Arte
Fallece la pintora pamplonesa Gloria Ferrer
Formó parte de la gran generación de artistas nacidos en los años 20 y 30 del siglo XX


Publicado el 19/10/2026 a las 17:16
La pintora pamplonesa Gloria Ferrer García falleció este lunes 19 de octubre a los 90 años. Fue uno de los referentes de la gran generación de pintores navarros nacidos entre los años veinte y treinta del siglo XX, a la que pertenecían Muñoz Sola, Ascunce y Lasterra, Echauri, Beunza, Buldain o Martín Caro, Eslava o Apezetxea. Ferrer, con Ana Mari Marín, fueron las mujeres artistas más conocidas de dicha generación.
Gloria Ferrer nació en Pamplona el año 1936, de familia procedente de la localidad de Mélida, donde residían. Su padre, Andrés, fue el farmacéutico de Mélida y la propia Gloria siempre se sintió parte de dicha localidad.
Gloria, volcada de siempre por las Bellas Artes, se formó inicialmente, en los años cincuenta, en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona, con el magisterio de Gerardo Sacristán. Pasó también por la academia del maestro Javier Ciga, del que siempre guardó un recuerdo imborrable. Ella siempre manifestó que ella aprendió a dibujar antes que a escribir, según explicó en un artículo para Diario de Navarra José María Muruzabal.
Ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y fue la primera mujer navarra que ingresó en dicha institución formativa. Allí realizó el primer curso; a continuación se trasladó a la Escuela de San Jorge de Barcelona, donde terminó sus estudios. Posteriormente, siguió su aprendizaje en el taller de Ramón Sanvisens, en la Puerta del Ángel de Barcelona. Al terminar su carrera amplió también su formación en el estudio de Ramón San Viçens y con Santasusana, antes de iniciar su primera exposición individual en la Sala de Arte Moderno de Barcelona en 1965. Desde mediados de la década de los sesenta se asienta definitivamente en Pamplona, dedicándose en cuerpo y alma a la pintura. Sus exposiciones en Navarra son repetidas, destacando las celebradas en las salas de Arte de la CAMP, la primera en febrero de 1965 con 39 cuadros.
Su pareja de vida, durante muchos años, fue Josetxo Crespo. Tuvieron un hijo, Jon Ander. Gloria Ferrer dedicó también parte de su tiempo para trabajar como profesora de dibujo en un instituto de Pamplona, si bien antes trabajó en Barañáin, Oronoz (donde descubrió los colores y paisajes de Baztán), Tafalla o Sangüesa.
Entre los premios obtenidos por la pintora destacaron el primer Premio Ciudad de Bayona, año 1961, con el óleo Bodegón, el segundo Premio Ciudad de Pamplona, el tercer Premio de Pintores Vascos y el del Salón de Otoño de Auterive (Languedoc-Roussillon). Existe obra suya en el Ayuntamiento Pamplona, Museo de Navarra, Casa Misericordia de Pamplona, Monasterio de la Oliva, Museo de Mijas, Casa de Goya en Fuendetodos y Fundación Caja Navarra.
LA ARTISTA
La producción estética de esta artista aparece siempre unida a lo figurativo, en línea expresionista y colorista, explica José María Muruzábal. "El color es la esencia de su pintura. El color fue el medio de expresión con el que ella nos trasmitió lo que sintió, vio o adivinó. Se trata de un lenguaje difícil que nuestra pintora domina; el color es la garra con que Gloria Ferrer atrae a quien contempla sus cuadros".
Su pasión por el color se atribuye a su vinculación con la Ribera de Navarra: “Allí los colores son limpios, puros…y hay mucha luz. El azul del cielo es maravilloso, como para pasarte todo el día contemplándolo”, o “el color es la vida, es la luz, es el símbolo de la alegría y creo que la vida hay que mirarla de esa manera”, solía decir la artista. Y, junto a este tratamiento del color, la plasmación de la luz: en la mayor parte de sus cuadros, luces intensas y directas.
Una pintura también con un componente de alegría e, incluso podemos decir, de hasta humor. Trasmitía que su planteamiento estético era “divertido” para que la gente que tuviera cuadros suyos en su hogar no se estuviera martirizando con dichos cuadros. Una pintura, además, narrativa que va más allá del fácil costumbrismo y que deleita con un auténtico desfilar de pequeñas o grandes historias, situaciones o simples anécdotas extraídas de la vida cotidiana y ordinaria.
En sus temas aparece un poco de todo, paisajes, naturalezas muertas, interiores, muchos autorretratos, escenas populares y costumbristas. Sin lugar a dudas, los cuadros con escenas de gitanos resultan muy característicos en su producción; personajes pintados que trasmiten enorme personalidad, con una vida y costumbres curiosísimas.
Destaca también la elaboración de algunas series de cuadros, con personajes populares, como la planchadora, las gitanas portuguesas, los bohemios, los retratos carnavalescos y diversas estampas navarras de la montaña y la Ribera. También su pintura acostumbra a transmitir una sensibilidad femenina. Su producción, mayoritariamente óleo, se completa con los dibujos a la cera o al carbón, su “magules”, divertimentos sobre la mitología vasca, y sus terracota policromadas, en su más desconocida faceta como escultora.
Josetxo Izurtuaga definía así el trabajo de la artista: “Una pintura narrativa que va más allá del fácil costumbrismo y nos deleita, a través de sus lienzos, con un auténtico desfilar de pequeñas o grandes historias, situaciones o simples anécdotas. Ya que detrás de cada lienzo siempre hay algo narrativo, sea lúdico, emocional, festivo, dramático, poético, sentimental, irónico o, incluso en ocasiones, cínico. Pero siempre un algo repleto de humanidad y sentimiento” (catálogo de la exposición en Galería Iruña de Pamplona, diciembre 1996 a enero 1997).