Protagonista
Abrazados al capitán
Oier emocionó a El Sadar con su gol tras anunciarse su adiós


Actualizado el 12/05/2022 a las 08:25
No podía ser otro. En la semana de Oier apareció el gran capitán para marcar, abrir la lata y recibir el primer homenaje. Reconocimientos, sí, pero sin dejar de competir al máximo. Así es Oier. Y así es Osasuna. A hombros y con el puño en alto celebró ese 1-0 que cabeceó todo El Sadar. Sobraban las palabras. Las emociones estaban a flor de piel. El capitán vivía su gran momento. El osasunismo coreó con fuerza su nombre. Besó el escudo. Los compañeros le auparon. Una imagen vale más que mil palabras.
Era el 15º gol de su carrera en el partido 354 defendiendo el escudo de Osasuna, probablemente uno de los más especiales por el contexto. Antes del partido, la grada se volcó para arroparle, aunque en un ambiente más apagado por la ausencia de ánimos de Indar Gorri. Solo los gritos de “¡Oier!” encendieron algo la caldera rojilla.
La megafonía anunció el 6 de Osasuna, “gure kapitaina (nuestro capitán)” y subieron los decibelios. Era su día después de conocerse públicamente que termina su ciclo en Osasuna. Se hizo una foto con su familia en los prolegómenos, muestra de que era un día especial. Quiere exprimir hasta el último momento.
Ocho minutos tardó en destaparse a lo grande. Roberto Torres ejecutó un pase magistral hacia adelante, en carrera, como lo quería Rubén García. También como quería Oier puso el centro el de Xàtiva. Un caramelo. Y ahí estaba el capitán. A la espalda de Jorge Cuenca. Hábil y oportuno. Con fe. Conectó un remate de cabeza poderoso que se marchó al fondo de la red para desatar esa celebración icónica que ya forma parte de la historia de Osasuna.
Ya no había que guardar el secreto y no hubo filtros después de ese festejo también simbólico de Kike Barja en el RCDE Stadium. Todos querían poner en valor a Oier, un jugador más acostumbrado a desempeñarse en la sombra y no acaparar titulares. Pero era su momento.
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UN DÍA ESPECIAL
La cascada de reacciones de sus compañeros a su marcha deja clara su importancia en el vestuario. Es el líder. Es el ejemplo. Ese cariño se puso de manifiesto con la piña en torno al capitán. Felicidad plena. O casi. Porque ese gol no sirvió para sumar los tres puntos después de que llegara el empate. Una lástima.
Oier tenía ganas y apareció con peligro. Tuvo otro disparo para poder marcar. El Sadar le ovacionó a rabiar, hasta cuando intentó un pase. Un agradecimiento mutuo que pudo devolver cuando fue sustituido. Le cedió el brazalete a David García en esa especie de relevo generacional que vive la plantilla. Se marchaban del campo Oier y Roberto Torres. El estadio, en pie. El ‘10’, su gran amigo, se paró en la banda antes de salir para aplaudirle. Emocionante. Y eso que no era el adiós definitivo. Queda la cita ante el Mallorca en casa para despedirle como merece. Su huella nunca se irá.
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