FALLECIMENTO DE MICHAEL ROBINSON
Michael Robinson y el desparpajo de un inglés incurable


Publicado el 29/04/2020 a las 15:35
Michael Robinson se despidió de la afición osasunista y de Navarra en enero de 1989. Dijo adiós con una entrevista a Diario de Navarra, que hoy reproducimos como testimonio de cómo era, cómo pensaba y como sentía la persona que estaba detrás del jugador que levantó las gradas e hizo vibrar a la afición rojilla.
La entrevista viene precedida de una introducción que luego figuró en el libro "Entrevistas con Navarra al fondo. Personas y Momentos", editado en 2003 por Diario de Navarra, cuya autora es la periodista Inés Artajo, y que forma parte de la Biblioteca Básica de Navarra.
En enero de 1989, Michael Robinson tenía 30 años y una agilidad de pensamiento y un desparpajo de verbo inusuales en el mundo del fútbol. Le acompañaba también el síndrome que nunca ha ocultado, el de “inglés incurable”, que tiende a comparar cualquier hecho o sentimiento con los de su país poniendo casi siempre el suyo como unidad de medida. Claro que aquello poco importaba a los miles de aficionados pamploneses que sólo buscaban que el delantero marcara gol cuando Goicoechea le centraba desde la banda derecha o a quienes, ajenos al fútbol, sólo sabían de Robinson que era un jugador de Osasuna que recogía aplausos en El Sadar, que llevaba ruido en la calle y que había pedido el finiquito en el equipo navarro.
El último era mi caso, así que supongo que habría acudido a que me auxiliaran mis compañeros de la Sección de Deportes, como cada vez que tenía que entrevistar a alguien que se entendía con un balón, una pelota, una bicicleta o un piolet, objetos que nunca me han provocado afición ni interés.
Desconocer casi todo de una persona no exime al periodista de ir absolutamente preparado con todos los datos sobre ella. Por puro respeto a quien concede unas horas de su tiempo y se pone en manos de otra persona. Aprendí de víspera que nombres tan lejanos como los equipos deportivos Preston, Manchester City, Brighton, Liverpool y Queen’s Park Rangers habían sido la vida de Robinson y que el resultado del 5-4 en la tanda de penaltis en la Copa Europea de 1984 (Liverpool-Roma) eran los que habían hecho que el personaje que se marchaba de Pamplona hubiera sido una figura fundamental del fútbol británico y europea de esa década.
La cita era en el bar del Navarra Squash Club, a media mañana. Allí estaba. Recién duchado, repeinado y dando los buenos días a la vez que miraba su reloj de muñeca. Un periodista detecta siempre que algo puede empezar a ir mal cuando el entrevistado mira el reloj a la vez que coge la silla. “Disculpe, es que dentro de quince minutos tengo que ir a Vitoria a recoger a un amigo que llega en avión”. “Sin entrevista”, fue mi primer pensamiento. En fin. Primera pregunta. Respuesta de Robinson. Segunda pregunta. Respuesta. Tercera… Y el milagro.
“Señorita, es cierto que tengo que ir a Vitoria, pero esta entrevista va a continuar, se lo prometo. Pregunta cosas que me interesan.” Y así fue. La conversación se aplazó a última hora de la tarde y en otro marco. El antiguo local de “Los duques de Wellington”, bien conocido por Robinson y sus famosas noches pamplonesas.
El futbolista se sintió a sus anchas hablando de todos los temas que no fueran fútbol. Esfuerzo, fama, dignidad, familia, política, huelgas, dinero, terrorismo… No puso reparos a ninguna pregunta. No evitó dibujarse tal y como era: “soy burgués, soy conservador, soy thatcheriano y monárquico… ustedes, ustedes los españoles, siempre tan ocultistas y, a veces, tan incoherentes, como les digo a algunos compañeros de mi equipo, que acuden a misa en el castillo de Javier y blasfeman dos minutos después”.
Que no le faltaba pensamiento ni verbo se vio poco después y se comprueba cada domingo, cuando Michael Robinson aparece cada semana como atinado y divertido analista de fútbol en uno de los programas televisivos líder de audiencia.