Marta Sanz, escritora: "La apisonadora del pensamiento positivo es de una violencia infinita"
Con su poemario ‘Amarilla’ protagonizó el 7 de junio la última cita de la Feria del Libro de Navarra. “Muy golpeada” por lo que ocurre alrededor y consciente de su propio proceso de envejecimiento, reivindica su energía y su posibilidad de no callarse


Actualizado el 15/06/2026 a las 16:43
Para la escritora madrileña Marta Sanz, con la poesía en ocasiones “se señala lo que está y se busca la palabra precisa para señalar lo que está”, y lo dice porque en su última obra, el poemario 'Amarilla', se señala mucho: explora “cómo toda la tristeza o toda la alegría que un ser humano tiene dentro de sí está absolutamente conectada con lo que sucede fuera de él”. “El dentro y el fuera están conectados a partir del umbral de nuestra piel”, añade la escritora, que en noviembre cumplirá 59 años.
Dice en el poemario que todos los poemas le salen amarillos. Lo publicó hace nueve meses. ¿Hoy los poemas tendrían ese color?
Los poemas tienen que ver con un estado de ánimo, y el mío podría haber cambiado en casi un año, pero no ha sido así. Ese estado de ánimo se vincula con que vivimos en un tiempo en el que tampoco he visto que las cosas hayan ido mucho mejor. Si hubieran mejorado, o si hubiera visto en mi casa una recuperación deslumbrante de mi padre [recayó de una dolencia], seguramente mi estado de ánimo sería más positivo. Pero no. Sigo estando un poco amarilla.
¿Qué es estar amarilla?
El amarillo habla de un estado de ánimo ambivalente. Por una parte, de una tristeza, de una melancolía, de un sentimiento de que el tiempo pasa y es irreparable, de esa relación con las enfermedades hepáticas, la mala suerte, la muerte... Y por otra parte tiene mucho que ver con la explosión de la vida, con la naturaleza, con la luz hermosa. En este momento me siento muy golpeada por muchas cosas que pasan en nuestro entorno y, al mismo tiempo, por mi propio proceso de envejecimiento. Pero, aún así, me rebelo y reivindico mi luz, mi energía, mi posibilidad de no callarme y emitir un grito amarillo chillón ácido limón [sonríe].
Y eso que es un poemario con muchos colores: el rojo y naranja de la lava, el azul del agua, el rosa de la flor, el gris de la ceniza...
En toda mi escritura el peso de los cinco sentidos es importantísimo porque creo que mis textos son fundamentalmente corpóreos. Pero en este caso el filtro es amarillo porque tiene que ver con ese sentido del humor ácido que nos permite meter el dedo en la llaga hasta el fondo y poder seguir adelante.
Habla de la enfermedad de su padre, y un poema trata el cambio de roles padres-madres e hijas-hijos cuando estos pasan a cuidar y proteger a los primeros.
Quienes pasamos por esa tesitura nos damos cuenta de que la fragilidad de nuestros padres nos pone en contacto con nuestra propia vulnerabilidad. Me parece fundamental. Con la enfermedad de mi padre y su sentido del humor para afrontarla he aprendido que, cuando el ser querido enferma, es como si nos preparáramos para el duelo, nos anticipáramos a él, y a veces me parece una injusticia: es vivir esa experiencia como si nuestros seres queridos fueran muertos y no enfermos, cuando debes vivir la experiencia de acompañar, de estar con esa otra persona que aún sonríe pero no mucho, tiene días buenos y días malos, siente y padece. Debemos dar el do de pecho en esa tarea del cuidado y del acompañamiento, del cariño, del tacto y de la temperatura.
¿Por eso dice en un poema que anticiparse al duelo “es una forma sutil de asesinar”?
Aunque son las exageraciones de la poesía, en esa especie de duelo anticipado estás intentando protegerte, amortiguar el terrible dolor de una pérdida, cuando, en ese sentido, debemos ser mucho más generosas.
¿También por el “nada es después. Todo es ahora” que escribe?
Sí, y me lleva a recuperar una idea que he sentido muy poderosamente tras escribir Amarilla: probablemente soy una mujer muy poco preocupada por la trascendencia, por las grandes preguntas, por el sentimiento trágico de la vida. Me parece una preocupación respetable, pero no es la mía. No me preocupa el fin de mi conciencia individual en el momento de la muerte, sino la dignidad en el mientras tanto vivimos, y cómo en ese momento presente los cuerpos más frágiles y vulnerables -personas mayores, enfermas, pobres, quienes no se ajustan a determinados tipos de cánones de belleza o de comportamiento neurológico... - son los que pueden ser más atacados por las violencias del sistema.
¿Y esa preocupación por la dignidad la aborda en poemas sobre personas desahuciadas, pero también sobre Gaza, Ucrania, EE UU, auge de la ultraderecha...?
Absolutamente, y además creo que la preocupación por esa dignidad, pese a lo que puedan pensar determinadas personas que pueden tener un concepto más sofisticado de la poesía, también es materia de la poesía. En ‘Amarilla’ hay un poema dedicado a algo que podemos ver todos los días: personas desahuciadas de sus casas, dejarlas completamente a la intemperie, en realidad como si las estuvieras matando, como quitar al caracol el caparazón. Y sobre cómo las personas más frágiles son las más vulnerables por las violencias del sistema, como las personas mayores. En este poemario, para mí es muy importante dejar constancia de que, cuando utilizamos metáforas como “el frío de las personas mayores”, no estoy hablando del frío en el sentido de abandono, soledad... que también: estoy hablando de la necesidad del calor exacto de la estufa; cómo cuando más necesitas luz, agua, gas para calentarte, es cuando estás más fastidiado o más fastidiada, y eso habla fatal de nosotros como sociedad.
En 'Amarilla' señala crisis internacionales. Ante situaciones como estas, ¿en ocasiones sentimos que somos egoístas si señalamos lo que nos ocurre?
Claro. De hecho, el poemario acaba con un texto en el que se pide “perdón, perdón, perdón” por ser quejicosa, amarilla, por señalar a las mujeres desahuciadas, por hablar del cuerpo en un momento que no es de máximo esplendor del cuerpo... Precisamente en ese poema se ve muy bien cómo la autoparodia, el sentido del humor y la mala leche permiten meter el dedito en la llaga.
Lo que me resulta de una violencia infinita es la apisonadora del pensamiento positivo, un discurso dominante que lo cifra todo en la esperanza, que condena las distopías, que te dice que si quieres puedes, que te tienes que empeñar... un discurso en el fondo muy meritocrático y absolutamente falso. No es verdad que todo el mundo que quiera pueda, y cuando estamos diciendo eso a la gente, minimizamos sus desventajas y, de alguna manera, desactivamos su capacidad de protesta. Y es absolutamente legítimo que expresemos nuestro malestar: muchas veces, al señalar las grietas, lo oscuro y lo que se está resquebrajando queremos mejorar las vidas buscando la posibilidad de suturar la grieta.
Tengo un caso en mi casa: cuando mi marido se quedó en el paro siendo mayor, le decían que ya no encontraba trabajo con más de 50 años porque no tenía una actitud lo suficientemente proactiva. Ahí me di cuenta de la gran falacia: cuando depositas toda la confianza en el individuo y en la fuerza del individuo, lo que haces es quitar peso a los problemas sociales, políticos y sistémicos, y lo que tenemos que intentar transformar es eso, todos juntos a partir de nuestro sentimiento de comunidad. Otra cosa muy amarga del pensamiento positivo es el individualismo, que dinamita los vínculos y la conciencia de una fragilidad que necesita de los demás para salir adelante. En 'Amarilla' hay una mirada crítica, humorística y muy ácida sobre todo eso.
“Nuestro cuerpo no nos pertenece, pero es lo único que poseemos a fin de cuentas”. Qué obvio y cuánto se nos olvida.
Antes hablaba de esa falta en mí del sentido de la trascendencia: soy corpórea, orgánica, materialista en el sentido más literal del término. Pienso que hasta la propia literatura termina formando parte de nuestro cuerpo y de nuestro metabolismo. Soy consciente de que esto [el cuerpo] es lo que tengo, y por otra parte que esto [el cuerpo], con sus dolores, sus luxaciones, sus erosiones, también es consecuencia de los efectos de una vida cotidiana que no es igual para todo el mundo: para las mujeres que para los hombres, para los pobres que para los ricos, para las personas que nacen bendecidas con el don de la salud que para las que no.
Por esa falta del sentido de la trascendencia que ha comentado, ¿cómo lleva cumplir años?
Me enfrento muy bien a mis cumpleaños [sonríe], pero hay cosas que me hacen pensar. Me rebelo muchísimo contra la idea de que las mujeres deben conservarse bien y que eso pasa por que tu aspecto, tu actitud, tu jovialidad y tu deseo sean los de tu época de esplendor, los 25 o 30 años. Parece que envejecer bien implica no salir nunca de ahí y ceñirse a un modelo en el que el cuerpo resplandece. Y no es así: la vida es una sucesión de cuerpos diferentes. No podemos pretender estar como Demi Moore en la vida real o en 'La sustancia'. Porque eso en realidad alimenta las arcas de empresas que viven de eso y que se lucran fomentando un modelo ideal de cuerpo, cuando en realidad ese modelo te somete permanentemente a violencias para que las mujeres seamos siempre homogéneas e idénticas y tengamos todas 30 años. Por eso, en 'Amarilla', sin querer romantizar la vejez, pues tiene sus problemas y dificultades, intento encontrar la belleza en una mano sarmientosa o en una piel fina donde se empiezan a transparentar las venas de todos los colores. Asumirlo con naturalidad es una forma de asumir la propia muerte en un momento determinado sin que termine siendo una tragedia espantosa: si eres capaz de asumir las transformaciones de tu propio cuerpo, probablemente puedes sentir la muerte como algo orgánico.
¿Pero tal vez no nos duele tanto nuestra propia muerte como la de las personas que queremos?
Tienes absolutamente toda la razón, pero hay que intentar disfrutar de todos los momentos que se puedan. En 'Amarilla' hay un poemario donde yo cuento cómo, para que mi padre no sienta la posibilidad muy posible de que la muerte llegue en cualquier momento, para que no pierda la mirada en el infinito y se ponga a pensar en cosas que intuyo que son siniestras y turbias, le robo los bolígrafos y lo tengo entretenido con pequeños juegos y con pequeñas cosas. Esos gestos de empatía y de simpatía por la vida me parecen bonitos y me parece que son lo que configura nuestra humanidad. Hay un poema en una sala de agudos de un hospital público de Madrid en la que acompaño a mi padre. Ahí aprendí: me di cuenta de cómo las personas que están en un estado de enfermedad y que tienen miedo, su salida es el sentido del humor. Y estas cosas de la vida, a mí me dan vida, valga la redundancia.
Solo un poema tiene título, 'Consolación de la muerte'.
Es una constatación de algunas de las grandes tragedias que estamos viviendo: la pesadilla y el cambio en valores terriblemente mal que ha supuesto la llegada a la presidencia de los EE UU de Donald Trump, el genocidio sistemático ejercido contra Gaza, los drones rusos que sobrevuelan el espacio aéreo rumano... y es decir “quizá sea mucho mejor no estar aquí para no verlo”, ese sentido del humor tan negro que pulula por Amarilla.
Tras escribir este poemario, ¿qué ha aprendido de usted?
De Amarilla y de los libros que he escrito últimamente he aprendido a hacer de mis debilidades, de mis miedos y de mis vulnerabilidades algo que me da fuerza y energía. Y he aprendido que me río mucho, y lo mucho que molestamos a la comunidad en la que vivimos las señoras risueñas y amarillas [sonríe]. Vamos a reírnos todo lo que podamos, chicas.


'AMARILLA'
Autora: Marta Sanz.
Editorial: La Bella Varsovia.
Número de páginas: 96.
Precio: 12,90 euros.