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El hombre de la Transición

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Diario de Navarra

Actualizado el 21/03/2014 a las 21:19

No quisiera parecer sarcástico, ni por aproximación, al afirmar que la memoria perdida de Adolfo Suárez carece de importancia mientras los demás, quienes lo tuvimos por presidente del Gobierno, sepamos capaces de recordarlo. Tampoco es momento de extenderse en panegíricos que caminan paralelos a la muerte, como bastones imposibles de la caída irremediable que a todos nos ha de llegar. Simplemente se trata del reconocimiento a un trabajo y a una vocación cuando más falta hacían uno y otra, en aquella Transición, a menudo convulsa, cuando el país abandonaba la noche negra y era capaz de levantar la vista hacia el futuro.


Adolfo Suárez ya era animal político en el viejo Movimiento al ser elegido por el Rey para cubrir una etapa complicada, pero fue en su cargo de presidente donde demostró sus excepcionales dotes, por más que, como a toda persona con responsabilidad, hubiera alguna sombra ninguneando las luces. Pero si la cuestión es presentar un balance, sin duda fue positivo, muy superior a la complejidad abordada y superada. No creo que se haya hecho justicia con su papel en la política, son éstos unos tiempos olvidadizos, y muchos creen que las urnas vienen de serie, sin saber que hubo tiempo en que ni abonando los extras podían conseguirse.


Toca hablar de Suárez, el hombre que fue capaz de convencer a las Cortes franquistas de votar su propia defunción para dar paso a un país de libertades democráticas. ¿Cuántos pueden decir eso? ¿Cuántos políticos han sido capaces de desmantelar una dictadura por las buenas? Y aun mirando más a ras de suelo, repasando la praxis, también cabe acordarse de los Pactos de la Moncloa, aquellos acuerdos entre los diferentes agentes sociales para abordar la crisis económica de los setenta. ¿Se ven hoy por algún lado pactos similares, incluso con la que está cayendo?


La Transición, vista desde la distancia, pierde fuelle. Como todo, y sólo recordamos pasajes que se han quedado grabados, pero había que estar allí, en medio del ruido de sables, del terrorismo que ponía sobre la mesa un muerto casi a diario, con los políticos herederos del dictador empeñados en tenerlo todo atado? Quizá, la democracia era irrenunciable y hoy hubiéramos acabado, igualmente, en un Estado de Derecho porque no tiene sentido una dictadura en la Europa del siglo XXI, pero ello no debe restar méritos a quienes, como Adolfo Suárez, aceleraron el proceso sin la menor dilación.


Al menos, que no se olvide el recuerdo de un hombre sereno y orgulloso de presidir un país con la fuerza inquebrantable de no doblar la rodilla frente a las balas de los golpistas.

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