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Miguel Induráin

El cuarto de siglo del quinto Tour de Miguel Induráin

Tal día como hoy hace 25 años Miguel Induráin vestía por última vez en su vida el maillot amarillo de ganador del Tour de Francia en los Campos Elíseos de París. Fue la quinta y última vez. El pentacampeón revive las claves del pentacampeonato

Foto de Miguel Induráin, en 1995 haciendo el cinco, la foto con la que se hizo el poster del Tour, y en 2020, el pasado sábado en su marcha cicloturista.
Induráin, en 1995 haciendo el cinco, la foto con la que se hizo el poster del Tour, y en 2020, el pasado sábado en su marcha cicloturista.
SESMA / CASO
Foto de Riis, Induráin y Zülle, en los Campos Elíseos el 23 de julio de 1995.
Riis, Induráin y Zülle, en los Campos Elíseos el 23 de julio de 1995.
SESMA
Actualizada 23/07/2020 a las 06:00

Miguel Induráin tiene manos grandes, recias. “Con esa palanca y el físico que tenía podría haber sido un gran zaguero”, dice un pelotazale. Pero con esas dos grandes manos, un corazón y una capacidad pulmonar dignos de estudio, más una cabeza hecha para la bicicleta, el villavés triunfó en el ciclismo. La máxima expresión de su obra ciclista se produjo tal día como hoy hace 25 años. Induráin se convertía en el primer corredor de la historia capaz de ganar cinco tours de Francia consecutivos. El símbolo de aquella victoria fue su gran mano extendida. Cinco, un número mágico, inalcanzable.

1995 tenía para Miguel Induráin el sabor de un año histórico. Y no solo por el hecho de poder entrar en el club de los más grandes de la historia en el Tour junto con Anquetil, Merckx e Hinault, sino porque podía establecer una nueva frontera. Cinco tours seguidos. El camino previo hasta Francia estuvo trufado con victorias en la Rioja, Midi Libre y Dauphiné. “Aquel año me costó coger la forma, pero cuando la cogí, marché muy bien”, recuerda el pentacampeón.

El Tour de Francia 1995 comenzaba con una contrarreloj en Saint Brieuc, donde ganó Durand y Miguel fue el 35º. Tenía por delante una crono por equipos de 67 kilómetros, dos individuales de 54 y 46 kilómetros, respectivamente, y se pasaban los Alpes -llegadas en La Plagne y Alpe D´Huez- antes que los Pirineos. Aquel Tour se planteó como un mano a mano entre Induráin y el resto del mundo, pero especialmente entre el villavés y el bloque del ONCE, que tenía en sus filas a Laurent Jalabert y Alex Zülle.

EL DÍA DE LIEJA

Curiosamente, la victoria del quinto Tour no comenzó a fraguarse en una crono individual, como en tres de los anteriores. Sino de víspera. El 8 de julio se disputaba la séptima etapa, Charleroi-Lieja, de 203 kilómetros. Los últimos 120 transcurrían por el mismo trazado que la Lieja-Bastoña-Lieja, con nueve pequeñas cotas. Hacía un calor infernal.

Sucedió que en la antepenúltima cota el ONCE lanzó a Jalabert para el esprint bonificado. Cuenta Carlos Tigero en su libre 'La estela de Miguel' que Manolo Saiz se acercó al grupo cuando faltaban 28,5 kilómetros.

-¡Ahora! ¡Que va solo hay que reventarle!

Pasó que en la penúltima cota, Mont-Theux (2,9 kilómetros al 5,3% medio y una trampa final del 10%), Induráin montó el plato grande de 53 dientes y puso el Tour patas arriba. Dejó el grupo, cazó a Bruyneel y Boyer fugados y se fue a Lieja como una locomotora en 25 kilómetros que fueron memorables. Solo el que después fue director de Lance Armstrong pudo aguantarle a rueda, y terminó ganándole la etapa. Induráin sacó al grupo de favoritos 50 segundos en la meta de Lieja.

“Ese Tour desde la salida estuvimos en un cisco diario, hubo muchos cambios de líder, si iba a mil por hora y se batieron récords de velocidad. El día que se hacía el recorrido de la Lieja hubo muchos ataques, el equipo trabajó muy bien y vi una buena situación de carrera. Conocía bien el sitio, arranqué allí, vi la situación y tiré para meta sin parar, salió bien”, rememoraba Induráin hace unas fechas.

EL GOLPE MENTAL

Al día siguiente se disputó la contrarreloj de Seraing. 54 kilómetros en los que todo el mundo esperaba la dentellada definitiva de Induráin. Ese día el villavés corrió con el modelo de la Espada de Pinarello adaptada a carretera, en la que no terminaba de encontrarse cómodo.

Aunque Induráin marcó los mejores tiempos desde el comienzo, no terminaba de romper como en otras cronos. Y eso que dobló a Jalabert a 20 kilómetros de meta. Las diferencias con Riis, que es día montó un 55x11, eran mínimas. Unzué le pidió un último esfuerzo, y terminó ganando a 50 de media por tan solo 12 segundos. Aquel día Miguel se vistió de amarillo y después de las dos jornadas belgas aventajaba en 1:02 al danés del Gewiss, 1:48 sobre Rominger. Sin haber ascendido una sola montaña, las diferencias eran enormes.

“Luego vino la contrarreloj, que también me salió bien. Y entre los dos días creo que les rompí los esquemas a los rivales, se vinieron mentalmente abajo. Yo noté en la montaña al día siguiente que la gente estaba más baja. Las fuerzas quizá eran parecidas, pero ese tipo de movimientos son los que de verdad deciden una carrera como el Tour”, recordaba Miguel Induráin, que ese Tour se llevó dos victorias de etapa.

EL EQUIPO, EL CONTROL

Miguel Induráin estuvo acompañado en el Tour de Francia de 1995 por Marino Alonso -su gran hombre de confianza- los franceses Thomas Davy y Gerard Rue, Vicente Aparicio y el núcleo vasco: Ramón González Arrieta, Aitor Garmendia y José Ramón Uriarte. Gente curtida, veterana y con las ideas claras.

El villavés afrontó la montaña con cómodas ventajas, pero le quedaban Alpes, Macizo Central y finalmente Pirineos. No se lo pusieron fácil los hombres del ONCE. Fue en dos días diferentes, y con sus dos líderes.

El suizo Alex Zülle, que hizo una crono desastrosa, probó fortuna en los Alpes. Llegó a tener más de cinco minutos al coronar el Cornet de Roselend, lo que le convertía en líder virtual del Tour de Francia. Pero ni Induráin ni su equipo perdieron los nervios. Aplicaron su estilo. Dosificó a sus compañeros, en especial Rue y Aparicio, y a falta de 11 kilómetros para el final fue el propio Induráin quien pasó al comando. Él en persona, a su ritmo, siempre sentado y con las manos en la cruceta del manillar, fue eliminando uno a uno al grupo de 16 que iba con él, entre los que estaban escaladores como Virenque, Pantani, Chiappucci... ese día Riis perdió más de cuatro minutos.

“A partir de ahí fue todo más controlado. El equipo me trabajó muy bien, y creo que fue el Tour que corrí más a mi estilo. Saqué tiempo en mi terreno, y luego me dediqué a controlar la carrera. Hombre, hubo etapas complicadas como la de Mende con Jalabert o la de La Plagne de Zülle, pero eso era una cuestión más del equipo, y ellos trabajaron muy bien, la verdad”, recuerda Miguel Induráin.

La otra jornada en la que el ONCE trató de sorprender a Induráin fue el 14 de julio, fiesta nacional francesa, una jornada rompepiernas de 222,5 kilómetros con final en Mende. El equipo de Manuel Saiz trató de reventar al Banesto y a Induráin de salida. A 85 de meta, Jalabert tenía más de 10 minutos de ventaja, el villavés estaba solo. Pero luego empezó a contar con la colaboración de otros equipos. El vivir y dejar vivir del que siempre hicieron gala Echávarri, Induráin y el Banesto de la primera mitad de los 90, dio su fruto.

“Es el Tour que más he dominado, sobre todo mentalmente. La forma que tuve de correr aquel año les rompió los esquemas a todos”, apunta Induráin.

Ocho días después de la batalla de Mende, de pasar los Pirineos -donde falleció Fabio Casartelli en el Portet de Aspet- Induráin ganó la que fue su última victoria en el Tour de Francia. El 22 de julio, en Limousin, el villavés sentenciaba el Tour imponiéndose en una crono de 46,5 kilómetros. Lo hizo con su bici de crono convencional, sin Espadas ni inventos raros. Y con un plato de 55 dientes, para no pasar los apuros de la primera contrarreloj.

COLORADO Y COLOMBIA

Aquella temporada Miguel Induráin disputó la Clásica San Sebastián. Ese día Echávarri y Unzué le propusieron renovar por dos años, Miguel optó por uno. Aquella campaña el campeonato del mundo en Tunja (Colombia) y un récord de la hora en altitud se convirtieron en el último objetivo. Y lo prepararon a conciencia.

Induráin hizo un ciclo en altitud en Boulder -Colorado- junto con su hermano Pruden, el Chava, Santi Blanco, más Vicente Iza, Sabino Padilla, Alfonso Galilea... y su mujer, Marisa López de Goicoechea, que estaba embarazada de su primer hijo, Miguel.
Después de tres semanas de concentración llegó la tourné colombiana. El mundial de crono, en el que consiguió el maillot arcoíris. La plata histórica en el mundial de ruta, el 8 de octubre en Duitama. Aquel pinchazo en la penúltima vuelta que dio al traste con el sueño de Induráin de hacer un año vestido con el arcoíris de campeón del mundo. La guinda al palmarés irrepetible del pentacampeón.

“No fue fácil lo de después de Tour de Francia. Lo más duro fue irme a altura en Colorado, estuvimos mucho tiempo, y la llevaba mucha tralla de la temporada. Empecé a preparar el Tour en diciembre, y al final el año se me acabó haciendo muy largo”, recuerda Induráin. “La pena fue el pinchazo en el Mundial, la carrera estaba organizada y controlada. La selección había trabajado muy bien, pero el pinchazo rompió toda la carrera. Ha sido de los momentos más duros de mi carrera, sobre todo de cabeza. Aquello cambió todo, se volvió caótico”.

Y después vino el fallido récord de la hora en altura. Pero aquello fue otra historia.

EL CRUEL DESTINO DE SUS COMPAÑEROS DE PODIO

Induráin estuvo escoltado en los Campos Elíseos por Bjarne Riis (Gewiss) como segundo, y Alex Zülle (ONCE), tercero. Riis ganó el Tour al año siguiente, si bien el danés reconoció ti en 2007 que ganó aquel Tour dopado. Después se hizo cargo del equipo CSC; en la actualidad trabaja para volver al ciclismo. Zülle siguió en el ONCE hasta 1997, después fichó por el Festina, y se vio involucrado en el ‘Caso Festina’ y su trama de dopaje. Luego corrió en Banesto, y Phonak, donde se retiró en 2004.

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