La aventura de viajar

Así veía Navarra un viajero inglés en el siglo XIX: del "aire puro" de Roncesvalles a la "desagradable y aburrida" Sangüesa 

F H. Deverell dedica dos capítulos a Navarra en su obra 'All Round Spain by Road and Rail, with a Short Account of a Visit to Andorra'

Palacio Real de Olite en el siglo XIX. Un castillo “de cuento de hadas”, según Deverell
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Palacio Real de Olite en el siglo XIX. Un castillo “de cuento de hadas”, según DeverellDN
Palacio Real de Olite en el siglo XIX. Un castillo “de cuento de hadas”, según Deverell

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Carmen Jusué Simonena

Actualizado el 23/08/2026 a las 11:59

F H. Deverell fue un viajero y escritor inglés del siglo XIX, conocido por su libro de viajes All Round Spain by Road and Rail, with a Short Account of a Visit to Andorra (Recorriendo España por carretera y ferrocarril, con breve relato de una visita a Andorra) publicado en 1884. El autor, que sentía gran simpatía por España, regresó para explorar a fondo el país y narra su recorrido utilizando el entonces novedoso sistema ferroviario y de carruajes.

F.H. DEVERELL Y SU VISITA A PAMPLONA Y RONCESVALLES

En su obra dedica dos capítulos a Navarra en los que habla de la capital, de una corrida de toros, de la observancia del domingo, del carácter religioso del pueblo navarro, de Roncesvalles y Burguete o de la hospitalidad de los navarros con los viajeros.

Sobre las nueve de la noche, menciona el autor, llegó a Pamplona, ”llamada por los romanos Pompejopolis, la ciudad de Pompeyo, quien la reconstruyó. Es una fortaleza de primera clase con larga y agitada historia militar. Tiene buenos jardines públicos. Su plaza principal es de las más hermosas de España y está en proceso de reconstrucción. La ciudad todavía es bastante anticuada y lúgubre. La catedral es sencilla por fuera, pero sus méritos interiores son grandes, y cuenta con hermosos claustros”.

Cuenta cómo el domingo por la mañana recibió chocolate con bizcochos en la cama, al estilo español. Observa que el domingo están todos los comercios cerrados y que predican en todas las iglesias, costumbre más generalizada en Navarra que en otras partes, y dice que es un pueblo muy religioso.

Queda admirado de las montañas en el norte y asegura que gracias a ellas Navarra ha sido un asilo de independencia y se ha mantenido libre contra los romanos, los moros y otros invasores. También hace una evocación interesante sobre Roncesvalles: “Era un lugar para alegrarse, tan libre del bullicio, las luchas y los celos del mundo, con un aire tan puro y una naturaleza tan encantadora, y con un acontecimiento histórico tan conmovedor relacionado con él. Era casi demasiado bueno: estaba en el valle de Roncesvalles, cuyas referencias han conmovido los espíritus poéticos de Dante, Milton, o Scott”,

ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE CIUDADES NAVARRAS; SANGÜESA, TAFALLA, OLITE...

De Sangüesa comenta que es una ciudad “desagradable, aburrida, marrón, pesada, pobre; calles enteras apenas tienen un cristal en las ventanas; pero muchas de las casas lucen escudos de armas”. Afirma que en Navarra es frecuente que las casas no tengan cristales en las ventanas, pero sí escudos de piedra sobre las puertas, fiel reflejo de su austeridad y pobreza, al mismo tiempo que de su nobleza.

De Tafalla ofrece una breve, pero evocadora descripción, destacándola como un lugar de importancia histórica y encanto pintoresco. La describe como una ciudad antigua residencia de los reyes de Navarra. Menciona su apariencia característica de las ciudades navarras, con calles estrechas y edificios que reflejan su herencia medieval. La sitúa en su ruta por el norte de España mientras viaja en tren (rail), observando el paisaje de la zona.

Describe Olite con una mezcla de admiración por su grandeza pasada y melancolía por su estado en aquel entonces. Quedó impresionado por las dimensiones y la arquitectura del Palacio de los Reyes de Navarra. Lo describió como una de las estructuras góticas más notables de España, destacando sus numerosas torres y su aspecto de “castillo de cuento de hadas”, incluso mencionando que en su época de esplendor debió de ser uno de los palacios más lujosos de Europa.

Al visitarlo a finales del siglo XIX, Deverell notó el estado de abandono y ruina de gran parte del palacio. Para él, esta decadencia le confería un aire romántico y pintoresco que buscaban los viajeros victorianos. Describió Olite como una ciudad que parecía “detenida en el tiempo”, con una atmósfera silenciosa y noble que contrastaba con el bullicio de otras ciudades industriales que visitó en su trayecto por ferrocarril.

Deverell viajaba con un espíritu curioso, por lo que también prestó atención a los detalles cotidianos, como el paisaje de viñedos que ya entonces rodeaba la zona, y la hospitalidad local. Conocido por su ojo detallista y su interés por la vida cotidiana, solía anotar en sus relatos la atmósfera de las localidades menos transitadas por los turistas británicos de la época.

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