Íñigo Sota, periodista y escritor: “Hay quien solo es libre dentro de sí mismo”

El autor pamplonés debuta este Sant Jordi para firmar con ‘Luces cegadoras’, sobre dos hombres que de jóvenes tuvieron una breve relación y tratan de entender quiénes son hoy

'Luces cegadoras' es la tercera novela de Iñigo Sota tras 'Las distancias cortas' (2008) y 'El sueño más profundo' (2019)
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'Luces cegadoras' es la tercera novela de Iñigo Sota tras 'Las distancias cortas' (2008) y 'El sueño más profundo' (2019)
'Luces cegadoras' es la tercera novela de Iñigo Sota tras 'Las distancias cortas' (2008) y 'El sueño más profundo' (2019)

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Laura Puy Muguiro

Actualizado el 22/04/2025 a las 11:29

Hernán acude al tanatorio de la capital de provincias en la que vive para encontrarse con Leo, su primer gran amor, cuyo padre acaba de fallecer. Mantuvieron una relación breve hace 17 años, en 2002, cuando Hernán tenía 18 años y Leo, nueve más. No se han visto desde entonces, y se citan para recordar quiénes fueron y entender quiénes son, al final un viaje al pasado lleno de reproches. Íñigo Sota Heras (Pamplona, 1983) ha escrito con 'Luces cegadoras' una novela de fantasmas, los que siguen vivos y revolotean sin permitir paz mental. Ha querido abordar el paso del tiempo y la búsqueda de las identidades. Y explorar en la literatura sobre parejas homosexuales. “Quería analizar desde la madurez qué tuvo lugar cuando se era muy joven”. Plantea qué tipo de brecha se abre entre dos personas, y también que hay violencia en cualquier relación, como en la primera experiencia sexual de Hernán antes de conocer a Leo. “Hay cosas de las que se debe hablar. Y me parece sano y justo, sobre todo por trascender de los estereotipos y prejuicios y superarlos. Seguimos siendo personas que sufren, que padecen y que disfrutan, en la misma justa medida”, señala este periodista en Diario de Navarra y sociólogo y autor de otras dos novelas.

¿Qué inquietud tenía ante esta novela?

Me gusta explorar y cambiar, en general en la vida, y quería hacer algo diferente porque era la manera de seguir hablando de los temas que me interesan, pero de otra forma. Algo en común en mis tres novelas es explorar la huella que deja el tiempo, la huella que unas personas dejan en otras. En este caso quise hacerlo hablando de una realidad a la que aún no se da tanta visibilidad en una ciudad tan pequeña como la de la novela, de provincias, en la que nunca se habla de según qué realidades.

Para Hernán, Leo, casado con una mujer, solo es libre en sus entrañas. Más allá de proclamar la orientación sexual, ¿creemos ser más libres de lo que lo somos?

Veo a personas heterosexuales de mi generación, con su pareja, sus hijos, su casa, su vida, tan infelices... Han cumplido con una especie de guía, lo que llamo el manual de la vida perfecta a ojos de lo general, y me digo que han hecho unas cosas que creían que estaban llamados a hacer, pero nunca han sido libres de hacerlas. Puedes elegir otro modo de vida que no es el tradicional o el generalista, por llamarlo así. El concepto de libertad personal resulta muy subjetivo, y creo que hay quien solo es libre dentro de sí mismo. Al margen de las circunstancias que lo provoquen, eso es muy triste.

Hernán revisa un diario que escribió con 18 años y dice que siente cierta rabia al observar cómo nos deforma el tiempo. ¿El tiempo deforma, moldea?

Para él, lo deforma. No todo es malo en su vida, pero a nivel de sentimientos, de cómo afronta las cosas, lo ha pasado mal y no termina de estar conforme con lo que deseaba y quería. Si se hubiese sentido mejor o hubiese alcanzado una cima, “he querido llegar hasta aquí y he llegado”, sería más optimista.

Usted, ¿qué verbo prefiere?

Me siento mucho mejor ahora que hace 20 años.

¿Cómo moldea el tiempo?

Tiene que ver con construir narrativamente nuestra identidad, porque nunca somos algo en concreto, estático, sino que en la vida, según cada etapa, vas siendo una persona distinta. Moldear tiene mucho que ver con ser capaz de decir quién eres y quién ya no eres. Pero también es entrar en un molde. En nuestra mano estará romperlo, aunque luego entres en otro, porque esto es así [sonríe]. En mi caso, he entrado en un molde en algún momento de mi vida, pero puedo decir que a veces me he atrevido a romperlo. Hay quien no lo rompe porque no le compensa, o por miedo.

Cuando Hernán dijo a su familia que era homosexual, no le dio la espalda, pero no se sintió integrado. De su padre se dice que “un hombre blanco heterosexual no es capaz de ver la homofobia”. De hecho, la frase ante otra orientación sexual es “yo acepto”.

Es la clásica diferencia entre la palabra y el hecho en mujeres y hombres blancos y heterosexuales, aunque en general las mujeres tenéis más empatía. El hombre blanco heterosexual muchas veces no ve la homofobia, pero porque todos hemos sido homófobos y muchos lo siguen siendo. Yo lo he sido, de muy joven, de forma inconsciente: he tenido mucha homofobia interiorizada con la que he debido luchar, y hoy estoy orgulloso de haberlo superado. Pero esas personas que dicen “si ya te puedes casar, qué más quieres” no ven que hay que construir a nivel social tolerancia, respeto... valores que deben estar en la gente, no solo en las instituciones y en las leyes. Me da un poco de rabia porque a veces esto tiene que ver con la empatía, y no todo el mundo la tiene. Y parece que hay que haberlo vivido para ponerte en el lugar, y eso no es la empatía realmente: es ponerse en el lugar pese a no haberlo vivido.

Esta historia no habría valido con una pareja heterosexual.

No. Quería explorar esta situación en concreto, y además en una época en la que no es la de ahora, en la que tenemos ciertas amenazas, no vamos a negarlo, aunque 2002 con respecto al presente no tiene nada que ver. Y no hubiera valido porque, para empezar, esa especie de incompatibilidad entre los dos tiene que ver con la homofobia interiorizada de Leo, que no quiere salir del molde. Los principios de los años 2000 fueron una época difícil todavía. Incluso verbalizarlo. Hernán queda con otro chico y le cuesta decir “soy gay” porque significaba destaparse en un entorno en el que había muchísima hostilidad.

Un estereotipo ha sido siempre la promiscuidad.

Ha sido un prejuicio que se ha lanzado contra el colectivo de manera interesada, que viene de épocas atrás. Es una herencia triste que tenemos. Ahora y entonces, en un paseo por cualquier bar de Pamplona una noche, los espectáculos de babeos de hombres heterosexuales hacia mujeres heterosexuales son bochornosos. Pero resulta que solo somos promiscuos nosotros.

El tiempo moldea o deforma y luego hay quien quiere esculpir a otros, como Leo a Hernán.

Hay quien en lugar de intentar conocer a la otra persona, analizarla y quedarse con sus partes buenas o sus partes malas intenta cambiarla, terrible.

¿Y qué ha conocido de usted con esta novela?

Que nunca nos damos cuenta de lo que tenemos acumulado. Y he vuelto a conocer a un Íñigo que existió y que no tiene nada que ver con el de ahora. Sin ser deliberado, me ha servido para hacer una novela de una escritura de mucho autoconocimiento. Cada día que terminaba de escribir tenía un rato en el que necesitaba reposar y descansar de lo que estaba escribiendo. Porque no es una historia literal de lo que me ha pasado, pero Hernán sí ha sido un espejo clarísimo y una forma de decir “voy a ver si paso el test”. Me ha servido para saber quién era yo y quién soy hoy.

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