella, trabajadora social, y él, técnico en Integración Social, tienen muchas cosas en común: cabezonería, constancia, responsabilidad y sobre todo pasión por los demás. “Si algo nos preocupa, vamos hasta el final”, afirma rotunda Amaya.

Amaya y Antonio son un ejemplo de convivencia. Un gitano y una paya, a quienes les encanta tomar café juntos, además de trabajar en en el área de inclusión social de los Servicios Sociales de San Adrián. Sentados en el despacho de ella, relatan la lucha de un trabajo diario que apuesta por las personas.

Amaya siempre ha estado ligada a la población gitana. Antonio, gitano de San Adrián, colmaba su vocación de ayudar a los demás como voluntario hasta que consiguió trabajar de ello. Ambos se han forjado en la perseverancia. Su objetivo: abordar, de forma específica, la inclusión socioeducativa del alumnado y de sus familias en situación de riesgo de exclusión.

Antonio: Amaya y yo siempre hemos trabajado juntos. Yo venía de un trabajo rígido, en el que mis propuestas nunca se llevaban a cabo. No era un trabajo para mí. En Amaya encontré la confianza que necesitaba. Siempre me he sentido arropado y me ha ayudado a quitarme muchos miedos. Hay trabajos en los que te tienes que relacionar más con tus compañeros y más si trabajas con personas con dificultades. Es necesario que haya una empatía, un nexo común, y nosotros lo tenemos. Al final, trabajando día a día, codo con codo, acaban aflorando sentimientos y la relación se hace más fuerte. Si yo fuera periodista y me mandasen a un conflicto de guerra y Amaya me dijese, “tranquilo, estoy aquí”, iría sin dudarlo. Me lanzo a lo que sea con ella.

Amaya: Aunque Antonio siempre ha volado solo, cuando le conocí era una persona insegura, necesitaba apoyo, nos pedía ayuda para hacer las cosas. El primer año del proyecto como promotor (ayudan a alumnos y familias en riesgo de exclusión social) le ayudamos a hacer la memoria pero el segundo no, -ríe-. Ese proyecto fue un punto de inflexión. La complicidad que tenemos hoy en día se ha hecho con los años. Como en toda buena relación hemos tenido altibajos. En 19 años surgen muchos desacuerdos y más si trabajas en temas sociales, pero siempre nos hemos esforzado por llegar a un punto en común. Ahora es como de mi familia, mi hermano, y la confianza en él es absoluta.

MEDIADOR POR VOCACIÓN

Antonio tiene una curiosidad innata por aprender de los demás, se considera un hombre intercultural, “pero de los de verdad, no de multiculturalidad”. La vida de este gitano adrianés no ha sido fácil, los estereotipos que comúnmente se tienen de la comunidad gitana han pasado factura en su vida. “Fuera de San Adrián he tenido y tengo muchos problemas. En controles rutinarios de la policía, por ser gitano y llamarme Antonio Jiménez Jiménez me tienen parado más de lo habitual”.

Antonio: Cuando trabajo con la comunidad gitana, intento formarles en la educación entre iguales. Les explico que yo soy igual que ellos, que la tutora, que el director del colegio… todos somos iguales.

Amaya: Antonio, aparte de tener una sensibilidad especial con las personas, es una figura que facilita mucho el trabajo. Conoce la cultura desde dentro y sabe mediar en los conflictos. Ser gitano y estar formado está ayudando mucho en la intermediación entre las familias. Es un puente que facilita la comunicación, muchas veces si no existe ese vínculo las cosas no se interpretan bien y es más difícil solucionar los problemas. Antonio siempre hace que las personas vean las situaciones de otra manera y esa figura, en nuestro ámbito profesional, es fundamental.

Antonio: Siempre hay que mirar la vida desde otra perspectiva. Cuando surge un conflicto, cada persona tiene que poner de su parte para solucionarlo. Si tú tienes un hijo o una hija vas a querer lo mejor para ellos, pero resulta que el tutor también lo quiere y también desde la dirección del colegio. Para mí es más importante dejar que las personas se entiendan solas entre ellas.

En el terreno personal ambos admiten que su relación ha sido una carrera de fondo, de años, de risas pero también de muchos enfados y reconocen que son más las cosas que les unen que las que les separan.

Amaya: Ya no me sorprende nada de Antonio -ríe-, pero he aprendido de él a relativizar las cosas, a no llevártelas a casa, a que no te afecten en tu vida personal. De nuestra relación me llevo el aprendizaje conjunto. Soy una persona impulsiva. Siempre he defendido lo que pienso a costa de lo que sea y Antonio me ha enseñado a controlar esos impulsos.

Antonio: Amaya es una persona que me sorprende constantemente. Me ha arropado siempre aunque mi comportamiento no haya sido el mejor. Es una buena persona. Parecemos familia y nos queremos como tales dentro y fuera del trabajo. -Mientras Antonio se sincera con Amaya, ella esboza una sonrisa y unas lágrimas se desprenden de sus ojos-. “Siempre he sido un poco llorona por naturaleza”, confiesa Amaya.

Dos vecinos de San Adrián que abogan por mejorar la convivencia. Reconocen que las Jornadas Interculturales que se celebraron en el pueblo desde 2013 hasta 2015 fueron un peldaño de la escalera hacia la convivencia. “Se consiguió una visión diferente, la opción de conocer otras culturas a partir de la gastronomía. Esos pasitos son los que ayudan a la integración”, asegura Amaya. Claros y directos, no muestran reparo en decir que no hay convivencia pero garantizan que se trabaja muy duro desde todos los colectivos sociales para que desde la infancia las situaciones se aborden de otra manera. “Son pequeñas cosas que pueden ayudar a mejorar mucho la situación”, apunta Amaya, pero sostiene que el proceso es largo y costoso. “Simplemente, deberíamos aprender de los niños antes de intoxicarlos”.

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