Balonmano
Nerea Pena ya está en casa con su medalla de plata
La subcampeona llegó este miércoles por la noche a Noáin y fue recibida por su familia


Actualizado el 18/12/2019 a las 08:58
Son días intensos para Nerea Pena. Desde que el domingo se colgó la medalla de plata del Mundial de balonmano, la jugadora navarra no ha parado. En medio de una vorágine de felicidad, tras el primer disgusto por el polémico desenlace ante Holanda, la selección no ha dejado de recibir reconocimientos, pero el más bonito, el más cercano, le llegó ayer a Nerea al llegar a la terminal de Noáin y volver a encontrarse con su familia y amigos.
Han sido muchos meses fuera de casa, ya que la pamplonesa milita en el Siofok húngaro y después se incorporó a la selección para viajar a Japón. Por eso, Nerea Pena Abaurrea, que ha cumplido 30 años en el Mundial (fue en vísperas de la semifinal cuando recibió la felicitación de sus compañeras), necesitaba más que nunca el calor de los suyos.
Eran las 23.15 de la noche de ayer cuando el vuelo procedente de Madrid aterrizaba en Noáin. Atrás quedaban dos días en los que, nada más terminar la ceremonia de medallas donde recibió la plata mundial, se metió entre pecho y espalda 14 horas de viaje en avión para llegar a la capital de España. La selección fue directa a la Moncloa, donde les recibió el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Lejos de descansar, ayer fue día de visitas a los principales patrocinadores de la selección, como Helvetia, Correos o Safyr. Un día que finalizó con otro vuelo, pero esta vez rumbo a casa.
Cuando, minutos después, la primera línea de la selección salía por la puerta de equipajes, una ovación sonó en el aeropuerto. Debido al trasnochador horario, sólo los más cercanos a Nerea, sus padres, Hortensia y Carlos, su hermana mayor, Miren, y su primo, Mikel, estuvieron en Noáin, junto a uno de los mejores amigos de la familia Kike Puy, que acudió con su hijo Álex. Fue el niño, enfundado con una camiseta verde del anterior equipo de Pena, el Ferençvaros, quien se llevó el abrazo más efusivo de la jugadora, que le levantó por los aires. Sus padres, orgullosos, besaron y abrazaron a su hija, a la que ya habían ido a recibir el domingo a Madrid junto a su hermana, que reside allí, pero también estuvo en Noáin.
En el avión, viajaba un grupo de estudiantes de Jesuitas de intercambio en Hamburgo. Curiosamente, varios de ellos son jugadores de balonmano de Loyola y estaban eufóricos de coincidir con la subcampeona del mundo, con la que se fotografiaron. Nerea jugó en el Loyola.
Las lágrimas de una guerrera feliz
Feliz, pero agotada, se excusaba antes las dos periodistas que se encontraban en Noáin, porque ya no le salían ni las palabras de tanta emoción contenida y cansancio. Pero, finalmente, resumió sus emociones: “Estoy muy contenta, hemos conseguido un éxito impresionante. Al principio, tuvimos sensación amarga, pero en cuanto tuvimos la medalla en el cuello nos dimos cuenta de lo importante que era lo que habíamos conseguido. Esto es algo que siempre vamos a recordar y ahora sólo siento felicidad. Me vinieron muchos recuerdos...”
En ese punto, Nerea se rompió. Sus lágrimas inundaron su rostro. Imposible describirlo. Emoción en estado puro. “Estoy bien, sólo cansada”, dijo, antes de abrazarse a los suyos. Estará en Pamplona hasta el día 25. Después, el balonmano continúa para la gran guerrera.
