Uxue Razquin, escritora y editora: "Escribí este libro porque, si seguía hablando a mi madre, no moriría otra vez"

Cuando en 2014 supo que su madre estaba enferma, comenzó a escribir sobre lo que sentía y sobre su relación de amor, que volcó en ‘Cómo se le dice adiós a una madre’, que murió en 2017. Lo presenta este martes 3 de junio en la Feria del Libro de Navarra (18 horas)

A pesar del dolor de recordar “momentos horribles”, escribir este libro ha sido un regalo. “Ha sido una forma de andar con mi madre de la mano”
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A pesar del dolor de recordar “momentos horribles”, escribir este libro ha sido un regalo. “Ha sido una forma de andar con mi madre de la mano”
A pesar del dolor de recordar “momentos horribles”, escribir este libro ha sido un regalo. “Ha sido una forma de andar con mi madre de la mano”

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Laura Puy Muguiro

Actualizado el 03/06/2025 a las 16:33

El primer libro de Uxue Razquin cabe entre dos manos adultas, como si fuera un tesoro. El formato lo propuso su editor, “por lo que se cuenta y por cómo se cuenta”, le dijo sobre la relación de “amor” de ella y su madre y cómo la familia vivió el cáncer por el que su progenitora murió hace ocho años. Razquin también es editora, siempre se imagina los libros en formatos más grandes que el suyo, y cuando sostuvo por primera vez 'Cómo se le dice adiós a una madre', sintió que “pone en valor muchísimo más lo que se cuenta en él”. 

Este libro es el trabajo de muchos años: escribió mientras su madre estaba enferma e iban a los hospitales; en los momentos de tristeza de la hija; cuando no dejaba de llorar en casa... “Tiendo a escribir lo que me pasa porque me ayuda a ordenar ideas y a pensar en ellas para poder dar luego pasos hacia adelante”, cuenta. Fue en 2014 cuando a su madre le diagnosticaron cáncer, “una sentencia de seis meses” que superó -“llegó a estar relativamente bien”-. Pero en 2017 volvió a enfermar y falleció en cinco meses. Razquin seguía escribiendo, si bien hubo un cambio en la forma de hacerlo al pensar que podía ser un libro; que, partiendo de una experiencia personal, “llegara a otras personas y transmitiera todas esas emociones”. Por eso también el libro muestra dos modos de escritura: una fragmentaria, a párrafos, como las ideas sueltas anotadas en cuadernos -“trabajas con memoria, y no quería rellenar huecos para que fuera un discurso seguido”-, y una desbocada, cinco páginas sin comas ni puntos donde habla a su madre.

¿Qué sintió cuando tuvo el libro entre las manos por primera vez?

Me puse a leerlo, yo, que casi me lo sé de memoria [sonríe]. Lo leí y me eché a llorar. Me había emocionado mucho al escribirlo, al editarlo, al corregirlo... pero entonces me lo leí de principio a fin y estuve llorando, desconsolada. Pero también me hacía muchísima ilusión y me emocionaba muchísimo haber podido escribir sobre esto y haber homenajeado de alguna manera a mi madre.

Igual se emocionó desde la dedicatoria: en el libro cuenta que siempre quiso escribir un libro con su madre en vida para dedicárselo...

Nunca te imaginas escribir este libro porque nunca piensas que te vas a despedir de tu ama, de tu aita... Pero siempre había querido escribir, que se publicara, que lo viera mi ama y que estuviera en la presentación. Porque me ha ayudado mucho con los textos periodísticos. Yo escribía mucho en casa para mí y compartía los textos con ella, que me corregía, porque era muy concisa y sabía una pasada de literatura y lengua. Y es un poco irónico que justo cuando he publicado un libro ha sido para hablar de su muerte, y que no va a estar, aunque al mismo tiempo sí está porque más homenaje que esto y pensar todo el rato en ella...

¿Hay que prepararse para el momento en que se publica un libro que cuenta lo que el suyo?

Como editora, hasta ahora he vivido los lanzamientos de los libros de mis escritores y escritoras. Siempre les he dicho que estén tranquilos porque ya habían hecho todo el trabajo, solo quedaba defenderlo y qué mejor que ellos y ellas para hacerlo. Y luego ha llegado mi momento... [ríe]. Es increíble qué se siente cuando está en imprenta y no puedes hacer absolutamente nada y estás esperando a que llegue a la editorial, a la distribución y a las librerías. ¡Qué momento más angustioso! Estoy muy orgullosa de lo que he escrito, no tengo vergüenza de nada de lo que he puesto. La gente ha subrayado mi valentía, pero no me he parado a pensar si soy valiente, si me he excedido al poner mucho de mí, si no... La angustia ha sido por la espera, y ahora ya está en las librerías y la gente, también desconocida para mí que tampoco conocía a mi ama, va a saber su historia y cómo ha vivido una persona el duelo de una muerte por enfermedad como el cáncer.

Si le digo ama, ¿qué le viene a la mente?, ¿alguna foto concreta?

La ama en la cocina. La ama en la cocina ayudándome [se emociona]. Ayudándome porque... he sufrido bullying, y lo primero que me viene es eso, la ayuda, el abrazo. Incluso hacer la tarea en la mesa de la cocina. Era el búnker. Era su sitio. En la cocina disfrutaba un montón. Cocinaba muy bien. Ella tenía un trabajo aparte -trabajaba en la Hacienda de Navarra-, pero luego por las tardes ese era su sitio, y disfrutaba un montón cocinando. No sé cómo, pero construyó para mí un lugar donde poder sentirme tranquila y segura. Es la cocina, la mesa de la cocina, los aromas de lo que cocinaba en ese momento, sus brazos, sus abrazos, sus momentos de consuelo. Y nos hemos reído muchísimo las dos ahí, y hemos cantado.

La Oreja de Van Gogh.

Que le encantaba, y ABBA. Eran también nuestros momentos de confidencias. Hablábamos mucho, comentábamos libros. Era nuestro espacio. Muy pocas veces ha dejado pasar a mis otros hermanos. Ese era mi momento y lo compartíamos las dos.

Escribe: “Los mejores días son en los que no recuerdo que he tenido madre”. ¿Porque no duelen?

Lo escribí en un momento en el que tenía mucha tristeza. No sé si esa frase es el punto más alto del duelo o quizá es una fase que simplemente hay que pasar para tener otros pensamientos. Ahora no estoy para nada en ese punto, pero me parecía que la frase, que es muy duro escribirla, tenía que estar porque pasas por ese pensamiento y es durísimo porque, de alguna manera, la estás borrando. Pero es que el dolor es tan profundo, una sensación tan inaguantable, que los momentos en los que no me venía su recuerdo eran los mejores: podía descansar un poco de esa angustia, de esa tristeza profunda. Afortunadamente ya no estoy ahí -he tenido mucha ayuda psicológica, de amigas, de la familia-, pero ha sido un punto muy fuerte en el proceso del duelo.

“Se le pasó el secreto más importante, el que valía una vida; mi madre tenía cáncer pero no nos lo dijo”. ¿Es algo que se queda grabado, como algo tatuado?

Cuando nos enteramos de casualidad, fue muy duro, pero ese primer enfado, ese estallido de por qué no nos lo había dicho, estuvo bastante eclipsado por “tenemos que hacer algo; ahora que ya lo sabemos, hay que tomar decisiones; que se pongan en marcha todos los tratamientos posibles”. Pero sí que hubo un enfado al principio que luego se me pasó.

Se le pasó.

Era su decisión y no la puedo juzgar. Cada uno hace con su vida lo que considera, y sé por qué lo hizo. Desde el “te quiero entender, ¿cuál es la motivación para no contarlo?”, conversamos y he encontrado un sacrificio de madre: no era el momento para que pudiera hablar de sus cosas, para sacar a la luz una enfermedad, impensable si nos hubiera tocado a sus hijos o a su marido. Porque era la primera que corría y nos llevaba al hospital con una tos no curada, una fiebre que subía demasiado... Pero si era de ella, no. Es la historia de muchas mujeres que ponen por delante la vida de su familia antes que la suya. ¿Se le puede echar en cara? No. Ha dado todo por nosotros, lo ha hecho lo mejor posible, y pensó que no era el momento porque yo terminaba la carrera, mi hermano empezaba un trabajo nuevo, mi hermana estaba con las oposiciones y mi padre no iba a poder hacer frente a todo ello.

Con el dolor de la pérdida, ¿qué es lo que más echa de menos?

El tacto y la voz. Cuando estuve con la psicóloga en el momento justo de fallecer y esos primeros meses horribles, me estaba molestando muchísimo no recordar su voz, y en un momento me enfadé. Un enfado que nació de la rabia por no estar ella. Estaba luchando con esta idea ilógica de que la quería de vuelta, en carne y hueso. Porque necesitaba la presencia. No poder abrazar otra vez a la persona que te ha ayudado tanto, a la más importante de tu vida, es el horror [se emociona], y darte cuenta es súper difícil. Ya no estoy ahí, no hace tanto daño como al principio, pero el tacto y la voz los echo mucho de menos.

“Cuando hablo de mi madre, estoy cómoda, vuelve cada vez que hablo de ella”. ¿Cómo se ha sentido al escribir el libro?

Me ha gustado muchísimo. He llorado mucho también, pero para mí ha sido más importante que me haya acompañado mediante el recuerdo. He intentado transmitir la relación que hemos tenido y todo el amor que nos hemos tenido. Prácticamente me ha acompañado de la mano, como cuando me llevaba de txiki. Ha sido muy duro acordarme de momentos horribles, de verla en la cama del hospital, cuando la persona que tienes enfrente se va pareciendo menos a tu madre, cuando deja de hablar... Pero mi objetivo era que fuera un homenaje para ella y una forma de que no quedara en el olvido; de que, si sigo escribiéndole y hablándole, nunca va a morir metafóricamente otra vez. Escribir este libro ha sido un regalo, una forma de andar con ella de la mano.

De hecho, se lo dice en el libro: “No quiero que la gente que no te conoce te olvide”.

Igual es una tontería de pensamiento, pero eso me gustaría. Este libro va más allá de contar una enfermedad y una muerte.

En las cinco últimas páginas escribe a su madre, sin comas ni puntos. ¿Se vació?

La idea era que la contención de los fragmentos se desparramara en la última parte, la carta a mi ama; escribir lo más torrencial posible todas las emociones y pensamientos, uno tras otro, sin puntuación; transmitirlo casi sin aliento, rápido. Y que tuviera un sentido también en el proceso de duelo. Porque no sabía cómo terminar este libro, con el hándicap de que tampoco me quería despedir. Entonces pensé: “Mientras esté con la verborrea, aquí nada termina”. Y lo tomé como un momento íntimo en el que le contaba todo, cosas que me están pasando, que están pasando alrededor, lo que hemos vivido con este proceso. Una manera de amarrarla.

'Cómo se le dice adiós a una madre'. ¿Hay que decirle adiós?

Creo que no se puede [sonríe], y este libro no pretende ser un decálogo de “hay que hacer esto para despedirse de una madre o de un familiar cercano”. De hecho, es una medio despedida porque no digo “hasta nunca”: me voy con un “buenas noches” porque al día siguiente hay un mañana. 

LA HISTORIA DE LA DEDICATORIA
​“Queridísima amatxo; corazón, cariño y no sé qué más”, se lee en la dedicatoria de Cómo se le dice adiós a una madre. Aunque Razquin ha querido dedicar el libro a su madre, se apresura en aclarar que esas palabras no son suyas. “Encontré este encabezamiento en una postal que mi ama escribió a mi abuela con 14 años, cuando se fue con mi abuelo a Lourdes. Me pareció increíble que con 14 años empezara la postal de esa manera, con esa frase preciosa, y pensé: ‘La voy a poner en el libro porque, de alguna manera, me gustaría decir lo mismo a mi ama si le enviase una postal’. Me parecía además que cerrábamos el círculo de abuela, madre, hija. Ahí está todo. Es una forma de decir que mi ama quería muchísimo a su ama y yo también quiero a mi ama”. 

DNI
​Uxue Razquin Olazaran nació en Pamplona en 1992. Estudió Periodismo en Bilbao y cursó un posgrado de Periodismo Literario en Barcelona. Trabajó durante dos años en la sección de cultura del diario Deia y también en el suplemento cultural Ortzadar. Además, colaboró en la Cátedra de Cultura Científica de la EHU/UPV, escribiendo artículos sobre mujeres científicas en los blogs Mujeres con ciencia y Zientzia Kaiera. Ha escrito críticas de radio y podcasts para Berria. Fue librera. Desde 2021 es editora en Erein.

'CÓMO SE LE DICE ADIÓS A UNA MADRE'
​Autora: Uxue Razquin. 
Editorial: Pepitas. 
Número de páginas: 96. 
Precio: 11,90 euros. 

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