Final de temporada

¿Qué hace latir a un corazón rojillo?

Casi nadie apostaba por una temporada con estos resultados; las exigencias y las críticas excesivas han emborronado un gran curso de Osasuna

Un corazón rojillo /
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María Vallejo

Publicado el 24/05/2025 a las 23:27

La despedida de Unai García en rueda de prensa, el pasado jueves, a sólo dos días de terminar la temporada, escenificó lo extraño y contradictorio de esta temporada. Un capitán que se marcha con un nudo en la garganta. Unos compañeros que se quedan tristes. Unos entrenadores que se van en silencio. Un ambiente de melancolía. Nadie diría que es un equipo que iba a luchar por meterse en Europa 48 horas después. Es como si tras el adiós de Unai se escondiera mucho dolor latente. Y esta temporada la desazón ha podido en demasiadas ocasiones a la felicidad. ¿Pero qué está pasando? ¿Dónde está ese osasunismo disfrutón? ¿Dónde quedaron aquellas agonías, casi siempre con final feliz, que eran intrínsecas a ser rojillo/a? ¿Qué intenciones ha habido detrás de esas críticas furibundas al juego del equipo o al jefe del barco? ¿Por qué se deseaba a un entrenador que no iba a venir y se dejaba en evidencia que el que sí estaba no tenía la confianza necesaria? ¿Desde cuándo no se pitaba a futbolistas de nuestro equipo en El Sadar? ¿Nos hemos vuelto un club más?

EL MARRÓN DE SUSTITUIR A JAGOBA ARRASATE

Cuando sigues a Osasuna durante décadas y compruebas que tus sensaciones son compartidas desde las entrañas del propio equipo, es que no son sólo sensaciones. Este sábado 24 de mayo el equipo rojillo peleó por el premio de estar en Europa, algo a lo que no ha optado casi nunca y que no esperaban seguramente ni los protagonistas al comenzar la temporada. La afición, todavía menos, ya que estaba en su mayoría con el mazazo anímico de la marcha de Jagoba Arrasate a cuestas.

Quien viniera a suplir al de Berriatua tenía un papelón tremendo. Seis años magníficos -o así se interpretó casi por unanimidad- con Jagoba al frente convirtieron a un Osasuna de Segunda en un gran conjunto consolidado en Primera, con una base sólida y brillante de jugadores navarros (el peso de Jon Moncayola, Aimar Oroz, Jesús Areso, sobre todo, pero también de Jorge Herrando, Kike Barja, Iker Muñoz o Pablo Ibáñez ha sido gigante) y unos refuerzos cuyo arraigo les ha convertido casi en futbolistas de casa. Sí, Sergio Herrera y Rubén García tienen ya casi acento navarro y, ojo, son de los poquitos que quedan del último ascenso, el de 2019. Lealtad. Tenerles a ellos como representantes del jugador que llega para sumar, marcar diferencias y quedarse es un lujo impagable. Y también contar con obreros cualificados que asumen su rol más secundario sin rechistar, como Juan Cruz, Rubén Peña y, en especial, Aitor Fernández.

Armar un vestuario sano no es fácil y Osasuna lo ha sido construyendo año a año sin manzanas podridas, que las ha habido en épocas pasadas y no lejanas. Y dirigir ese vestuario es más sencillo que cuando hay futbolistas díscolos que se anteponen al bien colectivo. Aun así, ser entrenador nunca es tan fácil como parece escuchando a ciertos aficionados en la grada de El Sadar, en el bar viendo la tele, escuchando tertulias en la radio o, madre mía, leyendo redes sociales.

Ha ocurrido siempre, pero, desde que se ha instaurado la facilidad de atizar bajo un pseudónimo cobarde, la toxicidad de los ambientes futbolísticos es insoportable. Y ha cruzado los límites del vestuario. Aunque dicen que no leen, no escuchan, no se enteran, leen, escuchan y se enteran. Hasta el punto de que se tira la toalla (no sólo por eso, obviamente, que desde dentro del club se ha podido hacer bastante más).

MUCHOS ENTRENADORES DE PACOTILLA

Los entrenadores de pacotilla han existido siempre. Esos que, sin carnet alguno y con comentarios de cafetería que diría Miguel Ángel Lotina, aseguran que con otro sistema tendríamos 8 puntos más. Ojo, eh. Que ahora el fútbol es una ciencia exacta y no nos habíamos enterado. Que si juegas con cinco atrás eres un cagón aunque de esos cinco dos estén casi siempre buscando a sus compañeros de ataque. O que no cuentas más que con 13 jugadores y has quemado al resto, pero si los utilizas también mal porque no aportan nada. Y que les has dado órdenes a los jugadores de que se echen atrás porque sí, para perder. Porque los futbolistas, los deportistas de élite en general, son robots, no sienten, no tienen miedo, no se ponen nerviosos, no se desconcentran.

Los entrenadores de pacotilla saben más que Vicente Moreno, al que le dieron un año pelado de contrato y buscó el objetivo lógico. Mantuvo su discurso de la permanencia y desató las iras de muchos por soso, plano y reservón. Qué poca ambición oye. Con lo barato que está Europa. Sin tener en cuenta que el fichaje estrella de tu equipo -o lo más parecido a eso- se ha pegado media temporada lesionado y no ha vuelto a ser el que era. Sin tener en cuenta los presupuestazos de clubes que están debajo.

A lo mejor, sólo a lo mejor, era más acertado asegurar la Champions de Osasuna, que era la permanencia -algo que se ha celebrado profusamente durante muchos años- y sólo una vez garantizado que el año que viene volverán a venir los Mbappés y Lamines a El Sadar, decir públicamente que sí, que vamos a por Europa.

EL PELIGRO DE ACOSTUMBRARSE

Ojo, todo el mundo tiene derecho a decir que se aburre o que no le gusta lo que ve. Pero habrá que analizar qué hay detrás. Porque aquí vino el Ajax a jugar una eliminatoria de la UEFA y medio Sadar estuvo vacío para ver a Osasuna ante el que fue campeón. Quizá tenía que ver que era la undécima temporada seguida en Primera. Y que, por tanto, los errores se repiten. Todos nos acostumbramos a lo bueno, a no sufrir. Todos queremos más. Lo que no es muy lógico es querer cortar cabezas en enero.

El día de su despedida, Unai García se abrazaba a sus compañeros con las cámaras de testigo. Y, como había ocurrido en El Sadar el domingo anterior, en segundo plano y con discreción, como durante toda su etapa en el banquillo de Osasuna, Vicente Moreno también repartía abrazos y palabras de cariño. También Daniel Pendín, que ya está preparando las maletas para estar con sus padres en Rosario.

Si nadie explica mejor qué ha ocurrido, Vicente, que no hay que olvidar que ha tenido que lidiar con dramas personales, y su cuerpo técnico se irán con una temporada sobresaliente como legado. Con la duda de qué hubiera pasado con confianza, con años de contrato, con permiso para fallar, con un filial del que poder tirar (lo de los eruditos que exigen minutos a los del Promesas sin saber ni en qué puesto juegan o que han estado todo el año en el alambre da para libro)... Y que también habrá hecho algo bien, con la segunda juventud de un motivadísimo Rubén García o un gigantesco Ante Budimir del que ya está todo dicho y que hasta dedicó un gol al míster en su peor momento.

A falta de esas explicaciones, sólo queda alguna lección para quien sepa ser autocrítico (algo que le tocará al club, a la prensa, a la afición, y por supuesto al equipo y al cuerpo técnico), pero sobre todo no olvidar de dónde venimos. Lo bien que estamos. Recordar que los cálculos de ayer eran por meterse en Europa, no por hundirse en la miseria. Aprender a disfrutar y ser feliz viendo a Osasuna, que bastante amargura trae la vida. Y preguntarnos qué hace latir a un corazón rojillo. ¿Jugar con navarros, que el juego transmita, ganar, que el entrenador sea gracioso, estar en Primera?

El legado de este año es gigante. Ojalá caiga en buenas manos. Porque Vicente no va a dar marcha atrás en su decisión, ¿no?

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