Final del Cuatro y Medio
Peio puso su música en el Bizkaia
El navarro conjuga pausa y voracidad en una final de emociones


Publicado el 17/11/2025 a las 05:00
La final inédita entre Peio Etxeberria y Zabala disparó las emociones en el Bizkaia. No le faltó calor al de Zenotz, con pancartas y aliento de los suyos, y la hinchada riojana se dejó notar después de tanta espera. Un día grande para la pelota en la cancha y en la grada, con unos 2.500 espectadores ya que se quedaron a la venta 500 entradas aproximadamente. El desenlace duró menos de lo que a muchos les hubiese gustado por el vendaval de Peio Etxeberria.
Las luces azules y rojas alumbraban el pasillo hacia el Cuatro y Medio. Javi Zabala lo cruzaba como el riojano que pisaba una final de la distancia 18 años después. Precisamente en el videomarcador gigante se proyectó esa final entre Retegi II y Titín III. Peio Etxeberria tenía que lidiar con la presión de intentar ganarla, como hizo aquella vez Julián, después de dos derrotas seguidas en el paso definitivo. Tocaba.
El choque de manos entre los protagonistas prendió la mecha. La tensa calma dio paso a un ritmo vertiginoso. El comienzo con ventaja de Zabala disparó los ánimos de su gente. Entró como un ciclón para agitar sus opciones. Un terreno que le interesaba, pero del que se alejó Peio con templanza para cambiar la alegría de lado.
TRANQUILIDAD ENTRE EL RUIDO
El 10-4 ya marcaba tendencia para hacer volar al colorado y tumbar al azul. La música electrónica sonaba a todo trapo en cada descanso. Y Peio puso su banda sonora particular con remates inverosímiles, mientras Zabala pasó del enfado a la resignación.
El navarro no alteraba el gesto mientras hacía camino. Respiración marcada, paso tranquilo y rumbo al siguiente saque. La txapela estaba cerca, los decibelios subieron, pero la paz que transmitía era pasmosa.
“¡Sí se puede!”, se escuchó desde el rebote del frontón bilbaíno, donde se situaron los seguidores más ruidosos de un Zabala que torcía el gesto en cada fallo. Se le escurría el partido con cierta rapidez. A Peio le salía todo, con ganchos milimétricos. El Bizkaia se rindió al acierto del navarro, serio, concentrado y certero.
La efímera reacción de Zabala encendió al público, que quería una final reñida. Pero era la gran tarde de Peio Etxeberria, que no ha tenido un camino de rosas para llegar hasta la gloria. Su voracidad terminó por arrasar cualquier intento de Zabalza. La felicidad era tal que subió corriendo a la grada, donde estaba su familia. Fue el único momento en el que se salió de su ritual. La txapela era suya.

