Ismael Martínez Biurrun, escritor: "Sin sospechas, malos pensamientos y temores quizás ni siquiera tendríamos muy claro qué deseamos y quiénes somos"
El autor pamplonés vuelve a moverse en su décima novela, ‘La noche en equilibrio’, entre el suspense, el drama y el fantástico, y explora ahora si es sensato abrir las puertas de la mente para airearla y que otras personas nos ayuden a entender quiénes somos, sin juzgarnos.


Actualizado el 01/06/2026 a las 17:03
Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) regresa en 'La noche en equilibrio' a una historia de familia: la de una pareja, su hijo adolescente y un amigo de este, los cuatro de veraneo en la vieja casa familar, aislada del resto del pueblo y junto al bosque. “A lo largo de generaciones, pasan todo tipo de cosas, y muchas ocultaciones y oscuridades”.
Primera frase de la sinopsis: “La primera noche en la vieja casa familiar...”. Mal empezamos.
[ríe] Igual es porque me conoces y sabes que la historia no va a ir por un territorio muy alegre [ríe].
Hablar de “vieja casa familiar” lleva a pensar en herencias familiares, recuerdos, antepasados, infancia... y no siempre todo es bonito.
Tienes razón. Sólo con decir “vieja casa familiar” aparece una fórmula que esconde un montón de secretos, asuntos de nuestra infancia, nuestros recuerdos o recuerdos de nuestros padres... cosas que han pasado y de las que a lo mejor no queremos tener demasiado presentes porque dentro de una casa, a lo largo de generaciones, pasan todo tipo de cosas y no todas buenas, y muchas ocultaciones, oscuridades que permanecen en los rincones o en las habitaciones cerradas, y siempre da un poco de miedo abrir esas puertas.
¿Y qué piensa usted de abrirlas?
Es la pregunta que se hace la novela: si es sano o no abrir esas puertas, y me refiero también a las que tenemos dentro de la cabeza, la casa como un trasunto de la propia mente de cada uno. La pegunta es si necesitamos tener una habitación cerrada y hermética para nuestras locuras y oscuridades o si conviene abrirla de vez en cuando para airearla, para que otras personas echen un vistazo y nos ayuden a entender quiénes somos, no a juzgarnos. La novela explora si es sensato abrir esas puertas o si incluso es inevitable.
El protagonista no ha vuelto a la casa familiar desde que era niño, cuando realidad e imaginación se revuelven en los recuerdos. ¿Es mejor quedarse con lo que entonces se creyó vivir y no remover?
Siempre hay una idealización de lo que recordamos. Se dice que la infancia es como nuestra patria, nuestro país de origen, nuestra arcadia feliz, y por eso indagar demasiado en esos recuerdos nos puede traer sorpresas y desengaños. En la novela hay cierto proceso de desengaño por parte de Serván sobre los supuestos veranos felices, la supuesta vida feliz en esa casa, que a lo mejor no era tanto como él pensaba. Por ejemplo, descubrir que su madre odiaba la casa, lo cual es para él una completa sorpresa, ya que con su mente de 6 o 10 años no percibía.
“Indagar demasiado”, dice. ¿Debemos indagar?
No sé hasta qué punto se puede llamar indagar o ponernos en una situación emocional de forma que esas cosas puedan salir. La argucia argumental que utiliza la novela es la excusa de unos corales mágicos, esas supuestas piedras mágicas que teóricamente sirven para hacer desaparecer los malos pensamientos, pero que en realidad desinhiben, hacen que todo el mundo empiece a contar sus cosas, que se mezclen los pensamientos y los deseos de unos y otros personajes... una especie de caos, de orgía mental. Y no es una indagación que puede hacerse de forma racional, sino emocional, que se hace desde las vísceras.
¿Se imagina que existieran unos corales que hicieran desaparecer malos pensamientos?
[ríe] Por un lado podemos pensar que sería maravilloso. El origen de esta historia es la experiencia personal de algo tan simple como cuando te tumbas en la cama a dormir: parece que has tenido un día tranquilo, incluso una semana en la que todo está bien, pero al tumbarte y cerrar la persiana te vienen a la mente un montón de preocupaciones, y todo está mal y desequilibrado. Por eso el personaje se agarra a la supuesta leyenda de esos corales: necesita recuperar el equilibrio y liberarse de esos malos pensamientos que le asaltan completamente. Pero, en el fondo, la tesis que late debajo de la historia es que, quizá, sin esos malos pensamientos, sin esas sospechas, sin esos temores, ni siquiera tendríamos muy claro qué es lo que deseamos o quiénes somos. Lo veo muy relacionado con el tema de la identidad: lo que nos hace rabiar, lo que nos preocupa, lo que nos inquieta también es lo que nos define como personas y como individuos, y en ese sentido es algo irrenunciable.
Sobre esa desinhibición que provocan los corales, recuerda a quienes actúan o hablan sin filtros, como ocurre con algunas personas mayores.
Me ha hecho pensar incluso en Donald Trump y lo que se está diciendo ahora de que está entrando en un proceso mental como de senilidad y de desinhibición, que no sé si tiene que ver con la demencia senil, pero por la que sueltas lo que se te pasa por la cabeza sin tener en cuenta que la convivencia social se monta alrededor de ciertos códigos de educación, lo que tú llamas filtro: sin ese filtro, no existiría la civilización. Ese filtro a veces se comporta como una máscara, y en ese sentido puede ser falso —das los buenos días a un vecino que te cae fatal, y en el fondo se puede considerar que estás mintiendo, fingiendo—, pero lo necesitamos para poder convivir. Es muy difícil renunciar a esos filtros.
Ha titulado la novela 'La noche en equilibrio', aunque la mayor parte transcurre durante el día. ¿Qué le ofrece la noche?
En sí misma, para mí la noche ya es un lugar mágico, es una especie de lugar temporal donde suceden cosas distintas. La novela tiene una estructura muy básica: una primera parte larga que he llamado 'La casa', donde se presenta todo y es fundamentalmente diurna, y la segunda parte, en realidad el último tercio de la novela y que llamado 'La noche' porque todo transcurre en una noche donde los acontecimientos se precipitan.
Me gustaba mucho que toda esa gran secuencia final tuviera lugar en la nocturnidad total porque para mí es como un espacio desgajado del tiempo e incluso del espacio. Es como estar en otro planeta, como si de repente estuviéramos todos en la Luna y pueden suceder todo tipo de cosas increíbles y todo está bien. Me interesaba mucho llevar a los personajes a tal estado lunático —ahora que hablamos de noche, de imaginación mental— en el que suceden cosas alucinantes que, sin embargo, reciben con normalidad: ha aparecido por aquí una presencia extraña, pero nadie grita, nadie echa a correr. Hay una especie de normalización del imposible o del absurdo que tiene que ver con ese estado de éxtasis o de alucinación en el que entran todos los personajes.
Además, la noche le permite jugar con ese no ver y, por lo tanto, con sombras, con lo que existe y con lo que no.
Total. La noche es el territorio de las sombras, y una cosa sucede cuando alguien va caminando por un bosque cuando ya ha anochecido: sabes que, si tienes una linterna y la enciendes, en realidad es peor porque el foco de la linterna se va a dirigir precisamente al lugar donde pisas, que en un momento dado te viene bien para no tropezar, pero al mismo tiempo se va a oscurecer todo lo que hay alrededor mucho más. Hay que hacer una selección que te limita muchísimo, y lo que deberías hacer es apagar la linterna, dejar que tus ojos se adapten un poco a la luz de la Luna y guiarte por la intuición de las sombras, que supongo que metafóricamente también tiene mucho que ver con la historia de la novela: apagar el foco de luz de la consciencia, de la razón, y dejarnos llevar por la intuición de la oscuridad.
“No hay nada más poblado de ruidos que el silencio de un bosque nocturno”, escribe.
Y reconozco que, como urbanita que al final he devenido, me genera una sensación por un lado liberadora y por otro bastante angustiante ese silencio crepitante, lleno de vida, de los bosques. Porque percibes, sientes que hay miles de seres por ahí escondidos, pero no los ves, y es como sentir su mirada. Y esa mirada de los mil ojos escondidos del bosque era una cosa que me fascinaba.
El último tercio de la novela transcurre en esa noche en la que se desencadena todo. Pero desde la primera página hay una calma tensa continua. ¿Le gusta tensionar la calma?
Sí, era el objetivo, y fíjate que, a diferencia de otras de mis novelas, en esta tuve temor porque no suceden cosas truculentas ni hay giros de guion inesperados, sino que todo va en una línea recta bastante clara y sin grandes sobresaltos. Desde el principio me interesaba generar esta idea de inminencia, de algo que no está bien, y a lo largo de la historia veremos bien qué es o si se acaba torciendo todavía más.
Trata otro asunto: Lili, la mujer de Serván, deja a los vecinos una cámara de vídeo para que graben lo que quieran, con la promesa de que nadie lo verá jamás. ¿Por qué esto nos resulta tan atractivo?
Es una buena pregunta y es curioso porque la trama de la cámara de vídeo fue algo un poco sobrevenido mientras escribía —no tenía en mente desde el principio que Lili se dedicara a estas creaciones artísticas un tanto extrañas, y es una trama que desarrollé sin tener muy claro cuál iba a ser el objetivo—. Y, sin embargo, a muchos lectores es lo que más les llama la atención, incluso lo que más les inquieta, a pesar de que es un elemento completamente realista: no hay nada sobrenatural, nada fantástico, sino una cámara que se presta a las personas del pueblo y en la que cada uno graba lo que le da la gana con la promesa de que no va a ser visto.
Y resulta que lo que graban son cosas muy obscenas o bastante extravagantes, un poco escabrosas, cosas de las que no sabes muy bien cuál era el propósito de grabarlas. En el fondo quizá haya algo de necesidad de ser observados, buscar una seguridad desde la que alguien autorizado, en este caso la artista, Lili, nos pueda ver sin juzgar nuestros malos pensamientos, como si existiera una sala privada de cine donde podemos proyectar todos nuestros deseos y nuestras ideas más bizarras y extrañas ante un público que supiéramos al cien que no nos va a juzgar, que simplemente va a ser testigo de lo que sucede dentro de nuestra cabeza. Ese atestiguamiento de la extrañeza, en el fondo la vida misma, parece que tiene cierto poder atractivo. Y creo que, si me dieran una cámara, también tendría tendencia a grabar algo extraño, algo íntimo y a la vez inconfesable, seguramente, precisamente con esa licencia.
Pues era mi siguiente pregunta, pero con ese "inconfesable" igual ya me ha contestado...
[ríe] En todo caso sería algo que nunca diría en una entrevista.
Habla del atractivo que puede tener que el público nunca te juzgue por lo que has grabado, y parece una utopía en nuestro mundo, cuando en redes sociales, por ejemplo, se haga lo que se haga, todo se juzga.
Sí, totalmente. Además, el elemento de aislamiento de la casa en la que suceden las cosas, la idea de que no tenga conexión móvil, era importante. Porque este juicio que recibimos, esta adicción que tenemos por los likes, por saber cuánta gente ha mirado nuestro post de Instagram o quién le ha dado el retuit, es algo claramente enfermizo. A cualquiera que preguntes te va a reconocer que es una cosa enfermiza y mala psicológicamente, a la que le gustaría renunciar, pero no puede, como cualquier otro vicio. Entonces, para empezar, se lo puse fácil a los personajes en ese proceso de desintoxicación de esa adicción, de esa conexión con el mundo exterior, para intoxicarlos con sus propios demonios internos en el aislamiento de la casa en el bosque.
Escribe sobre “hacer equilibrio sobre el abismo, pero en eso consiste el juego desde el principio”. ¿La vida es estar en continuo equilibrio?, ¿buscarlo?
Es un equilibrio pero siempre con la amenaza de caer al vacío. Sabemos que no existe una red de seguridad por debajo y que no hay más remedio que seguir avanzando por esa cuerda floja haciendo equilibrios, sin garantías de que nada malo nos vaya a pasar. El protagonista busca lo que buscamos todos: quitarnos de la cabeza las preocupaciones, la posibilidad de que nada malo pueda suceder, cuando lo cierto es que, tarde o temprano, alguna cosa mala va a suceder, y tenemos que apechugar con ello y seguir caminando por esa cuerda haciendo equilibrios. La vida consiste en no dejar de caminar teniendo la seguridad de que no hay red y de que no hay más remedio que continuar avanzando con los brazos extendidos y tratando de mantener el equilibrio lo mejor que podamos.
¿Qué ha aprendido con esta novela de usted?
Normalmente te diría que no es autoficción. De hecho, no me interesa la autoficción que es cien por cien autoficción, pero al mismo tiempo creo que toda literatura tiene un cierto grado de autoficción, inevitablemente. Y en mi caso también, y en ese sentido en esta novela me reconozco más que en otras de una forma más clara, y sobre todo mis preocupaciones y ese vértigo, y al final el aprendizaje es la idea de lo que Donna Haraway llamaba “seguir con el problema”: es hacer equilibrios, continuar adelante y buscar la belleza, como decía Ramón Trecet, porque es lo que seguramente le va a dar sentido a nuestro viaje por la cuerda floja.
ISMAEL MARTÍNEZ BIURRUN
Ha publicado antes nueve novelas, siempre en la frontera entre el suspense, el drama y el fantástico: 'Duración de un fantasma', 'Solo los vivos perdonan', 'Sigilo', 'Invasiones', 'Un minuto antes de la oscuridad', 'El escondite de Grisha', 'Mujer abrazada a un cuervo', 'Rojo alma, negro sombra' e 'Infierno nevado'.
En su narrativa destaca su habilidad para combinar lo real y lo fantástico, su forma de entrelazar lo cotidiano con lo oscuro, lo sobrenatural o lo inquietante, y un gran talento para retratar la psique humana. A lo largo de su trayectoria ha sido galardonado con los premios Celsius, Nocte y Kelvin.