Toros
Morante, una fiesta memorable
Morante, silencio y dos vueltas al ruedo. A hombros por la puerta de cuadrillas. Juan Ortega, saludos y silencio. Víctor Hernández, oreja tras aviso y ovación.


Publicado el 17/04/2026 a las 08:21
Pegado a tablas entre el burladero de capotes y la puerta de arrastre, como camuflado en ellas, Morante libró este jueves, en medio de una tan primaveral como calurosa tarde sevillana, la primera carrera del cuarto toro de Álvaro Núñez con medio lance suntuoso, desplegado, revolado. Suerte rara de ver. Paciente, dejó al toro seguir galopando. Cuando volvieron a encontrarse, repitió la suerte Morante y el toro siguió su camino sin atender a razón. Trataron de sujetarlo en el burladero de la música, pero el toro estaba más por correr que por fijarse. Lo reclamó Morante desde el mismo punto donde llevaba camuflado un buen rato y todavía cobró un tercer lance idéntico a los dos primeros, pero por la otra mano. Todavía le pegó dos largas a una mano dibujadas como volutas de humo. Y al cabo estuvo el toro con él.
Y entonces Morante se salió hasta el terreno de tablas y pegó dos verónicas ampulosas. Se soltó el toro en el remate de la segunda. En un segundo empeño se calcaron las dos cosas: las dos verónicas y la suelta del toro a su aire a pesar de haber ido tan toreado en esos cuatro viajes.
El maestro de La Puebla tomó entonces la iniciativa y marcando con los vuelos la querencia del toro logró fijarlo con un manojo de cuatro verónicas extraordinarias, casi frontales, ajustadísimas, que remató con media parada de recurso y, antes de quedar a merced del toro, aliviarlo con una serpentina de trazo perfecto, los 360 grados con un mero golpe de muñeca. La gente se puso en pie. Fue tal el bramido colectivo que no se sabe si se arrancó la música.
La lidia antes de varas y después corrió a cargo del propio Morante, empeñado en llevarlo y traerlo con las vueltas del capote medio plegadas y los brazos cruzados. Cuando se cambió el tercio, llegó la primera sorpresa: Morante pidió las banderillas. En un ambiente de casi delirio, y apoyado por la cuadrilla, prendió por la mano derecha un primer par cuarteando y con salida apurada. Reclamado de más por la capa de los dos banderilleros en turno, el toro se fijó entre rayas. Morante decidió prender el segundo par al sesgo en paralelo a tablas, como es obligado, y saliendo por las afueras tras clavar arriba. En plena apoteosis, la segunda sorpresa: Morante pidió una silla, que estaba preparada, y sentado en ella citó para un quiebro o cambio con salida ahora por los adentros. Un clamor. Se pidió que diera la vuelta al ruedo. No quiso. Parecía que la silla había desaparecido de escena, pero no. Rescatada del estribo y sentado en ella, Morante abrió faena con tres por alto cosidos con el natural y el de pecho. Y ahora, sin más asiento que el propio, descargado el cuerpo, sueltos los brazos, dio comienzo entre el tercio y los medios una auténtica sinfonía del toreo de cintura, brazos y muñeca, de una suavidad y una lentitud sobresalientes.
El colofón, un sencillo desplante frontal Noble, el toro, embrujado, tomó y siguió al ralentí el engaño. Cada vez más despacio, cada vez más ingrávida la figura de Morante, que, pródigo con la mano diestra, dibujó con la izquierda un natural en semicírculo y medio, casi circular, que puso a la gente de nuevo en pie. El óle clásico de Sevilla, tan rotunda, pudo silabearse para subrayar el invento. A cámara no lenta, lentísima. El colofón fue un sencillo desplante frontal. La igualada y la espada: un pinchazo sin pasar, otro hondo sin que el toro, tan entregado hasta entonces, descolgara y tres golpes de verduguillo porque el toro no descubrió.
Ese fue el final de esta nueva revisión del toreo de estirpe gallista y una renovación más del repertorio propio de Morante. Dos vueltas al ruedo. La primera, apoteósica, recogiendo ramos y ramos de romero hasta hacerse con una mata completa. Y la segunda, plebiscito popular, a paso ligero. Es fácil imaginar que antes y después contó poco lo que pasó y lo que iba a pasar. Juan Ortega, a porta gayola con su primero, desarmado, recompuesto para torear a la verónica hasta la boca de riego, se ajustó con un toro a ratos descompuesto, sometido pero no siempre. Víctor Hernández, presente en quites capote a la espalda -uno por gaoneras de presentación, de ajuste insuperable- toreó muy despacio al natural al toro de su debut en Sevilla como matador de toros y se estuvo firme con un sexto, el mayor de la corrida, que se fue apagando. Fueron dos faenas sin sentido de la medida, rematadas las dos con la espada canónicamente. A Ortega debió de pesarle un mundo salir a torear después del festín de Morante. Y teniendo delante un toro rebrincado con el que no supo bien qué hacer. El primer toro solo pegó taponazos echando las manos por delante. Morante salió con la espada de acero y decidió no perder el tiempo.
Ficha: Sevilla.
Sexta corrida de abono. Estival.
No hay billetes, 12.600 almas.
Dos horas y cuarenta minutos de función.
