'Mariliendre' brillante chute de nostalgia dosmilera con coloridos y resultones números musicales

Entre diálogos ingeniosos, triunfitos, drogas diversas y un desmadre barroco de neones, colorines y purpurina, aparecen temas como la amistad, las relaciones tóxicas o la necesidad de ser aceptados

Blanca Martínez, como Meri Román, en el centro, rodeada de sus amigos en 'Mariliendre'
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Blanca Martínez, como Meri Román, en el centro, rodeada de sus amigos en 'Mariliendre'
Blanca Martínez, como Meri Román, en el centro, rodeada de sus amigos en 'Mariliendre'

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Agencia Colpisa

Publicado el 10/06/2025 a las 09:45

Si los ochenta fueron de los baby boomers, los dos mil son de los miembros de esa generación criada entre OT y Sálvame que, además de desplazarnos de las barras de los bares y de las pistas de baile, han ido ganando terreno en la ficción española. Es su momento, que diría Rosa Benito, sobre todo porque son los que mejor leen la cultura pop. Y cuando haces pop, ya no hay stop.

Es lo que sucede en 'Mariliendre' (Atresplayer), la serie creada por Javier Ferreiro y escrita junto a Paloma Rando y Carmen Aumedes bajo el auspicio de los otros dos Javis, Ambrossi y Calvo. Repleta de referencias a cualquier tipo de manifestación de la industria del entretenimiento (la chinchilla de María Patiño, sin ir más lejos), Mariliendre es un divertimento desacomplejado en el que los que manejan estos códigos se van a encontrar en su salsa. ¿Y qué es una mariliendre? Lo explica la propia Meri Román (Blanca Martínez), protagonista de la serie, cuando dice “Y yo siempre ahí, al pie del maricón”. Porque una mariliendre es el punto de apoyo de sus amigos gais, la aliada fiel, la confidente. Con ellos comparte secretos, líos, desencantos, alegrías y fiesta, mucha fiesta. Hasta que llega a su fin y hay que recoger el salón.

Para Meri Román, la fiesta terminó hace diez años, pero aún le dura la resaca. Cumplidos los 35 y alejada de una época gloriosa en la que fue la reina de las mariliendres, lleva una vida vulgar y anodina, y tan solitaria que ninguno de sus antiguos amigos la acompañan en el velatorio de su padre. No sabemos qué ocurrió para que esa amistad se rompiera, pero la respuesta la vamos encontrar a lo largo de seis capítulos que van encadenando con acierto pasado y presente y en los que Meri, además de intentar volver a contactar con sus amigos para cerrar viejas heridas, inicia tanto un proceso de autodescubrimiento como una búsqueda para conocer la auténtica realidad de su padre.

NÚMEROS MUSICALES

Pero el alma de la serie se manifiesta en las canciones: sí, Mariliendre es un musical trufado de estupendos, coloridos y resultones números musicales en los que los protagonistas bailan y cantan por Chenoa, Sonia y Selena o Fangoria y que, lejos de ser un mero aderezo, se engarzan hábilmente en la narración: unos conmueven al ser la vía que utilizan los personajes para manifestar sus sentimientos; otros son puro ingenio, ironía y divertimento, como escuchar Toma vitamina cuando se están empastillando.

Así, a fuerza de musicones dosmileros, petardeo, brillos y tops de Blanco, va avanzando la trama alrededor de Meri Román. O de la magnética Blanca Martínez, capaz de pasar de la soberbia a la vulnerabilidad en pocos segundos y de eclipsar a quien se le ponga al lado, algo que tiene mucho mérito porque si en su pandilla de amigos nos encontramos, entre otros, con Omar Ayuso y Carlos González, su familia está formada por Nina (la directora de la Academia de OT durante las tres primeras ediciones), Mariano Peña y Mariona Terés, otra robaplanos. Pero, entre diálogos ingeniosos, triunfitos, drogas diversas y un desmadre barroco de neones, colorines y purpurina que es un festín visual, también aparecen temas como la amistad, las relaciones tóxicas, la necesidad de ser aceptados, la capacidad para perdonar y perdonarse y la búsqueda de la propia identidad. Por si fuera poco, Mariliendre tiene tiempo hasta de añadir un apunte sobre cómo muchas mujeres buscan la aprobación de la mirada masculina.

Es cierto que la serie hace aguas en algunos aspectos, como la resolución de la trama principal, que no convence del todo por su precipitación, o la escasa atención a ciertas subtramas, pero vale la pena asistir al viaje que hace Meri Román al pasado para aprender a vivir su propia vida en el presente. Es un disfrute acompañarla.

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